8
Bajar del altillo fue un esfuerzo tremendo. Cada escalón de madera crujía bajo las botas de Malik y el dolor le golpeaba las rodillas. El hambre ya no era un ruido en su estómago, sino un vacío frío que le hacía flotar la cabeza.
Al llegar al último peldaño, la sombra de Kassim le cortó el paso.
El ladrón lo miró con odio y salió a la calle haciendo chocar con fuerza la cortina de cuentas.
Malik soltó el aire y entró en el café. Allí, el ambiente era distinto.
Brahim y un anciano de rostro curtido llamado Idris estaban sentados a una mesa.
Al verlo aparecer, Brahim dio una palmada.
—¡Ahí está! —le hizo una señal para que se acercara—. Ven, Malik. Este hombre te necesita.
Malik se acercó arrastrando los pies. Idris apretaba un bulto de tela contra su pecho.
—Idris viene del campo —explicó Brahim mientras servía un té—. Trae algo de ropa usada para vender en el zoco y así pagar el envío de una carta. Pero no puede enviarla si no hay nadie que sepa escribirla.
El anciano asintió con la voz temblorosa: —Creemos que mi hijo Ahmed se fue a Marsella hace unos meses para trabajar en el puerto.
No sabemos nada de él desde entonces. He traído estas túnicas para sacar unas monedas, pero nadie en el mercado me ha dado un precio justo.
Necesito que le escribas, joven. Su madre está enfermando por el silencio.
Malik miró la ropa que Idris mostraba: túnicas de algodón sencillo y telas para el turbante, desgastadas pero limpias. Entendía aquel miedo; ella también era una hija que había perdido su rastro en un mundo extraño.
—Escribiré esa carta —dijo Malik suavemente—. Y te aseguro que, si tu hijo está en Marsella, mis palabras lo encontrarán.
El anciano lo miró con incredulidad. —¿Lo harás? Pero... debo pagarte de alguna forma.
Malik clavó la vista en una túnica de color tierra que asomaba en el fardo. Era el camuflaje perfecto. —Esa ropa es todo lo que necesito. Eso, y un trozo de pan. Mis ropas no sirven para este lugar y necesito dejar de ser quien soy antes de que el sol esté en lo más alto.
Malik se sentó y agarró la pluma. Los clientes de las mesas contiguas guardaron silencio; en la Casbah , ver escribir una carta importante era un acontecimiento.
—Dime qué quieres decirle, Idris.
—Dile que su madre no deja de llorar. Que cada vez que llaman a la puerta piensa que es él. Que si no tiene dinero no importa, pero que nos mande una señal de vida.
Malik empezó a escribir. Sus dedos se movían con agilidad.
No usó palabras rebuscadas, pero redactó en un francés tan pulcro que cualquier oficial en Francia entendería que no podía ignorar aquel mensaje.
Al final, añadió una nota dirigida al jefe del puerto: « Por favor, entreguen esto al trabajador Ahmed Ben Idris. Su familia espera respuesta » .
Sopló el papel para secar la tinta y se lo entregó al anciano. —Aquí tienes. Dile al correo que esta carta debe llegar a manos del jefe del muelle. Él sabrá encontrarlo.
Idris cogió el papel como si fuera un objeto sagrado. Sus manos, llenas de callos, temblaban. Abrió su fardo y sacó la túnica de algodón y una tela larga para la cabeza. —Gracias, joven. Esto era de Ahmed. Está limpia. Úsala tú; te servirá más que ese abrigo de lana bajo este sol.
Brahim dejó un trozo de pan caliente sobre la mesa. —Come —le ordenó—. Y luego vete al almacén de atrás.
Malik se refugió en el pequeño cuarto que olía a café y polvo. Echó el cierre de madera. Con movimientos rápidos, se despojó de la pesada chaqueta de lana rusa. Ajustó las vendas de su pecho con fuerza, apretando los dientes, y se enfundó la túnica de Ahmed.
Fue entonces cuando sintió algo duro en el fondo de un bolsillo lateral.
Al meter la mano, sacó un rosario de madera de olivo.
No era un tasbih común; los nudos estaban dispuestos de forma caprichosa, en grupos irregulares que herían las yemas de sus dedos al tacto.
Parecía un mensaje cifrado más que un objeto de devoción.
Malik lo observó con extrañeza antes de guardarlo en su zurrón, junto al diario.
Terminó de enrollarse el turbante y se miró en un trozo de espejo roto. Ya no era la aristócrata de Rusia; parecía un joven escribiente que conocía el peso del silencio. Dio un mordisco al pan justo cuando Brahim golpeó la puerta.
—Mucho mejor. Ahora sí pareces alguien de aquí —susurró el dueño—. Tienes un don con la pluma, Malik. Si te quedas, ganarás para comer. Tú cobras por las cartas y yo gano clientes.
—¿Y el altillo?
—Sigue siendo tuyo. Es un lugar seguro mientras no hagas ruido. Aquí el silencio vale más que el oro.
Malik asintió. Al cruzarse el zurrón por debajo de la túnica, sus dedos volvieron a rozar el rosario de madera. Sintió un escalofrío; aquel objeto era un lenguaje mudo que todavía no sabía descifrar. Empuñó el cuchillo de su padre, ocultándolo entre los pliegues de su nueva ropa, y salió al café.
Al pasar por la entrada, la cortina de cuentas tintineó. Malik caminó con la cabeza baja. Vio a Kassim a pocos metros, pero el ladrón desvió la vista, buscando todavía al extranjero de la chaqueta de lana. No lo reconoció.
Malik siguió caminando, sintiendo que la Casbah empezaba a envolverlo como una segunda piel. Ahora formaba parte de aquel mundo de sombras donde el silencio de las mujeres, desde las terrazas, lo observaba todo.