7
El golpe de la bota contra la madera no fue una advertencia, fue una ejecución. La puerta de la buhardilla cedió con un crujido seco, y Solange apenas tuvo tiempo de soltar la aguja con la que remendaba su ropa antes de que la realidad la atropellara.
Dos hombres bloquearon la salida. No gritaban. No hacían ruido. Esa calma era lo que más aterraba; era la calma de los que están acostumbrados a romper cosas y personas. Vestían abrigos oscuros, impecables, que contrastaban con las paredes descascaradas y el olor a humedad de la estancia.
—Siéntate —ordenó el más alto.
Antes de que Solange pudiera reaccionar, el segundo hombre, un bloque de músculo y hombros anchos, la agarró por el brazo y la lanzó contra la silla de madera. El impacto le hizo castañear los dientes, dejando a Solange atrapada, pequeña y temblorosa frente a ellos.
—No sé quiénes son ni qué buscan —logró decir Solange, intentando que su voz no flaqueara. Levantó la barbilla por puro instinto de supervivencia—. Si es dinero, se han equivocado de piso. Aquí solo hay polvo y deudas.
El hombre alto comenzó a caminar por la habitación, observando cada rincón con un asco evidente. Con la punta de su guante de cuero, apartó un plato con restos de pan.
—No buscamos dinero, Solange —dijo él, pronunciando su nombre como si fuera un insulto—. Buscamos a una mujer. Una mujer que no pertenece a estos callejones. Alguien con quien has compartido el pan, y quizá algo más.
—Aquí entran muchos hombres —escupió ella, recuperando algo de su antiguo orgullo—. No les pregunto el nombre ni el linaje. Mi trabajo es olvidar sus rostros en cuanto cierran la puerta.
El hombre de hombros anchos se colocó detrás de ella. Sin previo aviso, le propinó un revés con la mano abierta. El golpe resonó en toda la buhardilla. La cabeza de Solange salió despedida hacia un lado y el sabor dulce de la sangre inundó su boca de inmediato.
—No me has entendido —susurró el hombre alto, inclinándose sobre la mesa hasta que sus ojos quedaron a pocos centímetros de los de ella—. No buscamos a un cliente. Buscamos a Vera Korlov. Y sabemos que estuvo aquí.
Solange parpadeó, tratando de enfocar la vista a pesar del zumbido que le martilleaba el oído.
Le dolía la mejilla, pero en su mente apareció la imagen de la "pequeña", de Vera, con sus ojos llenos de una luz que no existía en Marsella.
Recordó el abrazo que se dieron al despedirse y sintió una chispa de rebeldía que no sabía que aún poseía.
—No conozco a ninguna Vera —mintió Solange, escupiendo un hilo de sangre sobre la madera de la mesa—. Quizá se han confundido de puerto, señores. En Marsella las mujeres tenemos nombres de santa o de ramera, no de duquesa.
El hombre alto asintió lentamente, como si esperara esa respuesta. Hizo una señal casi imperceptible con la mano.
El que estaba detrás de Solange la agarró del pelo y tiró hacia atrás con una violencia salvaje. Ella soltó un alarido de dolor mientras sentía que el cuero cabelludo se le desgarraba. El hombre la obligó a mirar el techo, exponiendo su cuello.
—Cada mentira tiene un precio, Solange —dijo el jefe de los agentes ruso—. Y tú eres demasiado pobre para pagar lo que te va a costar esta.
El hombre de los hombros anchos no soltó el cabello de Solange. Al contrario, lo enroscó en su puño con más fuerza, obligándola a mantener esa postura forzada que le arqueaba la espalda. El dolor era un fuego constante que le nublaba la vista.
—Vamos a intentarlo de otra manera —dijo el alto.
Se acercó al pequeño hornillo y, con una parsimonia que helaba la sangre, encendió un fósforo para prender el fuego.
Luego, puso a calentar la punta de un atizador de hierro que usaba para las brasas—.
No eres la primera que intenta jugar a ser mártir.
Pero el problema de las mujeres como tú es que creen que la lealtad es un escudo, cuando en realidad es el clavo que las termina crucificando.
—Váyanse al diablo —susurró Solange, aunque su voz era apenas un soplido roto.
El agente no se inmutó. Cogió el atizador, cuya punta empezaba a brillar con un tono anaranjado, y volvió hacia la mesa.
No se lo acercó a la cara. En lugar de eso, lo deslizó por el brazo de Solange, apenas rozando la tela de su vestido.
El calor era tan intenso que Solange sintió cómo el vello de su brazo se chamuscaba.
—Vera Korlov no es tu amiga, Solange. Es una fugitiva que te ha usado para salvar su cuello —continuó el ruso con calma gélida—.
Ella está a salvo en algún lugar mientras tú sangras en una silla.
¿Vale la pena? Podrías estar en una celda de la prisión de Saint-Pierre esta misma noche.
Imagínate allí, sin comida, sin luz, compartiendo espacio con las ratas y los asesinos.
O podrías estar muerta. A nadie le importará.
Mañana habrá otra mujer en esta buhardilla y el mundo seguirá girando.
El hombre de atrás le dio un tirón tan fuerte hacia abajo que la silla crujió. Solange gritó, un sonido agudo que se perdió en la humedad de la noche de Marsella.
—¡Habla! —rugió, golpeándole la sien con el cañón de una pistola—. ¿Dónde está? ¿Por dónde huyó?
Solange cerró los ojos con fuerza. En la oscuridad de sus párpados, vio por un instante el rostro de Vera agradeciéndole la libertad.
Sintió que ese recuerdo era lo único limpio que le quedaba en una vida llena de barro.
Pero entonces, el agente alto presionó el hierro caliente contra la madera de la mesa, justo al lado de su mano.
El humo blanco y el olor a quemado llenaron sus fosas nasales.
—La próxima vez será en tu piel —sentenció el ruso—. Y después de eso, quemaremos este edificio. ¿Sabes cuánta gente vive aquí abajo? Ancianos, niños... todos arderán por tu silencio. ¿Es ese el precio de tu lealtad?
Esa fue la grieta definitiva. El dolor físico era una cosa, pero la idea de cargar con la muerte de los demás era un peso que su alma, ya agotada, no podía sostener. El orgullo se desmoronó, dejando paso a una desesperación pura y amarga.
—¡Basta! —chilló Solange, rompiendo en un llanto convulso que le sacudía todo el cuerpo—. ¡Basta, por favor!
El guardia la soltó de golpe. Su cabeza cayó hacia adelante, golpeando la mesa. Solange se quedó allí, sollozando, con la cara manchada de sangre, lágrimas y suciedad.
—El barco... —balbuceó entre dientes—. El Ville d'Oran . Subió como un muchacho... se fue a Argelia. No sé nada más, lo juro por Dios... no sé nada más.
Los dos hombres intercambiaron una mirada de satisfacción.
La misión estaba cumplida. El agente alto dejó el atizador sobre la mesa, dejando una marca negra y humeante en la madera.
Sacó de su bolsillo unas cuantas monedas de oro y las dejó caer con desprecio frente a ella.
Las monedas tintinearon, un sonido alegre que resultaba obsceno en medio de aquel desastre.
—Ves qué fácil es ser inteligente —dijo el ruso, ajustándose los puños de la camisa—. Quédatelo. Es el pago por tu lengua y por tu silencio. Si te encuentras con la policía, asegúrate de haber olvidado nuestros rostros. Para el mundo, hoy solo has tenido una mala noche con un cliente difícil.
El guardia le propinó una última patada a la silla, derribándola. Solange cayó al suelo, golpeándose el costado. Los agentes salieron de la habitación con la misma calma con la que habían entrado, cerrando la puerta destrozada tras de sí.
Solange se quedó allí, hecha un ovillo sobre el suelo. El frío de la noche comenzó a filtrarse por el hueco de la puerta. Alargó la mano temblorosa hacia una de las monedas de oro, pero no para guardarla, sino para apartarla de su vista con asco.
—Perdóname, pequeña —susurró hacia la nada, con la voz quebrada por el dolor y la culpa—. Te he dado las alas, pero ellos ya están volando detrás de ti.