Capítulo Ocho
Llevaban solo una semana de contrato y Sade permanecía despierto, con la mirada fija en el techo, deseando tocarse pero consciente de lo que ocurriría si lo hacía.
Necesitaría su dosis ahora. Y quería que Mercy se la diera.
Pero no había encontrado la manera de pedírselo, y cuanto más tiempo pasaba, más convencido estaba de que ella diría que no, tan opuesta como era al masoquismo y todo eso.
Joder. Peor aún era esa otra maldita necesidad, que se aceleraba dentro de él.
Sin duda en respuesta a aquel desastre en su calendario sexual.
Podía sentirla merodeando, como si se preguntara si el retraso significaba que le tocaba jugar a ella.
No quería dejarla jugar. La idea de perderse ante cualquier necesidad hasta el punto de no importarle dónde metía la polla era simplemente... jodidamente intolerable.
Y toda esa mierda empalagosa que ella le endilgaba no estaba ayudando.
Era como cuidados paliativos emocionales o algo así.
Se dio la vuelta de costado, casi arrepentido de su decisión de tenerla allí.
Aquello era casi doloroso, pero se trataba de un tipo diferente de tortura, y no de una que lo excitara.
En absoluto. Una semana de amabilidad, sonrisas y conversación ingeniosa.
Se sentía como si le lamieran las pelotas, y detestaba la debilidad de todo aquello.
A la mañana siguiente, Sade se despertó con el olor a beicon y el rugido de su apetito sexual.
Buenos días, Vietnam. Una maldita zona de guerra en su cuerpo.
Las peleas que usaba para alimentar su sadismo lo estaban matando lentamente, como estaba previsto.
Y aunque satisfacían su rabia en el proceso, siempre despertaban su necesidad de alimentar su masoquismo, y alimentar eso dependía por completo del sexo de alguna manera.
Un tipo particular de sexo solía mantenerlo a raya durante un tiempo.
Y negarse a sí mismo solo servía a su juego masoquista hasta cierto punto.
Era una línea muy fina a la que no se acercaba demasiado, o su sadismo irrumpiría para reclamar el siguiente baile.
Necesitaba descubrir cómo conseguir que esta dulce Mercy lo ayudara.
Tal vez tendría que hacerse la maldita víctima con ella para conseguirlo.
Sentarse a desayunar con Mercy tenía que ser la prueba más difícil.
Ella lo atendía como a un inválido, pero peor que eso era la luz en esos bonitos ojos verdes y la sonrisa en su rostro angelical.
Quería quedarse allí sentado y estudiarla.
Descubrir el truco detrás de aquello, desafiarlo.
Aplastarlo. Luego quedó atrapado por esos labios y empezó a fantasear con cosas extrañas.
¿Cómo se verían envueltos alrededor de su polla?
¿Abiertos de par en par en pleno orgasmo?
¿Húmedos con su semen? Todo eso era señal de que se estaba desviando mucho.
Nunca metía la polla en la boca de una mujer.
Pero había algo dulcemente exigente en la de ella. Suplicaba: Sade, fóllame.
—¿Te sientes bien? —preguntó ella, con tono preocupado—. Parece que te duele algo.
—Me duele —alzó los ojos hacia los de ella—. Necesito liberarme.
Ella entrecerró los ojos y levantó la taza de café.
—¿Como... el baño?
—Como en el sótano.
Al mencionar el sótano, detectó que ella se ponía rígida.
—¿Haces ejercicio allí abajo?
Solo hablar de eso lo tenía peligrosamente delirante.
—Tengo un orgasmo allí abajo. No lo hago a menudo, pero cuando lo hago, tengo que estar atado —pinchó el último bocado de huevos con el tenedor y la miró—. Y tiene que hacerlo una mujer.
Ella parecía medio confundida, medio enfadada, pero no estaba seguro de por qué. Decidió lanzarse.
—Me gustaría que lo hicieras tú. Mercy.
Ella frunció el ceño.
—¿Hacer qué?
Joder, iba a obligarlo a deletrearlo.
—Quiero decir, si puedo, por supuesto que te ayudaré. Solo dime qué tengo que hacer.
Su polla latía con fuerza.
—Necesito que me ates y... hagas y digas cosas.
¿Por qué era tan jodidamente difícil decírselo? Probablemente porque sabía cómo reaccionaría.
Reinó el silencio antes de que ella preguntara en voz baja:
—¿Qué hago?
—Hacerme daño.
La vio negar con la cabeza antes de que susurrara:
—No, no. No puedo. No voy a hacerte daño.
—Para mí no es realmente doloroso —la miró—. Lo necesito.
Ella lo miró con el ceño fruncido y lástima en los ojos.
—Solo crees que lo necesitas, pero podemos encontrar otra manera de satisfacer esa necesidad.
—Tiene que ser así —aseguró, tratando de mantener la calma—. He probado otras formas, no funcionan, y si no lo consigo, aparecen otras necesidades, necesidades que no me gusta satisfacer.
Ella negó ligeramente con la cabeza, aún preocupada.
—Sade, no voy a hacerte daño, nunca. ¿Qué otras necesidades?
Golpeó la mesa con el puño, lo que la hizo dar un respingo, y luego giró la cabeza hacia la derecha y cerró los ojos con fuerza.
—Bien. Buscaré a otra.
—¿Qué? —preguntó ella, alarmada.
La miró.
—Llamaré a Tabitha. Ella se encargará.
—¡No! —Mercy se puso de pie—. No, no vas a llamar a otra mujer para que haga eso.
—No tienes ni voz ni voto en eso, ¿recuerdas? Lo nuestro no es ese tipo de relación —le lanzó una mirada dura.
Ella se aferró al respaldo de la silla.
—Eso no es sexualidad normal, Sade. Dijiste que me dejarías enseñarte.
—No te estoy impidiendo que me enseñes. Pero no puedes esperar que aprenda una mierda en unos pocos días con palabras dulces, sonrisas y ojos felices. Tengo una necesidad y ya va siendo hora de satisfacerla.
—¿Qué pasará si no lo haces? ¿Has pensado en controlarte tú mismo?
—¡Qué mierda! —Se levantó, negando con la cabeza—. Hago esto dos veces al puto año, no me vengas con autocontrol.
—¿Por qué una mujer?
—¿Prefieres que use a un hombre? —preguntó molesto.
Sus labios se movieron como si intentara hablar, pero no salió nada, así que se puso a caminar de un lado a otro, negando con la cabeza. —No —murmuró—. Esto está mal. No pienso ser parte de esto.
—No tienes por qué serlo.
Ella clavó la mirada en él. —Haz esto y el trato se acaba.
Te lo juro. Dijiste que me dejarías ayudarte a aprender una sexualidad normal y eso no es normal, Sade, que alguien te haga daño, que otra mujer te haga daño, y qué tiene que…
—arrugó el rostro con evidente asco— ¿qué tiene que decirte ella?
—No es asunto tuyo.
—¿No es asunto mío? —murmuró, volviendo a caminar antes de señalarlo—. Si lo haces, me largo. Me iré.
—Bien. Vete. Me da igual. —Sade apartó la silla de un empujón y se marchó, sacando el teléfono del bolsillo. Llamó a Tabitha y así, sin más, quedó hecho. Programado para esa noche. Lo habría programado de inmediato, pero necesitaba prepararse.
—¿Quién era? —exigió saber Mercy desde detrás de él.
—Mi dosis. —Se guardó el teléfono en el bolsillo.
Ella abrió los ojos de par en par. —Tu dosis. ¿O sea que llamas a una puta y viene corriendo a arreglártelo?
—Más o menos. Y muy bien pagada, por cierto.
Mercy se quedó allí negando con la cabeza. Él estaba bastante seguro de que ella temblaba de ira. Aunque no tanto como él. —Vaya —jadeó ella.
—Sí, sigue con tu «vaya». Pero no te hagas llamar mi amiga y luego huyas cuando de verdad te necesito solo porque no te gustan mis necesidades.
—¡No me gusta hacerte daño! —le gritó ella.
—Pues qué pena —le gritó él también—. Necesito dolor para liberarme, ¿crees que empecé queriendo que fuera así?
—Caminó lentamente hacia ella—. ¿Crees que yo me preparé para esto?
No, nena, eso lo hicieron mi padre y sus putas desde que tenía siete años.
—Le apuntó con el dedo a la cara—. No me juzgues, no tienes ni puta idea de quién soy ni de lo que he hecho para lidiar con esto. Señorita Mercy.
Sade salió furioso del apartamento; su confusión y su dolor se desvanecieron tras la rabia. Algo que no necesitaba para nada cerca de su dilema sexual. Maldita perra. Amiga y una mierda.
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Mercy llamó al teléfono de Sade cuando su ira estaba a punto de estallar.
Por supuesto que él dejaría que saltara el buzón de voz.
—Escúchame bien —dijo, caminando de un lado a otro—.
Traes a una mujer aquí para eso y me largo.
Última advertencia. —Colgó y gruñó. Me largo.
¿Qué clase de palanca era esa? Ah, claro, él pensaba que ella sabía algo comprometedor sobre él.
Volvió a marcar con dedos temblorosos y esperó al buzón de voz.
—¿Y otra cosa? —Apretó los dientes, de repente preocupada por usar esa amenaza—.
No estoy contenta con esto. —Colgó, arrojando el teléfono sobre la cama—.
«No estoy contenta con esto», genial. Como si a él le importara un comino lo que te haga feliz.
¿Qué iba a hacer exactamente esa mujer con él? ¿No era asunto suyo? Bueno, sí, en cierto modo lo era si quería conocer el alcance de su… condición. Se quedó paralizada ante la idea y se estremeció justo después. Pero… ¿de qué otra forma lo averiguaría?
Salió a toda prisa de la habitación y bajó al sótano cuando estuvo segura de que no había moros en la costa. Rebuscó por aquel lugar aterrador y finalmente vio algo que podría servir. Pero ¿se atrevería?
Cuando hagas cosas difíciles pero necesarias, nunca te rindas. Llévalo hasta el final.
El mantra de su padre lo decidió.
Se escondería y averiguaría exactamente qué le hacía esa mujer a Sade dos veces al año.
Ahora tenía que parecer que se había ido y que no estaba allí. Oh, sabía qué hacer. Justo lo que él había hecho. Esconder el coche en el parking y volver corriendo. Gracias, señor Sade, por la idea.