Pido Perdón Soledad
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Soledad

Alicia caminaba sin rumbo, tambaleándose por las calles vacías, con una bolsa de tela colgando de su brazo.

La tarde tocaba a su fin y el frío, cada vez más intenso, le calaba hasta los huesos, apretándose al viejo abrigo de lana que ya le quedaba pequeño.

La bofetada del padre aún ardía en su mejilla, y el empujón que la había hecho caer al rellano le había dejado un dolor punzante en los brazos y las piernas al intentar frenar el golpe.

Aunque el latigazo más fuerte lo sintió en su vientre.

Pero no eran los golpes lo que más le dolía; era el peso asfixiante del silencio de su madre. Esa indiferencia cruel que le confirmaba que ella también había preferido agachar la cabeza, mirar hacia otro lado y seguir cosiendo en silencio antes que defenderla.

¿Por qué? —se preguntaba— ¿Por qué no me defendió de su ira?

Era una niña… solo tenía catorce años y nunca se había sentido tan sola. Ahora, marcada por una culpa que no le pertenecía, sentía que su único destino en el mundo era asumir el castigo, esconderse y pedir perdón por el simple hecho de existir.

Se dejó caer en un banco de aquel parque cercano que tanto le gustaba y donde había jugado no mucho tiempo atrás.

Cuando llegó al barrio, aquel parque le pareció que había salido de algún cuento, nunca había visto algo parecido.

Aunque era muy pequeño, se entraba por una gran puerta de hierro que siempre permanecía abierta que lo hacía majestuoso.

Dos grandes columnas la sujetaban a ambos lados, lo mismo que los laterales enrejados que circundaban unos metros más, aquella entrada triunfal.

Le encantaba pasar por medio de aquellas puertas, pareciera que estaba entrando a un palacio con sus grandes árboles centenarios que, robustos y firmes, le daban la bienvenida.

Sin embargo, esa tarde era distinta, ya no le parecía tan mágica aquella entrada cuando cruzó su umbral.

Allí, sentada en uno de sus bancos de piedra, abrazando sus rodillas, trató de contener los sollozos que se le agolpaban en la garganta. Todo era confuso y abrumador; su corazón dolía por cada palabra dura, cada bofetada, cada mirada vacía de quienes deberían haberla protegido.

Desconcertada, levantó un momento la cabeza para mirar a su alrededor sin saber muy bien qué buscaba, quizá intentando encontrar algo a qué aferrarse.

Finalmente, volvió a encogerse abrazando de nuevo sus rodillas, dejando que sus sollozos llenaran aquella tarde vacía.

No supo cuánto tiempo pasó así, solo sentía cómo el frío se iba metiendo en su cuerpo mientras el poco calor que le quedaba se disipaba.

Le castañeteaban los dientes y solo el vaho caliente de su respiración aliviaba ligeramente sus heladas manos.

Estaba sola. Eso sí lo sintió: en aquel respingo helado que le propinó el lacerante latigazo que le desgarró la espalda en ese mismo instante.

Entonces las vio. Un par de mujeres con ropa sencilla, pero con el rostro sereno y firme, se acercaron sin prisa. Alicia levantó la cabeza, desconfiada. El parque estaba desierto a aquella hora de la tarde.

Solo una de ellas habló.

—Hola… —dijo la mujer con voz neutra—. ¿Estás sola?

Alicia asintió, sin palabras.

—Parece que has tenido un día difícil… ¿Qué haces aquí tan tarde? ¿No tienes a dónde ir?

Alicia negó con la cabeza. El frío no le dejaba pronunciar palabra.

—No puedes quedarte aquí toda la noche. Conozco un lugar donde cuidarán de ti.

—¿Quién…? —Alicia quiso preguntar más, pero no supo cómo.

—¿Quieres que te lleve a un sitio seguro? Es un hogar para chicas que están solas. Como tú ahora.

El alivio fue inmediato, aunque pequeño y confuso, de repente sintió que estaba salvada. No entendía por qué le ofrecían ayuda, pero recordó algo que su abuela siempre decía sobre las buenas personas que intentaban ayudar a otras.

No podía saber que existían lugares así, «hogares» que cuidaban a chicas que estaban solas como ella, y que aquel sitio sería lo más parecido a un refugio que llegó a conocer mientras tuvo una familia.

No importaba. No podía quedarse en aquel parque desolado, en la calle, con ese frío… Solo sabía que le ofrecían una cama, comida, un techo. Y eso era más de lo que tenía en aquel momento.

Sin pensarlo demasiado, se levantó y siguió a las mujeres.

No era confianza lo que la movía, sino cansancio, y el miedo a quedarse sola en aquella fría y desolada noche, mientras las tripas le iban rugiendo con cada paso que daba.

No sabía si allí encontraría otras chicas que compartirían su soledad y su desdicha.

No podía imaginar que aquel lugar cambiaría su vida.

Mientras caminaba, un pensamiento se instaló en su mente: Quizá, si me porto bien, tal vez merezca estar aquí. Esa idea, tenue y confusa, sería la primera de muchas que moldearían la manera en que aprendería a sobrevivir.