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«Cuando el fuego llegue al río...», decían los hombres, y después se callaban. Si el fuego se extendía lo bastante hacia el oeste, finalmente llegaría al río y se detendría, pero no había ningún río hacia el este que pudiera compararse en caudal y anchura al río Connecticut.
«Si lloviera...», todos sabían que ésta era la única solución. Mientras el fuego se arrastraba rápidamente hasta los aledaños de Peyton Place todo el mundo miraba al despejado cielo de septiembre y decía: «Si lloviera...».
Las tiendas y negocios de la ciudad estaban cerrados permanentemente o bien abrían un par de horas diarias cuando los hombres podían permanecer todo ese tiempo alejados de la zona en llamas.
Las Fábricas Cumberland estaban cerradas, y no sólo era la falta de producción textil lo que hacía maldecir a Leslie Harrington .
Era el hecho de que en el norte de Nueva Inglaterra hubiese un pacto de caballeros que decretaba que un empleado continuaría recibiendo su paga como si trabajara en su puesto laboral habitual cuando se hallaba colaborando en la extinción de un incendio.
Era el prohibitivo coste del incendio lo que enfurecía a Leslie, aparte del hecho de que no pudiese hacer nada para resolver la situación.
Por mucho que maldijera y se enfureciese, el incendio no se detendría.
A finales de la primera semana de septiembre, Leslie era el único hombre capaz de la ciudad que no había ido a las colinas.
—El incendio me está costando mucho dinero —dijo—. He pagado cien veces el derecho a quedarme sentado y contemplar el espectáculo.
Además, en vísperas del Día del Trabajo, tenía otras cosas que hacer.
Aparte de las Fábricas Cumberland, Leslie Harrington era el dueño de una pequeña feria.
La ciudad bromeaba sobre la feria de Leslie.
Los obreros de la fábrica decían que Leslie les tenía todo el verano trabajando para poder arrancarles el dinero con las máquinas tragaperras y la rueda de la fortuna, que eran las mayores atracciones de la feria.
Leslie se había hecho cargo de la feria después de haber saldado la hipoteca que tenía sobre ella el Citizens’ National Bank .
El banco estaba dispuesto a embargar la feria a su dueño original, un verdadero «feriante» llamado Jesse Witcher, que prefería el whisky y las mujeres, como él mismo decía, a pagar sus facturas.
Esta actitud no era la más adecuada para despertar grandes simpatías en el corazón de los banqueros, especialmente en Peyton Place , donde todo el mundo recordaba a los Witcher.
Todo o nada, así eran los Witcher. Siempre habían sido así.
El banco estaba a punto de enviar a Buck McCracken con una notificación de embargo contra Jesse Witcher cuando Leslie Harrington intervino.
—Por el amor de Dios, Leslie, ¿has perdido la cabeza? —le preguntó Charles Partridge—. ¡Una feria! ¿Para qué? Te pillarás los dedos. Witcher no te pagará a ti si no ha pagado al banco.
—Lo sé —admitió Leslie.
—Entonces, olvídalo, Leslie. ¿Qué demonios harías con una feria? No es una buena inversión.
—¿Es que no tengo derecho, como cualquier otro, a comprar una cosa para divertirme?
—gritó Leslie, furioso por tener que explicar un negocio absurdo y arriesgado a su abogado, que siempre le había considerado un hombre práctico y astuto—.
Maldita sea, Charlie, tengo derecho a comprar algo por el simple placer de hacerlo.
A algunos hombres les gustan los trenes eléctricos y los sellos de correos. A mí me gustan las ferias.
Leslie proyectó la mandíbula hacia fuera en forma beligerante, desafiando a Partridge a que se riera o le criticara, pero Partridge, un verdadero pacifista, no hizo ninguna de las dos cosas.
Preparó los documentos, y no mucho después inició los procedimientos de embargo que hacían de Leslie el único dueño de una feria conocida hasta ahora como «El Espectáculo de las 1.
000 Diversiones». Jesse Witcher estuvo muy complacido.
Seguiría dirigiendo su amada feria como gerente de Leslie, y sin ninguna de las preocupaciones que asediaban a un dueño.
El Espectáculo, como Leslie lo llamaba desenfadadamente, había funcionado el Día del Trabajo desde que Leslie se convirtiera en su dueño seis años antes, hecho que sorprendió a Witcher en un principio y que aún seguía asombrándole.
—Esto no es sitio para trabajar el Día del Trabajo—se quejó Witcher—. El Día del Trabajo es algo grande. Un fin de semana largo. Tendríamos que estar en Manchester o en algún otro sitio donde hubiera mucha gente. Aquí no hay gente.
—Las fábricas están cerradas el Día del Trabajo —dijo Leslie—, de modo que quizás hagamos algunos centavos.
—Pero podría hacer dólares en vez de centavos si estuviéramos en otro sitio —protestó Witcher.
—No me gusta hacer dinero tan deprisa —dijo Leslie, y Witcher se encogió de hombros y levantó sus puestos de juegos y refrescos en un gran campo vacío, también propiedad de Leslie Harrington , cerca de las fábricas.
Witcher no volvió a protestar después de este primer año como gerente de El Espectáculo, pero cuando el viernes anterior al Día del Trabajo de 1939 llegó a Peyton Place y vio las calles vacías, las tiendas cerradas y los incendios, fue inmediatamente en busca de Leslie Harrington .
—Esta vez —dijo— ya no se trata de hacer unos cuantos centavos. Se trata de perder dinero. No hay nada más triste en este mundo, ni más caro, que una feria sin gente. Y este fin de semana no habrá gente en Peyton Place .
—Vendrán —dijo Leslie—. Móntelo.
Witcher se frotó los ojos, irritados por el humo que parecía estar en todas partes. Se cernía sobre el campo vacío donde Witcher daba órdenes para la descarga de los camiones. Miró a través de la espesa neblina hacia donde ardían los incendios.
—Es como bailar en un funeral —gruñó.
Sin embargo, la gente apareció. A Witcher podía parecerle como bailar en un funeral, pero para los cansados e inquietos residentes de Peyton Place la feria fue como una tregua, un oasis de diversión en medio de un entorno poco cómico.
Allison MacKenzie estaba allí porque el doctor Swain había dicho que debía salir de su habitación y mezclarse con la gente.
Aún estaba pálida y demacrada, pero estaba allí, flanqueada por Tomas Makris y Constance.
Rodney Harrington acudió en compañía de una llamativa muchacha de White River que le miraba como si pensara en todas las cosas maravillosas que Rodney deseaba hacerle creer.
Kathy Ellsworth fue con su novio, Lewis Welles.
Lewis no gustaba a todo el mundo en Peyton Place .
Era un muchacho de cara franca que siempre sonreía.
La ambición de Lewis consistía en llegar a ser el primer vendedor de la farmacia de White River donde ahora trabajaba como empleado de almacén, y había quienes decían que Lewis no tardaría en lograr su objetivo.
Se referían, naturalmente, a su fácil sonrisa, a su afición a las bromas prácticas y a su costumbre de saludar a la gente con una fuerte palmada en la espalda.
Mientras otros le encontraban hipócrita y vulgar, Kathy le consideraba diplomático, alegre y maravilloso.
La noche del Día del Trabajo, el campo vacío próximo a las fábricas ya no estaba vacío. De hecho, toda la ciudad estaba allí excepto Norman Page. Era una multitud alegre y bullanguera, una multitud que expresaba su entusiasmo de un modo ferozmente decidido que Seth Buswell encontró espantoso.
—Vienen dispuestos a divertirse o a morir en el intento —dijo sombríamente a Tom.
Desde abajo, era imposible ver los asientos superiores de la noria.
Sólo las brillantes luces que decoraban los lados de la noria eran visibles a través de la espesa neblina, de manera que parecía como si las personas de los asientos estuvieran desapareciendo en otro mundo a medida que la noria giraba lenta mente.
Por alguna razón, Allison pensó en una obra que había leído cuyo título era Salto al vacío , 2 y se estremeció; pero la noria tenía mucho éxito.
—¡Den una vuelta en la noria! —gritaba Witcher—. Suban allá arriba y vuelvan a respirar el aire. No hay humo en la parte superior de esta gigantesca rueda de placer.
La gente se reía con estridencia y empujaba y no le creía, pero subía a la noria.
Los niños se restregaban los ojos enrojecidos y pedían a gritos, a través de gargantas secas e irritadas, unas vueltas en el tiovivo, y niños algo mayores chillaban en el látigo mientras los adultos se mareaban en la montaña rusa.
Allison se estremeció más violentamente que antes al absorber el panorama y los sonidos que la rodeaban, y Tom dijo:
—Será mejor que te llevemos a casa.
—¡Oh, no! —exclamó Kathy Ellsworth, que se había reconciliado con su amiga Allison la semana anterior. Kathy se agarró a la mano de Lewis Welles y dijo—: ¡Oh, no se la lleven a casa! Ven con nosotros, Allison. Aún no hemos ido a la casa de la risa. ¡Ven!
—¡El viento! —gritó una voz entre la multitud—. El viento ha arreciado. ¡Va a llover!
La multitud se echó a reír con más estridencia que antes y Seth Buswell echó la cabeza hacia atrás. Aunque no pudo ver el cielo, sintió el viento en la cara.
—Quizá —dijo.
—Vamos, Allison. Aún no hemos ido a la casa de la risa. ¡Ven con Lew y conmigo!
Una persona que llevaba un enorme cono de algodón de azúcar pasó junto a Allison, y la dulce pelusa le rozó la mejilla.
Una vez en que, de niña, jugaba al escondite, entró en un granero y chocó con una telaraña.
Se adhirió a su cara, igual que el algodón de azúcar.
Allison se sintió como si estuviera en una pesadilla y quisiera vomitar pero no pudiese por no lograr despertarse.
—¡Aquí hay refrescos!
—¡Suban a la noria y vuelvan a respirar el aire!
—Acérquense, caballeros, acérquense. Tres disparos por veinticinco centavos.
—Gane una preciosa muñeca para su dama, señor. Pruebe suerte.
—Helados. Cacahuetes. Palomitas de maíz. Algodón de azúcar.