18 #4
El señor Card se volvió hacia ella, y Norman vio el cambio que se operó en él incluso desde donde se encontraba.
Sus hombros, su nuca, todo su cuerpo se habían puesto en tensión, y la señora Card se reía quedamente.
El señor Card profirió una pequeña exclamación y enterró la cara en el cuello de su esposa, y por encima de la cabeza de Norman el gato de la señorita Hester maulló quedamente.
La mecedora donde la señorita Hester estaba sentada no produjo ningún ruido.
Si Norman no hubiera sabido a qué atenerse, habría jurado que en el porche no había nadie más que el gato de la señorita Hester.
Norman no podía apartar los ojos de los Card.
El señor Card había desabrochado el amplio blusón de la señora Card y ahora estaba aflojándole la falda.
Al cabo de un momento, Norman vio el enorme tumor que era el abdomen de la señora Card y pensó que iba a vomitar.
Pero el señor Card pasaba amorosamente la mano por encima del tumor; lo acariciaba suavemente e incluso bajó la cabeza y lo besó.
Sujetó a la señora Card entre sus morenos y velludos brazos, y el cuerpo de la señora Card parecía muy blanco.
Norman hundió las uñas en la hierba seca que había debajo de sus manos y cerró fuertemente los ojos.
El deseo de encontrarse fuera y lejos de ese lugar le hizo sentir físicamente enfermo.
¿Por qué no se levantaba la señorita Hester y entraba en la casa?
¿Es que nunca se iría? Ahora, las grandes manos del señor Card se posaron sobre los senos de la señora Card y Norman vio que también éstos estaban hinchados y cubiertos de venas azules.
¿Cómo iba a escaparse? Si se levantaba de un salto y echaba a correr, la señorita Hester podría perseguirle.
La señorita Hester era alta, y seguramente tenía las piernas largas, y, si lo intentaba, lo más probable era que lo alcanzase.
¿Qué haría entonces con él? Si estaba tan loca como decía la gente, nadie podía saber lo que sería capaz de hacer.
Los locos eran imprevisibles. Norman tampoco podía introducirse a través del seto y aterrizar en el jardín trasero de los Card.
¿Qué pensarían de él, después de haberle ofrecido su amistad, dado una limonada y prometido regalarle uno de los gatitos de Clothilde, si averiguaban que les había espiado?
Norman lanzó una ojeada a través del boquete del seto.
El señor Card estaba arrodillado en el suelo, con la cara oculta en la carne de la señora Card, y la señora Card estaba muy quieta, con las piernas un poco separadas y una sonrisa en la cara que dejaba sus dientes al descubierto.
«¡Tengo que salir de aquí! —pensó Norman con desesperación—. Tanto si la vieja señorita Hester me atrapa como si no, ¡tengo que salir de aquí!»
Se fue levantando lentamente hasta quedar en cuclillas, de modo que sus ojos llegaban apenas al borde del porche.
Entonces vio que no tenía que preocuparse porque la señorita Hester le persiguiera.
La señorita Hester estaba rígidamente sentada en la mecedora, con las manos cerradas alrededor de los brazos, los ojos fijos en el boquete del seto y una franja de sudor encima del labio superior.
El gato, negro, gordo y brillante, estaba atado a un travesaño de la silla, y se frotaba suavemente contra las piernas de la señorita Hester, intentando atraer su atención con suaves maullidos.
Norman se levantó y echó a correr, y la señorita Hester no volvió la cabeza para mirarle.
—¿Qué le ha pasado a tu camisa, Norman? —le preguntó su madre cuando entró en casa—. Está llena de manchas de hierba.
Norman nunca había mentido a su madre. Es cierto que algunas veces había dejado de decirle ciertas cosas, pero nunca le había dicho una mentira.
—Me he caído —dijo—. Iba corriendo por el parque, y me he caído.
—Por el amor de Dios, Norman, ¿cuántas veces tengo que decirte que no corras con este calor?
Más tarde, después de cenar, Evelyn Page descubrió que se había quedado sin pan y envió a Norman a la tienda de Tuttle para comprar una barra.
Estaba oscureciendo cuando Norman pasó frente a la casa de la señorita Hester de regreso de la tienda.
Casi había llegado a la altura de la vivienda cuando oyó el sonido más pavoroso que había oído jamás.
Lo que escuchó era el feroz maullido, el alarido de un animal aterrorizado luchando por la libertad.
Cuidadosamente, Norman dejó la barra de pan de su madre en la acera junto a la puerta del jardín de la señorita Hester y se dirigió hacia la parte trasera de la casa de la señorita Hester.
Sabía con espantosa certidumbre lo que encontraría allí, pero hizo un esfuerzo para seguir adelante.
La señorita Hester estaba sentada en su mecedora de mimbre.
Su posición no había cambiado desde que Norman la viera aquella tarde, pero ahora la rigidez de su cuerpo era distinta.
Norman observó al gato, que luchaba desesperadamente con la cuerda que le mantenía atado al rígido cadáver de la silla.
El gato se retorcía, giraba, brincaba, pero no podía huir de la señorita Hester, y mientras lo intentaba, su garganta emitía horribles y estridentes sonidos de temor.
—¡Basta! —susurró Norman desde la escalera del porche—. ¡Basta!
Pero el aterrorizado animal ni siquiera reparó en él.
—¡Basta! ¡Basta! —Norman elevó la voz sin darse cuenta, pero el gato no le prestó atención, y cuando Norman no pudo resistirlo más, se abalanzó sobre él y cerró las manos alrededor de su cuello.
El gato luchó, hundiendo las garras en la mano de Norman, pero para el muchacho los arañazos no fueron más que marcas rojas hechas por una pluma mojada en pintura.
Apretó más y más, e incluso cuando comprendió que el gato estaba muerto, continuó apretando, sin dejar de decir—: ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!
Fue el señor Card quien encontró a la señorita Hester. Él y la señora Card fueron al cine por la noche y cuando él abrió la puerta trasera para dejar salir a Clothilde, al regresar a su casa, la gata fue directa al seto y al jardín trasero de la señorita Hester.
—¡Jesús! ¡Qué panorama! —diría más tarde el señor Card—.
Allí estaba la señorita Hester, sentada tan tiesa como un palo en la mecedora, muerta y bien muerta.
Y el gato, con el cuello roto, atado a un travesaño.
Lo que no comprendo es por qué ese gato no la arañó cuando ella lo estranguló. ¡No tenía ni un solo arañazo!
—Ahora quizás haya terminado todo de una vez —suspiró Seth Buswell mientras le servía una bebida a su cansado amigo Matthew Swain .
—Dicen que no hay dos sin tres —contestó el médico, sonriendo para restar seriedad a sus palabras.
—Esto es una estúpida superstición —declaró airadamente Seth Buswell, temeroso de que su amigo tuviera razón—. Ha sido una mala época, pero ahora ya ha terminado.
Matthew Swain se encogió de hombros y tomó un sorbo de su bebida.
En la casa de los Page, Evelyn sostenía la cabeza de Norman mientras él vomitaba en el retrete.
—Me he visto envuelto en una pelea —dijo Norman cuando ella le preguntó sobre los arañazos de sus manos y brazos.
—Tienes la barriga revuelta, querido —dijo cariñosamente ella—. Te pondré una lavativa y te acostaré.
—Sí —jadeó Norman—. Sí, por favor.
En su cabeza todo daba vueltas. Allison, y los Card, y la señorita Hester y el gato.
En las colinas que rodeaban Peyton Place , los incendios proseguían voraces e incontrolables.