Peyton Place (Peyton Place 1) 18 #2
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18 #2

—No creo que sea verdad que mi madre se casara con mi padre porque pensó que tenía dinero —había dicho Norman a Allison—.

Creo que los dos se sentían solos. La primera esposa de mi padre había muerto hacía mucho tiempo y mi madre nunca había estado casada.

Naturalmente, él era mucho mayor, y la gente dice que no debería haberse casado con una mujer tan joven como mi madre, pero el hecho de ser mayor no te hace sentir menos solo.

Las señoritas Page son hermanas mías, ¿lo sabías?

No verdaderas hermanas, sino hermanastras.

Nuestro padre es el mismo hombre. Las señoritas Page odiaban a mi madre.

Ella misma me lo dijo, pero nunca supo por qué.

Yo creo que fue porque estaban celosas. Mi madre era más joven que ellas cuando se casó con mi padre y, desde luego, era muy hermosa.

Ellas la odiaban e intentaron que mi padre también la odiara.

Según mi madre, las señoritas Page dijeron a mi padre cosas horribles de ella.

Ni siquiera la admitieron en su casa, así que mi padre compró una casa para mi madre.

Es la casa donde vivimos ahora. Según mi madre, la situación empeoró cuando nací yo.

Entonces las señoritas Page intentaron hacer creer a todo el mundo que yo no era hijo de mi padre y que mi madre había estado con otro hombre, pero mi madre nunca dijo nada.

Me dijo que nunca habría caído tan bajo como para discutir con alguien como las señoritas Page, y que nunca habría luchado por un hombre como un perro por un hueso.

Quizá fue por eso que mi padre volvió a vivir con las señoritas Page en vez de quedarse en nuestra casa con nosotros.

Mi madre dice que mi padre era moral y espiritualmente débil, signifique lo que signifique eso.

No le llamaron su marido, o mi padre, o su padre.

Dijeron: «Oakleigh Page ha muerto», y mi madre dijo: «Que Dios acoja su alma moral y espiritualmente débil»; y les cerró la puerta en las narices.

Hubo una lucha espantosa por el dinero de mi padre después de su muerte.

Pero las señoritas Page no pudieron hacer nada.

Mi padre había dejado un documento en el que explicaba cómo quería que dividieran su dinero, y mi madre obtuvo la mayor parte.

Es por esto que las señoritas Page la odian más que nunca.

Continúan diciendo que mi madre se casó con mi padre por dinero, pero mi madre dice que se casó con él porque se sentía sola y a veces las personas que se sienten solas cometen equivocaciones.

Dice que, sin embargo, se alegra de haberlo hecho porque me tuvo a mí.

Supongo que yo soy lo único que sacó de su matrimonio, excepto quizás el dinero.

Allison no se rió. Se echó a llorar y después le habló de su propio padre, que era tan guapo como un príncipe y el caballero más bueno y considerado del mundo.

Sería horrible estar sin Allison, pensó Norman con desconsuelo. No tendría absolutamente a nadie con quien hablar.

Encolerizado, aplastó la cucaracha con la que había estado jugueteando.

¡No era justo! No era cierto que él y Allison hubieran hecho algo horrible, aunque su madre intentara por todos los medios hacérselo admitir.

Cuando confesó haber besado a Allison unas cuantas veces, su madre se echó a llorar y su cara enrojeció, pero siguió presionando, intentando hacerle decir que había hecho algo más.

La cara de Norman se sonrojó en la calurosa quietud estival de Depot Street al recordar algunas de las preguntas de su madre.

Al final, ella le pegó y le obligó a prometer que jamás volvería a ver a Allison.

A Norman no le importaba que le hubieran pegado, pero ahora sentía mucho haber prometido no volver a ver a Allison.

—¡Norman!

Era la señora Card, que vivía en la casa vecina a la de la señorita Hester. Norman alzó la mano y la agitó.

—¡Ven a tomar una limonada! —gritó la señora Card—. ¡Hace tanto calor!

Norman se levantó y cruzó la calle.

—Gracias. Tengo mucha sed —dijo.

La señora Card tenía una boca de labios carnosos y cuando sonreía enseñaba todos los dientes. Ahora sonrió a Norman y dijo:

—Vayamos a la parte de atrás. Hace más fresco.

Norman la siguió a través de la casa hasta el jardín trasero.

La señora Card estaba embarazada, de más de ocho meses y medio, según Norman había oído decir a su madre.

Realmente estaba enorme, cualesquiera que hubiesen sido los meses pasados, pensó Norman, y se preguntó por qué el señor y la señora Card habrían esperado tanto para tener un niño.

Ya hacía diez años que estaban casados y ésta era la primera vez que la señora Card se hallaba embarazada.

—¡Ya era hora! —Norman había oído que decían varias personas al señor Card, pero al señor Card no le importaban las bromas. Tenía muy buen carácter.

—¡Más vale tarde que nunca! —había contestado con una amplia sonrisa.

Norman se compadecía, sin embargo, de la señora Card, especialmente cuando gimió al intentar sentarse en una tumbona del jardín trasero. Era la clase de silla que Norman habría llamado chaise longue , porque chaise era la palabra francesa equivalente a silla y realmente era larga.

—¡Uf! —exclamó la señora Card y se echó a reír—. ¿Quieres encargarte de servir, Normie? Estoy agotada.

Siempre le llamaba Normie y le trataba como si tuviese la misma edad que ella, o sea, treinta y cinco años.

En vez de agradarle, su actitud siempre le resultaba incómoda.

Sabía que su madre no habría aprobado algunas de las cosas que la señora Card comentaba con él.

Hablaba del embarazo como si fuera algo sobre lo que todo el mundo conversara, como el tiempo, y había llegado hasta el punto de coger en brazos a su gata, que debía tener gatitos en cualquier momento, e insistir en que «Normie» tocara el abultado cuerpo del animal para que notara «el cuerpecito de los bebés que había dentro».

Eso le había repugnado. Pero, finalmente, había convencido a su madre para que le dejara tener un gatito, de modo que naturalmente estaba interesado por Clothilde, como la señora Card llamaba a su gata.

La señora Card le había prometido que él sería el primero en escoger de Clothilde el gatito que quisiera.

Norman llenó un vaso de limonada y se lo dio a la señora Card.

Observó que la señora Card no había descuidado su aspecto por el solo hecho de estar embarazada.

Llevaba las uñas cuidadosamente limadas en forma de óvalo, y los óvalos estaban cubiertos desde el borde hasta la cutícula con brillante esmalte rojo.

—Gracias, Normie —dijo ella—. Hay pastas encima de la mesa. Sírvete tú mismo.

Fue cuando iba a coger una pasta cuando Norman oyó un débil «miau».

—¿Dónde está Clothilde? —preguntó.

—Profundamente dormida encima de mi cama, la muy traviesa —contestó la señora Card—. Pero no tengo el valor de sacarla cuando se sube a los muebles. Está a punto de parir y sé exactamente cómo se siente.

La señora Card se echó a reír, pero incluso por encima de este sonido Norman volvió a oír el débil «miau» de un gato.

Disimuladamente, a fin de que la señora Card no sospechara, Norman giró la cabeza y miró hacia el alto y tupido seto que separaba el jardín trasero de los Card del de la señorita Hester Goodale.

Era el gato de la señorita Hester al que había oído maullar, y él sabía muy bien que el gato jamás se alejaba de la señorita Hester. Sintió un súbito escalofrío.

«¡Nos está observando! —pensó, escandalizado—. ¡La señorita Hester nos está observando a través del seto!» ¿Qué otra cosa iba a hacer en el jardín trasero, sino observarles?

Pero en el jardín trasero de los Card no había nada digno de ver para la señorita Hester ni para nadie, y por esta razón, Norman empezó a preguntarse qué era exactamente lo que la señorita Hester observaba.

Sabía que la señorita Hester estaba quieta y observaba algo porque el maullido del gato era el maullido suave y regular que hace un gato cuando se frota contra las piernas de alguien que está inmóvil y no le presta atención.

Norman no era un niño demasiado curioso.

Nunca había sufrido el azote de lo que él llamaba «fisgoneo», pero ahora se sintió invadido por el súbito y terrible deseo de saber por qué observaba la señorita Hester y, sobre todo, qué, y al cabo de un momento se acordó de que era viernes, y de que todos los viernes, a las cuatro, la señorita Hester salía de su casa e iba al centro de la ciudad. Terminó la limonada de un solo trago.

—Tengo que irme, señora Card —dijo—. Mi madre quiere que esté en casa a las cuatro.

Echó a correr hacia la calle y no se detuvo hasta más allá de la casa de la señorita Hester, a fin de que si la señora Card decidía ir al salón y mirar por la ventana no pudiera verle. Entonces se sentó en el bordillo y esperó a que dieran las cuatro.