18
Allison MacKenzie permaneció cinco días en el hospital.
Durante los dos primeros estuvo en lo que el doctor Swain describió a Constance como un estado de shock.
Contestaba cuando le hablaban y comía cuando le presentaban una bandeja de alimentos, pero después no tenía un recuerdo consciente de sus palabras y sus acciones.
—Se pondrá bien —dijo el médico a Constance—. Se ha refugiado, por un tiempo, en un mundo de sombras. Es un lugar magnífico, muy cómodo y ofrecido por la naturaleza a los que están agotados por una batalla, el terror o el dolor.
Al tercer día, Allison emergió de su ensoñación. Cuando Matthew Swain llegó al hospital, la encontró echada en la cama boca abajo, con la cabeza hundida en la almohada para sofocar el ruido de sus sollozos.
—Vamos a ver, Allison —dijo, poniéndole una mano en la nuca—, ¿qué te pasa?
Se sentó en el borde de la cama, una costumbre que la enfermera Mary Kelley consideraba muy poco profesional pero que muchos de sus pacientes parecían apreciar.
—Dime qué te pasa, Allison —repitió.
Ella se volvió sobre la espalda y se tapó la cara hinchada y enrojecida con las manos.
—¡Yo lo hice! —sollozó—. ¡Yo maté a Nellie!
Sus palabras fluyeron como un torrente, y el médico escuchó en silencio mientras Allison lloraba y se atormentaba y daba rienda suelta a su tormento de culpabilidad y vergüenza.
Cuando hubo terminado, Matthew Swain le cogió ambas manos con una de las suyas y se inclinó para secarle la cara con su pañuelo.
—Es una verdadera lástima —dijo, mientras le secaba las mejillas— que no tengamos la oportunidad de enmendar nuestros errores antes de que sea demasiado tarde.
Desgraciadamente, esto es algo que nos ocurre a casi todos, de modo que debes dejar de pensar, Allison, que tu caso es único.
Fuiste injusta con tu amiga Nellie al decirle las cosas que le dijiste, pero debes abandonar la idea de que tú la mataste.
Nellie tenía una grave enfermedad, una enfermedad incurable, y por eso hizo lo que hizo.
—Yo sabía que estaba enferma —dijo Allison, y suspiró entrecortadamente—. Me explicó que tenía pus en todas las venas y que su enfermedad se llamaba gonorrea. Dijo que Lucas se la había contagiado.
—Nellie tenía cáncer —dijo el médico, y Allison no tuvo la sagacidad de Selena para discernir su mentira—.
No se podía hacer nada y ella lo sabía. No quiero que repitas a nadie lo que Nellie te dijo sobre su enfermedad.
Ésta sólo fue una excusa que ella se inventó.
No quería que nadie supiera lo que le pasaba realmente.
—No diré nada —prometió Allison, girando la cabeza hacia el otro lado—. Tal como me siento, no me importaría no volver a hablar con nadie.
El doctor Swain se echó a reír y le hizo girar la cabeza hacia él.
—Esto no es el fin del mundo, querida —dijo—. Dentro de poco empezarás a olvidar.
—Jamás podré olvidar —contestó Allison, y se echó a llorar de nuevo.
—Sí, claro que sí —dijo dulcemente él—. Se han hecho muchos comentarios sobre el tiempo, y la vida, y la mayoría se han convertido en dichos.
Lo que los escritores llaman frases gastadas.
Tendrás que evitarlas como la peste si piensas escribir, Allison.
Pero ¿sabes una cosa? Cuando la gente se burla de la trivialidad de las grandes frases, no puedo dejar de pensar que quizá sea la verdad la causa de que, al repetirlas, las frases lapidarias se conviertan en algo trivial y demasiado usado, y finalmente empiecen a llamarse refranes.
«El tiempo cura todas las heridas», es tan trivial que seguramente mucha gente se reiría al oírme emplear esa frase. Sin embargo, sé que es cierta.
Su voz se había hecho tan suave que Allison llegó a creer que el médico se había olvidado totalmente de ella, que no estaba hablando con ella.
Era como si estuviera pensando en voz alta, pero sólo para él.
A su edad, a Allison aún le producía conmoción saber que había otras personas aparte de ella misma cuyas ideas eran dignas de meditarse.
—El tiempo cura todas las heridas —le repitió el doctor Swain—. Y toda la vida es como las estaciones del año. Está dividida en ciclos, como el clima, y cada vida sigue su propio ciclo desde la primavera a través del invierno, hasta volver a la primavera.
—Nunca había pensado de este modo sobre la vida —interrumpió Allison—. He pensado a menudo en la vida en términos de estaciones, pero cuando llega el invierno, la vida, como el año, ha terminado. No entiendo por qué usted dice «hasta volver a la primavera».
Matthew Swain se estremeció ligeramente y sonrió.
—Estaba pensando —dijo— en la segunda primavera que los hijos traen a la vida de un hombre.
—Oh —dijo Allison, no tan ansiosa de escuchar como de expresar sus propias ideas—.
A veces —dijo—, he pensado que cada vida era como un árbol.
Primero salen las pequeñas hojas verdes, que es cuando eres niño, y después salen las grandes hojas verdes.
Esto es cuando eres mayor, como yo ahora.
Después viene la época del veranillo y el otoño, cuando las hojas están brillantes y hermosas, y entonces es cuando eres realmente adulto y puedes hacer todo lo que siempre has querido.
Después no queda ninguna hoja, y es el invierno.
Entonces estás muerto, y todo ha terminado.
—Pero ¿qué hay de la primavera próxima? —preguntó el médico—.
Llegará, ¿sabes? Siempre llega. Yo también he pensado bastante en los árboles —admitió con una sonrisa—.
Siempre que miro a un árbol y me tomo el tiempo de detenerme a pensar, me acuerdo de un poema que leí hace años.
No recuerdo cómo se titulaba ni el nombre del autor, pero tenía algo que ver con un árbol.
Una parte de ese poema era: «Vi brotar la primavera en el rutilante Árbol de la Eternidad».
Quizás esto también sea un dicho. Pero a veces me consuela incluso más que el que asegura que el tiempo cura todas las heridas; de un modo distinto, naturalmente.
A veces me gusta pensar que todos vivimos nuestras vidas como el renacer de la primavera en un árbol llamado Eternidad.
Allison no habló más. Cerró los ojos y pensó en el poema del doctor Swain, y de repente no le importó tanto que Norman Page no hubiera ido a verla al hospital y que su madre le hubiera dicho cosas tan horribles y crueles.
«Vi brotar la primavera en el rutilante Árbol de la Eternidad», pensó Allison. Estaba dormida cuando Matthew Swain cerró la puerta tras de sí y salió al pasillo.
—¿Qué tal está, doctor? —preguntó la enfermera Mary Kelley .
—Muy bien —dijo el médico—. Podrá volver a casa antes de que termine la semana.
Mary Kelley le miró atentamente.
—Usted también debería volver a casa —le dijo—. Parece agotado. Qué horrible lo de Nellie Cross, ¿verdad?
—Sí —repuso el médico.
Mary Kelley suspiró.
—Y los incendios continúan. Ha sido una semana espantosa.
Cuando el médico abandonaba el hospital, se vio a sí mismo en la luna de la puerta. El reflejo de su rostro cansado le devolvió la mirada, y Matthew Swain apartó los ojos.
«Médico, cúrate a ti mismo», pensó mientras andaba rápidamente hacia su coche.
Como no salió del hospital hasta el viernes de la semana siguiente a la muerte de Nellie, Allison se ahorró el sufrimiento de ir al funeral de Nellie y ver las consecuencias que había dejado tras de sí en Peyton Place .
Norman Page no fue tan afortunado. Se vio obligado a asistir al triste funeral de Nellie en compañía de su madre, que acudió más como protesta por el comportamiento del reverendo Fitzgerald que por el deseo de ver a Nellie convenientemente enterrada.
Después tuvo que oír cómo Evelyn exponía su opinión al pastor congregacionista, a menudo y con todo detalle, durante todo el resto de la semana.
Al parecer, la madre de Norman no podía tolerar a las personas que no eran «moral y espiritualmente fuertes».
Significara lo que significase, pensó Norman con resentimiento sentado en el bordillo frente a la casa de la señorita Hester Goodale en Depot Street.
Se acordó de cuando tenía horror de la señorita Hester, y de cuando Allison se rió de él e intentó asustarle aun más diciendo que la señorita Hester era una bruja.
Norman empujó una enorme cucaracha con un palo y deseó poder ir a visitar a Allison , pero la madre de Allison se lo habría impedido igual que su propia madre.
Había echado de menos a Allison . Durante el corto espacio de tiempo en que fueron «amigos íntimos», se lo habían contado todo sobre sí mismos.
Norman incluso le habló de su padre y su madre, o al menos le dijo todo lo que sabía de ellos, y nunca había hablado de eso a nadie. Allison no se rió.