Peyton Place (Peyton Place 1) 17
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—Fue como si hubiera un espíritu perverso e insaciable en nuestra ciudad —dijo Seth Buswell más tarde—. Un espíritu insaciable cuyo único objeto fuera causar estragos y destrucción.

Seth pronunció estas palabras una vez que estaba muy borracho. En realidad, dijo « espritunsaciable », pero el doctor Matthew Swain , por una vez tan borracho como Seth en aquella ocasión, no tuvo nada que objetar a las palabras de su amigo.

—Precisamente —dijo el doctor Swain con precisión.

El médico se enorgullecía de hablar con claridad incluso cuando estaba borracho.

Otros, a pesar de no hallarse directamente relacionados con Nellie Cross ni con nada de lo que sucedió después, opinaban igual que Seth y el médico. Realmente, decían todos, el verano del año 39 había sido muy malo.

Clayton Frazier, que la noche del último sábado de agosto de 1939 bajaba por Elm Street en dirección a su casa de Pine Street , había visto al comisario Buck McCracken conduciendo a toda velocidad en dirección contraria con el doctor Swain sentado a su lado.

El hecho de que el doctor Swain fuera sentado junto a Buck en el coche del comisario era muy extraño, pues el doctor siempre utilizaba su propio coche.

Clayton se preguntó qué estaría haciendo el doctor sentado al lado de Buck en el coche oficial de la policía de Peyton Place , pero, como se dijo a sí mismo, aquello no iba a quitarle el sueño.

Estaba demasiado cansado, y fuera cual fuese la razón por la que el doctor y Buck iban juntos en el mismo coche, toda la ciudad la sabría a la mañana siguiente y entonces él se enteraría.

Clayton Frazier, tal como hacía todas las noches, se volvió frente a la puerta de su casa para echar una última mirada a su alrededor, y fue entonces cuando lo vio...

un dedo rojo, señalando hacia el cielo, sobre la colina llamada Marsh Hill .

Era un dedo de aspecto insidioso y maligno que desapareció casi enseguida, pero Clayton lo había visto.

Esperó sólo un momento antes de que volviera a aparecer, y entonces Clayton ya no esperó más.

—¡Fuego! —gritó, corriendo hacia la calle, pues no tenía teléfono en su casa—. ¡Marsh Hill está en llamas!

Un motorista que pasaba se detuvo para recoger a Clayton, y ambos hombres se dirigieron rápidamente hacia el parque de bomberos. En los pocos minutos que invirtieron en llegar, el dedo rojo había tocado la mitad de Marsh Hill y la había incendiado.

—¡Fuego! —gritó Clayton, y la complicada maquinaria que el estado y la ciudad mantenían para la lucha contra los incendios forestales se puso inmediatamente en marcha.

La costumbre local era que el comisario y el médico acudieran enseguida a una zona forestal en llamas.

El comisario porque era bombero voluntario, y el doctor Swain porque siempre se anticipaba a la posibilidad de que hubiese heridos.

Mientras se dirigían hacia la puerta de la casa de las MacKenzie, el médico y el comisario se detuvieron y volvieron la cabeza al oír el aullido de los dos coches de bomberos de la ciudad, para escrutar las colinas que rodeaban Peyton Place .

Marsh Hill ya estaba completamente en llamas, y el fuego había iniciado su veloz ascenso por la ladera de la colina siguiente, conocida con el nombre de Windmill Hill .

Buck McCracken suspiró.

—Será desastroso —comentó.

—Sí —dijo el médico, y los dos hombres continuaron su marcha hacia la puerta principal de las MacKenzie. Habían ido en respuesta a la llamada telefónica de Tomas Makris.

—Ven enseguida, Matt —había dicho Tom—. Y trae a Buck. Nellie Cross se ha ahorcado en el armario de un dormitorio de casa de las MacKenzie.

—Y esto tampoco será moco de pavo —dijo Buck cuando tocó el timbre unos minutos después.

A primera vista, la situación no parecía tan grave como Buck había temido.

En el salón de las MacKenzie todo el mundo estaba como bajo control y se mantenía bajo él gracias a la fuerza de voluntad de Tomas Makris.

Allison MacKenzie yacía inconsciente en el sofá, con Constance sentada en el borde a los pies de Allison.

Joey Cross , que había corrido en busca de su hermana como Tom le dijo, estaba sentado en un sillón al lado de la chimenea, y Selena ocupaba el sillón del otro lado de la chimenea.

Sólo Tom se hallaba de pie, permanecía inmóvil como si temiera que su control sobre el grupo fuera a perderse si se movía.

Matthew Swain se dirigió enseguida hacia Allison.

—¿Se ha desmayado? —preguntó Buck a Tom. Tom asintió—. Lo mejor sería que continuara así hasta que terminemos... —Buck titubeó y miró a Selena y Joey— lo que tenemos que hacer —concluyó.

En ese momento, Allison abrió los ojos. No profirió ninguna exclamación ni miró a su alrededor con perplejidad. Únicamente abrió los ojos, miró a su alrededor y después volvió a cerrarlos.

—Quiero tenerla un par de días en el hospital —dijo el doctor Swain a Constance—. Pediré una ambulancia.

Cuando el médico hubo telefoneado, los tres hombres subieron a la habitación de Allison.

Unos minutos después, tras la llegada de otros dos hombres pertenecientes a la oficina de Buck, el médico hizo lo que debía hacer y Buck y sus hombres se dispusieron a llevarse el cuerpo de Nellie Cross.

Matthew Swain cerró los ojos en un esfuerzo por acallar los ruidos que provenían del rellano, mientras Buck y sus hombres intentaban bajar el cadáver ya rígido de Nellie por la angosta escalera de la casa de las MacKenzie.

«¿Es que no terminará nunca? —se preguntó—. Primero el hijo de Selena, después Lucas y ahora Nellie. ¿Es que nunca terminará? Yo los he destruido a todos. Aunque Lucas esté vivo, es un hombre totalmente acabado. He hecho de él un exiliado.»

El médico bajó lentamente las escaleras. Selena, con los ojos secos y una expresión de forzado autodominio en la cara, le esperaba en el vestíbulo.

—Doctor —dijo—, ¿ha sido porque mamá lo sabía? ¿Por eso se ha suicidado?

El doctor Swain miró a Selena sin pestañear.

—No —contestó con voz tranquila—. Tenía cáncer, pero me prohibió que se lo dijera a nadie.

Selena también miró al médico sin pestañear. Sin saber cómo lo sabía, Matthew Swain supo que ella sabía que él había mentido.

—Gracias, doctor —dijo con voz tan tranquila como la del médico. Se volvió hacia el salón—. Vamos, Joey —dijo—. Es hora de que regresemos a casa.

El doctor Swain siguió a las dos figuras con la mirada hasta que echaron a andar por Beech Street .

«¿En qué pensará durante esta interminable noche? —se preguntó—. ¿Qué se dirá a sí misma mientras esté tumbada en la cama con los ojos clavados en el techo?»

El doctor Swain se encogió de hombros y se volvió hacia Tom.

—¿Te importaría llevarme a casa en tu coche? —inquirió—. Tengo que recoger el mío para ir al hospital.

Poco después, mientras conducía hacia el hospital seguido a escasa distancia por Constance y Tom, el médico se volvió a mirar la hilera de colinas donde rugía el incendio.

Toda la línea del cielo, hasta el este de Peyton Place , era una masa de llamas.

Por un momento se le ocurrió la extravagante idea de que quizás el fuego era un símbolo.

La purificación del mal por medio del fuego, pensó, y se rió de sí mismo.

Los escándalos, siempre que sean de naturaleza pública, son raros en las ciudades pequeñas.

Por lo tanto, aunque los armarios de los que habitan en una ciudad pequeña estén tan llenos de esqueletos que si todos los restos óseos de la vergüenza de la ciudad empezaran a resonar simultáneamente causarían una conmoción que se oiría hasta en la luna, la gente puede decir que nunca ocurre gran cosa en ciudades como Peyton Place .

Aunque sea cierto que los armarios de quienes habitan en una gran urbe están tan desordenados como los de los residentes en una ciudad pequeña, la diferencia es que el ciudadano de la gran urbe no puede conocer tan bien el contenido del armario de su vecino como el habitante de una comunidad más reducida.

La diferencia, en una ciudad pequeña, entre el esqueleto de un armario y un escándalo, reside en que el primero es examinado detrás de los graneros por pequeños grupos que conversan en susurros, mientras que el último es aireado por todo el mundo, en la calle principal, y comentado a gritos desde los tejados.

En Peyton Place había tres fuentes de escándalo: suicidio, asesinato y la deshonra de una muchacha soltera.

No había ha bido un suicidio en la ciudad desde que el viejo doctor Quimby se llevara el revólver a la sien y se disparase un tiro muchos años atrás.

Suicidándose, Nellie Cross había causado más sensación en la ciudad que en toda su vida.

Toda la ciudad cuchicheaba, y cuando al día siguiente de su suicidio se supo que Nellie había sido bautizada en la fe católica, los cuchicheos se convirtieron en bramidos.

Todo el mundo especulaba sobre lo que diría y haría el padre O’Brien, pero no hubo mucho tiempo para especulaciones porque el sacerdote católico hizo lo que debía hacer y lo hizo con rapidez.

Se negó a enterrar a Nellie en el santo recinto del cementerio católico.

Los miembros católicos de la población local asintieron con aprobación y dijeron que el padre O’Brien era un hombre de principios, un hombre con el valor de mantener sus convicciones.

Aunque era cierto que la Iglesia tenía reglas para orientar a sus sacerdotes, el padre O’Brien no había titubeado cuando le llegó el momento de cumplir con su deber.

No había vacilado como algunos hombres habrían hecho.

—Claro que no —dijo el padre O’Brien a Selena Cross.