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Maple Street , que cruzaba Elm Street en pleno barrio comercial, era una ancha avenida bordeada de árboles que iba de norte a sur desde un extremo a otro de la ciudad.
En el límite meridional de la calle, donde el pavimento terminaba para dar paso a un campo vacío, se levantaban las escuelas de Peyton Place .
En aquel momento se dirigía hacia allí Kenny Stearns, el factótum de la ciudad.
Los hombres que dormitaban frente al juzgado abrieron sus ojos soñolientos para observarlo.
—Por ahí va Kenny Stearns —dijo innecesariamente uno de ellos, pues todos lo habían visto y lo conocían.
—Sobrio como un juez, en este instante.
—No por mucho tiempo.
Los hombres rieron.
—Sin embargo, hace bien su trabajo —comentó un anciano llamado Clayton Frazier, que siempre llevaba la contraria a todo el mundo, fuera cual fuese el tema de conversación.
—Cuando no está demasiado borracho para trabajar.
—Que yo sepa, Kenny no ha dejado de trabajar un solo día por culpa del alcohol —dijo Clayton Frazier—. En Peyton Place no hay nadie que sepa tanto de plantas como Kenny; tiene una habilidad especial para hacerlas crecer.
Uno de los hombres rió con sorna.
—Lástima que Kenny no tenga tanta suerte con su esposa como con las plantas. Más le convendría tener una habilidad especial para las mujeres.
Esta observación fue recibida con sonrisas y carcajadas.
—Ginny Stearns es una sucia ramera —dijo Clayton Frazier, sin sonreír—. Un tipo no puede hacer gran cosa cuando está casado con una cualquiera.
—Excepto beber —replicó el hombre que había hablado primero.
El tema de Kenny Stearns pareció agotarse, y durante un momento nadie habló.
—Hoy hace más calor que en julio —comentó un anciano—. Tengo la espalda empapada en sudor.
—No durará —dijo Clayton Frazier, echándose el sombrero hacia atrás para mirar al cielo—. He visto cómo refrescaba y empezaba a nevar a la mañana siguiente de un día como hoy. Esto no durará.
—Además, no es sano. Un día como hoy es suficiente para que un hombre empiece a pensar en volver a ponerse ropa interior de verano.
—Sano o no, os aseguro que no me quejaría si el tiempo se mantuviera así hasta el próximo junio.
—No durará —reiteró Clayton Frazier, y por una vez sus palabras no provocaron una discusión.
—No —convinieron los hombres—. No durará.
Observaron a Kenny Stearns mientras giraba por Maple Street y desaparecía de su vista.
Las escuelas de Peyton Place se levantaban a ambos lados de la calle.
La escuela elemental era un gran edificio de madera, viejo, feo y peligroso, pero la de secundaria constituía el orgullo de la ciudad.
Era de ladrillo, con ventanas tan grandes que cada una ocupaba casi toda una pared, y tenía un aire de eficiencia tan serio e impersonal que se parecía más a un pequeño hos pital bien dirigido que a una escuela.
La escuela primaria era del peor estilo victoriano, afeado aún más por las escaleras de incendios que zigzagueaban a lo largo de ambos lados del edificio y el puntiagudo campanario que remataba la estructura.
La campana de la escuela elemental se tocaba con una gruesa cuerda amarilla que colgaba desde el campanario y atravesaba el techo y el suelo del segundo piso del edificio.
El extremo de la cuerda pendía, como una tentación constante para las manos de los pequeños, en una esquina del vestíbulo del primer piso.
La campana de la escuela era el amor secreto de Kenny Stearns.
La pulía tan a menudo que lanzaba destellos, como un antiguo utensilio de peltre bajo el sol de octubre.
Mientras se acercaba a los edificios escolares, Kenny levantó los ojos hacia el campanario y movió la cabeza con satisfacción.
—Ni las campanas del cielo tienen un lenguaje tan dulce como el tuyo —dijo en voz alta.
Kenny solía hablar en voz alta con su campana. También hablaba con los edificios escolares y con los establecimientos de la ciudad y los jardines que estaban a su cargo.
De las ventanas de ambas escuelas, abiertas a la cálida tarde, se escapaba un suave murmullo y el olor a virutas de lápiz.
—No debería haber clases en un día como éste —comentó Kenny.
Se detuvo junto al seto que separaba la escuela elemental de la primera casa de Maple Street . Un cálido y verde aroma, compuesto por el césped y los setos que había cortado aquella mañana, se alzaba a su alrededor.
—Hoy no es día para ir a la escuela —dijo Kenny, y se encogió de hombros con impaciencia, no por su incapacidad de expresarse sino por el asombro de una emoción rara en él.
Le habría gustado tirarse de bruces al suelo y apretar la cara y el cuerpo contra algo verde.
—Esto es lo que hay que hacer en un día como éste —dijo a los silenciosos edificios con agresividad—. Hoy no es día para ir a la escuela.
Observó que una ramita había crecido más que las otras y se levantaba sobre ellas, rompiendo la uniformidad de la superficie del seto.
Se inclinó para arrancar el brote precoz con los dedos, y sintió una gran ternura en su interior.
Pero de repente le acometió un violento impulso, agarró un manojo de pequeñas hojas verdes y las estrujó hasta sentir su humedad sobre la piel.
La pasión se apoderaba de él y le hacía contener el aliento.
Mucho tiempo atrás, antes de aprender a dominarse, había sentido lo mismo hacia su esposa Ginny.
Había experimentado esa misma ternura que de repente se convertía en deseo arrollador de estrujar, de conquistar, de poseer por la fuerza bruta.
Kenny soltó el manojo de hojas rotas y se secó la mano en la burda tela de su mono.
—¡Cuánto me gustaría echar un trago! —exclamó con fervor, y se dirigió hacia la puerta doble de la escuela elemental.
Eran las tres menos cinco, hora de ocupar su puesto junto a la cuerda de la campana.
—¡Vaya si me gustaría echar un trago! —dijo Kenny y subió los escalones de madera que conducían a la escuela.
Las palabras de Kenny, dirigidas a su campana y, por lo tanto, emitidas en voz alta, se introdujeron con claridad por las ventanas de la estancia donde la señorita Elsie Thornton daba clase a octavo.
Varios chicos se pusieron a reír y unas cuantas muchachas sonrieron, pero la diversión no duró mucho.
La señorita Thornton creía firmemente en la teoría de que si das una mano a un niño, éste acaba por tomarte el brazo, de modo que, aunque era viernes por la tarde y estaba muy cansada, reinstauró rápidamente el orden entre sus alumnos.
—¿A alguien le gustaría quedarse treinta minutos conmigo después del toque de la campana? —preguntó.
Los adolescentes, de edades comprendidas entre los doce y los catorce años, guardaron silencio, pero en cuanto oyeron la primera nota de la campana de Kenny empezaron a agitarse y a mover los pies. La señorita Thornton dio un fuerte golpe en la mesa con una regla.
—Estaos quietos hasta que dé la orden de salida —dijo—. Vamos a ver, ¿habéis ordenado los pupitres?
—Sí, señorita Thornton —respondieron todos a coro.
—Podéis levantaros.
Cuarenta y dos pares de pies tomaron posición en los pasillos que separaban los pupitres. La señorita Thornton esperó a que todas las espaldas estuvieran rectas, todas las cabezas vueltas hacia delante y todos los pies inmóviles.
—Podéis marcharos —dijo, y, como siempre, en cuanto hubo pronunciado estas palabras, tuvo la ridícula sensación de que debería agacharse y protegerse la cabeza con las manos.
A los cinco segundos, la clase estaba vacía y la señorita Thornton exhaló un suspiro de alivio.
La campana de Kenny seguía tañendo alegremente y la profesora pensó humorísticamente que, mientras Kenny tocaba siempre la campana de las tres con un fervor especial, a las ocho y media de la mañana le confería un sonido lastimero.
«Si creyera resolver algo —se dijo la señorita Thornton, haciendo un esfuerzo por relajar los músculos situados entre sus paletillas—, a mí también me gustaría echar un trago.»
Esbozando una sonrisa, se levantó y fue hacia una de las ventanas para observar la salida de los niños.
En el exterior, el tropel de alumnos había empezado a dividirse en pequeños grupos y parejas, y la señorita Thornton vio que sólo una muchacha iba sola.
Se trataba de Allison MacKenzie, que se apartó de los demás en cuanto llegó a la acera y echó a andar rápidamente por Maple Street .
«Una niña extraña», pensó la señorita Thornton, mirando a Allison hasta que desapareció de su vista.
Una niña propensa a estados depresivos que parecían extraños en alguien tan joven.
También era extraño que Allison no tuviera ningún amigo en toda la escuela, a excepción de Selena Cross.
Las dos formaban una pareja muy peculiar; Selena con su belleza morena y agitanada y sus ojos de trece años tan viejos como el tiempo, y Allison MacKenzie, aún rolliza, con los ojos muy abiertos, cándidos e interrogadores, sobre esa boca dolorosamente sensible.
«Revístete con alguna concha, querida Allison —pensó la señorita Thornton—.
Procura que no tenga grietas ni puntos débiles para que puedas sobrevivir a las flechas y hondas de la mala fortuna. Dios mío, ¡qué cansada estoy!»
Rodney Harrington salió corriendo de la escuela y no aminoró el paso cuando vio que el pequeño Norman Page se hallaba en su camino.
«Maldito niño», pensó furiosamente la señorita Thornton.