CAPÍTULO FINAL
La acampada
Por fin estamos en primavera, bastante cerca del verano. Penny corretea por las laderas, persiguiendo a alguna ardilla o cualquier cosa que se mueva. Solo espero que no cace nada, porque me dan pena los animalitos.
Kael me ha prometido varias veces que solo los persigue para jugar y que no matará a ninguno de ellos; sin embargo, cada vez que la escucho ladrar, se me pone el corazón en la garganta.
Sigo yendo los viernes a cantar y es reconfortante ver cómo se llena de personas que desean escucharme.
Y, por supuesto, Kael siempre está en primera fila, con el uniforme o sin él, da igual si trabaja, llueve o truena, él es mi fan número uno y no se pierde ni una sola de mis actuaciones.
He dado un paseo por los alrededores del bosque, hasta que Penny se puso muy nerviosa y empezó a ladrar hacia unas cuevas que se ven a lo lejos.
La piel se me puso de gallina en cuanto las vi y decidí regresar.
De todas formas, esa área está restringida desde que sucedió lo de Susan, dicen que pudo atacarla un oso cuando se fue de la cabaña en plena noche.
Por tanto, ahora hay muchas zonas cerradas.
Su cuerpo sigue sin aparecer.
Y hablando de desaparecidos, la madre de River puso una denuncia dos días después de que Kael regresase lleno de sangre.
Sé lo que hizo y no puedo odiarle por ello, solo rezo para que nunca consigan culparle.
—¡Eh! ¿Has pescado algo?
Cuando le veo, con esa piel tostada por el sol, llena de cicatrices y marcas, solo con unos pantalones remangados hasta las rodillas, metido en el río intentando pillar algún pez, no puedo evitar suspirar y pensar que ni Adrien ni todos los tíos que han pasado por mi vida han estado nunca mínimamente cerca de lo que significa la palabra amor.
Él se gira hacia mí, con un pez enganchado a la caña. Su ceja cicatrizada se alza y esos ojazos oscuros y profundos repasan mi minúsculo bikini amarillo.
—Sí, ahora encenderé la hoguera y podremos asarlos —dice señalando con la frente la cesta, y me asomo y veo que, en efecto, se le sigue dando de maravilla.
Mi cazador.
Quería pillar un par de conejos, pero me he negado rotundamente a ello. Los conejitos son adorables, ¡no se comen!
Luego me sugirió un ciervo y también le monté otro numerito.
Cuando me agacho para recoger la cesta, miro a mi alrededor, con miedo de que algún oso nos esté acechando. Kael tiene una escopeta cerca, aun así, no puedo evitar sentirme intimidada.
Él deja la caña a un lado, sobre la orilla, sale y se quita los pantalones, colgándolos sobre una rama para que se sequen al sol.
Verle desnudo, solamente con ropa interior y toda esa maravilla de cuerpo expuesto al sol, alborota mis hormonas de una forma enloquecedora.
—Bonito bikini, enana —aprecia, justo cuando le doy la espalda, empezando a caminar con la cesta hacia el interior de la cabaña. Él me sigue.
Nuestra relación sigue siendo la misma que al principio, él es todo misterio, murallas y gruñidos, y yo sigo siendo un libro abierto, con purpurina y colores vibrantes. Supongo que esto es lo que hace que no podamos vivir el uno sin el otro, porque ambos nos compenetramos como la noche y el día.
—Bonitos abdominales, señor Hall —río entre dientes, dejando la cesta con el pescado dentro del fregadero.
La cabaña de Kael es preciosa, la construyó junto a su abuelo y está llena de recuerdos de ellos.
He puesto algunas velas y también flores, ¡muchas flores!
Ya no se siente un lugar abandonado ni triste.
—Bonito culo, nena.
Me detengo en seco, haciendo que se tropiece conmigo y sus manos recaigan directamente sobre mi cintura. De forma natural, mi nuca se apoya en su pecho, y luego alzo la cabeza para mirarle a los ojos, viendo cómo me devora lentamente con la mirada.
—¿Quieres ir a la cama y sentarte sobre mi cara, cariño?
Nada más escuchar la pregunta, el interior de mis muslos se tensa y siento cómo la humedad empapa mi minúsculo bikini. Lo elegí aposta para pasearme semidesnuda por el bosque y volverle loco.
—¿No prefieres que me ponga a hacer el almuerzo?
Una de sus fuertes y venosas manos se cuela dentro de la parte de abajo, acariciando lentamente mi clítoris, de forma circular, como sabe que me gusta.
—Creo que está listo. —Su voz ronca logra mojarme muchísimo más, y más cuando uno de sus dedos se cuela en mi interior haciendo que me estremezca por completo.
Su otra mano retira la parte de arriba y deja mis tetas al aire, con los pezones duros expuestos. Los acaricia, los aprieta y hunde el rostro en mi cabello, sin dejar de masturbar mi sexo.
—Déjame comerte, y luego yo haré el almuerzo para ti.
Muerdo mi labio inferior y asiento, porque obviamente me parece una buena idea. Al principio, odiaba los cuidados excesivos de Kael, ahora, los adoro y me niego a renunciar a ellos.
Que cace, que cocine, que limpie, que me folle, que me trate como la reina que cada noche promete que soy.
—Trato hecho —acepto, echando a correr por los pasillos, deseosa de que me pille.
No tarda en llegar a mí, cargándome sobre su hombro, arrancándome la braguita a tirones y lanzándome contra la cama.
Me reincorporo un poco y veo que se tumba boca arriba, señalando con un dedo hacia su boca.
—Siéntate aquí, ahora mismo.
Uf, no hay más que hablar, señor Hall.
Apoyo las manos en sus hombros, bajando lentamente hasta notar que su lengua roza toda mi zona sensible. Un pequeño gemido se me escapa, seguido de un gritito cuando me lame con ansias y succiona todo mi clítoris.
—Dios..., ¡Kael!
—Qué rica estás, princesita.
—¿Te gusta comerme? —murmuro, moviendo mis caderas para follarme su boca mientras él aprieta mis tetas sin dejar de chuparme.
Tengo las mejillas completamente rojas por la vergüenza y el placer.
—Joder, podría alimentarme solo de ti.
Sus dedos pellizcan mis pezones y yo muevo mis caderas con más ganas. Entonces su lengua me penetra, a la vez que esos labios antipáticos, bordes y crueles me hacen retorcerme de placer.
Un bulto enorme a mi espalda muestra que está tan caliente como yo. No me lo pienso, alargo una mano y tiro del borde de su ropa interior para liberar esa erección gruesa y dura que adoro lamer. Ver a Kael correrse y oírle gemir es un espectáculo de otro mundo.
La agarro con una de mis manos, la muevo enérgicamente de arriba abajo y su aliento cálido se derrama entre mis piernas. Resoplo y tiemblo, y él me sujeta de las costillas para que no me baje de su boca.
Tampoco es que pretenda hacerlo.
Sin embargo, quiero darle exactamente el mismo placer que él me da a mí, así que me doy la vuelta y envuelvo su enorme y rosado glande en forma de fresa con mi lengua, chupándolo como estoy segura de que ninguna otra tía se la ha chupado jamás, consiguiendo que gruña algún «mierda», «hostias» «joder, nena», a la vez que sus caderas se arquean contra mi boca y las mías, siguen restregándose por toda su cara.
Una cachetada estalla en mi culo, haciéndome gritar su nombre. Mi boca se llena de su líquido preseminal y todo mi sexo se contrae.
—Vamos, cariño, eso es, córrete para mí. Dámelo, nena, estoy deseándolo.
—Falta poco, cielo —gimo, apretando las piernas y notando cómo esa sensación cálida va invadiendo mi sexo y me mojo completamente.
Kael mete hasta el último centímetro de su lengua en mi interior, apretando mi culo con tanta fuerza que me impide moverme lo más mínimo.
Yo succiono su polla, consiguiendo que él también se corra y me regale todo su placer.
Ambos gemimos al mismo tiempo, quedándonos así un largo rato. Yo recostada sobre su abdomen y él con la cabeza entre mis piernas, acariciándome el interior de los muslos.
Las nubes que se ven a través de la ventana flotan esponjosas, sobre un cielo más turquesa y menos grisáceo.
Sí, se acerca el verano. Eso significa que Payson se llenará de turistas, que tal y como prometió el dueño del bar, iré a cantar casi todas las noches y que los días que podamos, iremos juntos a la playa.
Sonrío, sintiendo la respiración apaciguada del hombre del que estoy completamente enamorada, mientras él continúa acariciándome y los lobos aúllan a lo lejos.
Por fin he cumplido mis sueños. Por fin, he encontrado mi hogar.
—Te quiero, Kael.
—Te amo, Elena.