CAPÍTULO 14 Noël à La Nouvelle-Orléans (Navidad en La Nouvelle-Orléans)
Noël à La Nouvelle-Orléans (Navidad en La Nouvelle-Orléans)
De ese día quedaba una fotografía. En ella, Eugénie y Juliette estaban sentadas a la mesa, mientras la pequeña hija de Maël, de apenas tres años, permanecía sobre las piernas de Eugénie comiendo spaguetti.
La niña estaba tranquila, confiada, como si aquel gesto no fuera nuevo. Eugénie la atendía con naturalidad, sin detenerse a cuestionar lo que en ese momento parecía simplemente parte de la cercanía entre ambas familias.
Cuando decidieron partir hacia La Nouvelle-Orléans, cada familia lo hizo en su propio carro: Eugénie y los suyos en uno, y la familia Viguier en otro.
Sin embargo, Maël tomó una decisión distinta. Prefirió viajar con Eugénie y su familia.
El trayecto duró cerca de diez horas. Fue un viaje largo, pero ligero. El tiempo parecía transcurrir de otra manera.
Maël no dejó de hacer bromas durante el camino, muchas de ellas dirigidas a Clément. Su presencia hacía que todo resultara más cercano, más distendido.
En uno de esos momentos, mientras viajaba en el asiento trasero junto a Eugénie, bajó ligeramente el cristal del carro, sacó la mano hacia afuera y dio un golpe seco contra la puerta, simulando un impacto.
Por un instante, Clément creyó que habían chocado en plena carretera.
El sobresalto fue inmediato. Luego, al comprender lo ocurrido, todo se transformó en risa.
Fue uno de esos instantes que no se buscan, pero que permanecen.
Al llegar a La Nouvelle-Orléans, el cambio se percibía de inmediato. No era solo la ciudad, sino la manera en que todo parecía suceder al mismo tiempo: el ruido, la música y el movimiento constante de la gente.
Durante el día recorrieron el French Quarter sin un rumbo fijo. Caminaban entre tiendas abiertas hacia la calle, cruzaban bares donde la música se mezclaba con las voces, y avanzaban dejándose llevar más por lo que encontraban que por un plan definido.
En muchas esquinas había algo que observar. Jóvenes bailaban sobre el asfalto, improvisando, mientras distintos ritmos se superponían en el aire. Algunas personas se detenían, otras continuaban su camino. Nada parecía organizado y, sin embargo, todo tenía su propio orden.
Con el paso de las horas, los recorridos comenzaron a dividirse de manera natural. Los adultos siguieron su propio camino, mientras Eugénie, sus hermanas y Maël, junto con sus hermanos, avanzaban por su lado.
Entraban en tiendas, observaban, probaban cosas y compraban algunos regalos. El tiempo transcurría entre risas, comentarios y pequeñas bromas que surgían con facilidad.
Al final del día, volvieron a encontrarse.
Esa noche fueron a cenar juntos en Mandina’s Restaurant, en Mid-City. Después del movimiento constante de la jornada, el ambiente era más tranquilo.
Maël y Eugénie quedaron sentados cerca.
Entre las recomendaciones, Maël mencionó la sopa de tortuga al jerez. Eugénie decidió no pedirla.
Cuando la sopa llegó a la mesa, Maël probó un poco y, casi de inmediato, le ofreció a Eugénie que la probara.
Ella dudó un instante, pero aceptó.
Después de probarla, reconoció que era la mejor sopa que había tomado. Comentó que se arrepentía de no haberla pedido cuando él se la había recomendado.
Sin embargo, ya habían comido suficiente. La mesa estaba llena de platos, de mariscos y de todo lo que habían pedido durante la cena. No tenía sentido pedir más.
El momento quedó ahí, entre comentarios ligeros y el ruido del restaurante.
Pero algo, aunque mínimo, había cambiado.
Más tarde, decidieron detenerse en Pat O’Brien’s.
El lugar estaba lleno, con el murmullo constante de las conversaciones y la música que se filtraba desde distintos espacios. Entre las bebidas, pidieron el Huracán.
El vaso en el que lo servían tenía algo particular. Al terminar la bebida, los clientes podían devolverlo o conservarlo como recuerdo. Muchos optaban por guardarlo.
Maël decidió hacerlo.
Pidió una caja de cartón y, sin darle mayor importancia, colocó el vaso dentro para que Eugénie se lo llevara.
Fue un gesto simple, casi perdido entre el movimiento del lugar.
Pero no pasó desapercibido.
Dentro de uno de los salones, el ambiente era distinto.
Dos pianos de cola, negros, ocupaban el centro del espacio. Los músicos se alternaban sin pausa, mientras la gente cantaba en voz alta, chocando los vasos y siguiendo melodías que todos parecían conocer.
Las canciones se mezclaban entre sí, algunas recientes, otras ya convertidas en clásicos, pero todas compartidas con la misma intensidad.
El sonido llenaba el lugar por completo, obligando a alzar la voz, a acercarse más.
Cuando salieron, la noche había avanzado y el frío se hacía más evidente de lo que habían previsto.
Eugénie lo sintió, aunque no dijo nada.
Maël, sin necesidad de preguntarle, se quitó la chaqueta y se la ofreció.
Eugénie la aceptó.
Continuaron caminando.
Las calles de Bourbon Street estaban llenas de gente, de luces y de música que salía de distintos lugares al mismo tiempo. Todo parecía moverse sin detenerse.
Caminaban entre la multitud, pero sin perder la sensación de estar en un espacio propio, separado del resto.
Avanzaban entre la gente, a veces hablando, a veces en silencio, como si no hiciera falta decir nada más.
Entre la multitud y el ruido, había momentos en los que se encontraban con la mirada y se sonreían, como si lo demás quedara en segundo plano. Pequeños gestos, breves, que no necesitaban explicación.
Nada parecía fuera de lugar.
Y, sin embargo, algo había comenzado a cambiar.
Días después, ya en plena celebración de la Navidad, se reunieron en la casa del hermano de Maël y su esposa.
El ambiente era cálido, lleno de conversaciones que se cruzaban entre sí. En la cocina, la esposa del hermano de Maël preparó un Brandy Alexander que llamó la atención de todos. Clarisse le pidió la receta, comentando lo bien logrado que estaba.
Alrededor estaban todos: los padres de Eugénie, sus hermanas y también los padres de Maël.
Eugénie no conocía bien el espacio. Era la primera vez que estaba allí.
En un momento, se dirigió hacia la cocina sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor.
Lo que no sabía era que, en la entrada, casi imperceptible, colgaba un mistletoe.
Todos lo habían visto.
Todos, menos ella.
Al cruzar, alguien señaló la situación. Las voces cambiaron de tono, entre risa y expectación. Fue entonces cuando le dijeron que, al estar bajo el mistletoe, tenía que besar a Maël.
Eugénie pensó que era una broma.
Maël ya estaba allí.
El momento se sostuvo unos segundos.
Entonces, sin llamar la atención, Maël tomó a Eugénie de la mano y la llevó hacia un espacio más apartado, detrás del sofá.
Se sentaron en el suelo.
Allí, con calma, él le explicó el verdadero significado del mistletoe.
La conversación se extendió más de lo que parecía. El ruido de la reunión continuaba alrededor, pero para ellos quedó en segundo plano.
Cuando volvieron a incorporarse, nada en apariencia había cambiado.
La casa seguía igual. Las voces, la música, las risas.
La noche continuó.
Pero el tiempo ya no parecía moverse del mismo modo.
A partir de esa noche, comenzaron a encontrarse de otra manera.
Sin haberlo dicho, sin haberlo decidido en voz alta, nada volvió a ser igual.