PETITE LUMIÈRE CAPÍTULO 11 APRENDER A EMPEZAR DE NUEVO (En Estados Unidos)
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CAPÍTULO 11 APRENDER A EMPEZAR DE NUEVO (En Estados Unidos)

APRENDER A EMPEZAR DE NUEVO (En Estados Unidos)

Al llegar a Miami, la vida de Eugénie y su familia comenzó a transformarse poco a poco.

Todo era nuevo: el idioma, la escuela, las costumbres, la forma de vivir.

Fue un proceso natural, lleno de descubrimientos. Cada día traía algo distinto: nuevas palabras, nuevas personas, nuevas experiencias que, sin darse cuenta, comenzaban a formar parte de su mundo.

Eugénie y sus hermanas se adaptaron con naturalidad, guiadas por la curiosidad y la emoción de estar viviendo algo diferente.

Asistían a un colegio donde aprendían inglés, lo que les permitió integrarse rápidamente.

Más adelante, ingresaron a la reconocida academia de modelaje Barbizon School of Modeling and Acting, donde comenzaron a formarse en el mundo de la pasarela.

Allí aprendieron presencia escénica, expresión, maquillaje, etiqueta y protocolo.

Sin darse cuenta, un nuevo camino empezaba a abrirse ante ellas.

Con el tiempo, todo comenzó a tomar forma.

Pero había algo que nunca cambió: la esencia de la familia De Saint-Tournier.

La casa en Coral Gables se convirtió en el centro de esa energía. Era una casa amplia, de dos plantas, con cinco habitaciones y una escalera dorada en forma de caracol que la hacía inolvidable.

La historia de esa casa también parecía escrita para ellos.

Un día, Eugénie y su padre, Clément, paseando por el área, vieron una casa que parecía estar en venta.

Eugénie le pidió que se detuviera para verla.

Su padre le dijo que no creía que la casa estuviera disponible, pero, después de mucho insistir, decidieron entrar.

Al entrar a la casa, Clément pensó que estaba fuera de su alcance.

Pero Eugénie insistió.

Y le aseguró que esa sería su casa y que la conseguirían al precio que Clément quería. Y, para su sorpresa, se hizo el trato como Eugénie le había dicho a su padre.

Una vez instalados, la casa se transformó en un punto de encuentro.

Siempre estaba llena de amigos, familiares y vecinos. Nadie quería irse de allí porque era un ambiente muy alegre; siempre había música, mucha comida, bebidas y muchas risas, y eso era muy contagioso.

La familia, los vecinos y algunos amigos formaban parte de esa energía que se sentía apenas cruzaban la puerta.

El salón, amplio y con bar, se convirtió en el corazón de los encuentros. Allí pasaban largos ratos en familia y se celebraban tertulias, fiestas y reuniones que parecían no tener fin.

En los días más fríos, surgía uno de los momentos más especiales.

Cuando la temperatura bajaba, tenían una tradición: se reunían con los vecinos, cada vez en una casa diferente, pero siempre terminaban en la casa de Clément y Mathilde De Saint-Tournier, porque esa casa siempre estaba llena de felicidad.

Tenían un plan: alguien tenía que buscar los churros y encargarse de llevarlos.

Eugénie preparaba el famoso hot cocoa (chocolate caliente).

Le quedaba delicioso por todos los ingredientes que le ponía. Y aunque siempre le pedían la receta, Eugénie sonreía sin revelar su ingrediente secreto, ya que era un secreto entre ella y su padre, Clément.

Todos decían que era el mejor chocolate caliente del mundo.

Y, entre risas, historias y conversaciones interminables, las horas pasaban sin que nadie quisiera irse.

En medio de toda esa vida en la casa, había un lugar aún más especial para Eugénie.

El cuarto de música.

Una habitación insonorizada donde el sonido parecía quedarse suspendido en el aire. Allí pasaba largos momentos escuchando música y, a veces, junto a sus hermanas Clarisse y Juliette.

Bailaban durante horas. Era su forma de ejercicio, pero también una forma de expresión.

Ese espacio representaba uno de sus sueños más profundos: tener algún día su propio estudio de grabación, componer, grabar.

Ese sueño seguía vivo.

Pero, desde entonces, Eugénie dejó de cantar.

Y, en medio de esa etapa, el doctor Rodolphe “Le Roux” Viguier y su esposa, Michie Viguier, solían viajar a Miami para visitar a Mathilde y a Clément, y se quedaban en la casa por unos días para compartir y disfrutar de esos momentos en familia.

La conexión entre ambas familias venía de mucho antes.

En la isla, cuando Eugénie era apenas una bebé, ocurrió una escena que con el tiempo se convertiría en una anécdota familiar.

Uno de los hijos del doctor, en un impulso de juego, tomó el cochecito donde ella descansaba.

Lo empujó cuesta abajo.

El cochecito comenzó a deslizarse, tomando velocidad.

Por un instante, todo fue sorpresa. Luego, carreras, nervios, hasta alcanzarlo.

Con los años, aquel momento quedó grabado como una historia que siempre volvía, acompañada de risas.

En Miami, esa relación cobró nueva vida.

El doctor Viguier, elegante y de presencia firme, y Michie, pequeña, llena de energía y picardía, traían consigo una alegría especial. Contaban historias y chistes que se extendían hasta la madrugada; reían sin parar, hasta las lágrimas.

Para Eugénie y sus hermanas, aquellos momentos eran inolvidables.

Pero había algo que los hacía únicos: el baile.

El flamenco.

Lo bailaban con gracia, elegancia y una intensidad que capturaba la atención de todos. Cada vez que comenzaban, el ambiente cambiaba. Era imposible no detenerse a mirar.

Juntos creaban un momento mágico, un pequeño espectáculo improvisado que dejaba a todos maravillados.

Después del baile, Eugénie les preparaba al doctor y a su padre, Clément, un helado especial, tan bien presentado que parecía de revista.

El helado era una de las debilidades del doctor, que siempre le pedía un poco más antes de ir a descansar.

Eugénie disfrutaba profundamente esos instantes, especialmente porque los compartía con Clément.

Mientras tanto, nuevas oportunidades comenzaron a surgir.

Desfiles, presentaciones, pasarelas, comerciales de televisión.

Las luces y el movimiento se convirtieron en parte de su vida.

Y, en cada uno de esos momentos, Clément, con una cámara en las manos, capturaba cada instante: fotografías, videos, fragmentos de vida.

Sin saberlo, Clément le transmitía a Eugénie ese amor por capturar momentos.

Eugénie lo observaba con atención.

De Clément aprendía, sin darse cuenta, a mirar y a conservar recuerdos.

Y su vida seguía avanzando.