Capítulo 19 #3
Con movimientos lentos y torpes, cerró el archivo y lo guardó de nuevo en el cajón, se dejó caer en el suelo de madera y se quedó mirando al vacío. No podía leer más.
Así que por eso perseguir a Lord Marion no le convenía a Maxwell.
Una oleada de traición ardiente y nauseabunda le subió por el pecho.
¿Dinero para comprar su silencio? Estaba claro: ella, Hailee y Rona valían menos que lo que Lord Marion le había pagado a Maxwell para que dejara de investigar.
Por eso insistía con tanta vehemencia en que Varek y Lord Marion no tenían ninguna relación actual, en que ninguno de los dos podía estar persiguiéndolas a ella, a Hailee o a Rona.
Sintiéndose enferma, cogió el teléfono del escritorio y lo miró.
Un mensaje de Hailee de hacía diez minutos.
Hailee: Volviendo. Seguramente llegue en diez.
Zoey se atragantó con su propia saliva y se puso de pie de un salto.
Tosió, cogió el destornillador del suelo y se lo metió en la manga de la sudadera.
Fuera se oían los neumáticos de un coche sobre la grava del camino de entrada.
Soltó una palabrota entre dientes y cerró el cajón de una patada; siseó de frustración cuando golpeó contra el marco del archivador y volvió a abrirse.
Con el pánico creciéndole por dentro, volvió corriendo y lo empujó para cerrarlo.
Una esquina parecía ligeramente despegada del marco.
Echó un vistazo rápido a la ventana. No podía preocuparse por eso ahora.
Corrió hacia la puerta de la oficina, la cerró de un portazo y el pomo traqueteó de forma preocupante.
Zoey avanzó de puntillas por el rellano y echó un vistazo hacia la oficina de Charity.
No había tenido tiempo de volver a ajustar el pomo.
Susurró otra palabrota y bajó las escaleras a toda prisa, justo cuando el cerrojo de la puerta principal empezaba a girar.
Se obligó a no quedarse paralizada. No podía llegar a la puerta trasera desde allí sin que la vieran cruzar corriendo el salón, y desde luego no podía salir por la puerta principal.
Saltó los últimos cinco escalones y aterrizó sin hacer ruido, agradeciendo en silencio los años de ballet que le habían dado esa ligereza de movimientos.
Ignoró el latigazo de dolor que le atravesó el muslo y corrió en silencio por el pasillo hacia la cocina; cerró la puerta de golpe justo cuando oyó abrirse la puerta principal.
Durante un segundo, Zoey se quedó pegada a la puerta, comprobando que no se le vieran los pies por la rendija de debajo.
Entonces la voz de Hailee llegó flotando por el pasillo, acompañada de un bufido de Simon.
Zoey exhaló en silencio. Apenas alcanzaba a oír el bastón de Charity golpeteando contra el suelo del pasillo.
El sonido se detuvo y Charity dijo algo que Zoey no llegó a distinguir, acompañado de una serie de toses apagadas; luego el golpeteo del bastón se reanudó.
A Zoey se le heló la sangre. Estaba subiendo las escaleras.
Zoey inspiró despacio entre los dientes.
Quizá pudiera salir por la puerta principal antes de que Charity llegara arriba.
Podría fingir que había salido a dar un paseo; no sabía lo creíble que resultaría con la que estaba cayendo, pero merecía la pena intentarlo.
Abrió la puerta de la cocina y retrocedió de inmediato.
Simon estaba al otro lado, con la mano extendida hacia el pomo.
Zoey esbozó lo que esperaba que fuera una sonrisa desarmante.
—Hola.
Simon entró en la cocina, cerró la puerta y se cruzó de brazos.
—¿Qué has hecho?
—¿Quién? ¿Yo? Nada —respondió Zoey mientras retrocedía unos pasos.
Simon apretó los labios.
—Zoey, pareces una niña a la que acaban de pillar con la mano en la masa... o en el bote de las galletas, como prefieras. ¿Qué has hecho?
—Nada —los ojos de Zoey se desviaron hacia la tetera, justo detrás del codo de Simon—. Preparando té.
—Nunca estás aquí, Zoey. O estás en el anexo o recorriendo las colinas como una colonizadora en busca de nuevas tierras. ¿Qué. Has. Hecho?
—Es... —comenzó Zoey.
—No te atrevas a decir «difícil de explicar» —respondió Simon, con un brillo divertido en los ojos tras las gafas.
—¿Quieres té? —preguntó Zoey—. Creo que yo sí quiero.
Dio un paso hacia la tetera y el destornillador se le escurrió de la manga y cayó en el suelo de baldosas, entre ella y Simon. Hizo una mueca mientras Simon lo veía rodar por el suelo hasta chocar con la punta de su zapato.
Zoey se tocó el colgante.
—Me apetecía hacer unas reformas en casa.
—¿Reformas en casa? —preguntó Simon mientras se agachaba a recoger la herramienta.
—Bueno —dijo Zoey, fingiendo pensárselo—. Más bien reformas de archivadores.
Simon frunció el ceño un instante y Zoey lo miró fijamente. Entonces Simon cayó en la cuenta, levantó una mano y abrió la boca.
Charity gritó desde el segundo piso. —¡Simon!
Simon inspiró hondo y negó con la cabeza. Zoey cerró los ojos con fuerza y se encaminó hacia la puerta.
—Iré a hablar con ella —dijo—. Esto es culpa mía.
—No, no lo hagas. Déjamelo a mí —dijo Simon, y se dio la vuelta para salir de la cocina.
Zoey se quedó mirándolo un instante. ¿Dejárselo a él?
¿Se atrevía de verdad? No tuvo tiempo de pensarlo.
Se recompuso y lo siguió unos pasos por detrás.
Hailee esperaba al pie de las escaleras, mirándose las uñas.
Levantó la vista y le lanzó una mirada confusa; Zoey negó con la cabeza.
Un peso se le asentó en el estómago. Ni siquiera había tenido ocasión de pensar cómo contarles a Hailee y Rona lo que había descubierto.
Hailee se encogió de hombros, luego sonrió a Simon y señaló hacia arriba. —Te reclaman.
—Eres un peligro público. Anda, vete a freír espárragos —dijo Simon con una sonrisa, sin asomo de amenaza en sus palabras.
—Quizá más tarde. Esto es mucho más interesante —respondió Hailee, apoyada en la barandilla.
Simon se rio y empezó a subir las escaleras, con el destornillador todavía en la mano. Zoey miró a Hailee y juntas lo siguieron en silencio.
—¿Qué pasa, Char? —preguntó Simon al doblar la esquina en lo alto de las escaleras.
Zoey se detuvo unos escalones más abajo, fuera de la vista pero a una distancia desde la que podía oírlo todo perfectamente.
—Este pomo se me ha quedado en la mano —siseó Charity, interrumpida por un ataque de tos—. Nunca ha estado suelto. ¿Esta oficina? ¿ Mi oficina? Si hubiera sido la tuya, no habría importado nada. ¿Pero la mía? Voy a ir directamente a Maxwell. ¡Esto es el colmo! ¿Tienes idea de lo que guardo...?
Simon la interrumpió. —Fui yo, Char.
—...¡podría haber encontrado cualquier cosa! Una invasión total de mi... ¿tú?
—Bingo —respondió Simon.
Charity resopló con disgusto. —¡Ya hemos hablado de los americanismos, Simon! Sabes que no me gustan. ¡Y no me trates con condescendencia! ¿Qué ha pasado?
—No se puede uno divertir en esta casa, ¿eh?
—Simon soltó un suspiro—. Encerraste a uno de los gatos en tu despacho.
Sé que se cierra por dentro y que sueles llevar la llave encima.
Estabas con Maxwell, así que pensé que quitar el pomo sería más fácil que interrumpiros. Venía ahora mismo a arreglarlo.
—Podrías al menos haberlo atornillado bien —espetó Charity.
—Creía que para eso llamabas a Maxwell, cuando necesitas que te aprieten algo —dijo Simon.
Zoey mandó callar a Hailee con un gesto mientras su hermana pequeña sofocaba una risita. Acto seguido, las dos se encogieron al unísono cuando el inconfundible sonido de una bofetada resonó por el pasillo.