15 Kellin
Kellin
—Tengo una idea.
Maeve levanta la vista de una nota que estaba escribiendo en su teléfono y arquea una ceja.
—¿De acuerdo?
La agarro por la cintura y la acerco a mí.
—En el próximo, finjamos que somos pareja.
Un leve temblor le recorre el cuerpo. Se muerde el labio inferior mientras la tentación y la resistencia luchan en su bonito rostro.
Un avance. Estoy convencido de que me habría rechazado sin contemplaciones ayer, pero con cada hora lejos de su hotel, un poco más de tensión se disipa de sus hombros.
Se enrosca el cabello entre los dedos y finalmente sonríe.
—Trato hecho.
Le devuelvo la sonrisa.
Me gusta esta versión de Maeve. Menos tensa, más relajada. Nunca imaginé disfrutar tanto de su compañía.
Quizás demasiado. He conseguido sacarle mucha información sobre el hotel, pero nada sobre Nolan Doyle, Declan Gallagher o los Port Kings.
Eso tiene que cambiar, y pronto, si quiero terminar esta misión a tiempo.
Así que, al llegar al siguiente hotel, me propongo lograr ese objetivo.
Con unas bebidas.
Entramos al elegante y moderno restaurante del hotel, que cuenta con alfombra oscura, reservados color crema, manteles blancos y lámparas industriales de diseño vanguardista.
Costoso, con un menú de alta calidad. Aunque, la verdad, siendo sincero, prefiero la oferta de Emerald & Oak en Cypress Hotel, es más de mi gusto.
El maître se endereza al vernos acercarnos.
—Buenas noches, señor y señora. Bienvenidos a Nightstar. ¿Cena para dos?
—Sí, por favor. Mi esposa y yo estamos celebrando nuestro primer aniversario.
—Estupendo. En ese caso, les traeré champagne. —Una mirada cómplice aparece en los ojos del hombre mientras toma un par de menús y nos indica que lo sigamos—. Por aquí.
Maeve reprime una risa tapándose la boca con la mano mientras yo me froto el pecho e intento recuperarme del impacto inesperado de llamarla mi esposa.
Ella me susurra al oído.
—Creía que habíamos venido a hacer un recorrido por el lugar.
—Recorrer el restaurante cuenta. —La dejo pasar primero mientras el maître nos guía por un corto tramo de escaleras hasta una zona más íntima en el tranquilo y lujoso comedor.
Una vez a solas con nuestros menús y agua, Maeve se echa el cabello hacia atrás sobre el hombro.
—Señor Jameson, ¿está intentando invitarme a cenar y tomar vino?
Le dedico una sonrisa sincera.
—¿De qué otra forma esperas que te quite el vestido con mis encantos?
Me da un golpecito en el brazo, fingiendo estar ofendida.
No es que esté bromeando. Acostarme con Maeve no es ningún problema. Me encuentro cautivado por sus encantos con bastante frecuencia.
Si no tengo cuidado, olvidaré por qué estoy aquí.
«Será mejor que te concentres, Kellin».
Con cada trago, Maeve se relaja un poco más. Sorbo a sorbo, sus labios se aflojan, dándome la oportunidad de burlar su baja defensa y preguntarle sobre su padre.
Pero en lugar de eso, me pierdo en el éxtasis que se le refleja en el rostro mientras prueba aperitivos gourmet. Me pregunto si así sería la vida con alguien como Maeve.
Sé que esto no es real. Un cuento de hadas, en el mejor de los casos. Sin embargo, la experiencia me hipnotiza igualmente.
Sentados uno al lado del otro en un reservado íntimo. Riéndonos. Compartiendo roces suaves y champagne. Me da bocados de pastel de chocolate y me limpia las migajas de la boca con sus dedos.
Su mirada oscura se detiene en mis labios, como si tuviera la tentación de devorarme.
El peligro reside en cuánto deseo que eso suceda.
En un momento dado, su cabeza descansa sobre mi hombro derecho y su mano izquierda se posa sobre mi muslo derecho. Este gesto sencillo, cálido y llamativo busca animar a los camareros a seguir mimando a la pareja que celebra su aniversario.
Pero la electricidad punzante que me recorre la pierna hasta la ingle es muy real.
Me remuevo en la silla. Tenemos que salir de aquí. Si no nos vamos pronto, podría reservar una habitación en este lugar y llevarla arriba en menos de una hora. Eso no puede pasar.
Todavía no.
No antes de aprovechar al máximo esta oportunidad para sacarle información.
Desperdicié mis primeras oportunidades, demasiado distraído por su bonito rostro y sus labios carnosos.
No desperdiciaré las siguientes.
Una vez terminada la cena, la guío hacia el vibrante corazón de Santa Monica. Al menos, en las calles no me dejaré llevar tan fácilmente, ni mandaré al diablo la misión.
Maeve se balancea ligeramente al caminar. Contenta por el champagne.
Sin previo aviso, entrelaza los dedos con los míos. El muelle de Santa Monica se abre ante nosotros.
Señala con una sonrisa, claramente algo ebria.
—¡Siguiente parada!
—¿El muelle?
—Mejor.
No entiendo a qué se refiere hasta que me arrastra entre la multitud nocturna y consigue dos boletos para subir a la rueda de la fortuna
—¡Vamos!
Aunque sé que debería llevarnos de vuelta hacia los hoteles y las tiendas, me encanta el brillo en sus ojos. La forma en que se le ilumina el rostro mientras observa la rueda girar.
Me recuerda a una niña pequeña que nunca pudo ir a la feria, que está viviendo la experiencia a través de su yo adulto.
Debería parecerme molesto, pero es... adorable. No puedo obligarme a robarle este momento.
No recuerdo la última vez que sentí el corazón tan ligero.
Avanzamos en la fila. Un empleado de la atracción nos indica que entremos en una cabina amarilla brillante con forma hexagonal.
El espacio se balancea por nuestro peso mientras entramos. No soy muy fan de esto, pero una vez que estamos sentados, el balanceo disminuye. Si Finn me hubiera dicho al principio que la misión implicaría una rueda de la fortuna, me habría reído en su cara.
Y, sin embargo, aquí estoy.
Pronto, nos elevan por los aires sobre Santa Monica, con la costa brillando bajo nosotros.
Maeve contiene la respiración.
—¿No es hermoso?
El sol poniente le ilumina las pecas con un suave resplandor.
No puedo apartar la vista de ella.
—Hermoso.
—¿Verdad? —suspira.
Claro, la playa también es bonita.
—Una pregunta. —Le doy un codazo en el hombro—. ¿Por qué Santa Monica?
Sus ojos se encuentran con los míos, brillantes y un tanto salvajes.
Bañada en una luz dorada, resplandece lo suficiente como para rivalizar con cualquier diamante.
Aquí afuera, es más libre, menos limitada por las responsabilidades, y ese pequeño atisbo de desenfreno aviva aún más mi deseo por ella.
—¿Mmmm?
—¿Por qué tú y tu padre decidieron administrar un hotel en Santa Monica?
Se toca el labio inferior con el dedo anular, y de repente, lo único en lo que puedo pensar es en besarla de nuevo.
—La playa es mágica. Por eso.
Con esfuerzo, me concentro en su respuesta.
—¿Cómo es eso?
Sonríe radiante.
—Te lo mostraré.
Después de bajar de la rueda, Maeve me lleva a la playa de Santa Monica, donde seguimos el paseo por el malecón.
Ciclistas y patinadores que salen a dar un paseo nocturno monopolizan el carril para bicicletas. Las familias se alejan de la playa, llevándose a rastras a sus hijos gritones cubiertos de arena.
Sigo esperando la “magia” de la que habló Maeve. Hasta ahora, el malecón de Santa Monica se parece a muchas playas de la Costa Este, solo que más concurrida.
Más templado, tal vez, pero una playa es una playa.
En el siguiente claro, se desvía hacia la arena, deteniéndose para quitarse los tacones. Atravesamos los montículos irregulares, acortando la distancia que nos separa de la marea. Mientras tanto, la arena se filtra en mis zapatos favoritos.
Me los quitaría, pero entonces la arena se pegaría entre mis dedos, lo que sería aún peor.
Cerca de la orilla, me rindo.
—¿Qué tiene de mágico esto?
Maeve se adelanta dando brincos.
—¡Solo espera! —Me dedica una sonrisa por encima del hombro y echa a correr a toda velocidad hacia el mar.
La sigo a un ritmo más pausado. Cuando llega a la arena mojada, suelta los zapatos y corre hacia las olas como una loca.
Abro los ojos de par en par.
Nadie más está nadando ahora mismo.
No hay torres de salvavidas por ninguna parte.
No hay luces.
Y, aun así, esta mujer un poco ebria se zambulle en el agua y se sumerge bajo una ola como una nadadora de estilo libre de clase mundial.
Mierda.
Acelero el paso para alcanzarla.
—¡Maeve!
Pasan segundos inquietantes sin que su cabeza asome a la superficie. Un escalofrío me recorre las venas.
«No, no, no...»
Maeve emerge del agua de golpe y da vueltas sobre sí misma.
—¡Magia!
El alivio que siento dura poco.
Como está de frente a mí, no puede ver la enorme ola que se levanta detrás de ella.
—¡Cuidado!
Demasiado tarde, intenta mirar por encima del hombro. La pared de agua la derriba, levantándola del suelo. Una vez más, desaparece de mi vista.
—¡Mierda!
Me quito los zapatos y corro hacia el agua. Apenas me llega a los tobillos cuando reaparece, jadeando por aire.
Se tambalea hacia mí. La alcanzo a mitad de camino y la guío hasta la arena. Se desploma de espaldas, riéndose mientras mira al cielo nocturno.
Apoyo mis manos en mis muslos, maldiciendo e intentando calmarme antes de que me dé un infarto.
¿En qué demonios estaba pensando?
Pero cuanto más se ríe, más se desvanece mi enojo.
Ese sonido es un bálsamo para mi alma.
Me inclino sobre ella, bloqueando su vista de las estrellas.
—¿De qué te ríes, Temeraria?
—Te dije que la playa era mágica —suspira, satisfecha—. Te hace olvidar todos tus problemas por un ratito. —Con una sonrisa soñadora, cierra los ojos y se relaja en la arena.
El resto de mi enojo se disipa. ¿Cómo puedo seguir enfadado cuando ella está tan feliz?
Además, tiene razón.
Durante esos pocos minutos, mis otras preocupaciones desaparecieron.
Claro, fue porque pensé que estaba a punto de ahogarse, pero supongo que los detalles no importan.
Me río y la ayudo a levantarse.
—Puede que tengas razón en algo.
Buscamos nuestros zapatos por la playa y caminamos de regreso hacia el malecón.
Cuando volvemos a Cypress Hotel, Maeve está temblando.
Ahora que la broma de la playa ha pasado, me preocupa que se resfríe. Puede que estemos en California, pero la noche de finales de octubre es fría.
Necesita entrar y calentarse.
Nuestro mayor problema ahora es cómo manejar eso.
Maeve está borracha, helada y cubierta de sal y arena seca. Por muy adorable que me parezca en este estado, dudo mucho que quiera que su personal sea testigo de esto.
Se agarra de mi manga, conteniendo una risita entre escalofríos.
—Entremos sigilosamente por la parte de atrás.
—Buena idea —asiento, ajustando la palma de mi mano a la curva de su espalda mientras nos guía hacia un lado oscuro del edificio.
Después de que Maeve pasa su tarjeta, entramos en las entrañas del hotel, sin ser vistos, deslizándonos por un pasillo en algún lugar bajo el vestíbulo.
—¿Maeve?
La voz nos detiene en seco.
Vaya, mierda.
Supongo que Brody Gallagher también pensó que esta noche era un buen momento para colarse por la puerta trasera.