Persecución Despiadada (Reyes Irlandeses 6) 14 Maeve #2
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14 Maeve #2

Mi pulso se acelera. Me inclino hacia atrás involuntariamente.

Deseo. Crudo. Sin filtros. Ardiente.

Intento llenar mis pulmones de aire, pero el aire no sale.

—Kellin, no creo que pueda...

Me jala hacia adentro. La puerta se cierra de golpe tras de mí, y un brazo fuerte me rodea la cintura mientras su otra mano me acaricia la nuca. Se detiene un instante, dándome tiempo para protestar, para irme.

Sin embargo, no me muevo ni emito ni un sonido. Apenas me atrevo a respirar.

En un abrir y cerrar de ojos, sus labios reclaman los míos. Cuando jadeo contra su boca, me acerca más hacia él para profundizar el beso.

Me devora como si yo fuera el plato del menú del desayuno. Un deseo ardiente me recorre el cuerpo, encendiendo cada terminación nerviosa y tensando mi interior. Su aroma limpio, ligeramente almizclado, invade mis sentidos.

El recuerdo de nuestro primer beso no se compara con el calor abrazador de nuestros cuerpos en ese momento, ni con esa atracción magnética en mi vientre. Su sabor de él en mi lengua.

A través de la fina tela de mi vestido, mis pechos rozan su torso desnudo. Mis piernas se encuentran con sus muslos duros como rocas. Deslizo mis manos por sus brazos, sobre su espalda, y las enredo en sus suaves rizos.

Sus cortos mechones castaños se deslizan como seda entre mis dedos.

Tiro de un mechón y él me muerde el labio, con un sonido gutural, mitad gruñido mitad gemido, que le hace vibrar el pecho.

Su agarre en mi cintura se afloja y su mano se dirige a mi cadera.

Dibuja círculos lentos y sensuales con el pulgar, al ritmo de su lengua en mi boca.

Rompe el beso tan rápido como lo inició. La mano en mi cadera se detiene. La otra baja hasta posarse en mi espalda baja.

Kellin se aparta.

Sus ojos se encuentran con los míos. El deseo, ardiente pero contenido, aún arde en sus profundidades.

Controlado.

Pasan unos segundos antes de que consiga aclarar mis ideas lo suficientemente como para hablar.

—Vine a cancelar. Eso es lo que intentaba decirte por teléfono. Quizás podamos desayunar, pero tengo que volver después. Tengo demasiado que hacer.

Su mano se desliza de mi cadera.

—¿Es eso lo que te dices a ti misma para evitar pasar el día conmigo?

Sí.

No.

Posiblemente.

Un escalofrío me recorre. Su leve sonrisa me indica que ha notado mi reacción.

—No, claro que no. Tengo un millón de cosas que hacer. —Es la verdad, y también una excusa conveniente—. Pero hice una lista de otros hoteles de la zona. Puedo enviártela por mensaje.

Su sonrisa maliciosa me hace apretar los muslos.

—Puedes pasar el día recorriendo hoteles y enseñándome la ciudad, o puedes quedarte en esta habitación conmigo las próximas doce horas. Tú decides. —Se dirige al baño—. Estaré listo en cinco minutos.

El ultimátum apaga la lujuria que me recorre el cuerpo y la reemplaza con irritación.

Son dos exigencias en menos de media hora. ¿Por qué los hombres siempre creen que pueden darme órdenes?

Me he pasado toda la vida siendo una marioneta a merced de las exigencias de mi padre. No pienso ceder ante este inversor, por muy atractivo que sea.

Me dirijo al baño y me detengo junto a la puerta entreabierta.

—Puedes tomar esa oferta...

Mi teléfono suena en mi bolso, interrumpiendo mi respuesta sarcástica. Saco el dispositivo móvil y veo un mensaje de papá.

**Papá: Reunión al mediodía. Hablaremos de finanzas.**

Esa pequeña chispa de irritación se convierte en un infierno. Otra de las famosas exigencias de Declan.

Escribo una respuesta rápida y la envío antes de que pueda cambiar de opinión.

**Yo: No puedo. Estoy fuera por asuntos del hotel.**

Seguro que se enfadará, pero ya me ocuparé de ese problema más tarde.

Guardo el teléfono en mi bolsillo.

Parece que al final pasaré el día con Kellin.

El desayuno en el Venice Café es sorprendentemente normal.

Pasamos la última media hora disfrutando de omelets y café tostado oscuro en una mesa al aire libre, bajo un techo abovedado color crema sostenido por columnas decorativas.

El encanto vintage del restaurante y la librería contigua me intrigaron la primera vez que lo visité hace varios años.

Desde entonces, este lugar se ha convertido en uno de mis favoritos.

Cuando terminamos, Kellin insiste en invitarme, y lo dejo.

Siendo sincera, permitirle que tenga estas pequeñas atenciones, como pagar mi comida y apartarme la silla, se siente como un cambio agradable.

Los hombres en mi mundo, al menos en el mundo de mi padre, no suelen tratar así a las mujeres.

Bien puedo disfrutar de la novedad mientras sea posible.

Después de visitar dos hoteles, siento un gran alivio y me doy cuenta de lo mucho que lo estoy disfrutando.

De cómo este pequeño respiro de la gestión de un hotel de lujo en Los Angeles ha aliviado mi estrés.

Kellin también es el compañero perfecto; encantador, divertido, y perspicaz.

Mientras paseamos por los otros hoteles, se fija en casi tantos detalles como yo.

El trabajo sigue presente en mi mente. Nunca logro desprenderme del todo de mi rol de gerente de hotel. Cada vez que se me ocurre una idea, la anoto. Pero estas horas lejos de Cypress Hotel me recargan.

Aunque lo negaré hasta mi último aliento, Lenora tiene razón. Definitivamente necesitaba este descanso.