8 Kellin
Kellin
Bebo sorbos de café negro mientras espero a Maeve en la recepción. Ayer me hizo un recorrido breve pero imprescindible. Hoy recorreremos el resto del hotel.
Ese pequeño detalle al final de la noche fue mi parte favorita. Se me sube la sangre a la entrepierna al recordar su rostro sonrojado pegado a la puerta de mi suite. El susurro de su aliento contra mis labios. Su dulce perfume de jazmín impregnando el aire entre nosotros.
«Concéntrate, Kellin».
Sacudo la cabeza para quitar esa imagen.
El hotel. Claro.
He estudiado los planos públicos, pero sigo sin tener una idea clara de la propiedad. Necesito encontrar la ubicación exacta de su oficina y averiguar la forma más segura de entrar.
Quizás lo más importante es que quiero tener tiempo suficiente para ganarme su confianza después de lo que pasó anoche. O más bien, de lo que casi pasó, pero no sucedió.
Para suavizar el dolor del rechazo, conversé con la recepcionista, Lola Grace, para que me diera consejos sobre cómo ganarme la simpatía de Maeve. Me contó que a Maeve le encantan los macchiatos de caramelo, por eso le tengo uno preparado. Puntos extrafáciles.
La robusta taza de café me quema la mano mientras recorro el vestíbulo con la mirada. Declan Gallagher no escatimó en gastos con este lugar.
Sin embargo, ahora sé que Maeve fue quien lo diseñó todo.
Todos los detalles refinados y de alta calidad, hasta el costoso suelo de mármol.
Las molduras grabadas en el techo. Las claraboyas y las elegantes columnas.
El mobiliario ecléctico, original pero discreto, y las obras de arte originales esparcidas por todas partes y colgadas de las paredes.
Incluso las plantas en macetas añaden un toque de color y le dan al espacio un aire exótico, como de oasis.
Este vestíbulo, todo el hotel, es precioso.
Qué lástima si tengo que quemarlo todo.
Pero haré lo que sea necesario.
Porque el fracaso no es una opción.
Necesito acelerar el ritmo de esta operación.
Tras un último sorbo, dejo el café sobre la encimera y, “accidentalmente”, lo derramo sobre el escritorio. El líquido caliente se extiende hacia los ordenadores.
—Oh Mierda. Lo siento. —Miro fijamente a Lola Grace, que ya ha empezado a limpiar el desastre con la servilleta del muffin que acaba de comerse.
¿Le compré ese muffin como soborno? Quizás.
Lola Grace me dedica una sonrisa, mostrando los hoyuelos de sus mejillas redondas.
—No se preocupe, señor Jameson. Suele pasar. Yo me encargo.
Seca lo que puede antes de salir corriendo por la puerta del personal que hay detrás del mostrador en busca de más servilletas. Su elegante corte de cabello pixie oscuro desaparece tras la madera.
Echo un vistazo a mi alrededor para asegurarme de que nadie está mirando.
Hay cámaras por todo el vestíbulo, pero con la ayuda de Rory, he logrado acceder a ellas y memorizar sus ángulos.
Con un movimiento rápido, inserto una elegante y discreta memoria USB en la parte trasera del ordenador de sobremesa todo en uno.
Justo a tiempo, porque ahí viene Maeve.
Se acerca al mostrador con paso firme, con los tacones resonando sobre el mármol, y levanta un dedo cuando abro la boca para saludarla. Tiene el teléfono pegado a la oreja, con el ceño fruncido. Los hoteles nunca duermen, y está claro que los problemas, surgen a cualquier hora del día.
Maeve se recuesta contra el mostrador de recepción, tamborileando con las uñas mientras escucha lo que le dicen al otro lado del teléfono. Ya que estoy esperando, me permito un momento para observarla.
Su cabello castaño ondulado está recogido en una larga coleta en la nuca, lo que le da un aspecto más serio.
Y también más follable. Debajo de su blazer negro, un top rojo intenso, ajustado, pero no revelador, añade un toque de color llamativo.
El tono combina con las puntas de sus tacones negros.
Entre esos zapatos y la coleta, apenas puedo mirarla sin ponerme duro.
No cuando estoy dividido entre inclinarla sobre esos tacones, subirle la falda y follarla por detrás, o envolver su coleta alrededor de mi mano y empujarla hasta que se arrodille.
Es discreta, elegante, con aires de jefa... y más sexy que cualquier cosa que se vea en un canal porno. Imposible de ignorarla.
No tengo ni idea de cómo saqué la fuerza de voluntad para rechazar sus insinuaciones anoche. Se moría de deseo por mí, la desesperación brillaba en su mirada, y de alguna manera logré irme sin besarla como ella claramente quería.
Diablos, como yo también quería.
La seducción forma parte del plan, y es una increíble gran ventaja, mas nunca esperé caer tan dentro de su piel, tan rápido. Ni que ella intentaría ligar conmigo de forma tan descarada.
Es una fuente inagotable de sorpresas. Llena de giros inesperados. Espero que hoy no sea la excepción.
Después de lo de anoche, no sé qué tipo de saludo esperar de ella cuando termine esta llamada. Quizás se sienta avergonzada, porque la rechacé. La idea de que me guarde rencor me divierte.
Se guarda el móvil en el bolsillo, dejando escapar un suspiro que encajaría más al final de un largo día que al comienzo de uno.
Le ofrezco el macchiato de caramelo.
—Buenos días, Maeve.
Parpadea al ver la bebida antes de que la calidez se refleje en su expresión tiñéndoles las mejillas de rosa.
—Buenos días. Gracias por esto.
Esa sonrisa ilumina toda la habitación.
Mierda, es preciosa.
Una vez más, me pregunto si, con el toque justo, ese rubor se extendería por su cuello. Por su pecho. Incluso más allá.
Me aclaro la garganta, y aparto esos pensamientos de mi mente.
Hago un gesto hacia el vestíbulo.
—Vengo para...
—El recorrido completo. Lo recuerdo. Estoy lista cuando tú lo estés. —Toma un sorbo de su café y suspira con placer.
Cuando mi polla se pone erecta al ver su expresión de puro placer, me obligo a pensar en besar al viejo Larry, sin dientes, en la bodega de la esquina de mi ciudad natal.
—Guíame.
El aire entre nosotros está vivo. Un poco denso, tal vez, con la incomodidad que quedó de nuestra despedida anoche. Pero la atracción persiste, vibrando agradablemente en la base de mi cráneo.
Por desgracia, no logro descifrarla.
«¿En qué estará pensando?»
Su expresión tranquila y pensativa no revela nada, lo cual me irrita y me intriga a partes iguales.
Recorremos la primera planta, empezando por los bares y luego bajando por un largo pasillo lleno de arte.
En los ascensores, nos cruzamos con un hombre bajo y fornido, de rostro rojizo y una oreja deformada, abultada como una coliflor.
Su traje y el auricular en la otra oreja sugieren que es de la seguridad del hotel. Pero en cuanto lo ve, Maeve activa sus escudos invisibles. Frunce el ceño y aprieta el vaso.
Ella asiente con la cabeza a modo de saludo al cruzarnos. A cambio, el bruto le devuelve la sonrisa.
Más bien le lanza una mirada lasciva. Un comportamiento totalmente inapropiado para un subordinado que interactúa con su superior.
Los hombros de Maeve permanecen tensos mientras sus tacones marcan un ritmo entrecortado sobre el mármol. Mira hacia atrás y aprieta la mandíbula.
¿Qué clase de guardia de seguridad observa así a su jefa? ¿Serán exnovios? Seguro que no.
Una punzada aguda y ardiente de celos me quema el pecho y siento una quemazón en las extremidades.
«¿Será por eso que Maeve se me insinuó tan rápido? ¿Por culpa de este imbécil?»
Mi mente va a mil por hora, intentando comprender la conexión entre Maeve y Oreja Mutilada. Si ese hombre es realmente su ex... su cercanía afectará la forma en que Maeve se relacione conmigo, para bien o para mal.
O tal vez no sea su ex, pero la quiere. Tiene sentido. El tipo ni siquiera le llega a la suela de los zapatos.
Si es así, me pregunto si representa algún peligro para ella. Sé que Maeve es demasiado inteligente como para mantener en su puesto a un empleado con alguna posibilidad de agredir a alguien, pero tal vez exista una razón por lo que no lo haya despedido.
Nota mental: averiguar quién diablos es ese tipo y por qué se está riendo.
Y averiguar por qué me importa.
Incluso después de doblar en una esquina y que él ya se haya ido, Maeve permanece rígida e impasible.
Hago caso omiso del impulso de consolarla y, en cambio, aprovecho la oportunidad y sigo adelante.
—He notado más seguridad de la que esperaba para un hotel de este tamaño.
Hemos llegado al primero de los tres salones de baile del hotel.
El suelo de parqué se retuerce en espirales rectangulares, complementando las cálidas paredes blancas y candelabros de cristal que iluminan el espacio.
Frente a las puertas dobles, los ventanales que van del suelo al techo ofrecen vistas al horizonte de Santa Monica, y mesas redondas con elegantes asientos de cuero se alinean en las otras paredes, esperando su próximo evento.
Maeve me hace un gesto para que entre, mientras toma un sorbo de café y reflexiona sobre mi comentario. Nuestros zapatos resuenan sobre el suelo de madera, los míos con un sonido suave, los suyos con un ruido muy marcado.
Finalmente, me mira con una sonrisa de atención al cliente.
—Nuestra ciudad es el hogar de muchos de los ricos y famosos del mundo. Clientes famosos y de alto perfil suelen alojarse en Cypress Hotel. Es de suma importancia que tomemos precauciones y hagamos todo lo que esté en nuestras manos para proteger su privacidad.
Y volvemos a la estricta profesionalidad.
Todo rastro de aquella mujer sonrojada y necesitada que se apoyaba contra mi puerta anoche ha desaparecido, oculta tras la máscara de gerente.
Posiblemente, no la vuelva a ver jamás, a menos que juegue bien mis cartas.
La decepción me invade como la estela de un barco lejano. No quiero que estas barreras se interpongan entre nosotros. No después de haber estado tan cerca de derribarlas anoche. Si volvemos al punto de partida, no puedo permitirme perder el tiempo.