Perpleja Capítulo 30
100%

Capítulo 30

La puerta había dejado de ser una presencia discutible mucho antes de que yo me decidiera a tocarla, y quizá por eso el gesto de abrirla no tuvo nada de heroico ni de particularmente dramático, sino más bien esa gravedad silenciosa que acompaña a los actos que ya han sido pensados demasiadas veces y que, al llegar al cuerpo, parecen haberse vaciado de toda épica para convertirse en una simple confirmación de lo inevitable.

Durante días la había visto al fondo del pasillo, cerrada, compacta, negra hasta parecer una interrupción material en la arquitectura de la casa, y en ese tiempo me había acostumbrado a pensar en ella no como una anomalía aislada, sino como el centro de una lógica que seguía sin terminar de comprender, una lógica que, a fuerza de repetirse, había ido ocupando cada vez más espacio dentro de la casa y de mí misma, de modo que al llegar frente a ella aquella tarde ya no sentí la urgencia de averiguar qué escondía, sino una especie de cansancio casi reverente, parecido al que se experimenta cuando una por fin reconoce que una pregunta ha dejado de ser una pregunta para convertirse en la forma exacta de una espera.

El pasillo estaba en silencio, la luz de la tarde se había ido apagando con una lentitud casi ceremonial, y la puerta seguía allí, tan cerrada como la última vez que la miré, tan presente que resultaba difícil seguir fingiendo que la duda todavía estaba en el objeto y no en la persona que lo contemplaba.

Me quedé un rato inmóvil frente a ella, con la mano suspendida a unos centímetros del pomo, y mientras lo hacía comprendí con una claridad muy fría que ya no me aterraba la posibilidad de encontrar algo imposible detrás, porque lo imposible llevaba demasiado tiempo ocurriendo en la forma más triste de todas, es decir, en los cuadernos, en las fotografías, en las grabaciones, en el manuscrito y en la forma en que mi memoria se había ido quedando atrás de los hechos como si cada nueva capa de registro estuviera intentando proteger una versión anterior de mí misma que ya no conseguía alcanzar.

Había aceptado, al menos provisionalmente, que la novela no era una creación sino una transcripción, que las llamadas eran grabaciones hechas por mí, que los diarios conservaban restos de una experiencia vivida antes y olvidada después, y ahora la puerta negra parecía ser la última pieza de esa misma estructura, no como un símbolo ni como una señal externa, sino como la entrada material a la zona de mi historia que permanecía fuera de foco.

Esa idea no me tranquilizó, pero sí me hizo avanzar, porque cuando una lleva demasiado tiempo intentando no recordar, llega un momento en que la curiosidad y la resignación se parecen tanto que ya no es posible distinguir cuál de las dos empuja la mano hacia delante.

El pomo estaba frío, no helado sino de una temperatura seca y extrañamente neutra, como si la puerta no perteneciera del todo a la casa y sin embargo hubiera estado allí siempre, aguardando el momento exacto en que dejara de resistirme a su existencia.

Lo giré despacio, sin esperar un ruido especial ni una reacción visible, y al empujar la hoja noté una resistencia mínima, casi educada, antes de que el marco cediera con una suavidad tan silenciosa que me obligó a contener la respiración.

Lo que había dentro no era exactamente lo que había imaginado en ninguno de los escenarios que me había construido durante los últimos días, porque no encontré un vacío sobrenatural, ni un pasillo interminable, ni una habitación secreta con objetos imposibles, ni tampoco una estancia lúgubre que confirmara por sí sola una conspiración o un engaño; encontré, más bien, un espacio que parecía ser al mismo tiempo familiar y ajeno, una habitación amplia y desnuda, muy semejante al despacho de la casa pero con una proporción ligeramente distinta, como si el lugar hubiese sido reconstruido a partir de una memoria que no terminaba de precisar bien las medidas.

Había una mesa en el centro, una silla, una lámpara encendida con una luz tan blanca que me obligó a entrecerrar los ojos, y sobre la mesa descansaban un portátil abierto, varios cuadernos apilados y una carpeta de cartón que reconocí al instante porque llevaba semanas viendo la misma clase de objetos en mi propio despacho.

No era un cuarto vacío, sino un cuarto preparado con una precisión que me produjo una sacudida interna tan fuerte que tuve que apoyarme en el marco antes de entrar del todo.

Di un paso, luego otro, y comprendí enseguida que la habitación no estaba desordenada ni descuidada, sino organizada con esa misma limpieza obsesiva que yo había ido manteniendo en la casa, solo que aquí todo parecía ligeramente más viejo, ligeramente más gastado, como si la estancia hubiera sido usada varias veces y luego reconstruida de nuevo sin borrar por completo el rastro de las versiones anteriores.

La mesa, por ejemplo, tenía una esquina rozada y una mancha tenue en el lateral izquierdo que yo habría podido atribuir al café si no fuera porque la taza que había junto al portátil estaba vacía desde hacía horas, seca, con un poso oscuro adherido al fondo.

En la silla vi una manta doblada con cuidado, y al fijarme en el respaldo me asaltó la impresión irritante de que la postura de la tela se parecía demasiado a la de una persona que se hubiera levantado hace apenas un momento.

Lo observé todo con una atención cada vez más tensa, porque la habitación no ofrecía misterio en el sentido teatral de la palabra, sino una familiaridad tan absoluta que el verdadero horror comenzó a tomar forma precisamente ahí, en la evidencia de que el lugar no era desconocido para mí.

No lo era. Y sin embargo no conseguía recordar de qué momento procedía aquella certeza.

La primera señal de que la habitación me reconocía llegó cuando vi la carpeta abierta sobre la mesa y me acerqué para leer la primera página.

El título del manuscrito estaba escrito a mano en la portada con una letra que era mía, sin margen de duda, pero la fecha que aparecía debajo no correspondía a ninguna de las que yo recordaba haber puesto, y al volver a mirar la hoja comprendí que el texto de la novela no comenzaba en la primera línea, sino en una nota breve, casi funcional, en la que se leía algo que me dejó inmóvil durante varios segundos porque no sonaba a literatura, ni a advertencia, ni siquiera a confesión, sino a instrucción.

Había una frase corta, seguida de otra aún más seca, que decía, con una precisión insoportable, que no debía confiar en el primer recuerdo y que, si encontraba la puerta, tenía que entrar antes de intentar entenderla.

Leí esas palabras varias veces con una lentitud casi ofendida, porque estaban escritas con mi letra, pero no con la seguridad de una autora que redacta una obra, sino con la gravedad de una mujer que deja indicaciones para sí misma sabiendo que más tarde habrá una versión de ella incapaz de sostenerlas todas a la vez.

Fue entonces cuando comprendí que la habitación no era un destino ni una trampa en el sentido simple, sino una especie de punto de retorno, un lugar que ya había existido antes en una versión previa de la historia y que ahora se abría de nuevo para mostrarme que el registro no terminaba en el manuscrito, sino que conducía a algo más antiguo y más triste.

No sé cuánto tiempo me quedé mirando la mesa antes de atreverme a tocar el portátil, porque en ese momento la casa entera parecía haber reducido su respiración para que yo pudiera escuchar mejor el pequeño ruido del ventilador y el leve parpadeo del cursor sobre la pantalla.

El documento estaba abierto en la misma página donde yo lo había dejado en el despacho, pero había añadida una línea que no recordaba haber visto nunca, una frase aislada, situada al final del último párrafo, escrita en un tono más seco que el resto y con una precisión tan inapelable que me resultó imposible no leerla como una culminación.

No decía que todo había ocurrido antes. No decía que la casa escondía una verdad oculta.

No hablaba de ciclos, ni de repeticiones, ni de trastornos.

Decía algo mucho más concreto, mucho más devastador, y era que la única forma de terminar de entender lo escrito consistía en seguirlo hasta el final, aunque el final no perteneciera ya a una novela sino a la persona que la estaba transcribiendo.

Me quedé mirando esa frase con la sensación de que el texto me estaba empujando, no hacia una revelación externa, sino hacia el punto exacto en que mi propia voz empezaba a separarse de la mano que la escribía.

La mujer del otro lado de la habitación no se movía, o quizá sí, porque durante unos segundos me pareció ver un desplazamiento mínimo en el reflejo oscuro de la ventana que ocupaba la pared del fondo, y al girarme lentamente descubrí que en el rincón más alejado, allí donde la luz blanca no llegaba con la misma claridad, había alguien sentado en una silla idéntica a la que ocupaba yo en el despacho.

No era una figura ajena ni monstruosa, ni siquiera extraña en el sentido convencional, y eso fue precisamente lo que me dejó sin aliento, porque reconocí la postura, el cansancio en los hombros, la forma de apoyar una mano sobre la mesa y, sobre todo, la expresión de quien lleva demasiado tiempo intentando recordar algo que sabe de memoria y que, sin embargo, no consigue convocar del todo.

Era yo. O algo que se le parecía con una exactitud demasiado dolorosa para permitir un alivio inmediato.

Tenía el pelo recogido de forma distinta, la cara más hundida, la piel más pálida y una gravedad en la mirada que no correspondía a la mujer que acababa de atravesar la puerta, sino a otra versión mía, posterior o anterior, ya no podía saberlo, sentada frente a una mesa donde también había cuadernos, también había una carpeta, también había una taza vacía, como si la habitación se repitiera a sí misma en una cadena de registros donde cada vuelta conservaba los mismos objetos pero les añadía una capa más de desgaste.

No gritó. No hizo ningún gesto brusco. Levantó apenas la vista y, durante unos segundos larguísimos, me observó con una familiaridad agotada que me heló la sangre más que cualquier sobresalto, porque en esa mirada no había sorpresa ni amenaza, sino la serenidad insoportable de quien ya me ha visto llegar antes y sabe exactamente lo que me cuesta entender que estoy de vuelta.

No sé si habló o si simplemente pensé que iba a hablar, pero en el silencio que siguió tuve la impresión de que la habitación entera se cerraba sobre nosotras con la precisión de una página que se termina de escribir.

Entonces comprendí que la puerta no conducía a otro lugar, sino a una continuidad más honda de la misma escena, y que yo no estaba entrando en la casa para descubrir una verdad escondida, sino cruzando otra vez el umbral de una experiencia que ya había ocurrido y que seguía esperando ser transcrita con exactitud suficiente para no perderse.

La otra Lara, la del fondo, no parecía enfadada ni sorprendida; parecía cansada de haber llegado antes y de tener que asistir ahora a mi misma confusión, como si todo aquello formara parte de una secuencia más amplia cuya primera mitad yo había olvidado por completo y cuya segunda mitad todavía no estaba en condiciones de asumir sin ayuda.

Di un paso más hacia dentro y la puerta se cerró a mi espalda con una suavidad tan limpia que el sonido pareció absorberlo la habitación antes de que pudiera convertirse en eco.

No sentí pánico inmediato, ni siquiera un sobresalto claro, sino una especie de abatimiento lúcido, porque la escena no era la de una huida ni la de una revelación espectacular, sino la de un retorno.

Había entrado. La puerta había quedado atrás.

La habitación, la mesa, la carpeta y la otra mujer seguían allí, organizadas en torno a una lógica que yo todavía no dominaba pero que, por primera vez, dejaba de parecer una amenaza abstracta para convertirse en una evidencia concreta, tan concreta como la tinta sobre el papel o como la voz cansada de una grabación guardada demasiado tiempo.

Y mientras avanzaba despacio hacia la mesa, con la certeza de que nada de lo que había vivido hasta ese momento era la primera vez que ocurría, comprendí por fin que atravesar la puerta no era el final del misterio, sino el regreso al punto desde el que todo había empezado a registrarse, una vez más, para alguien que todavía no había aprendido a recordar sin ayuda.