Capítulo 28
La idea de que no estaba escribiendo una novela sino transcribiendo algo que ya existía no me llegó de golpe, sino que fue abriéndose paso dentro de mí con la lentitud humillante de las verdades que al principio parecen imposibles porque son demasiado sencillas, demasiado obvias una vez que se pronuncian, y durante un tiempo incluso me resistí a dejar que tomara forma porque, si era cierta, no solo cambiaba el sentido de todo lo que había vivido en la casa, sino también el modo en que debía entender el manuscrito, los diarios, las grabaciones, las fotografías y hasta la manera en que yo misma había ido recorriendo la historia con la obstinación de quien cree estar inventando una ficción cuando en realidad puede estar copiando, con escasos márgenes de error, algo que ya había sido dicho, vivido o registrado antes de que yo me sentara frente al ordenador.
La posibilidad no tenía nada de espectacular, y quizá por eso resultaba tan devastadora, porque no ofrecía una escena de revelación clara ni una solución elegante al desorden, sino una dependencia mucho más cruel entre lo que escribía y lo que me ocurría, como si el libro no surgiera de una imaginación bloqueada, ni de una inspiración enferma, ni siquiera de una obsesa repetición psicológica, sino de una fuente previa, de una secuencia anterior a mí que yo estaba limitándome a poner en limpio sin saberlo, con la disciplina torpe de quien cree estar componiendo una historia mientras copia una experiencia ya consumada.
Pasé horas buscando una confirmación que me permitiera seguir dudando y no tuve éxito, porque cuanto más comparaba manuscrito, diarios y grabaciones, más evidente resultaba que no estaba ante una trama imaginada sino ante una especie de registro que seguía una cadencia demasiado precisa para haber sido inventada sobre la marcha.
Las escenas no se anticipaban por intuición, como yo había querido creer durante semanas, sino que se correspondían con episodios ya vividos, aunque a veces desordenados y otras veces desplazados en el tiempo, como si el texto estuviera reorganizando una secuencia real con el objetivo de volverla legible, no para un lector externo sino para una versión de mí que ya había pasado por allí y no lo recordaba del todo.
Me encontré de nuevo con una descripción del pasillo, con la puerta negra, con la taza rota, con la llamada breve, con la habitación vacía del piso superior, y cada uno de esos fragmentos dejaba de parecer una anticipación para convertirse en una transcripción de hechos que la memoria había dejado entrar por una grieta y luego había retenido en un formato más estable que el recuerdo consciente.
No era una novela en el sentido en que yo había querido entenderla; era un documento elaborado a partir de experiencias que no habían sido narradas desde la invención sino desde una necesidad mucho más desesperada, la de fijar una realidad que se deshacía en cuanto yo intentaba sostenerla sin ayuda.
La certeza me alcanzó de forma especialmente violenta cuando releí un capítulo entero y vi que la voz narrativa no describía una ficción sino una conciencia arrastrada por sus propios vacíos, una conciencia que se detenía, corregía, repetía, volvía atrás y anotaba detalles con la precisión de alguien que no está construyendo una escena para su posible lector, sino intentando salvar de la desaparición un tramo de vida que de otro modo se perdería.
La protagonista no sonaba como un personaje; sonaba como una mujer que ya había estado allí, que ya había visto la casa, que ya había recorrido sus pasillos y que ahora intentaba dejar constancia de ello antes de volver a perder el hilo.
En ese punto me obligué a detener la lectura y me quedé mirando la pantalla con una incomodidad casi física, porque la estructura del manuscrito parecía cada vez menos literaria y más administrativa, menos narrativa y más obsesiva, como si cada página hubiera sido escrita no para avanzar la historia sino para certificarla, para impedir que se disolviera por completo.
Y cuanto más pensaba en ello, más me daba cuenta de que muchos de los pasajes que yo había considerado metáforas o recursos de suspense eran en realidad descripciones bastante directas de experiencias concretas, solo que filtradas por un estado mental que las había vuelto narrativamente aceptables.
No estaba inventando un mundo; estaba poniendo en orden los restos de uno vivido.
Lo peor fue comprender que incluso el manuscrito que seguía abierto en el ordenador contenía huellas de una voz que ya no me parecía del todo mía en el presente, sino la de una Lara anterior, más rota, más próxima al momento en que se produjo la fragmentación, y por eso cada párrafo empezaba a parecerme una pieza de una grabación mayor, una versión escrita de algo que había ocurrido antes de que yo llegara a la casa actual o quizás durante una estancia previa que había quedado borrada.
Había una escena en la que la protagonista, sin saber si había dormido, comprobaba el móvil, encendía el fijo, abría el diario y se preguntaba en qué momento había empezado a repetir las mismas acciones sin advertirlo, y al leerla tuve la impresión de que no estaba ante un procedimiento literario sino ante una nota de trabajo, una instrucción que me había dejado una versión de mí misma para que pudiera reconstruir más tarde la secuencia de una noche perdida.
Esa interpretación me dejó sin aire durante unos segundos porque significaba que el texto no se estaba adelantando a mí, como yo había temido y luego aceptado por etapas, sino que estaba escrito desde dentro de una experiencia ya vivida, desde el reverso de la memoria, como un intento de dejar una pista donde la conciencia sabía que iba a quedar un hueco.
Entonces me fui a los diarios con la urgencia de quien ya no puede seguir confiando en la apariencia de las cosas y necesita comprobar si el resto del material confirma la misma estructura, y fue ahí donde la palabra transcribir empezó a hacerse inevitable.
Los diarios no tenían la vibración de una confesión espontánea ni la libertad de una escritura íntima hecha al azar; se parecían más a la copia sistemática de sensaciones, de llamadas, de gestos y de horas, como si la mujer que los había escrito —yo, sin duda, pero yo en otra condición mental— estuviera intentando no dejar que la experiencia se evaporara entre una noche y la siguiente.
Había anotaciones demasiado secas, demasiado precisas, como “ya pasó otra vez”, “no he dormido”, “lo he escrito antes”, “la voz es la misma”, “si no lo dejo aquí no sabré que ocurrió”, y esas frases, que en un principio me habían parecido síntomas de ansiedad o de obsesión, empezaban a adquirir el aspecto de marcas de comprobación, de notas destinadas a un futuro en el que el recuerdo ya no podría sostenerlas por sí solo.
Era como si la conciencia hubiese empezado a copiarse a sí misma para no perder la forma, y el manuscrito, lejos de ser una obra creativa en sentido estricto, fuera la culminación de esa operación de copia, la versión literaria de una necesidad desesperada de registro.
La revelación definitiva llegó cuando comparé varias páginas del diario con un capítulo del manuscrito y observé que no solo coincidían los hechos, sino el orden emocional con que aparecían, como si uno fuera la versión más privada del otro y ambos hubieran sido producidos por la misma pulsión de fijar algo que ya se estaba deshaciendo.
No había diferencia entre lo que decía la protagonista y lo que yo había anotado en mis cuadernos más íntimos más allá del tono, y el tono no hacía sino confirmar la sospecha: una misma experiencia estaba siendo copiada dos veces, primero para conservarla en el diario y luego para convertirla en literatura, aunque quizá esa distinción ya no fuese válida si la literatura misma había funcionado desde el principio como un dispositivo de recuperación.
En un momento dado me quedé clavada ante una frase en la que la protagonista escribía que no sabía si estaba inventando la casa o recordándola, y sentí un golpe de vergüenza tan preciso que casi me hizo apartarme de la mesa, porque esa frase no parecía escrita por una autora en pleno control de su material, sino por alguien atrapado entre dos estados de conciencia, uno que vive y otro que intenta dejar constancia de lo vivido para no perderlo cuando despierta.
Ese era el verdadero horror que empezaba a perfilarse: no que el libro predijera, no que la casa respondiera, no que las llamadas volvieran una y otra vez desde un lugar imposible, sino que todo ello pudiera ser la transcripción de una experiencia anterior, ya ocurrida, que mi mente había decidido reproducir en forma de novela porque la novela era el único continente bastante flexible para contener lo que la memoria no podía retener por sí sola.
No quise aceptarlo de inmediato porque implicaba una conclusión demasiado grande y demasiado triste, pero cuanto más la pensaba más se imponía el hecho de que el manuscrito tenía la textura de una grabación limpia, de un dictado interior, de una copia hecha a partir de algo que había sido vivido con suficiente intensidad como para dejar una huella reiterable.
No era invención; era reescritura de un pasado ya roto, y eso cambiaba la naturaleza de todo.
Si estaba transcribiendo, entonces las escenas no provenían de una imaginación que avanzaba por su cuenta, sino de una conciencia que intentaba recuperar una experiencia anterior para que no desapareciera por completo, y eso explicaba la sensación de familiaridad, las repeticiones, los lapsos, las llamadas y hasta la puerta negra, porque todos esos elementos podían haber sido arrastrados desde una versión anterior de la casa, de mí o de ambas cosas a la vez.
El texto no estaba escribiendo hacia delante; estaba volviendo atrás.
Y yo no estaba creando una historia desde cero, sino copiando de nuevo un relato ya existente, con los fallos, las lagunas y las correcciones que deja toda mente que ha sufrido demasiado y que luego trata de fijar en papel lo que ya no consigue sostener en solitario.
Cuando acepté esa posibilidad, aunque fuera solo de manera provisional, sentí que algo se desplazaba dentro de mí con una lentitud pesada, como si el suelo de la casa se hubiera inclinado unos grados sin llegar a derrumbarse.
La explicación tenía una lógica devastadora porque no resolvía el misterio, lo desplazaba.
Las llamadas eran grabaciones porque yo misma las había registrado.
El manuscrito no era una novela en progreso, sino una transcripción hecha a partir de materiales previos, y esos materiales procedían de una experiencia que quizá había repetido antes sin recordarla.
Las fotografías y los diarios eran restos de esa misma necesidad de conservar lo que se perdía.
Todo encajaba, sí, pero encajaba de una manera tan sombría que el alivio inicial se convirtió enseguida en una tristeza casi física, porque transcribir no es imaginar: transcribir supone que hubo algo antes, algo ya ocurrido, algo que no tiene por qué haber sido entendido cuando sucedió, pero que insiste en volver a escribirse para no morir del todo.
Y esa diferencia, que en un principio parecía técnica, se volvió para mí la más cruel de todas, porque significaba que la novela no era una obra nacida de mi bloqueo ni una metáfora de mi desorden, sino la forma cuidadosamente copiada de una vida que ya había empezado a desintegrarse antes de que yo creyera estar inventándola.
Durante un rato largo me quedé sentada frente al escritorio, inmóvil, mirando la pantalla con la sensación de que la casa y el manuscrito y mis diarios se habían alineado por fin en una sola dirección, pero no para revelar una salida, sino para mostrarme la forma exacta de una trampa que yo misma había ido copiando sin saberlo.
No era una revelación liberadora, aunque sí definitiva en el peor sentido, porque me dejaba sin la última defensa cómoda que me quedaba, la de pensar que todavía estaba escribiendo algo nuevo.
En su lugar aparecía una certeza infinitamente más incómoda: estaba transcribiendo una realidad previa, una experiencia ya vivida y luego borrada, como una secretaria de mi propia disolución, y el manuscrito no era la prueba de mi talento sino el registro de mi incapacidad para dejar que algo desapareciera del todo.
Comprendí entonces que lo devastador no era haber llegado a esa conclusión, sino advertir que quizá había empezado a transcribir mucho antes de tener conciencia de ello, quizá desde la primera página, quizá desde la primera llamada, quizá desde la primera vez que vi la puerta negra y decidí seguir escribiendo en lugar de huir, porque una parte de mí ya sabía que la historia no se estaba inventando, sino que estaba siendo recuperada, palabra por palabra, desde un lugar donde todavía no había terminado de romperse.