Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Epílogo
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Epílogo

Los mejores deseos

La Navidad había llegado a Foxworth Camp con una nevada tan abundante que los jardines desaparecieron bajo un manto blanco y los caminos se quedaron cubiertos por una gruesa capa de nieve.

Dentro de la residencia, sin embargo, las chimeneas ardían desde el amanecer, los salones mostraban sus mejores adornos y la servidumbre se había esmerado en preparar una celebración digna de los duques de Foxworth.

Minerva estaba encantada.

Llevaba toda la mañana recorriendo la casa, supervisando los últimos preparativos de la comida y asegurándose de que nadie olvidara las pequeñas tradiciones que tanto le gustaban.

Había dispuesto que se repartieran dulces entre los criados y que se prepararan cestas para algunas familias necesitadas de la parroquia.

Tampoco se había olvidado de reservar una cantidad considerable de vino para que la servidumbre pudiera celebrar las fiestas.

Theron la había observado durante buena parte de la mañana.

Estaba orgulloso de su mujer. Su duquesa recorría de nuevo los salones de Foxworth Camp con la alegría que él tanto había echado de menos, repartía instrucciones a cuantos se cruzaban en su camino y discutía con la señora Fletcher acerca de la conveniencia de añadir más acebo sobre las chimeneas.

Y él estaba feliz de tenerla a su lado porque ella nunca había brillado tanto como lo hacía.

La recuperación había avanzado de forma satisfactoria y las contusiones ya casi no le causaban molestias, pero Minerva continuaba vigilándolo.

Esa misma mañana le había prohibido salir a los jardines para comprobar el estado de las caballerizas y, cuando Theron protestó, le recordó que el médico todavía no lo había autorizado a montar a caballo.

—No tengo intención de montar, mi amor. Solo quiero comprobar que mis caballos continúan vivos después de tantos días sin verme.

—Estoy segura de que soportan tu ausencia.

—No todos tienen tu fortaleza de carácter, Minnie.

—Por supuesto que no. Y ahora, si has terminado de discutir, ven conmigo. Quiero enseñarte algo.

Theron la siguió hasta el salón principal, donde los criados habían colocado varias ramas de acebo alrededor de la chimenea y una pequeña composición de hojas perennes sobre la mesa central.

Las velas iluminaban las cintas rojas que adornaban los muebles y, junto a uno de los ventanales, descansaban las cajas que contenían los regalos destinados a los familiares y amigos.

—¿Qué debo admirar? —preguntó el duque—. ¿Las cintas, las ramas o el hecho de que hayas conseguido que la señora Fletcher permita alterar la disposición de los muebles?

Minerva le dio un pequeño golpe en el brazo.

—¡Foxworth! No seas desagradable. Quiero que veas lo preciosa que ha quedado nuestra casa.

Él contempló los adornos antes de volver la mirada hacia su esposa.

—Nuestra casa está preciosa, Minnie.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Aunque confieso que hay algo que me gusta todavía más.

—¿El qué?

Theron se acercó y le rodeó la cintura con los brazos.

—Que vuelvas a estar en ella.

Minerva sintió que una agradable emoción le recorría el pecho. Su marido estaba aprendiendo a decirle cosas bonitas. De hecho, desde que se habían reconciliado, no perdía ocasión de recordarle cuánto la amaba.

—Empiezas a convertirte en un hombre muy encantador.

—Siempre lo he sido. Lo que ocurre es que antes no sabías apreciarlo.

—Antes eras un arrogante insoportable.

—Y ahora soy tu arrogante insoportable con encanto.

—Eso no puedo discutirlo.

Theron soltó una carcajada y la besó en los labios.

—Feliz Navidad, mi amor.

—Feliz Navidad, cariño.

Minerva se colocó entre sus brazos y permanecieron unos minutos contemplando el fuego.

Fuera continuaba nevando y, desde algún lugar de la casa, les llegó el sonido de las voces de los criados que preparaban la celebración.

El olor de la leña se mezclaba con el de las especias que salía de las cocinas.

—¿Sabes una cosa? —preguntó Minerva.

—Si tiene algo que ver con prohibirme otra actividad, preferiría no saberla.

—No seas tonto. Estaba pensando en las próximas Navidades.

—¿Ya? Todavía no hemos terminado de celebrar estas.

—Una mujer puede hacer planes, ¿no te parece?

—Por supuesto.

Minerva levantó la cabeza para mirarlo.

—Estaba pensando en que quizá el próximo año no estemos solos.

Theron frunció el ceño.

—¿Pretendes invitar a tu familia?

—No.

—¿A Wexbury? Cedric agradecería una invitación, pero creo que tal vez su condesa tendría algunas objeciones.

—No me refiero a nuestros amigos, Theron.

El duque guardó silencio al observar el rubor que aparecía en las mejillas de su esposa.

—Minnie…

Ella sonrió y le apoyó una mano sobre el pecho.

—Estaba pensando que sería maravilloso escuchar las risas de un niño en esta casa. Podríamos esforzarnos para ver si el próximo diciembre hay un precioso bebé al que comprarle regalos.

Theron sintió una emoción tan profunda que tardó unos segundos en encontrar las palabras adecuadas.

Habían hablado de tener hijos al comienzo de su matrimonio, pero después llegó el distanciamiento, una discusión importante y una separación que ninguno necesitaba recordar más de lo necesario.

En esos momentos, tras haber escuchado a Minerva mencionar la posibilidad de formar una familia… ¡Estaba pletórico! Ahí tenía la confirmación definitiva de que su esposa volvía a imaginarse un futuro junto a él. Uno feliz y lleno de vida.

—¿De verdad te gustaría que tuviésemos un hijo? —le preguntó con suavidad.

—Muchísimo. ¿A ti no?

—Minnie, no imaginas cuánto. Un hijo sería la expresión de nuestro amor. Estaremos juntos y llenos de esperanza.

Minerva contempló la expresión de su esposo y sonrió.

—Entonces podríamos tener esa ilusión… ¿No te parece?

Theron comenzó a meditar la propuesta. Todo fingido, por descontado.

—Supongo que semejante empresa exigirá una dedicación considerable.

—¿Una dedicación considerable?

—Naturalmente. No creo que debamos dejar un asunto tan importante en manos de la fortuna. Tendremos que esforzarnos para conseguir nuestro propósito. Dos o tres veces al día.

Minerva soltó una carcajada.

—¡Foxworth! ¿Te ves capaz de hacer algo como lo que propones?

—Oh, desde luego que sí. ¿Quieres que te recuerde cómo han sido estas noches pasadas?

Ella asintió.

—Te concederé que has estado magnífico.

—No te desmerezcas, mi amor. Eres una amazona estupenda. Podría convertirme en tu montura para siempre y, así, no echaría de menos montar.

—Oh, tu picardía me sorprende muchísimo.

—No me censures, solo trato de decirte que estoy dispuesto a realizar cuantos sacrificios sean necesarios para proporcionarte el hijo que deseas.

—¡Qué generoso eres!

—Siempre he procurado cumplir con mis obligaciones matrimoniales de forma ejemplar.

—Eso es discutible.

Theron arqueó una ceja.

—¿Pones en duda mi capacidad para satisfacer a mi esposa?

—No he dicho eso.

—Entonces me alegra que hayamos aclarado el asunto.

Minerva se echó a reír y le rodeó el cuello con los brazos.

—¿Y si decido exigirte que cumplas con tu obligación cada día tres veces? ¿Lo soportarás? —lo retó.

—Me temo que tendré que someterme a tus deseos. Pídemelo y lo tendrás. ¿Es ese el regalo de Navidad que quieres que te dé tu amante y devoto esposo?

—¿Cómo logras que algo que sé que disfrutarías suene como si fuese una penitencia?

—Por ti, haría cualquier cosa.

—¿Y si te obligo a permanecer en nuestra alcoba durante toda una larga mañana?

Theron fingió espantarse.

—¡Mujer despiadada! ¿Pretendes convertirme en tu prisionero?

—¿Por qué no? Estoy considerando la posibilidad de no dejarte salir hasta que consigamos nuestro propósito. Encadenarte a la cama si es necesario. ¿Qué me dices a eso?

—Supongo que tendremos que asegurarnos de que el servicio nos proporcione suficiente comida. No quiero que mis fuerzas flaqueen en mitad de semejante empresa. ¡Encadéname, te lo ruego! —le pidió con énfasis.

Minerva soltó una nueva carcajada, tan alegre que Theron terminó riéndose con ella.

—¡Eres un sinvergüenza!

—Uno absolutamente entregado a su esposa. Y, si me permites añadir algo, creo que deberíamos comenzar lo antes posible.

—Pero es Navidad…

—¿Acaso no acabamos de acordar que deseamos tener un hijo?

—Sí, pero…

—Nada de objeciones, puesto que no encuentro motivos para posponer una responsabilidad tan importante.

Minerva le acarició la mejilla.

—¿Y si no conseguimos tenerlo tan pronto como deseamos?

Theron comprendió que su pregunta escondía una preocupación sincera y dejó de bromear.

—Seguiremos disfrutando de nuestro matrimonio, Minnie. No necesito que me des un heredero para ser feliz contigo. Deseo tener hijos, por supuesto, pero tú eres mi familia y siempre lo serás, con independencia de cuántos pequeños Haverford lleguen a corretear por esta casa.

Los ojos de Minerva se humedecieron.

—¿De verdad?

—Te amo, querida. Y pienso pasar el resto de mi vida demostrándotelo.

Si Dios decide bendecirnos con hijos, los recibiremos con toda la alegría del mundo.

Y si debemos esperar, tendremos paciencia.

Lo único que no estoy dispuesto a hacer es desperdiciar otro día de nuestro matrimonio por culpa de mis temores.

Minerva se abrazó a él y escondió el rostro contra su pecho.

—Te amo, Theron.

El duque la estrechó entre sus brazos y depositó un beso sobre su cabello.

—Y yo a ti, Minnie. Muchísimo más de lo que jamás pudieses imaginar.

Permanecieron abrazados hasta que el sonido de las risas del servicio volvió a llegarles.

Minerva levantó la cabeza y lo vio muy pensativo.

—Foxworth, ¿qué estás tramando?

—Nada que deba preocuparte.

—Conozco esa expresión, pícaro.

—Entonces también deberías conocer mis intenciones.

A continuación, el duque movió la cabeza para señalar un lugar concreto.

Minerva siguió la dirección de su mirada y comenzó a sonreír. Descubrió que su esposo estaba contemplando el pequeño muérdago que colgaba sobre el arco de entrada al salón

—¿¡Otra vez!?

—Es Navidad, querida. Sería una falta imperdonable ignorar las tradiciones.

—Llevas toda la mañana besándome. Me habrás dado ya por lo menos más de mil besos desde nuestra reconciliación.

—Y pienso continuar haciéndolo durante el resto de mi vida.

La duquesa se puso de puntillas y le ofreció los labios.

Theron la besó con dulzura y después con una pasión que consiguió hacerle olvidar durante unos instantes las obligaciones que todavía tenían pendientes. Se separaron un momento.

—¿Amor mío?

—Sí, Theron. Llévame a la cama.

—Gracias a Dios…

El duque la alzó en brazos a fin de demostrarle que la recuperación era completa y ella no lo regañó. Minerva se limitó a sujetarse bien de él mientras se dirigían de nuevo a la cama.

¡Qué dulces y formidables iban a ser las fiestas de ese año!

Fin.