Capítulo Ocho
Mia
Estoy gritando tan fuerte que todo Queens me oiría si estuviéramos en mi casa. Por suerte, estamos en medio de ninguna parte y los únicos que pueden oírme son los pájaros y las ardillas de fuera. Después de todo, puede que vivir aquí fuera tenga su aquel.
Las fuertes manos de Cyrus se aprietan contra mi culo y gimo mientras se corre dentro de mí, con fuerza. Sienta tan bien sentir cómo su calor me invade así. Me encanta.
Ambos nos desplomamos sobre la cama y nos miramos mientras intentamos recuperar el aliento. No puedo dejar de sonreír al ver que él también me sonríe.
Tenía razón. Realmente estamos hechos el uno para el otro.
El estilo de vida, las preferencias de vivienda, mis constantes experiencias cercanas a la muerte aquí fuera... solo son detalles. No importan. Lo que importa es que estamos juntos. Todo lo demás se solucionará.
Eso es lo que Cyrus no deja de decirme y lo que ahora creo. Cuando el destino te lanza una bola fácil, la sacas del estadio de un batazo.
¿Y qué hay más fácil que decidir quedarme con mi hombre? ¿Decidir despertarme así cada mañana?
Me acaricia la mejilla con esa mano grande y áspera y me besa suavemente en los labios.
—Deberíamos convertir esto en parte de nuestra rutina matinal —dice mientras se aparta y deja caer la cabeza sobre la almohada. Observo cómo se lame mi sabor de los labios.
—Podría acostumbrarme a eso —digo con un gemido—. Le haces la competencia al café, Cyrus Colt.
—Menudo piropo —dice él con una risita.
—Eres un hombre increíble, a pesar de que tu nombre parece el de un supervillano.
Me besa de nuevo y luego lo observo desde la cama mientras se incorpora y se estira. No lleva ni un hilo de ropa y tengo un asiento en primera fila para el hermoso espectáculo muscular de sus brazos estirándose sobre su cabeza.
Está rematadamente bueno. No puedo esperar a enseñárselo a las chicas del trabajo.
Se van a volver locas cuando lo vean. No me sorprendería que todas salieran corriendo de la oficina a comprar tiendas de campaña para irse a la montaña el fin de semana, intentando encontrar a sus propios hombretones de montaña.
—Prepararé un desayuno rápido —dice mientras se levanta. La manta resbala de su cintura y trago saliva con fuerza al ver su culo firme. El sol brilla a través de las ventanas, iluminando su cuerpo exquisito—. Y luego podemos empezar la caminata.
He estado tan absorta en un momento increíble tras otro que he olvidado que hay una niña de nueve años por ahí preocupadísima por mí.
No puedo creer que tenga que irme tan pronto. Esta noche no dormiré en esta cama suave y cálida con este cuerpo duro y ardiente. Estaré en una tienda de campaña sobre el suelo frío y firme.
Si antes ya odiaba acampar, ahora lo voy a detestar por completo, ya que me mantiene alejada de Cyrus.
—Vale —susurro—. Supongo que esto es todo, entonces...
Gira la cabeza rápidamente y esos sexys ojos marrones se entrecierran al mirarme. —Esto no es todo —dice con tono feroz—. No hemos terminado. Nunca terminaremos, Mia. Iba en serio con cada palabra que dije anoche. Eres mi chica. Serás mi chica para siempre.
Me paso la mano por el pelo, esperando que no esté jugando conmigo. De verdad creo que no es así, pero ha habido hombres más astutos que han estado más que dispuestos a arrancar corazones del pecho de las chicas solo para meterse en sus bragas.
Respiro hondo y recuerdo con quién estoy. Ese no es Cyrus... Esos no somos nosotros.
—Voy a quedarme contigo todo el tiempo —dice mientras se sienta en la cama y me coge la mano—. No voy a dejarte sola ahí fuera en la naturaleza. Estaré a tu lado.
—Gracias —digo mientras me acerco para darle un abrazo.
Se funde en mis brazos y gimo al sentir su cuerpo cálido contra el mío.
Si queremos ponernos en marcha, esto ha sido un error.
El abrazo dura apenas tres segundos antes de sentir que su peso cambia sobre mí mientras sus labios empiezan a explorar mi cuerpo una vez más.
—Todavía podemos llegar a tiempo si nos llevamos el desayuno para el camino —digo mientras le rodeo con las piernas.
Él restriega su polla dura contra mi coño dolorido y sonríe.
—Me gusta cómo piensas.
—Este es un buen lugar para parar a comer —dice Cyrus cuando llegamos a un claro junto al río. Es un río diferente. Es agradable y tranquilo, a diferencia del río del infierno que intentó matarme ayer.
Hemos pasado casi toda la mañana caminando cuesta arriba y por fin estamos en terreno llano. Tardé unos cuatro segundos en caer desde lo alto de la cascada y unas cuatro horas en volver a subirla. Mis pies me están matando con estos zapatos de pacotilla, pero al menos puedo tomarme un respiro.
Es precioso aquí. Hay unas vistas increíbles.
Y no es solo el río. Cyrus está pecaminosamente guapo con unos pantalones cortos, una camisa blanca holgada y una vieja gorra de los Yankees puesta del revés.
Aún no puedo creer que sea mi novio. Este gigante de hombre. Es todo mío.
—¿De qué te sonríes? —pregunta él con una sonrisa mientras deja la bolsa grande que ha estado cargando.
—De nada —digo con inocencia—. Solo disfruto de las vistas.
Mira el río, completamente despistado, y asiente. —Es espectacular estar aquí fuera.
—Vaya que sí —murmuro entre dientes mientras observo sus hombros musculosos mientras se pone las manos en las caderas.
Empezamos a sacar nuestra comida de la bolsa y a extenderla sobre la manta que ha traído.
—Sabía que eras perfecto para mí —digo cuando saca una botella de vino de la bolsa.
—No he traído copas —dice él—. Tendremos que beber directamente de la botella.
—Vaya, realmente eres perfecto para mí —digo con una sonrisa antes de dar un largo trago al delicioso vino.
Se ríe y luego me quita la botella, dejando que su mano roce la mía unos segundos antes de llevársela a la boca y tomar un sorbo.
—¿Quieres ir a refrescarte?
—¿Dónde?
—En el río —dice él riendo.
—La última vez que estuve en un río, me lanzó por una cascada.
—Este apenas tiene corriente —dice mientras deja el vino y se quita la camiseta. Madre mía. Nunca me cansaré de eso.
—Ya, ¿pero qué tiene? ¿Pirañas? ¿Sanguijuelas? ¿Tiburones?
—¿Tiburones? —dice mientras me mira por encima del hombro.
Me encojo de hombros. —Nunca se sabe.
—Yo lo sé. Es seguro.
Le lanzo una mirada escéptica.
—¿Te pondría yo alguna vez en peligro?
No puedo imaginar que eso pase nunca. —No.
—Entonces, entra. Aquí fuera no hace falta bañador.
Trago saliva cuando se quita las zapatillas y luego se baja los pantalones cortos y los calzoncillos. Mi corazón empieza a latir con fuerza mientras lo veo caminar hacia el agua.
—¿Ves algún tiburón nadando por ahí?
—Todavía no —dice mientras se sumerge hasta el cuello y se da la vuelta—. Ven conmigo. El agua está perfecta.
—Para ti, quizá. Eres un hombre de montaña al que le encanta el agua fría. Yo soy una chica de ciudad que necesita que esté tan caliente como el agua del baño antes de entrar.
—No te arrepentirás —dice levantando las cejas.
Respiro hondo mientras miro alrededor del bosque.
Ayer tuve suficiente agua fría para toda la vida, pero no sé cuánto tiempo tendré a Cyrus así.
Tengo que aprovechar cada momento. Y si todo sale según lo planeado, tendré que aprender a vivir en la naturaleza si espero que él viva alguna vez en la ciudad.
Tendrá que haber un tira y afloja en esta relación.
Tendré que salir de mi zona de confort a veces. Puedo hacerlo. Por él, lo haré.
—Está bien —digo mientras me levanto y me sacudo la tierra del culo—. Pero si noto el más mínimo olor a tiburón, me largo de aquí.
—Hecho —dice con una sonrisa cariñosa.
Me observa con ojos encendidos mientras me desnudo hasta quedar tan desnuda como él.
Suelto un chillido al meter los dedos de los pies y notar lo gélida que está. Recordadme que traiga un neopreno la próxima vez que venga.
—No está tan mal...
—Oh, está fatal —digo mientras obligo a mis pies a avanzar. El agua fría trepa por mi piel centímetro a centímetro. Esto es lo peor. Es mejor acabar de una vez, así que me zambullo. Es estimulante mientras nado hacia él.
Salgo a la superficie frente a él y me aparto el pelo hacia atrás con otro chillido. Sus brazos cálidos y reconfortantes me rodean y me sujeta con fuerza.
—Así mejor —digo mientras le rodeo el cuerpo ancho con las piernas y cruzo los tobillos.
—He mentido sobre lo de los tiburones —dice mientras baja la mano entre nosotros—. Hay uno grande al acecho.
Miro hacia abajo y sonrío al ver su erección masiva asomando entre nosotros. Su mano la rodea como si tuviera algo ardiente en mente.
—A ese tiburón nunca le diré que no.
Nos movemos hasta que siento su grueso glande presionando contra mi entrada. Gimo mientras la introduce en mi interior, estirándome y llenándome de forma perfecta.
Me encanta esta sensación de estar tan conectada a él. Me hace sentir que todo va a funcionar. Que todo va a salir bien.
Le rodeo la nuca con los brazos mientras él empieza a balancear esas caderas poderosas, metiendo y sacando su polla de mi interior. El agua ondea a nuestro alrededor mientras apoyo mi frente contra la suya y observo su boca abierta.
Sigue haciendo frío, pero este hombre me está calentando de dentro hacia fuera.
Justo cuando estamos en lo mejor, él retira de repente su polla y se gira hacia el bosque.
—¿Qué pasa? —jadeo.
—Ponte la ropa —dice mientras prácticamente me empuja para que me baje de él—. ¡Rápido!
—¡¿Qué ocurre?! —pregunto mientras la adrenalina me recorre el cuerpo. Tengo palpitaciones y la tensión por las nubes—. ¡¿Es un oso?!
—Peor.
—¡¿Peor que un oso?! —casi grito—. ¡¿Qué hay peor que un oso?! —¡¿Un tigre, un león, el Bigfoot?! ¡¿Qué hay exactamente aquí fuera?!
La respuesta se revela sola, y Cyrus tiene razón. Es peor que un oso.
Todo el Club de Jóvenes Aventureros, niños y adultos incluidos, sale del bosque y entra en el claro.
Me agacho hasta que el agua me llega a la barbilla y me cubro el pecho con los brazos, muriéndome lentamente por dentro mientras todos nos miran estupefactos.
La líder de morado frunce el ceño en señal de desaprobación al vernos. Se acerca a la manta, coge el vino y niega con la cabeza.
—¡No soy alcohólica! —intento decirle, pero no importa. Ambos estamos desnudos, así que puede añadir adicta al sexo a su lista de razones por las que me desaprueba tan fervientemente.
—¿Tía Mia? —dice Violet mientras se acerca, mirándome con asombro—. ¿Qué haces en el río? ¿Quién es ese? ¡¿Estáis desnudos?!
Me río nerviosa cuando uno de los niños saca una foto. Al menos solo se me ve la cabeza. Con suerte...