Perdida CAPÍTULO 14 — Los pequeños recuerdos
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CAPÍTULO 14 — Los pequeños recuerdos

Los pequeños recuerdos

El silencio permaneció unos instantes entre ambos.

Milena no abrió la libreta de inmediato. Había aprendido que, con Julián, las pausas también hablaban.

Él seguía mirando un punto fijo del consultorio. La palabra amor aún parecía suspendida entre ellos.

Fue ella quien rompió el silencio.

—Hábleme de ella.

Julián levantó ligeramente la vista.

—¿Qué quiere saber?

—No me refiero a lo que significó para usted. Me gustaría saber quién era.

Él sonrió con suavidad.

Era una sonrisa distinta a las anteriores. No estaba dirigida a Milena, sino a un recuerdo.

—Es curioso…

—¿Qué cosa?

—Hace mucho que nadie me hace esa pregunta.

Milena permaneció en silencio.

—La mayoría siempre preguntaba por lo que pasó. Muy pocos preguntaban cómo era ella.

Respiró con calma.

—Y creo que eso hace una gran diferencia.

Milena asintió.

—Entonces cuénteme.

Julián apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Tenía una forma muy particular de reír.

Milena esperó.

—No se reía por compromiso. Si algo no le hacía gracia, apenas sonreía. Pero cuando realmente se divertía… era imposible no reír con ella.

Sus ojos parecieron iluminarse por un instante.

—A veces intentaba seguir hablando y no podía. Terminaba riéndose otra vez.

Una sonrisa apareció también en el rostro de Milena.

—¿Y usted?

—Yo terminaba riéndome aunque no hubiera entendido el chiste.

Los dos compartieron una breve sonrisa.

—¿Qué más recuerda?

Julián no respondió enseguida.

No parecía buscar recuerdos.

Parecía escogerlos con cuidado.

—Siempre llevaba un libro en el bolso.

—¿Le gustaba leer?

—Mucho.

Hizo una pausa.

—Aunque nunca terminaba de leer uno sin empezar otro al mismo tiempo.

Milena hizo una pequeña anotación.

—Era desordenada con las lecturas.

—Completamente.

Sonrió con cariño.

—Yo intentaba convencerla de terminar un libro antes de comenzar el siguiente. Nunca lo conseguí.

Guardó unos segundos de silencio.

—Decía que las historias no llegaban cuando uno quería. Llegaban cuando ellas decidían.

Milena levantó la vista.

—Es una frase bonita.

—Sí.

La voz de Julián se volvió más baja.

—Muy propia de ella.

El consultorio volvió a quedar en silencio.

—¿Había algo que le molestara?

Julián soltó una risa casi imperceptible.

—Que llegara tarde.

Milena arqueó una ceja.

—¿Era impuntual?

—Cinco minutos. A veces diez.

—¿Y eso lo desesperaba?

—Un poco.

Se encogió de hombros.

—Yo siempre llegaba antes a todas partes.

—Lo imagino.

Él sonrió.

—Ella decía que yo podía organizar un reloj.

Milena dejó escapar una pequeña risa.

—¿Y tenía razón?

—Probablemente.

Durante unos segundos ninguno habló.

No era un silencio incómodo.

Era el espacio que dejan los recuerdos cuando vuelven a sentirse presentes.

—¿Qué era lo que más admiraba de ella?

La respuesta llegó sin esfuerzo.

—Su manera de mirar a las personas.

Milena esperó.

—Nunca sacaba conclusiones rápidas. Escuchaba primero.

Bajó la mirada.

—Creo que aprendí mucho de eso.

Milena observó cómo cada recuerdo aparecía acompañado de una emoción distinta.

No estaba repitiendo una historia.

La estaba recorriendo.

—¿Conserva algún objeto que le recuerde a ella?

Julián permaneció inmóvil.

Esta vez tardó más en responder.

—Sí.

Milena no hizo otra pregunta.

Él respiró hondo.

—No porque tenga un gran valor para alguien más.

Hizo una breve pausa.

—Lo conservo porque, cuando lo veo, todavía puedo recordar con claridad quién era ella en esos días.

Volvió el silencio.

Milena cerró lentamente la libreta.

Había llegado pensando que conocería los hechos de una historia.

Sin darse cuenta, estaba conociendo a una persona a través de los ojos de quien nunca había dejado de quererla.

Y comprendió que, antes de entender una pérdida, debía entender aquello que alguna vez había hecho que la vida de Julián se sintiera completa.