Penylan I: Incógnito Epílogo
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Epílogo

Daphne sacó la maleta de debajo de su cama y la miró largamente. Estaba hecha para una huida precipitada, pero iba a ser mejor tenerla lista por las dudas.

Abrió la caja de cartón con las cosas de Paul.

En la mente de Étienne había visto fugazmente cómo había preparado su contenido.

Los poemas y las notas eran suyos, las fotos se habían hecho con una cámara Polaroid antes de arreglar el jardín, y la carta…

los vampiros debían de tener la vista muy aguda para poder copiar la letra de una persona de un vistazo a la lejanía, desde la copa de un árbol…

Daphne se giró de inmediato hacia la ventana. Y abrió las cortinas de par en par.

—¡Estás ahí!

Las hojas se removieron y asomó el rostro de Étienne.

—¿Cómo lo has sabido? No puedes leer mi mente.

—Si quieres venir a hablar conmigo, usa la puerta como la gente decente. Y lo supe porque ya te la leí una vez.

—No se puede tener un instante de debilidad —saltó a la calle y se encaminó al otro lado de la casa.

Sonó el timbre. Antes de que Daphne lograra reaccionar, Carys abría la puerta. Y se quedaba petrificada en una mezcla de sorpresa y encandilamiento.

—Busco a Daphne Hywel —se presentó él—. Soy Étienne Crow.

Carys no supo qué contestar, se quedó pasmada y balbuceó algo que sonaba parecido a su nombre. Daphne le hizo señas a Étienne para que entrara, pero él prefería quedarse fuera.

—Vale, salgo yo —dijo y se encontraron en la acera.

—Tenemos que hablar —expresó él en un tono que no admitía réplica.

—¿De qué? —inquirió ella suavemente.

—Me veo en la obligación de exigirte que no cuentes a nadie nada de lo que has visto en mi mente.

—No iba a hacerlo —se apresuró a confirmar Daphne.

—Ni siquiera a tus amigas. Por favor —rogó Étienne nuevamente con ese aire de asepsia propio del que detesta traslucir sus verdaderos sentimientos.

—Lo prometo. Además… —comenzó Daphne—. Te debo una disculpa.

He sido una insolente al andar esparciendo los rumores sobre tu familia.

Ahora entiendo que lo que querías era proteger su memoria, del mismo modo que yo quería proteger la de Paul.

De verdad —lo miró a los ojos empezando a emocionarse—. Lo siento mucho.

Étienne guardó silencio.

—Gracias —apenas musitó.

Caminaron lentamente hasta rodear la esquina de la casa y ver el patio trasero, en el que Alis y Dywel jugaban con Winston Hywel.

—¿Qué vas a hacer? Los sanglent no te dieron el alma que les pediste, y sé que los aiglent no van a ayudarte. ¿Tienes algún plan B? —dijo Daphne con tacto.

—Me iré de Penylan muy pronto. Pero Jones se quedará a cuidar la casa, ve cuando te apetezca.

—¿Adónde irás?

—Adonde me orienten mis pesquisas.

—Un segundo, ¿piensas ir detrás de Valkowski otra vez? —lo detuvo Daphne poniéndole la mano en el pecho.

—Sí —contestó él cerrando los puños, en actitud defensiva.

—¿Qué ganarás vengándote? Eso no te devolverá a tu familia.

—No, claro que no. Únicamente prevendrá que haya otros como yo.

En un mundo en el que reinara la voluntad de los sanglent, Valkowski sería el Señor de los vampiros, gobernaría el terror, la gente común sería su presa, nadie estaría a salvo de sus colmillos sedientos de sangre y de los de sus súbditos.

¿Tolerarías eso? —la enfrentó él sosteniéndole la mirada con intensidad, como en aquella ocasión en la que le había preguntado si quería que la convirtiera en un vampiro para que aprendiera lo que aquello significaba.

—No —cedió ella finalmente, desviando sus ojos de aquellos otros igual de verdes, si bien terribles y felinos—. ¿Y si eso te lleva años? ¿Y si te pierdes otras cosas por el camino?

Étienne apoyó los brazos en la cancela del patio trasero, mirando con una sonrisa al padre de Daphne, que se retorcía en el césped por las cosquillas que sus hijos, incluida Carys, le hacían.

—¿No tienes fe en recuperar la felicidad? —intentó ella recurriendo a las memorias compartidas.

Étienne comprendió lo que se proponía y en un gesto con la mano abarcó la escena familiar.

—Hace mucho tiempo que solo conozco la desdicha —dijo él, alejándose con una inclinación de cabeza.