62 Rae #2
Las manos de Lukas han desaparecido de repente, y él se ha levantado y se está alejando. Mi coño se contrae en torno a la nada. El orgasmo que nunca llegó se desvanece.
Se levanta de la cama sin decir palabra. Se aleja hacia la cómoda, coge su vaso de vodka y da un sorbo lento. Se cuida mucho de no mirarme.
Estoy jadeando, tirando de las ataduras, mi cuerpo gritando por liberarse. El dolor entre mis piernas es casi insoportable.
Lukas da otro sorbo de vodka. Su rostro sigue de espaldas, sus anchos hombros recortados contra la tenue luz que entra por la ventana, cuando habla.
—¿Me amas, Rae?
Tengo tantas ganas de responder. Las palabras están ahí mismo: dos estúpidas palabras, cinco letras, la frase más fácil del idioma español. La gente la dice todos los días sin pensar. Los desconocidos se la dicen a los camareros. Las chicas borrachas la dicen en las colas del baño.
Pero no puedo decírselo al hombre que más se lo merece.
Se me hace un nudo en la garganta. La lengua se me vuelve de plomo.
Te lo está preguntando directamente. Todo lo que tienes que hacer es…
No me sale nada.
Lukas asiente en cámara lenta, como si esperara exactamente eso. Se vuelve hacia mí y veo que sus ojos se han oscurecido y que su barba ya no puede ocultar el malicioso fruncimiento de sus cejas.
—Entonces, supongo que tendremos que seguir adelante.
Deja el vaso y vuelve a la cama.
Y es entonces cuando lo comprendo: esto no son preliminares. No es ningún juego perverso que quiera enseñarme.
Esto es tortura.
Va a llevarme al límite hasta que me derrumbe.
El tiempo deja de tener sentido.
Los minutos se difuminan en horas, o quizá sea al revés. Las únicas referencias que tengo son las cimas y las caídas del placer esperado y negado.
Una y otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
Me tortura con la misma rutina de dedos unas cuantas veces más.
Luego, su boca sustituye a sus dedos. Se ha pasado los últimos tres días aprendiendo cada pequeño detalle que me excita.
Es capaz de hacer que se me curven los dedos de los pies y que se me doble la columna.
Es capaz de sacarme de la garganta todos los gemidos posibles.
Estoy tan cerca que casi puedo saborearlo, tan cerca que sollozo contra la almohada, tan cerca que le suplico con la mirada, ya que no me permite usar la voz...
Y cada vez, él se aleja.
Cuando lo hace, me pregunta—: ¿Me amas, Rae?
Intento responder. Dios, lo intento con tanta fuerza que se me marcan las venas del cuello y me duele la mandíbula por el esfuerzo.
Pero las palabras quedan atrapadas tras un muro invisible, un terror infantil que no puedo nombrar.
Una parte primitiva de mí que aprendió hace mucho tiempo que decir esas palabras en voz alta solo lleva a perder lo que se ama.
Así que, cada vez, no sale nada.
La expresión de Lukas nunca cambia. Solo asiente, se limpia la boca con el dorso de la mano y vuelve a empezar.
La cosa empeora.
Saca su pene erecto a través de la cremallera de sus pantalones y se arrastra por mi humedad, rozando mi clítoris con cada pasada.
La sensación es exquisita y horrible a partes iguales.
Puedo sentir el borde de su glande rozando mi entrada, provocándome, prometiéndome… pero sin cumplir nunca, jamás.
—¡Por favor! —gimo, olvidándome de las reglas.
Sus ojos se posan en los míos. —¿Me amas?
Mi boca dibuja las palabras. Te. Amo.
Pero lo único que sale es un gemido entrecortado.
Lukas suspira y se aleja. Lo siguiente que siento es frío.
Me retuerzo contra las ataduras mientras algo suave e inflexible presiona contra mi entrada. Un juguete de algún tipo, me doy cuenta vagamente, aunque no tengo ni idea de dónde lo ha sacado.
Desliza el juguete dentro de mí lentamente, centímetro a centímetro. Es mucho más pequeño que él, pero implacable como una descarga eléctrica, de una forma que ningún cuerpo humano podría ser jamás. Sin calor, sin pulso y, desde luego, sin piedad. La fría silicona me llena por completo.
Cuando lo enciende, casi grito.
Las vibraciones añaden un nuevo y fresco círculo a este infierno. Estoy subiendo de nuevo, más rápido esta vez, la sensación es tan intensa que roza el dolor...
…hasta que lo apaga.
—¿Me amas?
Nada.
Nada.
Nada.
Luego más. Gritos ahogados, ansiosos, desesperados...
—¿Me amas?
—Lo intento, pero...
Nada.
Ahora estoy llorando. Son lágrimas de verdad, que me resbalan por las sienes y empapan mi cabello. Tengo las muñecas enrojecidas de tanto forcejear contra las ataduras de seda.
Y aún así, no puedo decirlo.
¿Por qué no puedo decirlo?
Sé que lo amo. Lo sé desde hace días, quizá semanas. Me encanta cómo se ríe cuando se olvida de estar a la defensiva. Me encanta cómo me peina el pelo con sus manos llenas de cicatrices. Amo al monstruo y al hombre, al asesino y al cocinero, a la bestia en todas sus formas.
Pero las palabras. No. Salen.
Están atrapadas tras dieciocho años de “ten cuidado” y “no te encariñes” y “todos los que quieres acaban marchándose”. Están atrapadas tras un accidente de coche que se llevó a mis padres y un hermano que sigue recayendo y toda una vida aprendiendo que el amor no es más que un sinónimo de pérdida.
Lukas lo ve todo en mi rostro.
Y vuelve a empezar.
Esto es… esto es perverso. Mi cuerpo se ha convertido en un único nervio al descubierto, desollado y abandonado retorciéndose en la penumbra.
Estoy sonrojada de la cabeza a los pies, mi clítoris está increíblemente hinchado, y sigo apretando con fuerza con la esperanza de encontrar suficiente fricción y resistencia para correrme.
Pero nunca lo consigo. Me siento mareada y agotada, al límite, enloquecida.
Tras unas cuantas rondas más de provocación y privación despiadadas, Lukas saca el juguete, dejándome con espasmos y agarrándome con tristeza a la nada.
Se levanta de la cama y se dirige a la cómoda.
Observo a través de mis ojos nublados por las lágrimas cómo saca algo del cajón: algo pequeño y curvado, con una correa unida.
Vuelve a mi lado y se arrodilla junto a mi muslo. Su cuerpo me tapa la vista, así que no puedo ver lo que está haciendo. Lo único que noto es cómo sus manos me atan algo alrededor del muslo.
Solo cuando se aleja veo lo que ha hecho. Hay un vibrador atado a mi pierna, colocado de manera que está cerca de donde lo necesitaría para correrme.
Cerca… pero no lo suficiente.
—Lukas —digo con voz ronca, olvidando las reglas de nuevo mientras el pánico me invade—. Por favor, no...
Me pone un dedo sobre los labios. —Cállate, señorita Everett. No es momento de hablar.
Su mano alisa la correa, comprueba la tensión, ajusta el ángulo, asegurándose de que todo está bien. El vibrador se encuentra a unos cinco centímetros de mi centro hinchado y dolorido. Quiero mentirme a mí misma y decir que ya casi hemos terminado, teniendo en cuenta que llevamos horas en esto.
Pero sé que no es así.
Lukas se endereza, se aleja y coge su vaso de vodka de la mesita de noche. Da un sorbo lento, mirándome por encima del borde.
—Estaré abajo —dice—. Vendré a ver cómo estás dentro de una hora más o menos.
—¿Qué? —balbuceo—. ¡¿Una hora?! ¡Lukas, no puedes simplemente…!
—Cállate, Rae. —Se dirige hacia la puerta—. Tengo toda la noche, cariño. Nada más que tiempo.
Se detiene en el umbral. Su pulgar encuentra el pequeño mando a distancia en la palma de su mano. Lo pulsa…
…y el vibrador cobra vida con un zumbido.
Jadeo cuando me invade la sensación. Es un pulso bajo y constante que se irradia desde mi muslo, lo suficientemente cerca como para hacer que mis caderas se sacudan involuntariamente, pero lo suficientemente lejos como para que el alivio permanezca a un pelo de distancia.
Es como estar en el desierto con agua goteando por mis labios, pero sin llegar nunca a tocar mi lengua.
Pensaba que ya me habían torturado.
Me equivocaba.
Esto es lo auténtico.
Lukas me observa durante un largo rato. Sus ojos grises son suaves. Tristes, casi. No hay triunfo en su expresión, ni crueldad, ni ira.
Solo hay paciencia.
El vibrador pulsa contra mi muslo. Mi cuerpo se tensa hacia él inútilmente, mis caderas se retuercen en busca de una fricción que no llega. La sensación va creciendo y creciendo, una avalancha a cámara lenta de deseo que no tiene adónde ir.
Estoy temblando. Me duele todo el cuerpo.
Y en algún lugar del oscuro enredo de mi pecho, dos pequeñas palabras intentan abrirse paso a duras penas.
Te amo.
¿Por qué no puedo simplemente decirlo?