60 Lukas
LUKAS
Crayón sobre cartulina. Tres muñecos de palitos cogidos de la mano bajo un sol amarillo.
Escrito en la parte superior con letras mayúsculas temblorosas:
En nuestro cuarto día de cautiverio autoimpuesto, me despierto entre sábanas frías y un espacio vacío donde debería estar Rae.
El pánico es instantáneo y primitivo. Extiendo la mano y no encuentro más que sábanas arrugadas. El fantasma de su calor ya se está desvaneciendo.
Se ha ido.
Me pongo de pie de inmediato. Se ha ido. Por fin vio lo que eres y huyó.
Me lo merezco. Mierda, además sabía que iba a pasar. He estado viviendo con los días contados desde el momento en que la toqué, y ahora ha llegado la hora de pagar los intereses.
Pero saber que iba a pasar no impide que el aullido se acumule en mi garganta.
Recorro la casa a toda prisa, gritando su nombre. —¡Rae! ¡Rae!
No recibo respuesta. Aunque me respondiera, no estoy seguro de que pudiera oírla por encima del rugido de la sangre en mis oídos.
Bajo las escaleras de tres en tres. Mi rodilla protesta, una vieja lesión, más antigua que la propia Rae, pero no reduzco el paso.
—¡Rae!
La cocina está fría. La bandeja del desayuno de ayer está sobre la encimera, los platos rascados pero sin lavar. No hay rastro de ella aquí.
No se habría ido sin despedirse. ¿O sí?
¿Por qué no lo haría? Eres un monstruo. Un asesino. Un miserable bastardo que mató a su mujer y lleva pudriéndose por dentro desde entonces.
Mierda. Debería haberlo sabido: esto es lo que pasa cuando dejas entrar a alguien.
Recorro a toda prisa el resto de la planta baja. El baño: vacío. El salón: vacío. El estudio: vacío. El pánico empieza a consumirme.
Piensa, cabrón. ¡Piensa!
Pero no puedo pensar. Solo necesito encontrar a Rae. En cuanto vuelva a tenerla entre mis manos, todo irá bien.
Subo cojeando las escaleras tan rápido como puedo, a pesar de que mi rodilla grita de dolor. He revisado todas las habitaciones de la planta baja. La casa no es tan grande. ¿Dónde coño se habrá metido?
Empujo cada puerta del pasillo del segundo piso. Armario, aseo, armario...
Entonces me detengo.
Esta solía ser la habitación de Kirill.
Una cama con forma de coche de carreras está aparcada en una esquina, sepultada bajo una década y media de polvo.
Los pósters de Superman cuelgan flojos de donde una vez estuvieron clavados a las paredes.
La luz del sol que se cuela por las rendijas de las persianas ha descolorido la pintura.
Las figuras de acción se encuentran en plena batalla sobre la cómoda, enzarzadas en una guerra que nunca terminará.
Sobre la cama, un móvil de planetas cuelga inmóvil. Su universo ha dejado de girar.
Apoyo una mano contra el marco de la puerta mientras lucho por respirar.
No he puesto un pie en esta habitación en dieciocho años.
El pasado me invade como un golpe contundente en la garganta. Puedo oír la voz de Elena, cantando a Kir para que se duerma. Su manita buscando la mía.
Papá, quédate.
Siempre, siempre me quedaba.
Hasta que no.
Kir seguía llevando el pijama de Batman, con capa y máscara incluidas, a pesar de que había cumplido siete años en verano. Montaba un escándalo cada vez que Elena o yo intentábamos quitarle algo de eso.
Pero ni siquiera Batman podía evitar que temblara mientras dormía.
Estaba en mi estudio, como siempre, cuando oí su voz romper el silencio de la casa de piedra rojiza.
—¡Papá, papá, hay monstruos!
Dejé caer los papeles y corrí por la casa. En aquellos días mi rodilla no estaba tan mal, así que llegué rápido. Irrumpí por la puerta y me arrodillé junto a su cama.
Era tan pequeño. Un pequeño de pelo oscuro, flacucho como el demonio, todo huesos. Tenía las rodillas nudosas pegadas al pecho cuando entré en la habitación. Sus ojos estaban húmedos y enormes en la penumbra.
En cuanto estuve lo suficientemente cerca, extendió los brazos y lo levanté en volandas. Sus dedos se aferraron a mi camisa con la fuerza frenética de un niño que sabía sin lugar a dudas que su padre podía arreglarlo todo.
—Tiho, syn —le susurré al oído—. Zdes’ net nikakikh monstrov. A esli by oni byli, ya by ubil kazhdogo iz nikh.
Tranquilo, hijo.
Aquí no hay monstruos.
Y si los hubiera, mataría a todos y cada uno de ellos.
Me había creído. Por supuesto que sí. Al fin y al cabo, yo era su padre. Yo era invencible. Yo era el muro inquebrantable entre él y todo lo terrible del mundo.
Poco a poco, su respiración se fue calmando y aflojó el agarre de mi camisa. El sueño lo volvió a llevar a la superficie.
Me quedé allí sentado durante horas después de que se quedara dormido, observando cómo respiraba mi hijo. En ese momento, habría matado a cualquier cosa que lo amenazara. Habría destrozado el mundo con mis propias manos.
¿Y ahora?
Ahora, mi hijo me mira y me ve como un monstruo.
¿Cuándo ocurrió eso? ¿Cuándo se transformó aquel niño pequeño y tembloroso que creía en mí sin dudar en el hombre de mirada fría que intentó destrozarme delante de una sala de juntas llena de testigos?
¿Fue la noche en que murió su madre?
¿Fue en los años posteriores, cuando me sumergí en el trabajo, el vodka y las mujeres vacías mientras él se criaba a sí mismo entre los escombros de nuestra familia?
¿O fue más lento? ¿Una erosión gradual, año tras año, silencio tras silencio, hasta que un día se despertó y se dio cuenta de que su padre no era ningún héroe? ¿Solo un caparazón vacío que llevaba la piel de un hombre muerto?
Me late la rodilla. Me duele el pecho.
Me convertí en el monstruo.
Yo lo hice.
Niego con la cabeza enfadado hasta que el recuerdo se disipa. Así, sin más, este lugar vuelve a ser lo que es, lo que ha sido durante casi dos décadas: simplemente una habitación abandonada. Nada más.
En cualquier caso, no hay señales de que Rae haya estado aquí. Habría visto sus huellas en el polvo que cubre todas las superficies.
Retrocedo lentamente y cierro la puerta detrás de mí en silencio, igual aquella noche hace tantos años, como si aún pudiera despertar al niño que una vez fue mi hijo si hago demasiado ruido.
Cuando la puerta se cierra, levanto la vista… y ahí está. Rae se detiene a mitad de camino, a la mitad de las escaleras que llevan al tercer piso.
—Hola —dice, sonriendo como si no acabara de quitarme diez años de vida—. Estás despierto.
El alivio que me embarga es tan violento que casi me da vergüenza. Me tiemblan las manos. Las cierro en puños para que no se dé cuenta.
—¿Dónde coño estabas? —espeto.
Arquea las cejas ante mi tono. —Explorando. Hay una pequeña terraza en el tercer piso, ¿lo sabías? No podía dormir, así que subí a ver el amanecer —Inclina la cabeza y entrecierra los ojos—. Lukas, ¿estás bien? Parece que has visto un fantasma.
Subo las escaleras a toda prisa, sin importarme el dolor de rodilla, y la atraigo contra mi pecho. Ella emite un pequeño sonido de sorpresa, pero no se resiste.
—Me desperté y ya no estabas —murmuro con cansancio—. Pensé… Pensé que te habías ido.
Rae se aparta lo justo para mirarme a la cara. Su cuerpo se tensa contra el mío. —Aunque quisiera irme —dice lentamente—, ¿adónde iría?
Frunzo el ceño. —¿Qué quieres decir?
—No tengo trabajo, Lukas. Básicamente, soy una de las personas más buscadas por el FBI.
La prensa me ronda como buitres, esperando a que salga a la calle para poder devorarme viva —Se ríe sin gracia—.
No digo que esté intentando irme a ningún sitio; de verdad que no.
Es solo que tampoco es que tenga muchas opciones.
—Ya te lo he dicho: yo me encargaré de todo. De la prensa, del trabajo, de lo que necesites...
—Lukas, no quiero que me cuides. Bueno, sí, quiero, pero no así… No de esa manera. No como si fuera una maldita planta de interior.
Se zafa de mis brazos. La dejo ir, aunque me duele como si me arrancaran un miembro.
—Quiero que me elijas —continúa—. No que me adquieras o me colecciones. No que me tengas, como a una mascota tierna a la que das de comer y de beber y le acaricias la cabeza cuando te apetece —Tiene los ojos llorosos, pero la mandíbula apretada—. Necesito saber que estoy aquí porque tú me quieres.
Un poco de mi antigua ira surge en mí, aunque últimamente fluye por otros canales.
Mi mano encuentra la cintura de Rae y la empujo hacia atrás hasta que su espalda choca contra la barandilla de la escalera.
La vieja madera cruje bajo la presión, pero me da igual si se astilla y nos arrastra a los dos con ella; solo necesito que entienda que lo que voy a decir a continuación va en serio.
—Cariño… ¿crees que renuncié a una empresa de mil millones de dólares porque quería una mascota?
—La aprisiono con ambos brazos, con las manos agarradas a la barandilla a ambos lados de sus caderas—.
Te elegí a ti, Rae. Cada hora que no contesto ese teléfono, te estoy eligiendo a ti.
Cada reunión a la que no acudo, cada crisis que ignoro, cada puente que se reduce a cenizas mientras estoy aquí con la polla dura y el pecho abierto… eso es elegirte.
Ella me mira fijamente. Esos ojos marrones buscan algo en mi rostro. No sé qué es lo que busca, pero sea lo que sea, rezo a Dios para que lo encuentre.
—¿Quieres saber si eres la elegida? —Me inclino hasta que mi frente descansa contra la suya—. Cariño, si tan solo tiemblas, prendería fuego a todo lo que he amado en mi vida solo para calentarte.
Siento su incertidumbre en el aliento vacilante que sale de sus labios. —Demuéstralo —susurra.
—Dime cómo y lo haré.
Reflexiona un segundo. Luego, dice—: Vale. Dime algo que nunca le hayas contado a nadie.
Su rostro está inclinado hacia el mío. El resplandor matutino que entra por la claraboya sobre nuestras cabezas ilumina las tenues pecas que salpican su nariz.
Sus labios en forma de arco de Cupido son carnosos y suaves.
Las líneas paralelas entre sus cejas, esas que solo aparecen cuando frunce el ceño, van y vienen, como si no estuvieran seguras de si lanzarse de lleno a la duda o a la fe.
Quiere la verdad. Una verdad, cualquier verdad, siempre y cuando sea real.
Todavía podría mentir. Soy bueno mintiendo. Llevo haciéndolo mucho tiempo. Dieciocho años y contando.
Pero ella lo sabría. Sé que lo sabría.
Así que, en lugar de eso, le doy lo que me pide.
—Abracé a Elena mientras la mataba —digo con voz ronca. Me aclaro la garganta—. Y me sentí jodidamente bien viéndola morir.
Nunca lo había dicho en voz alta. Ni a Kir, ni a los curas, ni a la policía, ni a la interminable lista de personas que me dieron el pésame. Ni siquiera a los fantasmas que me persiguen a las tres de la madrugada.
Pero lo digo ahora.
A ella.