43 Rae
RAE
De: Jillian Pierce ([email protected])
Asunto: ¿DÓNDE COÑO ESTÁS?
El vuelo de vuelta a casa son siete horas de exquisita tortura.
Lukas se sienta en el mismo asiento que ocupó en el viaje de ida, a solo unos metros de mí, pero mentalmente, bien podríamos estar en aviones diferentes, o incluso en planetas distintos.
Abre su portátil antes incluso de que hayamos alcanzado la altitud de crucero y procede a ignorarme por completo.
No sé qué esperaba. Supongo que algún tipo de conversación, como mínimo. ¿Es eso realmente pedir demasiado para una chica?
Pero ni siquiera consigo eso. Lo único que oigo es el constante tac-tac-tac de su teclado y algún que otro gruñido cuando lee algo que le desagrada. No es precisamente una forma de “abrir nuestros corazones”.
Me giro hacia la ventanilla y veo cómo Francia se va reduciendo a un mosaico de verdes y marrones, para luego desaparecer por completo bajo un manto de nubes.
Mi vestido ya se ha secado casi por completo, pero está rígido y me resulta incómodo sobre la piel.
La azafata me ofreció ropa de recambio cuando subimos al avión, pero la rechacé.
Una parte perversa de mí quiere que Lukas tenga que ver las pruebas de lo que hizo. O, mejor dicho, de lo que casi hizo.
No es que esté mirando. Pero, ya sabes, por si acaso.
Me retuerzo en mi asiento, y el movimiento envía una oleada de sensaciones recordadas a través de mi cuerpo. Su muslo. La presión. Me froté contra él como si hubiera perdido la cabeza, como una gata en celo.
Sin embargo, no consigo arrepentirme.
Mientras el Atlántico pasa bajo nosotros, intento dormir. Pero cada vez que cierro los ojos, vuelvo a estar en esa gruta, con la boca de Lukas sobre la mía, su mano en mi pelo, su calor duro presionado contra mi palma…
Cuando te posea.
No “si”.
Cuando.
En algún lugar sobre Groenlandia, la azafata me trae una manta. Me la envuelvo alrededor de los hombros y me quedo mirando la nuca de Lukas. Su cabello plateado sigue perfectamente en su sitio, sin un solo mechón fuera de lugar.
Mientras tanto, yo parezco algo que el gato ha arrastrado, ahogado, mordisqueado y luego decidido que no valía la pena comerse.
Ahora que lo pienso, eso es exactamente lo que pasó.
La pantalla del portátil proyecta una luz azul sobre su rostro. Frunce el ceño ante algo que está leyendo. Sea lo que sea, no son buenas noticias.
No es tu problema, me recuerdo a mí misma. Lo ha dejado muy claro.
Pero sigo sin poder dejar de mirarlo.
Las horas pasan lentamente. Duermo a ratos, sueño que me ahogo y me despierto con un grito ahogado. La azafata trae comida que no puedo saborear. El sol se pone en el horizonte. Es bonito, pero no siento absolutamente nada cuando lo miro.
Por fin, el piloto anuncia el descenso. Lukas cierra su portátil y lo guarda en su maletín. Todavía no me ha mirado. Ni una sola mirada desde que salimos de la gruta.
El aterrizaje es suave. El avión rueda hasta un hangar privado, donde dos todoterrenos negros esperan en la pista, con los motores en marcha y las lunas tintadas.
Lukas se levanta de su asiento y se abrocha la chaqueta con rigidez. Coge su maletín y revisa su teléfono. Solo cuando ya no le queda nada más que hacer se gira hacia mí.
Pero, aun así, sigue sin mirarme del todo. Su mirada se posa en algún punto más allá de mi hombro izquierdo. —Mi chofer te llevará a casa —dice—. Tengo asuntos que atender.
Eso es todo. Sin explicaciones. Sin reconocer lo que ha pasado entre nosotros.
Una vez más, me despiden.
—Por supuesto —me oigo decir. Mi voz suena distante, como si perteneciera a otra persona—. Asuntos de trabajo.
Lukas no responde. Ya se dirige hacia la puerta, con el teléfono pegado a la oreja, gritando algo en ruso que no entiendo.
Me recojo el vestido estropeado y lo sigo.
El todoterreno me deja en mi edificio justo cuando la última luz se desvanece del cielo. Subo las escaleras a duras penas, porque el ascensor vuelve a estar averiado. Para cuando llego a mi piso, siento como si mis piernas estuvieran hechas de plastilina.
Mientras busco a tientas las llaves y empujo la puerta para abrirla, estoy mentalmente catalogando el orden de las operaciones: ducha, vino, cama, crisis existencial, repetir. No puedo esperar.
Lo que no me espero es que la lámpara de mi salón ya esté encendida.
Ni que haya alguien sentado en mi sofá.
El sonido que sale de mi boca no es digno. Se parece más al grito primitivo de una película de terror, justo antes de que la chica final reciba una puñalada en el pecho.
—¡Por Dios, Rae! —Jillian salta del sofá—. ¡Soy yo! ¡Solo soy yo!
Me agarro al marco de la puerta porque es lo único que me mantiene en pie. El corazón me late tan fuerte que lo noto en los ojos.
—¿Qué coño pasa, Jill? —jadeo—. ¡Casi me das un infarto!
—¿Casi te doy un infarto? ¿yo? —Jillian se pone las manos en las caderas.
Ahora que me he calmado un poco, veo su cara: está furiosa.
Lleva el pelo rojo recogido en un moño descuidado y tiene ojeras como si no hubiera dormido en días—.
¿Me estás tomando el pelo? Desapareces de la faz de la tierra durante tres días, sin mensajes, sin llamadas, nada, cero, ¿y soy yo la que tiene que dar explicaciones?
La miro parpadeando, todavía intentando controlar mi pulso. —Yo… ¿qué?
—Tres días, Rae —Levanta tres dedos y me los señala—. Uno, dos, tres. Setenta y dos horas. Te llamé como noventa y cinco veces. Te envié tantos mensajes que estoy segura de que me ha dado síndrome del túnel carpiano. ¿Y qué he recibido a cambio? Nada. Silencio total. Pensé que te habías muerto.
La culpa me abruma. Con todo el caos de Francia, se me olvidó por completo que mi teléfono no servía para nada en el extranjero. Ni de coña puedo permitirme un plan internacional, así que durante todo el fin de semana no ha sido más que un pisapapeles rectangular muy caro.
—Bean, lo siento muchísimo. No tenía cobertura. Estaba en Francia —Hago una pausa y frunzo el ceño—. Pero ¿cómo sabías que había vuelto…?
—Porque he estado actualizando obsesivamente tu ubicación, tonta. En cuanto tu móvil volvió a conectarse y se conectó a una torre, vine a buscarte. Esa es la única razón por la que sabía que estabas viva.
La miro boquiabierta, incrédula, pero ella pone los ojos en blanco como si estuviera exagerando.
—Soy periodista, Rae. Mi trabajo consiste, literalmente, en encontrar a gente que no quiere ser encontrada —Cruza los brazos—.
Además, eres mi mejor amiga, y me preocupaba que Lukas Lazarev te hubiera asesinado y tirado el cadáver en la Costa Azul.
Solo oír el nombre de Lukas me pone los pelos de punta, y no estoy preparada para analizar por qué. —Bueno, al menos no me mató —digo con voz débil—. Obviamente.
—Ob-via-men-te —replica Jillian con descaro—. Pero sí que te llevó a Francia. ¡¿Qué demonios con eso?!
Excelente pregunta. ¿Por dónde empiezo siquiera?
—Es… complicado —digo.
Jillian arquea tanto las cejas que desaparecen entre su línea de pelo. —Te has esfumado a otro continente con un hombre que puede que haya matado a su mujer o puede que no, ¿y “complicado” es lo mejor que se te ocurre?
—¿Puedo al menos darme una ducha primero? —digo pasando una mano por mi aspecto de criatura del pantano—. Huelo a sudor.
El ceño fruncido de Jillian se suaviza, pero solo ligeramente. —Vale. Pero te voy a cronometrar. Tienes quince minutos, y luego me lo cuentas todo. Todo. Absolutamente todo —Me da la vuelta y me empuja suavemente hacia el baño—. Ve. Tic-tac.
Camino arrastrando los pies por el pasillo, con mis sandalias chapoteando contra el parqué. La puerta del baño se cierra detrás de mí y veo mi reflejo en el espejo.
Tengo peor aspecto del que pensaba. El rímel me corre en dos ríos negros por las mejillas, mi zona T es un desastre dermatológico y mi pelo está…
bueno, cuanto menos se diga al respecto, mejor.
En cuanto al vestido, me cuelga arrugado y derrotado, con un tirante colgando de un hilo y el dobladillo cubierto de lo que realmente espero que sea solo barro. Me lo quito y lo dejo caer en el suelo.
La ducha está hirviendo. Me pongo bajo el chorro y dejo que el agua intente arrastrar la suciedad del viaje, la sal de la gruta, la persistente sensación fantasma de las manos de Lukas sobre mi cuerpo.
No funciona, obviamente. No se puede frotar el deseo para eliminarlo.
Pero lo intento con todas mis fuerzas. Me lavo el pelo dos veces, me pongo acondicionador una vez y paso una cantidad vergonzosa de tiempo simplemente ahí de pie, con la frente apoyada contra los azulejos, reviviendo cada momento de las últimas setenta y dos horas.
El agua ya sale fría cuando por fin la cierro.
Me envuelvo en mi toalla más raída y vuelvo a mi dormitorio. Jillian ha decidido hacerse útil en mi ausencia, porque hay una copa de vino esperándome en la mesita de noche y mi chándal más cómodo extendido sobre la cama. No me la merezco.
Me pongo el chándal y una camiseta oversize, y luego me recojo el pelo mojado en un moño desordenado en la coronilla. El vino me entra suave y fácil. Demasiado fácil, probablemente, teniendo en cuenta que no he comido nada sustancioso desde ayer.
Cuando por fin hago mi aparición en el salón, Jillian está sentada en el borde del sofá. —Habla —me ordena sin preámbulos.
Así que lo hago.
Le cuento lo del viñedo, la cena, la bodega donde Lukas casi me besa y luego me gritó que me fuera. Le cuento el encuentro de medianoche en la cocina, las tres campanadas del reloj de pie y cómo huyó después como un murciélago salido del infierno.
Se lo toma todo con bastante calma. Al menos, hasta que le cuento lo de la gruta.
—¿Se limitó a ver cómo te ahogabas? —pregunta Jillian con voz incrédula—. ¿Se quedó ahí parado sin hacer nada?
—Durante un minuto, sí —Doy un largo y reconfortante sorbo de vino—. Luego me sacó y me dijo que no había matado a Elena. Al menos, no como yo creo que lo hizo.
—¿Qué demonios significa eso?