28 Rae
RAE
SOLICITUD DE ANULACIÓN
Enviada por: L. Lazarev (ADMIN)
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Estado: EJECUTADO
La puerta de acceso a la azotea se cierra de golpe tras Kir. Se ha ido.
Me dejo caer hacia atrás y ocupo su asiento vacío, con los pies colgando al borde del abismo.
El pavimento me mira con ansia desde unos cincuenta pisos más abajo.
Aquí arriba, sin embargo, solo estamos los pájaros, el viento implacable y yo.
Me atraviesa la blusa y la piel. Me castañean los dientes, pero me quedo donde estoy.
Este parece un buen lugar para ordenar mis pensamientos.
O al menos intentarlo. Pero por mucho que mi pequeño cerebro, tan sobrecargado, intente procesarlo todo, simplemente no funciona.
Quizá sea por lo rápido que ha cambiado todo. Hace dos semanas, yo solo era Rae Everett. Asistente ejecutiva, huérfana, hermana mayor, virgen. Nadie especial. Apenas digna de atención.
Entonces, Kir me acorraló en mi escritorio. Sus manos fueron a lugares donde no debían. Me susurró cosas que me pusieron los pelos de punta. Y, antes de que pudiera averiguar cómo hacer que parara, su padre apareció de la nada y volvió las cosas aún más locas.
Hace dos semanas, al menos para mí, él era simplemente Lukas Lazarev. Presidente de Lazarev Global. Multimillonario. Viudo. Un enigma, tan remoto y distante como una montaña.
Ahora, quizá tenga que añadir...
¿…Asesino?
Me abrazo a mí misma. El frío se me está metiendo en los huesos.
En esas dos míseras semanas, Lukas me ha dado tantas señales de alarma como las Naciones Unidas en su conjunto.
Me trasladó a su planta: bandera roja.
Me dio un aumento que coincidía al céntimo con los gastos de rehabilitación de Gideon: una bandera roja muy espeluznante e invasiva.
Sabía cosas de mí que no debería saber. El tratamiento de mi hermano. Mi cuenta bancaria. Mis medidas de pecho, cadera y cintura: bandera roja, bandera roja, bandera roja de las grandes.
Luego, hablando de rojo, me obligó a arreglarme según sus especificaciones de tonos rojos, y después tuvo el descaro de tratarme como basura delante de todo el mundo que haya sido alguien en Nueva York.
Comprarme así… nada menos que delante de las narices de su propio hijo, cuando Kir solo intentaba protegerme…
Me estremezco. Cada vez que cierro los ojos, sigo viendo el resplandor de esos focos y la horda de gente gritando cifras, cada una mayor que la anterior, y siento ese ardiente pinchazo de vergüenza.
Cinco millones de dólares.
La subasta ha terminado.
La chica me pertenece.
Si eso hubiera sido el final, ya habría sido mucho.
Pero no fue el final. Ni por asomo.
Una vez que terminó de humillarme delante de todo el mundo en los cinco distritos, me arrastró fuera de ese escenario, me metió en un coche, puso la mano donde no debía y me reprendió por, *revisa las notas*, ¡¿no llevar las braguitas que a él le gustan?!?!
Todo eso viniendo de un hombre que, ahora ya está prácticamente confirmado, mató a su mujer. Hablando de fijarse en la paja de mi ojo en lugar de en la viga del suyo.
Sin embargo, eso no le impidió añadir una amenaza extra, como la duodécima de una docena de banderas rojas de esa noche.
La próxima vez que recibas instrucciones mías, las seguirás al pie de la letra…
…o puede que te encuentres en la próxima gala sin llevar nada puesto.
Me siento débil. Me siento mareada. Me siento muy, muy mal.
Y creo que sé por qué.
Es porque, a pesar de todo… a pesar de toda esa espantosa y pesadillesca atrocidad…
…cuando pienso en Lukas Lazarev…
…sigo mojándome.
Así es como sé que soy tan depravada como él.
Me quedo en el tejado hasta que ya no siento la cara. Eso está bien, porque significa que tampoco siento mis emociones. Es extrañamente relajante sumergirse en la nada helada. Como una meditación guiada dirigida por Frosty, el muñeco de nieve.
Pero al final, tengo que arrastrarme de vuelta al interior.
La escalera está caliente. Siento un cosquilleo en la piel a medida que la sensibilidad vuelve a mis extremidades. Por suerte para mí, aún me queda un atisbo de calma.
Para cuando llego a la planta 50, casi me he convencido de que puedo superar el resto del día. Solo unas horas más. Entonces podré irme a casa, meterme en la cama y fingir que nada de esto está pasando mientras hiberno durante el fin de semana más merecido de la historia de los fines de semana.
De vuelta en mi escritorio, me siento, acerco la silla e intento concentrarme.
Pero cuando muevo el ratón, mi ordenador no se activa como debería. Doy unos golpecitos al teclado. Nada. Vuelvo a mover el ratón. No.
La pantalla permanece en negro durante tres largos segundos. Cuatro. Cinco.
Entonces, vuelve a parpadear y cobra vida.
Pero en lugar de mi escritorio, solo hay una cosa en la pantalla. Texto blanco sobre fondo negro.
Es hora de cobrar la velada que me debes.
Baja.
El coche está esperando.
Mi corazón se detiene y vuelve a latir varias veces en el espacio de un minuto.
Miro a mi alrededor, preguntándome si me están gastando una broma. Pero la única otra persona que trabaja en esta planta es Lukas, así que ¿quién me iba a gastar una broma?
Las luces están normales. El aire acondicionado zumba. Todo está tal y como debería estar.
…Excepto por el mensaje en mi pantalla.
Lo que más me apetece es agacharme en silencio, desenchufar el ordenador y luego lanzarlo por el tejado, por si acaso. Esa es la respuesta adecuada a algo tan depravado. Sea lo que sea por lo que Lukas Lazarev haya venido a buscarme, no puede ser nada bueno.
Pero él sabe que me tiene.
Porque tiene a Gideon.
Al fin y al cabo, eso es lo que importa. A Gideon le faltan cincuenta y tres mil dólares para librarse por fin de su adicción a la heroína, y no puedo ser la hermana egoísta que lo condene a una vida de adicción solo porque le tengo miedo a mi jefe.
Aunque realmente pensara que Lukas fuera a hacer algo horrible, seguiría adelante con esto, porque Gideon se lo merece.
Y también porque gran parte de la culpa de que esté metido en este lío es mía. Todavía recuerdo aquella noche, mi teléfono vibrando, el gruñido de Tyler, los mensajes, las llamadas, tantas llamadas… Es culpa mía. Todo es culpa mía.
Niego con la cabeza. Kir puede darme todas las advertencias sobre Lukas que le quepan en la boca y eso no cambiará nada.
Es matemática, ¿no? Gideon se merece cosas buenas.
Yo me merezco cosas malas. Así que, si bajar a reunirme con Lukas y seguirlo por la madriguera del conejo hasta el infierno significa que tanto Gideon como yo obtenemos lo que nos merecemos, bueno, entonces, dos más dos son cuatro y todo está bien en el mundo. Todo es justo.
Se me ocurre, mientras preparo mis pertenencias, que todo esto es una explicación muy pulcra y martirial de por qué estoy haciendo lo que estoy haciendo. ¿No soy valiente, lanzándome al olvido por el bien de mi hermano? ¿No soy noble?
Pero no es solo por él, ¿verdad? se burla una voz omnisciente en mi cabeza. Aunque Gideon no fuera más que un sueño, irías. Quieres ir. No por tu hermano, sino por ti misma.
Esa vocecita ardiente e insistente sigue cacareando en lo más recóndito de mi mente por mucho que intente acallarla. Suena casi como si Lukas me susurrara desde el interior de su despacho.
Tienes la piel caliente y enrojecida, Rae. Tienes las pupilas dilatadas y... oh, ¿es emoción lo que percibo? ¿Adrenalina a borbotones, pezones erectos?
No le tienes miedo a la oscuridad, cariño.
Estás enganchada a ella.
Me obligo a ignorarlo. Esto es por Gideon, nada más. Tiene que serlo.
Así que, con la decisión tomada, me pongo de pie y me coloco el bolso al hombro. Al hacerlo, el primer mensaje desaparece y aparece uno nuevo. Lo único que me sorprende es lo poco sorprendida que estoy.
Buena chica.
Nos vemos pronto.