13 Rae
RAE
上海港 (CNSHA) - 中国最大的集装箱港口
¡¿Qué coño significa esta mierda?!?!?!
El lunes por la mañana me despierta un cielo gris y un nudo en el estómago.
Subo en el ascensor hasta la planta 50 y salgo al interminable mármol blanco. Las plantas serpiente están exactamente donde las dejé. Mi escritorio está exactamente donde lo dejé.
Y la puerta de Lukas está cerrada.
Me siento. Miro fijamente la puerta. Espero.
No pasa nada.
Reviso mi correo electrónico. No hay nada nuevo, así que reviso mi teléfono. Tampoco hay nada ahí.
Luego abro mi aplicación bancaria por enésima vez. El dinero aún no está ahí. Recursos Humanos dijo “con efecto inmediato”, pero la nómina no se procesa hasta el viernes, así que, por ahora, solo es una promesa. Un número tentador en una pantalla.
Cierro la aplicación y pongo el teléfono boca abajo sobre el escritorio, luego apoyo la cara boca abajo sobre el escritorio.
¿Qué se supone que debo hacer? ¿Ir allí y exigir respuestas?
Oiga, señor Lazarev, no he podido evitar darme cuenta de que sabe exactamente cuánto cuesta la rehabilitación de mi hermano y que coincide con mi nuevo “aumento de sueldo” hasta el último céntimo.
¿Te importaría explicarlo? Eso saldría muy bien.
Como alternativa, podría agradecerle. Tirarme a sus pies y llorar con gratitud virginal.
Gracias por el aumento, señor. Es increíblemente generoso.
¡Alabado sea su linaje! Por supuesto, si sigo ese camino, tendré que fingir que no me parece más que espeluznante que él tenga acceso a información que no debería tener.
O podría rechazarlo por completo. No quiero tu limosna. Devolver el aumento y marcharme con mi dignidad intacta.
Pero no puedo permitirme la dignidad. La dignidad, al fin y al cabo, no paga el salmón con salsa de mantequilla al limón. Y desde luego que no mantiene a Gideon en un lugar donde realmente está mejorando.
Necesito este dinero. Esa es la cruda realidad. Lo necesito desesperadamente.
Pero, ¿cómo puedo quedármelo si aceptarlo me parece mal?
O, si no mal, al menos imprudente. Si acepto algo que no entiendo del todo, ¿qué haré cuando lleguen las consecuencias?
Y créeme: llegarán. El hecho de que firme un contrato con tinta invisible no significa que las repercusiones no vayan a ser muy reales.
Pienso en lo que dijo Jillian. Ten cuidado.
Pienso en lo que dijo Kir. Mi padre colecciona cosas que le parecen interesantes.
Pienso en Elena Lazareva y en un cadáver que nunca se encontró.
Durante todo este tiempo, la puerta de Lukas permanece cerrada.
Con un suspiro, me arranco de este inútil experimento mental y hago todo lo posible por ser productiva, para variar.
Me sumerjo en los archivos que no terminé la semana pasada.
En cuanto a diversión, es como retomar una migraña justo donde la dejé, pero hago todo lo que puedo por seguir adelante con las páginas.
Al menos, el trabajo no requiere pensar.
No requiere pensar para mí, al menos, porque no le veo ni pies ni cabeza.
Nombres, fechas, manifiestos de embarque, códigos de puerto…
No tengo ni idea de lo que significa nada de eso, pero lo copio todo de todos modos.
Al menos me da algo que hacer aparte de mirar fijamente esa puerta cerrada.
Llega y pasa la hora de comer. Hacia las dos, suena el teléfono de mi escritorio.
Doy un respingo. El aparato nunca había sonado antes. Ni siquiera sabía que estaba conectado.
Lo descuelgo con nerviosismo. —Oficina del Sr. Lazarev.
—Pásamelo —La voz es masculina, enfadada, con acento—. Ahora mismo.
Alejo el teléfono de mi oído, sorprendida, como si fuera a arrancarme un trozo de la cara si no tengo cuidado. —Lo siento, ¿quién habla?
—Dile que soy Afon. Y dile que se trata del asunto de Rymbayev.
Echo un vistazo a la puerta. Sigue inquietantemente cerrada. Mi mano se tensa sobre el auricular. —No está disponible en este momento. ¿Puedo tomarle un recado?
—No, no puedes tomar ningún puto recado —El tono áspero y enfadado de la voz del hombre delata que le encantaría atravesar el teléfono y estrangularme con sus propias manos—. Es urgente. Sácalo de la puta reunión en la que esté y ponlo al teléfono.
—Señor, de verdad que no puedo...
—Escúchame —Su voz se vuelve más grave—. Si no consigues que Lazarev se ponga al teléfono en los próximos sesenta segundos, va a morir gente. ¿Lo entiendes? Va a morir gente.
Se me hiela la sangre.
Dejo el auricular sin colgar y corro hacia la puerta de Lukas. Llamo con una mano temblorosa.
Pero no hay respuesta.
Llamo de nuevo, esta vez con más fuerza. —¿Señor Lazarev? —pregunto a través de la madera—. Hay una llamada urgente. ¿Alguien llamado Afon...? Dice que es sobre la situación del “Rumba-Eve”...?
Nadie responde.
Vuelvo al teléfono. —Lo siento, no está en su despacho. No sé dónde...
Pero lo único que oigo es un zumbido sordo.
La línea está muerta.
Cuelgo lentamente. El corazón me late tan fuerte que lo noto en la garganta.
Va a morir gente.
¿Qué clase de empresa es esta?
Va a morir gente.
¿Debería llamar a alguien? ¿A seguridad? ¿A Recursos Humanos? ¿A la policía?
Pero, ¿qué voy a decir? No tengo ni idea de nada. Me preguntarán qué pasa y empezaría a divagar sobre hombres misteriosos en habitaciones oscuras, robots aspiradores y jefes de mirada de acero y me meterían en el manicomio antes de que pudiera siquiera tomarme un respiro.
Vuelvo a mirar la puerta cerrada de Lukas. Tiene que saber de esta llamada. Quizá debería dejarle una nota. Algo breve. Llamada urgente de Afon sobre Rymbayev. Llama de inmediato.
Sí, eso es. Eso es profesional. Eso es lo que haría una buena asistente.
Cojo una nota adhesiva y garabateo el mensaje. Luego me acerco a su puerta y llamo una vez más, por si acaso.
Una vez más, no hay respuesta.
Pruebo el pomo. Gira.
La puerta se abre.
Y entro.
Me quedo paralizada al dar el primer paso, porque el olor me transporta de vuelta al sueño. Su pulgar presionando contra mi labio. Su mano en mi pelo. “Abre...”.
Me estremezco y alejo ese pensamiento.
El escritorio está vacío. Lukas no está. No hay ningún indicio de que haya estado aquí hoy.
Entonces, oigo algo. Un sonido suave. Un movimiento. ¿Una voz?
Cuando me giro hacia el origen del sonido, veo que hay una zona de descanso en la esquina del fondo que no había visto la última vez que estuve aquí. Un largo sofá de cuero pegado a la pared.
Y en ese sofá hay una mujer.
Una mujer muy hermosa.
Una mujer muy desnuda y hermosa.
Está tumbada en una pose seductora. Su largo cabello rubio cae sobre el brazo del sofá, como una cascada color miel. Su piel, cada centímetro al descubierto, es de porcelana y sin imperfecciones. Parece sacada de un cuadro renacentista. O de una página central de Playboy.
—Oh. —Suena irritada al ver quién soy—. No eres Lukas.
—N-no —balbuceo, confirmando lo obvio—. No lo soy.
—Qué fastidio —Su acento es marcado. Ruso, supongo. Parece ser algo habitual por aquí—. Llevo todo el puto día esperando. ¿Dónde está?
Cuando no respondo, demasiado atónita para articular palabra, se incorpora, sin hacer el más mínimo esfuerzo por ocultar su desnudez. —¿Y bien? ¿Va a venir o no?
—Yo... —Intento tragar saliva, pero de repente tengo la boca seca y no puedo hablar—. No lo sé. No está aquí.
Pone los ojos en blanco. —Ya lo veo, tonta. Pero ¿cuándo va a llegar?
Sigo sujetando la nota adhesiva. Se arruga en mi puño. —No lo sé —repito.
Me mira entrecerrando los ojos por un momento. Sus ojos son verdes, penetrantes y desdeñosos. Luego, esboza una sonrisa burlona. —Bueno, si él no va a follarme, ¿lo harás tú?
No podría ni siquiera empezar a formular una respuesta.
Ella se ríe. No es un sonido agradable. —Olvídalo. No eres divertida. Ya te puedes ir —Agita la mano como si estuviera ahuyentando una mosca—. Dile que Natasha está esperando. Y que soy muy, muy cara.
Me siento mal. Me siento mareada. Me siento asqueada. Me siento acalorada. Siento tantas cosas a la vez que, si tengo que quedarme en esta habitación con aroma a menta y sal marina un segundo más, voy a empezar a gritar, y puede que nunca pare.
Haciendo uso de hasta la última gota de fuerza de voluntad que me queda, me doy la vuelta y salgo.
No corro. Al principio no. Cierro la puerta tras de mí. Paso junto a mi escritorio. Paso junto a las plantas serpiente, junto a los ascensores, hasta la escalera.
Entonces, corro tan rápido como puedo.