Pecadores Capítulo Diecinueve #2
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Capítulo Diecinueve #2

Pensaba que quería irse porque yo le resultaba irritante y, después de que acordáramos no estar con nadie más, no la había visto mirar apartamentos, así que creí que tenía razón. Supongo que estaba demasiado ocupada con el teatro.

—Pensé que era por mí —le digo.

Se sienta al borde de la cama y se quita un zapato, luego el otro.

—Durante un tiempo fuiste parte del motivo.

No sabía cómo comportarme contigo, así que irme parecía más fácil.

Pero no es por eso por lo que todavía quiero mudarme.

Quiero seguir viéndote. No quiero preocuparme de que nuestros padres puedan oírnos.

Quiero que vengas a mi apartamento cuando nos apetezca, no solo cuando ellos estén fuera.

Yo tampoco quiero eso. Ya estoy harto de verla apartarse de mí cuando se abre una puerta y de desear tanto seguirla que apenas recuerdo qué estaba haciendo.

Esta noche por fin dejamos de escondernos y, menos de una hora después, yo le ofrecía poner media universidad entre nosotros. No me extraña que esté enfadada.

—Deberíamos vivir juntos —suelto, y doy un paso hacia ella.

Deja de frotarse la marca que el zapato le ha dejado en el talón. —¿Qué?

No tenía intención de decirlo. No esta noche, mientras está furiosa y mi papá sigue decidiendo cuánto lo he decepcionado.

Probablemente debería pensar antes de añadir nada más. En cambio, me oigo decir: —Lo digo en serio. Estás buscando un lugar. Yo también. Deberíamos buscarlo juntos.

—Nico. —Deja escapar una risa breve e incrédula—. Es una locura. Es demasiado pronto. Ni siquiera hemos tenido una conversación normal con ellos sobre nosotros, ¿y ahora quieres anunciarles que vamos a vivir juntos?

—Sí. —Levanta las cejas y casi sonrío—. Quiero llegar a casa y encontrarte allí.

Quiero que duermas a mi lado en vez de al otro extremo de la casa.

Y cuando estés enfadada conmigo, quiero que me lo digas como lo estás haciendo ahora.

Prefiero lidiar con eso que verte marchar y pasarme el resto de la noche preguntándome hasta qué punto la he cagado.

Baja la vista hacia sus pies descalzos, pero alcanzo a verle el principio de una sonrisa antes de que consiga ocultarla.

Doy otro paso hacia ella. —Seguirías teniendo tus libros, tus planes, lo que sea que vayas a hacer después de graduarte. Solo compartiríamos la puerta de entrada. Y yo podría besarte al cruzarla.

—Haces que parezca muy sencillo.

—No he dicho que sea sencillo. Tú estarías allí. Obviamente discutiríamos.

Me dirige la mirada que esperaba. —Ten cuidado. Todavía estoy enfadada contigo.

—Lo sé. —Me detengo frente a ella, tan cerca que, cuando se mueve, su rodilla me roza la pierna—. Y sí, es una locura. Sé cuánto tiempo llevamos juntos. Pero te deseo desde la primera frase que leí en aquel diario. No quiero buscar un lugar yo solo cuando podría tenerte allí conmigo.

Arruga la nariz. —Ni siquiera sabías qué aspecto tenía.

—Espié tus redes sociales.

Alza la cabeza tan deprisa que casi me río. —¿Qué? No, no lo hiciste.

—Sí. —Parece que también debería haberlo admitido hace mucho—. Y antes de que preguntes, sí, revisé casi todo.

Abre la boca y vuelve a cerrarla. Está decidiendo si ofenderse, y a mí me divierte esa lucha más de lo que debería. —¿Espiaste mis redes sociales?

—Sí. Quería saber con quién salía papá, sobre todo cuando me dijo que su hija también iba a mudarse a esta casa, así que encontré tu perfil.

—Bajo la mano y le coloco un mechón suelto detrás de la oreja—.

Después llegaste y empezaste a discutir conmigo, y descubrí que quería besarte solo para hacerte callar.

—Desde entonces no has dejado de intentar las dos cosas.

—Y tú has hecho las dos innecesariamente difíciles.

Por fin se ríe, y el sonido me hace querer alzarla en brazos. Entonces se levanta, se acerca y me rodea la cintura con las manos. Apoya la mejilla en mi pecho y la siento soltar el aire.

La abrazo con más fuerza, con una mano detrás de su cabeza y la otra en su cintura.

Le beso la coronilla y ella levanta el rostro. Mantengo una mano contra su mejilla.

Aprieta mi camisa entre los dedos. Siento lo cerca que estamos de besarnos, lo fácil que sería inclinarme y dejar de hablar.

—Siento haber leído tu diario, Francesca. —Se queda callada y yo sigo mirándola—. No tenía derecho y debería haberte pedido perdón antes.

—Ya no estoy enfadada por eso —lo dice sin hacerme esperar, y yo no me había dado cuenta de cuánto esperaba que lo hiciera—.

Pero me alegra que lo hayas dicho. Quería que lo hicieras.

—Su pulgar se mueve contra mi costado y deslizo los dedos entre su pelo—.

Ni se te ocurra hacer lo mismo con el próximo.

Eso no significa que puedas leer todo lo que encuentres en mi habitación.

Sonrío y la beso. Mi intención es que sea breve, pero su mano sube hasta mi cuello y acaba con esa idea.

Se pone de puntillas y tira de mí para acercarme; la hago retroceder hasta el borde de la cama antes de recordar que estamos en mitad de una conversación.

Me aparto lo suficiente para mirarla. Sus dedos siguen en mi cuello. Me gusta tanto tenerla ahí que ya estoy imaginando cómo sería despertarme a su lado y encontrar su mano sobre mí antes incluso de abrir los ojos.

—Así que... —digo, rozándole otra vez los labios con los míos—. ¿Vivirás conmigo?

Me mira un momento más, moviendo los dedos en mi nuca, y empiezo a odiar esos pocos segundos. Ya la he imaginado en un lugar que todavía no hemos encontrado. Si me dice que no, tendré que sacarme todo eso de la cabeza.

—Sí —dice—. Quiero vivir contigo.

La atraigo de nuevo hacia mí antes de que pueda añadir una lista de objeciones sensatas. Se ríe contra mi cuello, me rodea con más fuerza los hombros y la mantengo abrazada.

Quiero decirle que la amo, pero podría pensar que es solo porque ha aceptado. Me oyó decirle a papá que estoy enamorado de ella y no me ha preguntado si es verdad.

Quiero preguntarle qué pensó al oírlo. Quiero saber si me lo dirá también. En lugar de eso, le beso la sien y siento que se acurruca más contra mí.