Pecadores Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

NICO

Nuestros padres regresan hoy, y tengo que admitir que me decepciona un poco que no se hayan tomado unas vacaciones más largas. La última semana —incluso antes de aquella noche en mi habitación— ha sido la mejor de mi vida.

Cuando llegamos a Blackwood, todo es un caos. Owen, el encargado de los suministros del teatro, ha cerrado el pasillo trasero, y tres voluntarios discuten junto a la barrera sobre quién debería avisar al comité.

Los mando de vuelta a la sala. Mi nombre figura en el diseño. Si alguien la ha cagado, averiguaré quién ha sido antes de que toda la universidad decida que fui yo.

Owen coloca un herraje junto a mis especificaciones. El acabado no es el correcto. Tampoco la clasificación grabada. La factura indica la pieza que pedí, lo que hace aún menos agradable mirar la que tiene en la mano.

—Tu nombre figura en la documentación presentada —dice—. Necesito saber cómo llegó a instalarse esto. Y hasta que compruebe qué está sosteniendo realmente esa estructura, nadie pasa por aquí.

—No es lo que especifiqué. —Recojo la factura y busco el número del contratista en mi teléfono. Tiene muy poco tiempo para explicármelo antes de que yo empiece a disfrutar de la conversación más que él.

Francesca llega después de su primera clase del día, con el abrigo abierto; el pelo se le está soltando. Mira la pieza y luego la factura. —Por favor, dime que no estás llamando a alguien para amenazarlo.

—Han sustituido una pieza sin respetar mis especificaciones. —Sostengo el papel para que pueda leerlo. Agarra el otro extremo y, durante un segundo, no lo suelto.

—Entonces demostremos lo que pasó. Necesitamos los registros de entrega, no lo que sea que estuvieras a punto de decir. —Levanta la vista hacia mí—. Nico. Estoy intentando ayudarte. Dame el puto papel.

Acerca una silla, abre los registros y empieza a ponerlo todo en orden mientras yo busco las especificaciones aprobadas.

Un voluntario vuelve para preguntar si se ha cancelado el número final.

Francesca lo manda a buscar el recuento de entradas.

—Primero averiguamos qué hemos perdido. Después le decimos a la gente qué va a pasar.

—No levanta la vista del registro de entregas.

Un minuto más tarde, su dedo se detiene en una entrada y ella desliza la hoja hacia mí—.

Aquí. Esto llegó después de que aprobaran el diseño.

Los números del registro de entrega coinciden con los de la pieza equivocada. Owen lee los documentos, hace una pregunta y asiente. El proveedor tendrá que responder por la sustitución.

Estiro la mano hacia la barrera, pensando ya en lo rápido que podemos sustituir la pieza, y Owen me detiene con la suya. —Han establecido quién suministró la pieza equivocada. Todavía no han cambiado el herraje. El pasillo permanece cerrado.

No hay nada útil que discutir. Llamo al contratista y le digo exactamente qué registros tiene Owen. Empieza a explicarme la presión que tenía para terminar.

Lo interrumpo. —Ponlo por escrito. Junto con la pieza que entregaste. Y no lo llames el diseño que yo presenté.

Francesca alza la vista de su teléfono al oír mi tono. Yo me quedo a este lado de la barrera.

Theo llega mientras ella reúne al comité.

Hale, uno de los patrocinadores, ha respondido.

No habrá aportación según la propuesta que le enviamos; al parecer, las ventajas exclusivas para el público y la mención exclusiva como patrocinador principal eran esenciales para la relación que él se había imaginado que le ofrecíamos.

Francesca lee el mensaje por encima del hombro de Theo y le pide que se lo reenvíe. —No estaba incluido en el total confirmado. Déjalo fuera. El compromiso de aportación complementaria es independiente y sigue en pie.

—Iba a abaratar la transmisión —dice Theo—. No podemos mantener esa versión sin su apoyo. —Cierra el elaborado diseño en su portátil. Francesca observa cómo abre el más sencillo, con los labios apretados.

—Enséñame lo que podemos pagar. —Espera a que Theo se vaya a buscar los requisitos revisados antes de dejar el teléfono boca abajo—. No me digas que sabías que iba a hacerlo.

—Sabía que no me gustaba —le digo, y me lanza una mirada cansada que deja muy claro lo útil que le resulta esa respuesta.

Deslizo el plano del escenario entre los dos. —Ven. Enséñame lo que hemos perdido.

Cuando llega el comité, ya sabemos lo suficiente para dejar de esperar que la respuesta mejore. Menos espacio, menos entradas y un recorrido anunciado que no podemos abrir.

Francesca se coloca en un extremo de la mesa con el plano marcado en las manos.

—Promocioné el pasillo trasero antes de que Nico y Owen lo confirmaran.

Quería algo concreto para los materiales de la campaña y traté la objeción como si fuera una discusión que podía ganar. Fue decisión mía. Lo corregiré.

Los demás se vuelven hacia ella con demasiado alivio. Conozco esa expresión. Alguien se ha ofrecido a quedarse quieta mientras le echan la culpa.

—Sus registros permitieron demostrar la sustitución —les digo—. Que conste también en el acta. Puedo rediseñar el número final. Lo que no puedo es ofrecer el mismo aforo en un espacio más pequeño.

—Y yo no puedo prometerle al público que no se dará cuenta. —Francesca deja el plano sobre la mesa—. Tenemos que trabajar con lo que hay.

Ella tacha el pasillo. Yo pongo mi dibujo junto al suyo, y Theo acerca el diseño para la transmisión más sencilla.

Durante la siguiente hora, todos tienen algo que hacer aparte de decirle lo grave que es la situación.

El laberinto de sombras se queda en el jardín de invierno.

El número final se traslada al escenario principal, donde podemos sugerir los pasillos con decorados y luces.

Reducimos las entradas en lugar de intentar meter al mismo público en menos espacio.

Francesca mantiene en su hoja las localidades para el público local.

Cuando alguien propone eliminarlas primero, deja de escribir. —Entonces quienes iban a poder entrar gracias a nosotros pagarían por mi promesa equivocada. Podemos reducir la cantidad. No vamos a empezar decidiendo que son los más fáciles de dejar fuera.

De todos modos, tiene que reducirla. La veo contar otra vez y cambiar la cifra.

En el escenario, me detengo junto a un viejo refuerzo antes de marcar dónde irá el nuevo decorado. Todavía se ve una línea de tiza en la madera. Alguien encontró la manera de mantener este lugar en pie mucho antes de que yo tuviera una opinión al respecto. No voy a perforarlo por una sola noche.

Francesca se acerca y me ve dibujar una base independiente.

—¿Nos quita más espacio? —pregunta. Le digo que sí. Estudia la superficie que ocupará y luego ajusta su plano sin pedirme que use el refuerzo de todas formas.

Owen revisa el recorrido modificado antes de autorizarlo. La barrera del pasillo trasero se queda exactamente donde él la puso.

El aviso para quienes compraron entradas lleva más tiempo que el dibujo. Francesca lee la primera frase, borra dos palabras y dice que estaba a punto de llamarlo una experiencia renovada porque suena mejor que contarle a la gente lo que ha perdido.

Ahora el aviso menciona el cierre, describe lo que habrá en su lugar y ofrece un reembolso. Ella detesta esa última parte. Se lo noto cuando lo lee en voz alta.

—Algunos lo pedirán —digo. Apoya las dos palmas en la mesa y mira la pantalla.

—Lo sé. Y algunos disfrutarán explicando por qué la campaña es un desastre. Puedo soportarlo. Lo que no voy a hacer es enviar otra promesa que solo funciona si nadie la lee con atención.

Lo envía antes de poder cambiar de opinión. Después hacemos juntos las llamadas a los donantes, y ella da la misma respuesta cuando alguien pide una garantía que no tenemos. La aportación complementaria sigue disponible. El dinero que todavía necesitamos sigue dolorosamente ausente.

Llega la pizza mientras revisa el enlace de donaciones. Mira la caja como si le hubiera traído otra tarea.

Dejo un plato junto a su portátil. —Come algo. Llevas corrigiendo esa frase desde que pedí la pizza.

—Porque ya estaba mal cuando la pediste. —Cambia una coma y toma una porción—. Si dices algo sobre tener que controlarme, me cambio de sitio.

Señalo la silla junto al radiador. —Esa. Esta está fría. —Me mira, recoge el portátil y se lleva la caja entera.

La dejo hacer porque sé reconocer cuándo discutir me dejará sin cena. Y también porque por fin parece tener suficiente calor para dejar de frotarse las manos.

Maya regresa con los voluntarios que han terminado de trasladar los programas.

Le roba una porción, se sienta en el borde de la mesa y escucha mientras Theo explica la transmisión más sencilla.

Francesca pone la invitación para el público local junto al enlace de donaciones.

Él empieza a objetar, comprueba la cifra reducida de espectadores y luego pregunta si puede hacer que ambas líneas se lean bien.

Ella puede. Maya se ofrece a asegurarse de que el programa corregido llegue a quienes ya recogieron el anterior.

Nadie tiene que fingir que los cambios son buenas noticias para conseguir que funcionen.

Cuando se marchan, Francesca se quita las gafas y apoya la frente en una mano.

Le dejo un vaso de agua al lado. —Estaba pensando en hacer un diagrama —digo antes de que pueda preguntarme si pienso explicarle cómo debe beberla.

Alza la vista, se ríe a pesar de todo y toma el vaso.

Hay un rincón despejado de la mesa junto a su portátil.

Mueve una hoja para que pueda sentarme allí.

En la última revisión del comité, la fotografía recortada de los Desconocidos vuelve a aparecer en la pantalla. Alguien quiere encontrar a la pareja original para el nuevo número final.

El fotógrafo mira a Francesca y luego a mí. —Los dos están aquí. Conocen la producción. Y pueden colocarse en una marca mientras discuten. Eso no haría falta ensayarlo.

Maya se ríe y luego intenta disimularlo con una tos.

No puedo creer que acabe de proponer que nos interpretemos... a nosotros mismos.

El bolígrafo de Francesca se detiene. Observa la fotografía y luego el orden de la función. —Una versión escenificada. Nuestros nombres no figurarán en el programa del número final.

Está nerviosa. La he visto nerviosa, pero nunca de esta manera. Sé que es demasiada presión. O ganamos o perdemos. Tenemos una sola función para convencer a los donantes de que nos den dinero y salven el teatro.

Quiero llevármela a casa, alejarla de los mensajes que no dejan de llegar a su teléfono y volver a oírla reír cuando no esté esperando el siguiente problema.

Quiero abrazarla y no soltarla nunca. Quiero tenerla a mi lado el año que viene, incluso los días en que Blackwood no nos necesite y ella pueda estar en otra parte.

Pensar en Francesca a mi lado durante más de unas semanas debería asustarme, sobre todo porque nunca he salido con nadie durante tanto tiempo, pero no me asusta. Nunca había deseado tanto a nadie.