Pecador
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Capítulo 1
Grata Sorpresa
Lucien
El calor de la sangre escurriendo como una cascada sobre mi pene erecto, me otorgaba esa sensación tan familiar y reconfortante como las caricias de mamá.
Era lo más cercano a sentirla presente, conmigo, aunque nos separara esa estrecha línea entre este mundo mediocre y el infierno.
No lo admitiría en voz alta ni en mil años que lo único que extraño de su podrido ser era la compatibilidad de nuestros cuerpos.
Esas sensaciones y placer no lo he hallado en ningún otro cuerpo, sea vivo o muerto.
Lo agité con más rudeza, usando las dos manos y apretándolo con fuerza hasta ver la cabeza brotarse y teñirse de extremo a extremo de rojo.
El pulso acelerado y las palpitaciones recurrentes amenazaban con hacerme estallar en cualquier momento, pero justo cuando iba a expulsar todo lo que tenía retenido, oí un auto estacionarse frente a la casa.
Cedí el agarre, al mismo tiempo que mis piernas reaccionaron por inercia, asomándome por una pequeña esquina de la ventana del ático que me brindaba mejor visibilidad a las afueras de la casa.
Una camioneta Ford F-150 de color azul estaba aparcada a la orilla de la calle.
Hace muchos años no veía a mi hermano, pero lo reconocí tan pronto como puso un pie en la acera.
No esperaba que volviera a la casa de nuestros padres, no después de haberse empeñado en huir a como diera lugar por tantos años.
Tanto esfuerzo, tanto odio guardado desperdiciado.
Por supuesto, la herencia lo había traído de regreso aquí. Ahora que nuestros padres no estaban, él quedaría como el único heredero de todo.
¿No era eso un acto hipócrita en su máximo esplendor?
Fui despojado de la posibilidad de llevar el mismo apellido y obligado a llevar la denigrante marca del pecado, la peor humillación grabada, no solo en la frente como una etiqueta, sino en cada cicatriz grabada en mi piel, luego de haber sido producto de una infidelidad por parte de mi madre.
Cargué con el odio y el profundo desprecio toda mi vida, siendo solo una sombra entre ellos, un cero a la izquierda, un parásito con el que descargar su ira y sus más desagradables y retorcidas fantasías.
Si los cuerpos de nuestros padres aun existieran en estas tierras, estarían retorciéndose al unísono en sus tumbas.
Tal vez me lamentaba por mis acciones precipitadas, por haberles privado a presenciar cómo su hijo preferido y por quien tanto lloraban se adueñe de cada miserable centavo y propiedad que con tanto sacrificio obtuvieron en vida.
Abrió la puerta del lado del pasajero y una mujer obesa de cabello negro medio ondulado en las puntas se bajó, usando su mano de soporte para no perder el equilibrio.
A todas estas pensaba que venía solo, no que estaría acompañado de una mujer, mucho menos de un saco de grasa como ese.
Me niego a pensar que pueda ser mi cuñada.
Mi hermano siempre destacó por su buen gusto cuando de elección de mujeres se trataba.
Sus planes eran quedarse y por un buen tiempo, lo supe no solo por las cajas en el maletero que hacían bastante evidente la situación, sino por las dos maletas que sacaron del asiento trasero.
Apreté los puños.
He estado viviendo aquí por un par de meses luego de haber escapado del hospital y no pienso regresar.
Nadie podría siquiera sospechar que me he estado quedando aquí.
El ático siempre fue mi cuarto desde el día en que nací y el resto de la casa, aunque no hay servicio de agua y luz, está amueblado, algo descuidado, pero con un poco de limpieza todo quedaría impecable.
El destino lo trajo de regreso, ahora era mi momento de cobrarle con creces cada una de sus humillaciones. De hacerle experimentar el infierno al que me condenó por muchos años.
Tal vez no sea tan malo que haya venido para quedarse. Tal vez esto era lo que me hacía falta para divertirme y desestresarme un poco.
Voy a arruinarlo lentamente. Le haré desear una muerte rápida… Pero antes, arrancare pétalo por pétalo de esa enorme flor que lo acompaña frente a sus ojos.