Pecado ciego (Pecados ejecutivos nº 1) Capítulo catorce
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Capítulo catorce

Mi respuesta de lucha o huida se cortocircuitó. La lógica me gritaba que abriera la puerta de un tirón y echara a correr, pero mi cuerpo ya se había rendido al peso trémulo que me aplastaba contra la madera.

No podría haberme movido ni aunque el edificio se estuviera incendiando. Su antebrazo era una barra de hierro atravesada en el marco de la puerta, por encima de mi cabeza, acorralándome. Su aliento me rozaba la oreja: caliente, errático, con olor a whisky.

—Tú —susurró, y la palabra me vibró por toda la columna.

Se movió, apretándose contra mi espalda, y me atrapó entre su calor y la madera fría de la puerta. Sentí cómo se le expandía el pecho con una inhalación brusca mientras las piezas imposibles encajaban.

—La corbata...

Se interrumpió, y lo sentí negar con la cabeza.

—Joder. Joder.

El calor me inundó el rostro. Mis manos seguían aferradas al pomo de la puerta, con los nudillos blancos, como si eso pudiera salvarme.

—La altura encaja. La complexión.

Lo oí inhalar, rastreando el olor.

—Dios, incluso el...

Una risa oscura y húmeda le raspó la garganta.

—Eras tú. Todo este puto tiempo.

No hablé. No podía. Cada célula de mi cuerpo gritaba órdenes contradictorias: corre, quédate, explícate, calla, date la vuelta, sigue escondiéndote.

—Di algo —gruñó.

Su mano libre me agarró la cadera, los dedos clavándoseme en la tela. La presión me atravesó como una descarga: parte dolor, parte algo mucho más peligroso.

—Miénteme otra vez, Sinclair. Dime que estoy loco.

Me acorraló, usando su altura y su peso para intimidarme, para arrancarme la confesión a la fuerza. Pero al apretarse tanto, cometió un error táctico. Estaba pegado justo contra la parte baja de mi espalda, duro con una erección que desmentía cada palabra furiosa que le salía de la boca.

El miedo en mi pecho no desapareció; se agudizó. Mi polla respondía a la amenaza, engrosándose contra los pantalones, y era dolorosamente consciente de cada punto de contacto entre nosotros.

Estaba furioso. Se sentía estúpido. Engañado y expuesto.

Pero, sobre todo, estaba hambriento.

Sebastian Morris creía que me tenía atrapado. Se equivocaba.

Dejé caer la cabeza hacia delante, exponiéndole la nuca.

—Podría mentir —susurré, bajando la voz a ese registro más grave, el que había usado en la biblioteca.

El que sabía que lo perseguía en sueños.

Sentí que Sebastian se quedaba inmóvil. Se le cortó la respiración, contenida, mientras cada músculo de su cuerpo se tensaba.

Arqueé la espalda, cambiando el ángulo entre nosotros.

Mi trasero se apretó hacia atrás contra él, y sentí toda la dureza de su polla a través de las capas de tela que nos separaban.

—Pero creo —murmuré, moviendo las caderas en un vaivén lento y deliberado que hizo que me apretara la cadera con más fuerza— que preferirías que me encargara de esto.

Sentí el estremecimiento que lo atravesó: el recuerdo colisionando con la realidad presente. «¿Crees que puedes manejarme?», me había desafiado, atado a aquella escalera. Y lo había hecho.

Sebastian respondió con fuerza.

Su mano se cerró sobre mi hombro, me giró y me estampó de vuelta contra la madera. El impacto me dejó sin aliento. Antes de que pudiera recuperarme, metió la rodilla entre mis muslos, me obligó a abrir las piernas y me clavó contra la puerta.

Era agresivo, territorial y humillantemente excitante. Mi polla palpitó ante la presión, atrapada entre nosotros. Contuve un sonido que le habría dado demasiada satisfacción.

—Mírame —gruñó.

Su rostro estaba a centímetros del mío, enrojecido por un cóctel volátil de rabia y adrenalina. Sus pupilas estaban tan dilatadas que los ojos parecían negros, devorándome: al asistente de las camisas holgadas y los chalecos beige.

Parecía que quería estrangularme. Parecía que quería devorarme. Ya no estaba seguro de que hubiera diferencia.

—¿Fue un juego? —exigió Sebastian. Su voz era ahora un susurro áspero.

Sus manos se cerraron en la tela de mi chaleco, tiraron de mí hacia delante, me empujaron sobre su muslo.

—¿Verme destrozar la ciudad buscándote mientras estabas sentado a tres metros? ¿Te excitó eso, Sinclair?

—No —dije, sin apartar la mirada.

El corazón me latía en la garganta, pero no aparté la vista.

—No fue un juego.

—¿Entonces qué fue?

Se acercó más y empujó el muslo hacia arriba contra mi entrepierna.

La presión era perfecta y terrible, y no pude evitar que las caderas se me movieran hacia ella, buscando más.

Los ojos de Sebastian bajaron para seguir el movimiento.

Sintió mi erección contra su muslo, dura, obvia, condenatoria, y se le entrecortó el aliento.

Cuando volvió a mirarme, la ira se había fracturado y dejaba ver la necesidad cruda y hambrienta que había debajo.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó con la voz quebrada.

Me sacudió una sola vez, frustrado y desesperado.

—¿Por qué me dejaste...?

Se interrumpió, apretando la mandíbula.

Le agarré la corbata —la de seda azul que llevaba hoy— y me la enrollé en el puño. Tiré de él hacia abajo, obligándolo a invadir mi espacio, hasta que nuestros labios se rozaron.

—No te lo dije —susurré contra su boca— porque no quería que dejaras de buscarme.