Capítulo tres
La Mascarada de Novus parecía el resultado de que alguien se hubiera follado una araña de cristal y hubiera parido una deducción fiscal.
El salón de baile se ahogaba en máscaras, plumas y diamantes. Camareros de camisa blanca serpenteaban entre la multitud con copas de champán. Un cuarteto de cuerda tocaba algo clásico en un rincón; Mozart, quizá.
Recorrí el salón con la mirada buscando a Derek. Ni rastro de él. O llegaba tarde, o ya se había metido en algún lugar donde no podía verlo.
Entonces mi mirada se posó en la sección VIP, un estrado elevado al fondo del salón.
Y ahí estaban. La Trinidad.
Reinaban sobre la sala. Julian bebía mientras observaba a la multitud de abajo. Knox estaba desparramado en una silla cercana, haciendo girar una copa de champán entre los dedos. Y Sebastian...
Sebastian iba de un lado a otro. Tenso. Como un muelle a punto de saltar. Listo para quemar el edificio si no conseguía lo que quería. No dejaba de mirar el reloj, con la mandíbula apretada. Estaba buscando a Derek.
Y Derek, estuviera donde coño estuviera, no lo tenía.
Respiré hondo. La máscara me quemaba contra la piel.
Debería haberme quedado donde estaba: buscar una esquina, ver el desastre desplegarse desde una distancia segura.
Escabullirme sin que nadie se diera cuenta.
En cambio, crucé el suelo de mármol y subí las escaleras.
Me acerqué a su mesa alta por detrás. Sebastian estaba de espaldas a mí, discutiendo en voz baja con Julian.
—Son casi las ocho —gruñó—. Si ese idiota no aparece en cinco minutos...
—No contesta al teléfono —respondió Julian.
Knox levantó la vista y me recorrió con la mirada, curioso, evaluador. No hablé. No me anuncié. Me colé en el hueco entre ellos y la mesa, saqué el USB de la chaqueta y lo deslicé junto a un vaso de whisky.
Sebastian se giró de golpe. Yo ya me daba la vuelta para irme, con la adrenalina disparada por las venas.
—¡Eh!
Su voz era una orden. Apreté el paso hacia las sombras de las columnas decorativas, cerca de la salida al balcón. Una mano me agarró el brazo. Fuerte. Posesiva.
Me hizo girar y tropecé hacia atrás hasta que los hombros chocaron contra la piedra fría de la columna. Estaba atrapado.
Joder.
Joder, joder, joder.
Se acabó. Iba a arrancarme la máscara, a exigir saber qué coño hacía colándome en una gala privada, y los de seguridad me escoltarían fuera antes de que pudiera...
—¿Quién eres? —preguntó Sebastian en voz baja. Sus ojos escudriñaron mi rostro, pero la máscara cumplió su función.
No vio a Sinclair, el asistente. Vio a un desconocido con un traje caro que acababa de salvarle la noche.
Le sostuve la mirada: ojos verdes, afilados e intensos.
Se me secó la garganta. Su aroma —whisky fino, sándalo y puro calor— era embriagador.
No me soltó el brazo. Su pulgar se me clavó en el músculo, incluso a través de la chaqueta.
Debería haber dicho: «Soy su asistente, señor. Por favor, no me despida».
Pero la máscara me hizo valiente. La adrenalina me volvió estúpido.
Levanté la barbilla.
—¿Importa? —pregunté. La voz me salió más grave de lo habitual, áspera por los nervios—. Ya tienes tus datos. De nada.
Me apretó el brazo con más fuerza.
—Acabas de entregarme un cacharro que se supone que cierra una fusión multimillonaria. Sí. Importa.
Se acercó un paso más. Su muslo rozó el mío. El contacto fue como un cable con corriente; el calor me atravesó y me flaquearon las rodillas.
—Entonces quizá deberías darme las gracias en lugar de acorralarme contra una columna.
Sus ojos centellearon.
—¿Dónde está Derek?
Ladeé la cabeza.
—¿Cómo voy a saberlo? No soy su niñera.
—Pero tienes su USB.
—Tenía. Ahora está en tu mesa. Y te quedan unos... —miré por encima de su hombro hacia la entrada del salón— cinco minutos antes de la reunión con Harrington.
Se inclinó hasta que su nariz rozó la mejilla de la máscara. La tensión era insoportable. Una atracción magnética que no podía combatir.
—No te vas —gruñó— hasta que me digas quién eres.
Me puso la mano en la cintura y me atrajo contra él. Con fuerza.
Mantuve la voz firme a pesar de los nervios que me inundaban.
—Tienes una reunión que dirigir, Sebastian.
Parpadeó, sorprendido de que supiera su nombre.
—Sabes quién soy —murmuró, intentando ver bajo la máscara—, pero yo no te conozco. Eso no parece justo.
Le puse la mano plana en el centro del pecho y sentí el latido de su corazón. No lo aparté, pero lo mantuve ahí. Una parada en seco.
Sebastian se quedó inmóvil. Entrecerró los ojos. Se le entreabrió la boca, solo una fracción, como si hubiera olvidado respirar. No estaba acostumbrado a que lo detuvieran.
—Quieto, chico —murmuré.
La conmoción en su rostro valió cada segundo de terror.
—¿Perdona? —exhaló Sebastian mientras sus dedos se tensaban contra mi cintura.
—Me has oído. —Dejé que la mano se deslizara desde su pecho hasta su hombro y noté el músculo bajo el esmoquin—. Tienes un salón lleno de inversores deseando soltarte su dinero, y estás aquí, como si tuvieras todo el tiempo del mundo.
Se le cortó la respiración. Miró la mesa donde estaba el USB y luego a mí. El conflicto le cruzó el rostro. Le quedaba precioso.
—Quizá sí.
—No la tienes —dije mientras recorría el borde de su solapa con un dedo—. Julian vendrá a buscarte pronto. Deberías dejarme marchar.
La mirada de Sebastian bajó hasta mi boca.
—Ni hablar.
Notaba la tensión que emanaba de él. Era un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería, y yo no se lo estaba poniendo fácil.
—La fusión puede esperar cinco minutos —dijo.
Apoyé la palma en su pecho para mantenerlo a raya.
—No puede, y lo sabes.
Sebastian se tensó. Me clavó la mirada, escrutando el cuero negro de mi máscara.
—Lo sé. Pero ¿cómo lo sabes tú?
Mierda, había dicho demasiado.
Me puse de puntillas hasta que mi boca quedó a centímetros de su oído. Se estremeció. El gran e intocable CEO, estremeciéndose por mí.
—Sé muchas cosas —susurré.
Me eché hacia atrás para mirarlo a los ojos. Le agarré la corbata y apreté el nudo. Deslicé la mano hasta su mandíbula y se tensó al sentir mi contacto.
—Cuando cierres el trato... —dejé que mi pulgar le rozara el labio inferior—... ven a buscarme a la biblioteca.
Su piel estaba áspera por la barba incipiente. Se estremeció y se inclinó hacia el contacto. De su garganta escapó un gruñido frustrado. Respiraba con dificultad, las pupilas dilatadas, las manos abriéndose y cerrándose como si quisiera agarrarme y sacarme de allí.
—La biblioteca —repitió con voz ronca.
Salí de la sombra del pilar y retrocedí entre la multitud. Dio un paso para seguirme, pero la mano de Julian cayó sobre su hombro. Sebastian parecía dispuesto a romperle el brazo a su director financiero.
Sonreí detrás de la máscara.
—Tic tac, Sebastian.