Capítulo XII #6
Para ella, el dolor remitió poco a poco, pero sabía que, en cuanto volviera a avanzar dentro de su cuerpo, este continuaría.
Se mordió el labio con fuerza, bajó la mirada hasta ese punto en el que sus cuerpos se unían y lo que vio le pareció tan erótico que, en cierto modo, le provocó placer a pesar del dolor.
—¿Queda mucho aún? —preguntó.
Hakon no pudo evitar sonreír con suavidad al escuchar su pregunta. Ni siquiera la mitad de su longitud estaba dentro del cuerpo de ella.
—Un poco —respondió un momento después—. No te apures, no entraré del todo.
Ella negó con la cabeza.
—No… hazlo. Quiero saber qué se siente —pidió con voz ahogada—. Quiero tenerte completamente.
Hakon suspiró, sintiendo que esas palabras provocaban un inmenso calor en él y se endurecía aún más dentro de ella.
Con lentos movimientos, Hakon comenzó a acariciar su yo más profundo con sus dedos, a la vez que retrocedió y volvió a entrar de nuevo un poco más.
El cuerpo de Briana no tardó en responder de nuevo, arqueándose y abriendo aún más las piernas para albergarlo en su interior.
Él se recostó sobre ella, tratando de no aplastarla con su peso, y la besó intensamente cuando descubrió, con agradable sorpresa, que estaba dentro de ella, dentro del todo.
Briana movía sus caderas contra las suyas y gemía su nombre a la vez que los dedos de él seguían acariciándola en ese lugar en el que comenzaba a concentrarse demasiada presión que debía ser liberada.
La muchacha acariciaba su espalda y Hakon sintió cómo clavaba sus pequeñas uñas en su piel en el momento en el que Briana comenzaba a alcanzar el éxtasis.
En el interior de Briana se liberó una enorme tormenta mientras Hakon entraba y salía con fuerza de su cuerpo, arrancándole un enorme grito de placer.
Apenas unos instantes más tarde, también Hakon profirió los gemidos más sensuales que Briana había escuchado cuando se liberó en su interior y unió sus labios en un profundo beso en el que ambos bebieron los gritos del otro.
Minutos después, ambos se encontraban tumbados de lado sobre la cama, mirándose. Uno de los fuertes dedos de Hakon contorneaba la figura de Briana, viajando desde su cuello hasta sus muslos con lentas caricias. Sus ojos parecían hablar sin necesidad de que ninguno de los dos utilizara sus palabras.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Hakon al cabo de unos minutos.
Briana dejó escapar un suspiro suave a la vez que dejaba entrever su bonita sonrisa.
—Ha sido increíble —susurró.
Los dos sonrieron y Hakon recordó de pronto dónde se encontraba. Era hora de que volviera a sus aposentos, el día siguiente sería duro. Con cierta dificultad por tener que dejar a Briana envuelta entre las sábanas y sola, Hakon se levantó de la cama finalmente.
—¿A dónde vas? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Será mejor que vuelva a la habitación con Viggo y Rurik —respondió—. No querrás que alguien me vea salir de aquí por la mañana.
Briana sabía que tenía razón, pero por ninguna razón quería separarse de él en ese momento.
Al final, decidió que era lo mejor y también ella se levantó de la cama y caminó descalza sobre la enorme alfombra que recubría todo el suelo.
Al verla tratando de cubrirse con las sábanas blancas sobre su cuerpo y con su cabello rubio despeinado, Hakon sonrió de medio lado y se acercó a ella para besarla de nuevo.
Así era como quería verla el resto de su vida.
Comprobó que sentir los labios de Briana ávidamente bajo los suyos volvía a despertar su pasión, pero no debía tomarla de nuevo.
Había sido suficiente para ella y no quería volver a dañarla. Tenía que dejar que descansara.
—Duerme bien… lo que resta de noche.
Briana sonrió ante sus palabras.
—Lo mismo digo, Lord Vikingo.
Con una última mirada, sin poder creer del todo lo que había ocurrido en esa habitación, Hakon salió y caminó por algunos de los enormes pasillos del castillo, deseando no encontrarse con ningún guarda del clan Urquhart que comenzara a hacerle preguntas sobre su presencia en los corredores a esas horas.
No fue hasta que llegó a sus aposentos y se tumbó en la cama cuando descubrió que estaba terriblemente cansado.
Sus amigos ya dormían a su lado y roncaban con anhelada tranquilidad.
Él no tardó en caer en un profundo sueño tan real como si lo estuviera viviendo en ese mismo instante: una mujer con el cabello rojo como el fuego se encontraba de espaldas y gritaba su nombre.
A pesar de haber vivido mil veces ya ese sueño, nunca antes se había fijado en la desesperación y el miedo de los cuales estaba cargada la voz de la mujer, aunque no lograba escucharla con claridad, era como si algo entorpeciera el sonido antes de que este llegara a él.
Hakon se levantó en el sueño, sin poder ver el rostro de esa mujer que lo llamaba tan insistentemente.
Lo único que podía advertir con claridad era su cabello; rojo como las mismísimas llamas de una hoguera.
Hakon se preguntó una vez más quién era ella.