Capítulo 21
Capítulo Veintiuno
Vigesimoprimer encuentro
— No tienes nada de comida en casa.
— ¿Así que has estado mirando en mis armarios?
— Quería saber si tenías alguna barrita de cereales o algo parecido. Necesito comer algo antes del segundo asalto.
— ¿Quieres comer conmigo? —preguntó, perpleja.
Una comisura de su boca se elevó en una media sonrisa.
—No. Que estés aquí o no, es irrelevante.
T ras diez minutos con Melody y Lucas a la mesa del desayuno, Anna supo por qué el portero siempre olía a miel: a su hija le encantaba restregársela por toda la cara.
Hacerle cosquillas bajo la barbilla. Reírse a carcajadas cuando él le hacía lo mismo.
Y debía reconocer que ver a los dos armando aquel alboroto tenía algo especial.
Observar a Lucas con Melody… le producía sensaciones extrañas.
En su opinión médica, un terremoto debería de ser la causa de la agitación en sus entrañas.
No podía ser otra cosa. Que un jugador de hockey alto, musculoso y habitualmente de mal humor le explicara con calma a su hija la diferencia entre un tridente y un tenedor, y que en la película de Ariel lo que salía era un tridente y no un tenedor, no influía en absoluto en sus emociones.
Ni en sus hormonas, ni en su corazón, que revoloteaba nervioso.
No. Tenía que ser un movimiento de las placas tectónicas.
Sabía que Lucas podía ser tan tierno como duro, pero ver cómo era cuando amaba de verdad a alguien…
—¿Trajiste tu sierra contigo? —Melody interrumpió sus pensamientos, ¡y menos mal! No le gustaba el rumbo que estaban tomando.
—La traigo en la mochila —contestó, asintiendo con firmeza—. Estaré encantada de enseñarte cómo la uso.
—¿Y puedo usarla yo? —preguntó esperanzada.
Incierta, Anna miró a Lucas, que estaba frunciendo el entrecejo.
—No lo sé, Melody. Puede que seas un poco pequeña para usar una sierra para yesos.
—¡Qué va! —Sus ojos se abrieron de par en par—. Cumpliré seis en menos de un año.
—Ah, ¿sí? ¿Cuándo?
—En febrero —contestó muy seria—. Eso es pronto.
Anna se echó a reír. Estaban en mayo.
—Ya veremos. Además, a mí me gusta febrero.
—¿Por qué?
—Porque es corto, pero me pagan lo mismo por mi trabajo —susurró con solemnidad—. Y ahora también por tu cumpleaños.
—Ese es un buen motivo —confirmó Lucas, intentando todavía quitarse los restos de miel de los dedos.
Mel sonrió de oreja a oreja.
—¡A mí me gusta junio! Porque va a ser el mejor mes de la historia. ¡Es cuando Lu y sus amigos vienen a nuestra guardería!
—¿Ah, sí? —Anna levantó la vista, sorprendida. Lucas asintió—. ¿Por qué?
—Fue cosa de Lucy. Nos eligió a Dax, a León y a mí, y puede que también a Fox, para visitar una guardería. Por publicidad. Uno de los niños de allí nos hizo un dibujo y nos pidió que fuéramos por su cumpleaños. Al club le viene bien enviar a alguien.
—¿Pero por qué a ustedes? —quiso saber, extrañada.
—A León y a Dax, porque tienen mala reputación. A mí, para que parezca que no soy un asesino . A Fox, para que nos vigile —comentó con tono sombrío.
Anna se rio y alargó la mano para apretarle el brazo.
—Me parece una idea fantástica.
—¡Sí! —coincidió Melody en voz alta, con el rostro iluminado. Los pensamientos de Anna empezaron a ir a mil por hora al notar que Lucas se removía inquieto en su asiento ante el entusiasmo de Melody.
Sus compañeros de equipo no sabían que Melody existía. Los amigos de la guardería de Melody, así como sus padres, no sabían que Lucas era un famoso jugador de hockey con la custodia exclusiva.
¿Qué haría? ¿Contárselo a todo el mundo…?
«Nada de dramas».
No, probablemente no. Podría decirles a todos que era su tío sin mencionar que la estaba criando porque su madre había muerto.
Pero, si se lo decía a todo el mundo, no importaría que saliera a la luz que se acostaban. Seguro que sus hermanos se pondrían hechos una furia y la prensa también, pero, por lo demás…, no pasaría nada.
«No se lo dirá a nadie, Anna. Protegerá a Melody».
Bajó la mirada. La voz en su cabeza tenía razón. Y daba igual. Ella no quería que todo el mundo supiera que Lucas y ella… Que ella... Sí, ¿que ella qué?
¡Dios, su vida no se había vuelto menos complicada desde que terminó el instituto!
—Es genial, Lu —continuó Melody, agitando las manos en el aire—. Porque así podré demostrar que existes. Los niños de mi clase no me creen.
Él frunció el entrecejo.
—¿Qué es lo que no creen?
—Que no estoy sola, que te tengo a ti. Piensan que no tengo padres. Pero eso no es verdad, ¿verdad que no? —Lo miró con incertidumbre, y si aquella expresión ya le estaba rompiendo el corazón a Anna, no quería ni imaginar lo que le estaría haciendo a Lucas.
—No —susurró él con gravedad—. No es verdad.
Melody soltó un suspiro de alivio.
—¡Eso es lo que siempre les digo! También puedes decirles que he usado una sierra yo solita. Eso les dará envidia.
—Mel, lo de la sierra tenemos que verlo —respondió él vacilante—. Puede que tengas que ser un poco mayor antes de…
—Soy muy mayor —le interrumpió Melody en voz alta—. Hasta me dejaron dar un sorbo al café del abuelo.
Madre mía. Anna casi pudo sentir la sombra de disgusto cruzando el rostro de Lucas.
—¿Te dejaron dar qué? —preguntó tajante—. Dios…
Anna se aclaró la garganta antes de que Lucas pudiera soltar alguna maldición.
Él desvió la mirada hacia ella y suspiró hondo antes de preguntar con más calma:
—¿Te dieron café, Mel?
La niña encogió la cabeza entre los hombros. Era obvio que se había dado cuenta de que había dicho algo inconveniente.
—Fue solo un sorbito. Y puedo usar la sierra, de verdad. Soy lo bastante mayor. ¡Incluso sé usar un cuchillo afilado! ¿Ves?
Al instante siguiente, agarró el afilado cuchillo de pan que estaba sobre la mesa frente a Lucas. Por desgracia, lo agarró por la hoja en lugar de por el mango.
—¡Joder! —soltó Lucas, apartando el cuchillo del alcance de Melody. Pero ya era tarde.
—Oh —caviló Melody, mirando la sangre en su mano y su respiración comenzó a volverse errática.
—Melody, no pasa nada, es solo un poquito de sangre —trató de tranquilizarla Anna con suavidad, aunque quizá debería haberle dirigido las palabras a Lucas.
—Ah, Dios —exclamó él, levantándose abruptamente de la silla.
Tenía la cara del color de la leche del vaso de Melody y Anna notó su expresión de pánico—.
Necesitamos un trapo. Necesitamos… —Alcanzó un paño de cocina que estaba tan sucio que millones de bacterias y otros microorganismos estarían celebrando una fiesta en él.
—Ah, no —lo interrumpió Anna a toda prisa, quitándole de las manos el trapo plagado de gérmenes—.
Melody, dame la mano para que pueda presionar el corte.
—Arrancó un trozo del rollo de papel de cocina, lo dobló y lo envolvió alrededor de la pequeña mano de la niña como un vendaje de presión.
Melody estaba llorando y mantenía la mano extendida, de modo que pequeñas gotas de sangre salpicaban el suelo de la cocina.
—Melody, ¿estás mareada? —preguntó Lucas, frenético, con una mano en el pelo. Dios, en serio no servía para las emergencias. Al menos no cuando se trataba de su hija—. ¿Te encuentras mal? —Le tendió las manos—. ¿Estás…?
—¡Bueno! —dijo Anna en voz alta—. Lucas, siéntate.
No ayudas a nadie con esas manos llenas de miel y ese pánico.
Melody, estás bien. —Le sonrió con ánimo a la niña—.
No es un corte profundo. Y los médicos vemos sangre todo el tiempo, así que no nos molesta en absoluto, ¿verdad?
—Melody sorbió por la nariz, apretó los labios temblorosos y asintió—.
Bien. Sé que duele, pero no es nada grave. Ya se te pasará.
—¿Pronto? —preguntó entre sollozos.
—Sí. Pronto. Vamos…
—Espera, ella… —comenzó Lucas, pero Anna no le dejó terminar.
—Ahora mismo no te necesita —contestó sonriendo—. ¿Verdad, Mel? Podemos arreglárnoslas nosotras dos solas.
Ella sorbió por la nariz y asintió.
—Sí. Soy muy mayor, papá —susurró.
Lucas se limitó a asentir con rigidez… y Anna se preguntó si se habría dado cuenta de que Melody dijo «papá» y no «Lu».
—Anda, vamos arriba al baño grande, así podremos lavar la herida y ponerte una venda.
No creo que necesites nada más. Lu puede encargarse de que las tostadas no se quemen.
—Le lanzó una mirada significativa, luego tomó a Melody por la mano ilesa y salió de la habitación con ella.
Que Lucas entrara en pánico no iba a ayudar en nada ahora mismo.
Los niños notaban cuando los adultos se ponían nerviosos.
Y entendía que no le hiciera gracia ver a su hija sangrando, pero todos tenían que pasar por eso.
Realmente no era un corte profundo. Ella había visto diez mil cosas peores.
Melody se aferró a su mano y subió las escaleras. Y cuando Anna la sentó en el taburete junto al lavabo para limpiar la herida con agua fría, se portó de forma valiente a pesar de que debía de escocerle.
—¿Ves? Casi ha dejado de sangrar —murmuró Anna animándola, mientras le acariciaba la cabeza… justo cuando sonó el timbre abajo.
Melody levantó la vista, pero Anna ignoró el timbre y continuó lavando la herida con delicadeza.
—Está fría —se quejó la pequeña de cinco años.
—Lo sé, pero es importante limpiar las heridas para que no se infecten. Recuérdalo si quieres ser médico.
Melody la miró con cara de circunstancias y asintió con determinación.
—Bueno.
Anna reprimió una sonrisa. Por la forma en que fruncía el ceño, como si el conocimiento se le estuviera grabando a fuego en el cerebro, estaba bastante segura de que Melody no dejaría pasar la oportunidad de lavar una herida por el resto de su vida.
Anna cerró el grifo y sacó el botiquín de debajo del lavabo. Sabía dónde estaba porque lo habían necesitado la última vez que Melody la había curado a ella.
—El corte no era profundo. ¿Qué tipo de venda quieres? La selección es enorme.