Capítulo 20
Capítulo Veinte
Vigésimo encuentro
— ¿Tienes alguna afición?
— Por supuesto que no.
Ella se echó a reír.
— ¿Porque no tienes tiempo para eso?
Él asintió.
— ¿Y tú?
— Estudio medicina, ¿tú qué crees?
— Bien. ¿Entonces ya hemos terminado con los preliminares?
A nna siempre había sido tan consciente de las reglas tácitas que regían su tiempo con Lucas como de las que él había enunciado en voz alta.
No se acurrucaban, ni contaban chistes porque eso era charla trivial. No hablaban de sus vidas personales y tampoco salían a la calle. Mucho menos pasaban tiempo juntos fuera de la cama… o de la ducha, o de la mesa de la cocina, o de la pared.
Y, cielo santo, ¡qué poco sabía ella lo que se estaba perdiendo!
Había pensado que Lucas era bueno en el sexo, pero acurrucarse con él era quizá incluso mejor.
Cuando la rodeaba con los brazos y apoyaba la barbilla sobre su cabeza, se sentía como una manta de peso que la devolvía a la tierra, lo cual no era ni de lejos tan terrible como siempre se había imaginado.
El hecho era que los Hawks habían ganado su último partido y solo necesitaban una victoria más para avanzar a la segunda ronda de las eliminatorias.
Aun así, en ningún momento habló sobre eso la noche anterior, sino que, en su lugar, le preguntó si su padre se había vuelto a poner en contacto con ella.
Le preguntó si quería hablar del tema y…
Sí, su padre le envió por correo electrónico su número de móvil y le preguntó si podía llamarla en algún momento; quizá así estaría menos nervioso.
Así que ella le había enviado su número.
Al parecer, su corazón incorregible nunca se había dado por vencido con él ni con la situación.
Pero no, no quería hablar de ello. No obstante, el ofrecimiento de Lucas la llenó de calidez por todo el cuerpo, porque él encontraba el tema más interesante que los cuatro intentos de gol que había parado espectacularmente ese día.
El caso era que podía resultar divertido sin decir nada.
Podía contar anécdotas enteras usando solo su lenguaje corporal.
Escuchaba de maravilla, era excepcional a la hora de hacerla sentir que cada palabra que decía importaba.
Y cuando volvieron a subir al avión dos días después, Anna sintió que ya no quedaba ni una sola regla.
Se habían rendido. Fue así como le dijo a Austin. Pero ¿a qué lucha estaban renunciando exactamente?
No estaba segura de qué pasaría cuando regresaran a Los Ángeles. Quizá solo volverían a ser amigos. A menos que Lucas… quisiera continuar con lo que fuera que estaban haciendo.
¡Esa era otra cosa en la que no quería pensar demasiado! A corto plazo, a medio plazo… a largo plazo.
«No hay una vida correcta o incorrecta. Solo existe la vida».
Sí, tenía razón. Y ahora mismo, ella se limitaba a vivirla, sin pensar demasiado en las consecuencias que vendrían después. Por supuesto, tendría que haber consecuencias, pero estaba harta de que estas dictaran sus actos. Y puede que, solo puede que, fuera ella quien pusiera las reglas para variar…
—Dame tu maleta, Jack; no deberías cargar nada pesado.
—Estoy bien.
—Ayer te magullaste las costillas y tienes un hematoma del tamaño de la boca de Dax. Tiene que dolerte subir eso por estas escaleras.
Jack hizo una mueca cuando Fox se detuvo en la escalerilla del avión justo delante de él, obligándolo a pararse en seco.
—Estoy bien —repitió de todos modos.
—¡Qué necio eres!
—La necedad viene de la rama Temple.
Anna soltó un bufido de diversión.
—Eso es una gran mentira, Santo. Ten cuidado, no vaya a caerte un rayo.
—Se me da bien esquivarlos.
—En tu estado, no tanto —dijo con severidad, volviéndose hacia su otro hermano—. Dax, ¿puedes hacerle entrar en razón?
—No puedo. No quiero arriesgarme a ser un bocazas —respondió este con tono seco.
—Ya, pero esta es tu única oportunidad en la vida —le informó ella antes de adelantarse y arrebatarle la maleta a Jack. Normalmente, no tendría ninguna posibilidad contra sus músculos, pero como los movimientos bruscos le causaban mucho dolor en ese momento, jugaba con una gran ventaja.
—¡Ay! —exclamó él cuando el codo de ella rozó su costado herido.
—Uy —contestó con chulería—. ¿Te dolió? ¿No decías que tus costillas estaban «bien»?
Detrás de ellos, Dax se rio y Jack suspiró mientras terminaban de subir las escaleras.
—Has estado de muy buen humor estos dos últimos días. Esa visita por la ciudad de Phoenix debe de haber sido increíble.
Ella sonrió de oreja a oreja, desviando la mirada hacia Lucas, que estaba sentado en una de las filas delanteras, observándola. Casi con toda seguridad estaba siguiendo cada palabra.
—Oh, sí. Vi e hice muchas cosas que me gustaría repetir —dijo alegre, pasando por delante de Lucas… y sus dedos rozaron los de ella. Solo fugazmente. Fue algo casi imperceptible. No obstante, todo su cuerpo sintió un hormigueo inmediato.
—Podrías haber preguntado si queríamos ir —aseveró Dax.
—Pero es que no quería que vinieran —alegó con inocencia—. Y el entrenador les puso un toque de queda.
—Te habríamos acompañado.
—No lo habrían hecho —dijo Lucy, que estaba sentada junto a León, en el pasillo—. ¡El entrenador lo prohibió! Nadie salió del hotel antes de ayer.
Anna bajó la mirada para ocultar su sonrisa. Lucas tenía razón. Ser el ganador de la Copa a la Inocencia tenía sus ventajas. Nadie se fijaba en él.
Lo cual solo cambiaría si saliera a la luz que se estaban acostando. Entonces, él y Melody…
Sintió un escalofrío incómodo en la nuca y apartó el pensamiento. ¡Nadie se enteraría!
—Dax, ¿puedes sentarte a mi lado un momento? —preguntó Lucy con naturalidad.
Dax arqueó las cejas con picardía.
—Siempre.
—Se trata de relaciones públicas.
—Ah, acabo de acordarme de que Anna me pidió que me sentara con ella —se apresuró a excusarse—. Me temo que no se va a poder.
Anna resopló y Lucy puso los ojos en blanco.
—Siéntate… No, ve por Moreau primero, esto también le incumbe a él.
Anna se dio la vuelta. ¿Por qué le incumbía a él?
—Yo me sentaré con Anna —agregó Jack con ligereza—. Así que no te sientas culpable, Dax. —Le dio una palmadita en el hombro.
Su hermano le hizo una seña.
—Oye. Cuidado con esos gestos groseros. Hay un adolescente impresionable sentado a mi lado —regañó Lucy con severidad.
—¿Qué? —León miró el asiento vacío a su lado—. ¿Quién?
Anna se rio y empujó a Jack hacia delante por los hombros.
—Bien, creo que deberíamos dejarla en paz antes de que León descubra que Lucy está hablando de él.
—¿Qué? ¡Viejo, ya casi estoy en los veintitantos!
Jack sonrió y se dejó guiar dos filas más atrás, donde Anna subió su maleta al compartimento superior.
—Ay, me encanta mi trabajo —exclamó con felicidad—. Tantos hombres a los que es tan fácil desconcertar. Es un sueño.
Jack resopló.
—Has tenido mucha práctica. —Con cuidado, se dejó caer en uno de los asientos, con el rostro contraído por el dolor.
Negando con la cabeza, Anna lo miró.
—Ni siquiera te tomaste los analgésicos, ¿verdad?
—No los necesito.
—¿Por qué todos piensan igual?
—Porque somos jugadores de hockey. Aguantamos el dolor —explicó con pausa.
—Ah, por favor. Con un solo cólico, todos estarían llorando en el suelo —objetó, poniendo los ojos en blanco—.
De verdad, ¡nunca he tenido tantos pacientes reacios!
Es como si trabajara en un hospital infantil.
—Se sentó a su lado y se inclinó un poco hacia el lado.
Lucas caminaba por el pasillo hacia Lucy…
y su mirada oscura se deslizó brevemente por el rostro de ella, pero el tiempo suficiente para hacerla temblar.
Dios, ese hombre y sus miradas, y sus manos…
—¿Y bien? ¿Estás bien? ¿Con tu… vida?
—¿Hm? —Anna se volvió hacia Jack, tardando un instante en asimilar y comprender sus palabras. Pero entonces lo entendió. Del todo. Seguía pensando que ella tenía un novio secreto. Lo cual… ¿no era el caso?
—Claro —contestó con un tono de voz un poco agudo—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por curiosidad —respondió con demasiada naturalidad, estirando sus largas piernas—. Sabes que puedes hablar conmigo, ¿verdad? Incluso de cosas que molestarían a Dax.
—Ah, ¿porque tú eres el hermano enrollado? —preguntó con una sonrisa.
—Exacto. —No sabía si eso seguiría siendo así si él se enteraba de lo de Lucas—. Sabes que siempre lo tengo todo bajo control.
—Lo único que sé es que Penny no sabe guardar un secreto —señaló con diversión.
A Jack se le pusieron las orejas rojas.
—No tengo ni idea de a qué te refieres.
—Vaya, qué sutil eres, Jack. —Se echó a reír.
Su hermano soltó un fuerte suspiro.
—Es solo que, cuando dijiste que te importa todo lo que pasa en mi vida, esa es una calle de doble sentido. Lo mismo se aplica para mí. He perdido demasiado tiempo. Quiero… compensártelo.
Todo en su pecho se ablandó, como si alguien lo hubiera llenado de plumas.
—Gracias. Es agradable oír eso. Pero… hay un par de cosas que tengo que resolver por mi cuenta primero, ¿sabes?
Él asintió.
—Claro. Es solo que… has estado tan estresada estos últimos años. ¿Eres feliz ahora mismo?
Ladeó la cabeza, sopesando la pregunta, pero hoy no le resultaba difícil encontrar una respuesta.
—Sí, lo soy —contestó, sorprendida a pesar de que su padre la había defraudado de nuevo, a pesar de que todavía tenía que demostrar su valía en el equipo médico de los Hawks—. Soy feliz, Jack —susurró.
Él sonrió.
—Bien. Entonces lo estás haciendo todo bien.
Sí. Quizá lo estaba haciendo.
Su teléfono vibró con un mensaje.
¿Quieres venir mañana a desayunar con Melody y conmigo? Y trae tu sierra para yesos. Melody nunca me perdonaría que no te lo recordara.
Sin duda. Le apetecía mucho.