Capítulo 13
Capítulo Trece
Decimotercer encuentro
— ¿Tuviste un mal día?
— ¿Por qué lo preguntas?
— Pareces infeliz. — Una comisura de su boca se elevó con diversión —. Incluso estando yo aquí y medio desnudo.
Ella se rio.
— Un orgasmo tuyo no puede solucionar todos mis problemas.
— Ah — dijo él, rodeándola con sus brazos desde atrás, con el pecho contra su espalda y la boca en su mejilla, en su cuello.
Anna suspiró, se lamió los labios y apuró su copa de vino.
— Pero supongo que no hará daño.
Lucas soltó una risita suave, le dio la vuelta y le tomó la cara entre las manos para besarla como era debido… y ella olvidó por qué su día había sido tan espantoso.
— Y o no podría ser jugadora de hockey —dijo Maddie, terminando su tequila sunrise. —Eso de no poder beber durante la temporada me volvería loca.
Anna asintió.
—Dax ni siquiera tomaba azúcar cuando los ojeadores de la NHL iban a ver los partidos universitarios.
—Es un poco como si todos los Hawks estuvieran embarazados —coincidió Lucy—. Tienen que privarse de todo durante nueve meses y, al final, siguen agotados y tienen que aguantar un montón de gritos.
—¡Es un resumen tan acertado que me sorprende que a nadie se le haya ocurrido antes!
—meditó Penny, riendo. —Sus fluctuaciones hormonales son incluso peores durante la temporada.
Jack se puso sentimental ayer cuando maté a un mosquito porque pensaba que sabía cómo se sentía.
Había recorrido un camino tan largo y arduo para alcanzar su meta ¡y justo antes de cumplir su sueño, aparezco yo!
Anna se rio.
—¿No decías que eras vegetariana y que no podías hacer daño a ningún animal?
—Los mosquitos son los animales más peligrosos del mundo —aclaró, señalándolas a todas con la sombrillita de su cóctel—. Matan a más de setecientos mil personas al año. No les tengo ninguna simpatía.
—Ah, sí. Mosquitos y arañas —añadió Maddie.
Penny contuvo el aliento con brusquedad.
—¡No! No se permite tocar a las arañas. Las necesitamos para nuestro ecosistema.
—Bueno, mi ecosistema necesita otro cóctel —afirmó Lucy, asintiendo a un camarero que pasaba—. Maddie y Anna también, ¿verdad?
—Desde luego. —Anna suspiró mientras todas pedían nuevas bebidas al camarero—. Los jugadores de hockey son agotadores. Necesito esta noche antes de tener que pasar quince horas al día con ellos en los partidos fuera de casa la semana que viene.
Penny sonrió de oreja a oreja.
—Tienes dos hermanos que juegan al hockey. Deberías haberte dado cuenta de que ellos y su exceso de testosterona son agotadores.
—Sabía que todos tenían más problemas de ego y menos dientes que las personas promedio, pero Jack y Dax al menos solían dejar que yo los curara.
Mis mayores enemigos ahora mismo no son las lesiones, sino las palabras: «estoy bien».
Ayer fui a ponerle a Charkov el refuerzo del tétanos y me dijo: «estoy bien; yo demasiado fuerte, tétanos demasiado débil».
Es que le tiene un miedo atroz a las agujas.
Las mujeres se rieron y las mejillas de Anna se sonrojaron.
Le encantaba que Lucy le hubiera enviado un mensaje invitándola.
Estaban sentadas en el Sunny Umbrella, el bar favorito de Maddie y Lucy, justo en la playa de Santa Mónica y a unas pocas puertas de Match Me!
, la agencia de citas de Maddie. A Anna le había gustado el bar de inmediato porque se podía bailar en la parte de delante o salir a la espaciosa terraza de atrás, donde se estaba tranquilo.
Allí no hacía falta gritar para oírse. Además, ofrecía una vista preciosa del atardecer, que bañaba el cielo con espectaculares tonos rosas y naranjas.
Sin embargo, lo que más le gustaba era la compañía.
Nunca había tenido muchos amigos íntimos.
Era difícil hacer amigos en el colegio cuando no eras lo bastante valiente como para invitar a tus compañeros a casa.
Era aún más difícil mantener las amistades cuando todo el mundo iba a alguna universidad de la Ivy League, lo que suponía una matrícula que Anna nunca habría podido pagar ni aunque hubiera vendido todos sus órganos, ni siquiera con la beca.
Tenía muchos amigos de la facultad de medicina y del hospital, pero los estudiantes de medicina estaban categóricamente ocupados y nunca habían pasado mucho tiempo juntos fuera del trabajo.
Además, siempre había guardado tantos secretos estúpidos que nunca había sido capaz de abrirse del todo.
Eso siempre la hizo sentir un poco incómoda.
Penny, Lucy y Maddie eran personas tan ridículamente cálidas que no podía evitar relajarse en su presencia.
—Oh, entre el veinte y el treinta por ciento de los niños y adolescentes tienen miedo a las agujas —señaló Penny con naturalidad.
—Charkov tiene veinticinco. ¿Todavía se le puede llamar juvenil?
—León tiene veintitrés y se comporta como un niño. Así que… sí —dijo Lucy, dando un largo sorbo a su Long Island iced tea.
—Hm. —Penny entrecerró los ojos—. En los adultos, solo alrededor del tres por ciento tiene belonefobia.
—¿Belone… qué? —preguntó Maddie, frunciendo el entrecejo.
—Miedo a las agujas —tradujo Anna.
Lucy resopló.
—¿Cómo conoces esa palabra?
—Yo estudié Medicina, no tengo ni idea de cuál es la excusa de Penny.
—Recuerdo cosas inútiles y estadísticas —comentó ella con un suspiro—.
Es un don y una maldición. El otro día en el baño calculé las probabilidades de éxito de León con las mujeres.
Por desgracia, ahora sé que alrededor del ochenta y dos por ciento de las mujeres con las que intenta ligar se irían a casa con él.
Ah, y también: ¿sabían que España es el país con más bares del mundo?
Con una amplia sonrisa, Lucy le hizo un saludo militar.
—Siempre es un placer tenerte cerca, Penny. Pero, por favor, nunca le digas a León esas probabilidades porque entonces se verá aplastado por el peso de su ego sobredimensionado, ¡y ni siquiera nuestra inteligente doctora Anna podrá salvarlo!
—Oh, a lo mejor se le podría reanimar con un beso de su verdadero amor —comentó Maddie con una sonrisa—. Yo la encontraría por él, y si eso funcionara, sería la mejor publicidad que Match Me! haya tenido jamás. ¡Los besos de la Bella Durmiente son los mejores!
—¿Qué? —Lucy miró a su hermana, irritada—. ¿Los besos espeluznantes, en los que solo una parte está consciente, son los mejores?
—Son románticos —protestó su hermana.
—Tan románticos como una plancha como regalo de cumpleaños —dijo Lucy incrédula—. Los mejores besos son los besos contra la pared.
Anna ladeó la cabeza.
—¿Qué es un beso contra la pared?
—Pues esos en los que te empujan contra una pared y luego te comen a besos hasta que pierdes el sentido —respondió con una sonrisa.
Ah, esos. Sí, a Anna también le gustaban esos.
—No. A mí me gustan los besos en la frente —intervino Penny. —Los besos en la frente son besos de «te quiero».
Anna se rio.
—No. Esos son besos de «soy mucho más alto que tú y me cuesta demasiado llegar a tu boca».
Lucy resopló.
—¡Eso es tan cierto!
—Bueno, pues dinos tú qué tipo de beso es el mejor —pidió Maddie, riendo.
—Mmm. —Anna frunció el ceño y pensó en Lucas.
Obviamente, estaba pensando en él. No había estado cerca de los labios de nadie más en un año.
Él la había besado en cien lugares. En cien posiciones.
De cien maneras. Pero lo que más le gustaba era…
—. Me gustan los besos que empiezan con alguien rodeándote con sus brazos desde atrás.
Cuando no puede llegar a todo con sus labios, pero lo intenta de todos modos.
—Tragó saliva—. Hasta que te da la vuelta para besarte bien. Porque no puede esperar más.
Maddie suspiró, pero Lucy la miró con complicidad.
—¿ Quién te besó así…? ¿Y está bueno?
Las mejillas de Anna se calentaron a más no poder.
—Nadie me ha…
—¡Oh, eso significa que hay alguien! —concluyó Penny de inmediato—. Vamos. Puedes decírnoslo. Tus pesados hermanos no están presentes.
Ella se rio, nerviosa y se alegró cuando Maddie cambió de rumbo; estaba mirando hacia la puerta y murmurando:
—Oh, genial. El Señor Atractivo Arrogante y su secuaz, el Señor Encantador Inocente, están aquí.
Todas se giraron y miraron en la dirección en que miraba Maddie.
—Discúlpenme un momento —murmuró la hermana de Lucy. Pero, en lugar de levantarse, se giró del todo. Sonrió dulcemente a un hombre alto y rubio en traje que acababa de entrar en la terraza. Y levantó el dedo medio.
El hombre se detuvo y enarcó las cejas, pero el hombre de traje que estaba a su lado, cuyo pelo pelirrojo oscuro guardaba un fuerte parecido con Michael Fassbender, se rio a carcajadas y le dio una palmada a su amigo en el hombro.
El primer hombre suspiró hondo antes de darle la espalda a su grupo y dirigirse a una mesa lo más alejada posible de ellas.
—Nunca tienes que pedir perdón por una seña, Maddie —dijo Lucy, riendo, mientras Anna estiraba el cuello y decidía que el pelirrojo debía de ser el Señor Encantador Inocente porque la mirada fría de su amigo gritaba Atractivo Arrogante.
Maddie hizo una mueca.
—Eso ha sido un poco pasivo-agresivo, ¿no?
Las mujeres se rieron.
—No pasa nada —respondió Penny. —Solo quiero saber por qué.
Maddie meneó la cabeza de un lado a otro.
—Bueno, Matt dice que no siempre puedo evitar mis problemas y que necesito buscar la confrontación.
—Entonces, ¿el Señor Atractivo Arrogante es un problema? —inquirió Anna.
Maddie asintió.
—Es el egocéntrico abogado matrimonialista de al lado.
Lucy chasqueó la lengua.
—¡Está por debajo de ti, Maddie! No puedes ganar contra Connor Stone. Como sugiere su nombre, es una roca. El otro día, cuando apareció en tu puerta quejándose de algo ridículo, dije que hacía buen tiempo. Me preguntó si era meteoróloga o terriblemente aburrida.
Penny soltó una carcajada mientras Anna se inclinaba hacia delante con curiosidad.
—¿Así que tu problema con él es que es un idiota?