Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

Capítulo Seis

Sexto encuentro

— Lucas… ¡llevas calcetines distintos! Uno tiene perezosos bebiendo cerveza y el otro, excavadoras bailando.

Frunció el entrecejo mientras subía lentamente sus grandes manos por las piernas desnudas de ella, presionando los pulgares en la cara interna de sus muslos.

—¿Y?

Ella tragó saliva.

—Nada. Ahora que lo pienso, carece de interés por completo.

¿ P or qué estaba ella aquí?

¿Por qué narices tenía que estar aquí? ¿Por qué no podía dejar de provocarlo? En la cama no le había molestado; joder, al contrario, le había gustado castigarla por sus palabras. ¡Pero esos días se habían acabado!

Dios, ¿siempre iba a ser así? ¿Que ya no pudiera relajarse con sus compañeros de equipo porque ella estaba allí?

Cuando la había oído reír, había tenido que esforzarse para no mirarla demasiado tiempo. No podía perderse en recuerdos que no deberían estar tan presentes.

—¡Oh, joder, tienes razón! —exclamó León en voz alta, y Lucas se obligó a mirarlo—.

¡A Moreau ni siquiera lo han incriminado en un lío o en un escándalo sexual!

—Se lo quedó mirando boquiabierto, como si aquello fuera un delito castigado con cinco años de prisión sin libertad condicional—.

¡Siendo sinceros, nunca te he visto ligar con una mujer, ni con un hombre, ni siquiera mostrar interés por otra persona!

Dios bendito. ¿Por qué diablos seguían hablando de él? Todo el mundo lo dejaba en paz, pero desde que Anna había establecido que estaba bien burlarse de él y sonsacarle información personal, los demás parecían haberse subido al carro. Menuda estupidez.

—Ahora que lo pienso, yo tampoco lo he visto ligar con nadie —caviló Dax con tono juguetonamente pensativo—. Ni siquiera estoy seguro de que haya tenido sexo alguna vez. ¿A lo mejor no le interesa el sexo?

Lucas vio por el rabillo del ojo cómo Anna tragaba saliva, tal vez porque ella sabía que no era así. No dijo nada. No le importaba lo que sus amigos pensaran de su vida sexual y no sentía que tuviera que demostrar nada.

—Y eso que es al que más ropa interior le mandan. —Lucy sacudió la cabeza, fingiendo tristeza—. Qué desperdicio.

—¿A Lucas es a quien más ropa interior le llega? —preguntó Anna, asombrada, y él supo que lo estaba mirando. Lo sintió en el abdomen, igual que hacía unas horas cuando ella había cruzado el umbral de la puerta.

—¿Lucas? —preguntó Lucy, irritada—. Nadie lo llama Lucas. Pero sí, su correo de fans es el que contiene más bragas de encaje.

Él apretó los labios. Más le valía a Anna tener cuidado.

—Entonces, ¿cuál es su problema? —preguntó León en voz alta—. Moreau no liga con gente en los bares. No habla de mujeres. Ni siquiera las mira. Nunca ha tenido novia, prometida, esposa, él…

—Te equivocas —afirmó Fox con voz potente, dándole una palmada en el hombro con una sonrisa—. ¡Hubo una mujer! Nunca la he conocido, pero ha ido a verla al menos una vez por semana desde el verano pasado, y siempre ha vuelto sonriendo.

— En serio —examinó Anna despacio, y los hombros de Lucas se tensaron de inmediato—. ¿Moreau sabe sonreír? A lo mejor después de todo no se merece la Copa al Inocente. Eso suena escandaloso.

Fox soltó una carcajada.

—¿Verdad que sí? Lo único que dijo sobre ella fue que…

Bien, era hora de intervenir.

—Estoy aquí sentado —respondió con brusquedad.

—Entonces háblanos de la misteriosa mujer que despertó tu sexualidad dormida. —León arqueó las cejas con picardía.

—Álvarez —declaró con calma, entornando los ojos—.

A ti te gusta restregarle tu vida privada al mundo entero.

A mí no. Estoy concentrado en las eliminatorias, y Fox está diciendo puras mierdas.

No hubo ninguna mujer. No hay ninguna mujer.

Así que sigan hablando del tema y acabaran con un puñetazo en la cara.

León se encogió de hombros.

—Está bien, viejo, relájate.

—Sí, un tipo que acaba de ganar la Copa al Inocente debería parecer más contento —coincidió Anna, y cuando él giró la cabeza hacia ella, esta le dedicó una sonrisa dulce.

Le crujió la mandíbula. Esa mujer lo estaba sacando de quicio. Dios, necesitaba espacio.

—Yo pago las copas —masculló, poniéndose de pie.

—¡Pero si la noche aún no ha terminado! —gritó Álvarez. Lucas lo ignoró. Exactamente igual que a él le habría gustado que los demás lo ignoraran.

—Oye, Moreau, ¿qué calcetines llevas? —le gritó Dax después, riendo—. Son rosas y verdes y no pegan ni con goma.

Melody se los había elegido esta mañana, y a ella le gustaban las cosas coloridas.

—Oh, sus calcetines siempre son distintos —oyó decir a Anna, divertida.

Sus hombros se tensaron porque, si fuera Dax, preguntaría…

—¿Y tú cómo demonios sabes eso?

Dicho y hecho.

Joder. Apretó los dientes. ¿Debería quedarse donde estaba? ¿Darse la vuelta e inventar alguna excusa estúpida o simplemente desaparecer hacia la barra?

—Soy médico, Dax —respondió Anna a la ligera—. Soy observadora.

Bueno. Ella ya había dado la excusa tonta, así que él se fue a la barra.

Siguió caminando, frotándose el cuello tenso, algo que ni siquiera dos horas de fisioterapia habían remediado.

Esta noche estaba siendo agotadora, más cansada que explicarle a una niña de cinco años por qué estaba bien comer huevos de gallina, pero no caca de hámster aunque ambos salieran del trasero de un animal.

Sonrió al pensar en Melody dedicándole esa mirada de sabelotodo, esa de «¡No sabes nada, Lu!

», que solía recibir cuando le preguntaba por qué no se comía el brócoli.

Se apoyó en la barra y le dijo a Carl, el dueño del Ice Lounge, que todo el consumo de los Hawks corría por su cuenta esta noche.

Como aquello parecía una maniobra inteligente, se dirigió hacia la salida para tomar un poco de aire fresco y ganar tiempo.

Tenía que evitar volver a sentarse frente a Anna el mayor tiempo posible.

Ignoró a las groupies que le lanzaban besos y a los fans que le gritaban que no fastidiara las eliminatorias esta vez porque, según su experiencia, evitar el drama era increíblemente sencillo: bastaba con mantener la boca cerrada cuando era necesario.

Ni sus padres ni Laney lo habían conseguido nunca, pero a ellos también les encantaba el drama y lo buscaban. A él no. Salvo por aquella vez…

El cálido aire de mayo y el humo de tabaco le azotaron la cara y, con un suspiro, lo apartó con la mano.

Dio la vuelta a la siguiente esquina, donde ya no era visible, y se apoyó contra la pared.

Había silencio, pero eso no significaba que se sintiera en paz.

Eso se había vuelto… imposible. Tenía demasiadas cosas de las que preocuparse: Melody, las eliminatorias, la renovación de su contrato, sus padres…

Solo hubo un lugar donde podía respirar con alivio y había sido en la maldita cama de Anna. Y luego ella tenía que ir y arruinarlo con sus mentiras.

Como si la hubiera invocado con sus pensamientos, Anna dobló la esquina en ese momento.

La olió antes de verla. El viento traía su dulce aroma.

Le resultaba casi tan familiar como el de una pista de hielo.

Al principio, siempre se disculpaba por apestar a desinfectante, pero él solo la había olido a ella .

—¿Qué pasa, te estás escondiendo? —preguntó con una amplia sonrisa—. Porque de ser así, tengo malas noticias para ti: no se te da muy bien.

Él arqueó una ceja y la miró, pero no respondió. A Anna no le gustaba el silencio. Se ponía inquieta cuando nadie hablaba durante demasiado tiempo. Y si quería provocarlo…

Ella suspiró.

—Nadie tiene tanto encanto silencioso como tú, Lucas —jadeó con tono teatral, apoyándose en la pared junto a él.

Oh, él podía ser encantador. Pero prefería no usar las palabras.

—Sabes, me han encomendado la tarea de encontrarte. León quiere jugar a «verdad o reto» y cree que no deberías quedarte fuera. Dice que está harto de que seas siempre tan reservado y que quiere cambiar eso.

Soltó un bufido. Sonaba igual que Fox.

—No soy reservado.

—No, claro que no, señor Tengo una hija de la que nadie sabe nada .

Suspiró con pesadez. Dios, echaba de menos los días en los que se le permitía callarla con un beso.

—¿Por qué te enviaron a ti? —Porque… ¿por qué narices?

¿Por qué? Estaba tan cerca que podía sentir su calor en la piel, y su cuerpo estaba tan acostumbrado a estar cerca de ella que pilló a sus pies a punto de dar un paso más cerca.

Era curioso cómo uno podía volverse adicto a la proximidad de alguien que le molestaba tanto en cuanto abría la boca.

—Ah, mi hermano sospecha que te molesté demasiado y me dijo que te debía una disculpa. Se supone que debo mostrarte buena voluntad.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Dónde está mi disculpa?

—Obviamente, solo en la imaginación de Dax —respondió con sequedad, con sus ojos azules tan abiertos e inocentes que podrían haber engañado a sus hermanos, pero no a él.

—Creo que me merezco una —objetó con tono gélido.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

—Bueno, por conspirar para que Jack y Dax me maten, que es obviamente lo que estás haciendo. Porque si sigues riéndote cuando no toca o no dejas de soltar tus estúpidos comentarios, se acabarán dando cuenta.

—¿Enterarse de qué? —preguntó, fingiendo confusión—. No tengo ni idea de qué me hablas. Porque no tenemos nada en común, ¿recuerdas?

Ah, de modo que eso era lo que le molestaba.

—Los calcetines… —gruñó él.

—Sí, ¿qué pasa con tus calcetines? Una pregunta importante. ¿Por qué siempre los llevas disparejos? Nunca me lo dijiste.

Lucas resopló y se separó de la pared.

—¿Acaso importa?

—No lo sé. Pero no te pegan. Son coloridos y tan… vibrantes. Tú eres más bien gris y estirado.

Estaba a punto de pasar por su lado para volver al bar, pero sus palabras lo detuvieron. Lentamente, se giró hacia ella y entornó los ojos. Sabía que debía marcharse. La forma más segura de evitar dramas era mantener la boca cerrada. Pero, Dios, el desafío en sus ojos…

—¿Pregunté tu opinión? —preguntó en voz baja.