Capítulo 4
Capítulo Cuatro
Cuarto encuentro
— ¿Dónde vives? Hasta ahora, solo hemos estado en mi casa.
Él hundió los dedos en sus caderas y la atrajo con fuerza contra su erección, haciéndola jadear.
— ¡Lucas, no me has contestado!
— Ni lo haré —susurró con voz ronca, y selló sus labios con los suyos.
¡ E l muy bastardo se fue, así, sin más!
¡Como si cada segundo que tuviera que hablar con ella fuera un segundo de más!
Anna era una persona alegre, pero, por Dios, Lucas Moreau la sacaba de sus casillas. Debería haber dicho simplemente: «¡Sí, claro! ¡Claro que sí, podemos ser amigos!». ¿Tan difícil era?
¡Cielos, se habían acostado unas veinticinco veces!
Ella nunca había esperado nada más que cortesía básica y unos cuantos orgasmos.
Lucas era… condenadamente bueno en eso. Bueno, había estado genial en la cama, pero quizá, si era franca, nunca había sido cortés .
Por otra parte, estuvo tan distraída con el sexo que ni siquiera se percató de eso.
De lo contrario, ¡habría deducido que Lucas Moreau era un imbécil!
Molesta, metió el último expediente médico en el archivador y se frotó la frente con febrilidad. Su primer día de trabajo había sido largo, pero bueno.
La mayor parte del tiempo se la pasó familiarizándose con las instalaciones y sus nuevas tareas: estudiar historiales médicos, tomar notas mentales sobre qué jugador necesitaba qué tratamiento y cuáles eran sus puntos débiles.
Para León, era el hombro. Para Moreau, la rodilla…
y su actitud insoportable. Eso no figuraba en el expediente, ¡pero una anotación no vendría mal!
La puerta se abrió y entró el doctor Reed. En las últimas ocho horas, Anna había aprendido dos cosas: primero, su jefe canoso era un individuo competente que no tenía ninguna paciencia. Segundo, que para él las puertas no tenían ningún valor.
—No puede hablar en serio —comenzó él la conversación—. Volvió a dejar las pastillas en el vestuario.
—¿Quién? —preguntó, confundida, aunque tenía una idea bastante clara de a quién se refería.
—¡Moreau! Su rodilla le está dando problemas y se supone que debe tomar esas malditas pastillas para prevenir infecciones.
Pero se niega a tomarlas. —El médico miró su reloj y sacudió la cabeza—.
Ya estará en casa. Así que, enhorabuena, doctora Temple, le toca hacer una visita a domicilio en su primer día.
A Anna se le secó la boca.
—¿Qué? —Odiaba que se le subiera el tono de voz una octava, pero hacer una visita a domicilio a Lucas Moreau estaba muy abajo en su lista de deseos.
En realidad, estaba por debajo de que le sacaran una muela y de contarles a sus hermanos un poco de lo que ella y el portero habían estado haciendo durante unos meses.
—Ya me oyó —respondió su jefe con brusquedad—. La dirección está en su expediente personal. Si es necesario, quédese con él hasta que se las tome delante de usted, ¿está claro?
—Pero…
El médico no la dejó terminar. Le puso el frasquito en la palma y salió por la puerta pasando por su lado.
Anna se frotó la cara con ambas manos y gimió. Mierda. Quizá se equivocaba. ¡Ser la médico del equipo definitivamente no era más relajante que trabajar en una sala de urgencias! Al menos, no si tenías a Lucas Moreau como paciente.
Anna no tenía ni idea de dónde vivía.
Nunca habían dormido juntos. Nunca habían cenado juntos. Nunca habían visto la tele ni cocinado juntos. ¡Habían tenido sexo! Eso era todo.
Y solo en su casa.
Ahora que lo pensaba, ni siquiera sabía dónde vivía Moreau hasta hace media hora. Si lo hubiera sabido, se habría sorprendido mucho.
En su mente, lo imaginaba en una pequeña villa en el barrio más caro de Bel Air. O tal vez vivía en un loft gigantesco en pleno centro. O en una casa frente al mar en Malibú.
En lugar de eso, era dueño de una casa a las afueras de la ciudad. Estaba tan lejos que el código postal era casi el de Pasadena. Estaba a media hora del estadio y, al parecer, a un mundo de distancia del centro de Los Ángeles.
Allí fuera no había más que bonitos parques, buenos colegios y mucha gente empujando cochecitos de bebé.
Con la boca abierta, observó a través del parabrisas los setos recortados, los cuidados jardines delanteros, las bonitas casas pareadas y las pocas casas más grandes que hacían gala de su riqueza.
Su dirección, sin embargo, no era una de esas.
Anna se detuvo a un lado de la carretera frente a una casa de ladrillo rojo de dos plantas con un cerezo en flor en el jardín delantero.
Si el todoterreno azul metalizado de Moreau no hubiera estado en la entrada, habría estado segura de que se había perdido.
¿Pero qué demonios?
Sacudiendo la cabeza, bajó del coche. No se oía ni un solo vehículo, pero sí el viento.
Olía a hierba recién cortada, no a esmog.
Toda la zona era tan tranquila y modesta que fácilmente podría servir de escenario para una película de terror.
Anna se subió el cuello de su chaqueta vaquera para protegerse del viento y caminó por el estrecho sendero de grava hasta la puerta principal, que estaba pintada de un agradable azul claro.
No había ningún nombre sobre el timbre, así que comprobó dos veces que tenía la dirección correcta antes de llamar con un profundo suspiro.
No quería estar allí. Si Lucas la miraba, en silencio y con frialdad, una vez más, tal vez perdería los estribos y le daría una bofetada.
Puede que eso no lo convenciera de que podían tener una conversación adulta sobre su aventura.
Pero, sin duda, la haría sentir mucho mejor.
Al oír unos pasos suaves, el corazón se le subió a la garganta mientras la puerta se abría. Miró hacia delante… y parpadeó. No había nadie.
—Oh —dijo una voz alegre—. Tú no eres Hazel.
Anna bajó la mirada con sorpresa: había una niña de pie frente a ella. Una niña de pelo oscuro, con la cabeza echada hacia atrás y la mano todavía en el pomo de la puerta. No podía tener más de siete años y sonreía de oreja a oreja, mostrando que le faltaban los dientes delanteros.
Perpleja, Anna la miró sin parpadear.
—No —dijo—. Soy Anna.
—Mi muñeca favorita se llama Anna —continuó la niña con entusiasmo—. Ya no tiene cabeza, pero eso no le importa porque su corazón es lo más importante.
Bien, desde un punto de vista romántico, eso podría ser cierto, pero desde un punto de vista médico, Anna consideraba que la cabeza era algo relevante.
La suya, por ejemplo, empezaba a darle vueltas, impidiéndole pensar con claridad.
De nuevo, sacó el teléfono del bolsillo, comprobó la dirección por tercera vez y llegó a la misma conclusión: estaba en el lugar correcto.
—Siento lo de tu muñeca —graznó—. Yo… —Parpadeó, echó un vistazo al pasillo detrás de la niña, hacia las escaleras, y volvió a mirar la cara redonda de la pequeña. Estaba confundida—. Eh… lo siento, pero ¿está… está Lucas aquí?
Esperaba que la niña frunciera el ceño y preguntara quién era Lucas, pero no, se dio la vuelta y gritó con fuerza:
—¡Lu, hay alguien en la puerta!
¿Lu?
—¿Qué? —una voz grave bajó por las escaleras, y a Anna se le erizaron los vellos de la nuca.
Era su voz. Era su coche. Y esto era… la niña era… ¿de quién era esta niña?
—¡Hay una mujer aquí para ti! Yo le abrí la puerta.
—¿Hiciste qué? —Lucas sonó alarmado y, al momento siguiente, Anna oyó pasos apresurados—. Melody, no puedes hablar en serio. ¿Qué te dije sobre abrir la puerta, así como así?
—Pensé que era la tía Hazel —respondió la pequeña, de repente con aspecto culpable y el labio inferior sobresaliendo—. Pero la mujer no me ha dado ningún caramelo y no parece enfadada. ¡Así que lo que he hecho no ha estado taaaan mal!
Se oyó entonces un resoplido y unos pasos atronadores por las escaleras, y Anna levantó la vista. Tenía que verlo para creerlo. Para entenderlo.
Aparecieron dos piernas largas enfundadas en vaqueros, que solo habría reconocido mejor si hubieran estado desnudas.
Siguieron unas caderas estrechas y unos hombros anchos, y sus labios se entreabrieron por voluntad propia…
mientras Lucas se quedaba petrificado en el penúltimo escalón, mirándola fijamente.
Su rostro no revelaba nada. Nunca lo hacía. O, al menos, ella nunca había aprendido a leerlo. Pero su cuerpo… su cuerpo siempre hablaba por sí solo.
Los hombros de Lucas se tensaron como si alguien le hubiera clavado una tabla a la espalda. Se inclinó hacia atrás de forma casi imperceptible, como si quisiera distanciarse de la situación, mientras su mirada volaba hacia la niña. Ella lo miraba arrepentida.
—Se llama Anna y tiene un pelo precioso —lo ayudó ella—. Y no ha dicho que quisiera secuestrarme. Así que no puedes estar enfadado.
Lucas abrió la boca y volvió a cerrarla; y, por primera vez, Anna tuvo la sensación de que no guardaba silencio porque quisiera, sino porque… no encontraba las palabras.
¡Maravilloso! Ya eran dos.
Anna levantó la mano. No sabía qué más hacer, sus pensamientos seguían yendo a mil por hora. ¡Él no tenía una hija!
¿O sí?
¡No!
La niña —Melody— lo llamaba Lu, no papá.
Pero al momento siguiente, Lucas bajó los últimos escalones y puso sus grandes manos sobre los hombros de Melody en un gesto protector, atrayéndola hacia él hasta que ella estuvo apoyada contra su pierna, y… ¡Mierda, parecía un papá !
—¿Qué demonios haces aquí? —la susurró con brusquedad mientras Anna parpadeaba, intentando catapultarse de nuevo a la realidad.
Mientras tanto, la niña tomó aire de forma dramática y miró con los ojos muy abiertos al jugador de hockey, que parecía aún más grande a su lado de lo que ya era.
—¡Lu! Dijiste una palabrota.
Él frunció el ceño.
—¿«Demonios» es malo?
—La señora Marron cree que sí.
—Oh. —Su mirada volvió a Anna—. ¿Qué rayos haces aquí?
Melody soltó una risita.
Anna no estaba para bromas. Sentía como si alguien le hubiera dado un golpe con un disco de hockey justo entre los ojos.