Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

Capítulo Tres

Tercer encuentro

— ¿Qué tan estable crees que es la mesa de mi cocina?

—¡ N o la van a tocar, joder! ¿Está claro? —bramó Temple.

—¡Tampoco la mirarán de forma inadecuada, no harán bromas lascivas y no coquetearán con ella! —añadió West con brusquedad.

Hm. Hasta ahora, él solo había sido culpable de lo de tocar; eso era una suerte, pensó Moreau.

—Sobre todo, actuarán con normalidad para que Anna nunca se entere de que les hemos dado esta charlita —añadió Dax, cruzándose de brazos sobre el pecho.

Moreau se reclinó en el banco del vestuario y dejó que su mirada vagara de uno a otro. Era extraño que Jack y Dax estuvieran dirigiendo su discurso principalmente a Álvarez y a unos cuantos novatos. Deberían saber que esos lerdos no podrían con Anna.

—Vamos, Dax —exclamó el extremo Matthew Payne—. Charkov acaba de aprender lo que es una vulva. No puedes negarle que practique sus nuevos conocimientos. Y una doctora sería la compañera de estudio perfecta.

A Dax no pareció hacerle gracia. Parecía más bien que iba a estampar el siguiente disco en la sien de Matt.

—Chicos, pueden ahorrarse el discurso —intervino Fox, el eterno diplomático, poniéndose en pie—. ¡Como si alguno de nosotros fuera lo bastante suicida como para estrecharle la mano a Anna durante demasiado tiempo!

La mandíbula de Moreau se tensó. Sí. Como si alguno se atreviera.

—Bueno, yo no soy un suicida, pero definitivamente me interesa eso de la vulva —aclaró Álvarez—. Amigos. Ahora casi me alegro de haberme lastimado el hombro y tener que ir a revisión cada semana. —El joven jugador sonrió de oreja a oreja—. Qué oportuno que me encante jugar a los médicos.

Dax se levantó enfurecido, pero Jack lo obligó a sentarse de nuevo, poniendo los ojos en blanco.

—¡Cálmate! Fue un chiste.

—Exacto. —León amplió aún más su sonrisa—. No haré nada que ella no quiera.

A Moreau le tembló la boca. Como si alguien aquí pudiera obligar a Anna Temple a hacer algo.

Si le preguntaban a él, toda la conversación era ridícula.

Anna tenía un don para expresar lo que quería y lo que no.

En realidad, Dax debería haberle prohibido a ella atacar a otro desprevenido jugador de hockey, y no al revés.

Pero no le habían preguntado, y quizá fuera lo mejor.

—¡Álvarez! —espetó Fox antes de que Dax pudiera saltar furioso de nuevo—.

¡Contrólate! No quiero oír más de esa mierda.

Los playoffs empiezan la semana que viene y tenemos más posibilidades que nunca de ganar la Copa.

Vamos a ir al Ice Lounge el sábado después de nuestro último partido de la temporada regular para disfrutar de una última noche tranquila, ¡y quiero que todos vengan!

Sin excepciones. Traigan a su familia si quieren.

A sus novias, parejas, perros, lo que sea.

Lo que sea que los relaje. Pero después de eso, en lo único en lo que nos concentraremos será en nuestro juego. ¿Nos entendemos?

Los demás jugadores gruñeron su conformidad y asintieron al capitán.

—Bien —espetó, tajante—. Terminen de vestirse para que la doctora Temple pueda presentarse y pueda empezar el entrenamiento.

—No entiendo muy bien por qué deberíamos vestirnos —murmuró Blake Ford. Era el segundo portero de los Hawks, mucho más joven, y llevaba meses pisándole los talones a Lucas—. De todos modos, estaremos desnudos la mayor parte del tiempo delante de ella.

Fox le lanzó una mirada fulminante, mientras se sentía aliviado de que Ford hubiera hablado lo bastante bajo como para que ni Dax ni Jack lo escucharan.

—Madre mía —susurró el capitán, poniéndose las hombreras—. ¿Eres el único en quien puedo confiar para no meter la pata ahora? Tenía esperanzas en el Santo, pero resultó ser un error.

Lucas bajó la mirada y decidió permanecer en silencio.

Eso solía ser lo que mejor le funcionaba.

No le gustaba mentirle a su mejor amigo, pero en este caso, cuanto menos supiera Fox, mejor.

En su opinión, lo del sexo con Anna no era algo que mereciera la pena mencionar.

Él y ella no habían hablado en semanas. Si ella no le hubiera enviado un mensaje de texto diciendo que empezaba con los Hawks, ¡probablemente ni si quiera la habría vuelto a pensar ni una maldita vez!

Bueno, quizá una o dos. Por la noche, cuando estaba en la cama. Cuando no tenía control sobre su imaginación.

Llamaron con fuerza a la puerta del vestuario, y Moreau supo que era ella porque nadie más allí se molestaba nunca en anunciarse antes de entrar.

Los hombros se le tensaron y mantuvo los ojos bajos. No estaba nervioso por volver a verla, pero podría haber pasado sin ello. Hacía su vida más complicada de lo necesario y, como ya había señalado Fox, lo complicado no era lo suyo.

—Hola —resonó una voz masculina. Al parecer, Anna no estaba sola, sino que traía consigo al médico jefe, el doctor Reed—. No quiero quitarles mucho tiempo, solo quería informarles de que hoy damos la bienvenida a una nueva doctora a nuestro equipo.

Los visores hicieron clic y las camisetas crujieron. Parecía que todo el equipo se giraba para mirar a la recién llegada, así que Moreau también levantó la cabeza a regañadientes. Cualquier otra cosa habría sido demasiado llamativa.

La encontró de inmediato, y no solo porque fuera la única mujer en la sala. No. Fue porque su sonrisa era tan amplia que habría cegado al mismísimo sol.

Él conocía esa sonrisa. Anna la repartía con demasiada generosidad. Se le encogió el estómago. Y, aun así, no podía apartar los ojos de ella; de esa maldita expresión que podía convertir a hombres más débiles en idiotas balbuceantes.

Miró hacia otro lado. Él no era un hombre más débil.

—Hola, soy la doctora Anna Temple —dijo con naturalidad—. Me alegra estar aquí para que sigan jugando al máximo nivel. ¡Mi puerta siempre estará abierta, así que no duden en hablar conmigo si tienen cualquier problema!

Los presentes asintieron, pero nadie habló. Quizá temían que Jack interpretara una palabra equivocada como un coqueteo. O quizá era que la sonrisa de Anna tenía ese efecto.

—La especialidad de la doctora Temple es la ortopedia —añadió el doctor Reed en voz alta—. Lo que significa que pueden acudir a ella para casi cualquier cosa sin tener que molestarme a mí con sus achaques y dolores.

—¿Y si me duele el corazón? ¿Puedo ir a verla también? —preguntó León enseguida.

Por el rabillo del ojo, Lucas vio que Dax abría la boca, pero Anna se le adelantó.

—No hay problema, León —dijo ella con ligereza—.

Lo mismo ocurre con las enfermedades de transmisión sexual, con las que probablemente tengas más de una complicación.

Y solo para estar seguros: sí, cada pene es diferente.

No es ningún problema si el tuyo está un poco torcido o deformado.

¡Es normal! Sobre todo, si te lo tocas demasiado a menudo.

No te preocupes por eso ni un minuto más.

Lucas bajó la barbilla para ocultar su sonrisa mientras los demás no eran tan educados: todos rompieron a carcajadas. Sí, Anna encajaría muy bien aquí.

—Mi pene está genial, gracias —contestó León con voz tensa, con la cabeza tan roja como el camión de bomberos de Lego de Melody.

—Bueno, me alivia oír eso —respondió Anna de manera casi teatral—. ¿Alguien más tiene alguna pregunta sobre mis funciones? —Su mirada vagó por la multitud y… pasó de largo por encima de él, como si hubiera un gran hueco entre Ford y Fox.

Eso le pareció bien. Le dio la oportunidad de observarla.

La última vez que la había visto, no llevaba nada de ropa.

Ahora que lo pensaba, solo la había visto con tres atuendos durante su acuerdo de seis meses: un vestido de noche negro, pantalones de chándal y una camiseta, y desnuda.

Ahora la veía por primera vez con vaqueros y una polo.

Era de color rojo oscuro, los colores del club, con letras negras: Dra.

Temple . Le sentaba bien. No tanto como sus manos sobre su cuerpo, pero, aun así.

Lucas sabía que era médico. Una vez le había enumerado todos los huesos de la pierna, y nada menos que mientras tenían sexo.

Pero no se había dado cuenta de que se especializaba en ortopedia ni de que le interesaba trabajar como médico deportivo.

Le sorprendió lo poco que sabía de la mujer con la que se había acostado durante seis meses.

Aunque, por otro lado, él lo había planeado así, y ella también.

Sabía que le gustaba que le atrapara el lóbulo de la oreja entre los dientes mientras se movía dentro de ella, pero no sabía a qué universidad había asistido. Podía enumerar todos los lugares donde besarla para hacerla gemir, pero no conocía ninguna de sus aficiones.

¡Mierda, de verdad que fue el acuerdo perfecto!

Movió la mandíbula de un lado a otro mientras Anna seguía escaneando a los jugadores y lamiéndose los labios con expectación. El deseo se agitó en él, así que miró hacia otro lado. Habían pasado dos meses desde la última vez que tuvo sexo. Con ella.

Y lo recordaba.

—¡Yo tengo una pregunta! —exclamó Charkov con su marcado acento ruso—. ¿A cuántos hombres has visto desnudos? No quería escandalizarte.

—Dios —murmuró Dax, pero Charkov no era conocido por hacer bromas y, a juzgar por su expresión, su preocupación era genuina.

La sonrisa de Anna se ensanchó.

—A los suficientes. Créeme. Yo...

—¡Bien, que todo el mundo se calle ahora mismo! —gritó Dax.

Anna soltó un bufido mientras Fox se ponía en pie y ordenaba a su equipo salir del vestuario para saltar al hielo.

Bien. Cuanto antes pudiera darle la espalda a Anna, mejor. Agarró su casco y...

—Moreau, ¿te quedarías un minuto? —llamó el doctor Reed.

Se detuvo, suspirando para sus adentros. Sabía lo que venía y podía prescindir de la presencia de Anna. No obstante, se acercó y enarcó una ceja.

—Ayer se te «olvidaron» las pastillas —comunicó el médico, tendiéndole un frasco de medicamentos.

Moreau sintió la mirada de Anna sobre él y apretó los labios. ¡No necesitaba analgésicos! Cuando sentía que la rodilla le daba guerra por la noche, se ponía hielo y listo.

—Gracias —respondió con dureza y agarró el frasco.

El médico resopló y sacudió la cabeza antes de pasar a su lado y seguir a los demás jugadores.

Moreau quiso girarse y marcharse también —no quería estar a solas con Anna—, pero unos dedos suaves y cálidos se cerraron sobre los suyos y lo retuvieron.

Se le puso la piel de gallina por todo el brazo, como cada vez que lo tocaba. Sin embargo, era la primera vez que no agradecía el deseo que su simple contacto desataba.

Retiró la mano. Se cruzó de brazos a la espalda y la miró con frialdad, a pesar de que una rabia sorda crecía en su interior. Miró sus ojos azul claro, inocentemente abiertos. Ella le había mentido a la cara, después de todo. Había arriesgado que la prensa atacara a Melody.

—Ignoraste mi mensaje —susurró, mirando nerviosa por encima de él hacia la puerta.

No dijo nada. ¿Por qué iba a dar una respuesta que ya conocía?

—¿Por qué lo hiciste?

Porque no había sentido la necesidad de hablarle. De acuerdo, nunca sentía la necesidad de hablar con nadie, excepto quizá con Melody, pero según su experiencia, las palabras no resolvían los problemas, creaban más.

—Esperaba que pudiéramos tener una conversación adulta antes de que empezara hoy —murmuró, mirándolo con incertidumbre y mordiéndose el labio.

La mirada de Moreau aterrizó infaliblemente en el punto donde sus incisivos se clavaban en la carne blanda de su labio inferior.

¿Lo estaba haciendo a propósito? ¿Estaba enfadada porque él había terminado lo suyo y ahora intentaba provocarlo de manera deliberada?

Porque, si así era, ya podía ir olvidándolo. No funcionaría.

Anna dejó escapar un pequeño suspiro.

Él casi se puso duro.

De acuerdo, casi no funcionó.

Se le tensó la mandíbula mientras se obligaba a mirarla a los ojos, y solo a los ojos.

Era extraño. No conocía a esta mujer. No sabía cuándo era su cumpleaños, cuál era su programa de televisión favorito o qué hacía con su tiempo libre.

Pero conocía su olor. Conocía cada sonido que salía de sus labios.

Sabía cómo se sentía bajo su cuerpo y qué aspecto tenía cuando se le nublaban los ojos por el deseo.

Ahora, quería borrar esa expresión inocente de su rostro.

Quería castigarla por mentir. Sabía exactamente cómo frenarla, cómo atormentarla…

—Sé que las conversaciones no son tu fuerte —continuó sin inmutarse, colocándose el pelo detrás de las orejas—, pero no tuvimos un final adecuado.

Nunca me dejaste explicarme. —Frunció el entrecejo—.

No quise mentir. Lo siento. Fue… complicado.

Dax y Jack querían guardárselo para ellos...

¿No podemos simplemente olvidarlo? Quiero decir, es bueno que ambos lo termináramos.

Ya no estoy estresada. Los exámenes han terminado.

Así que no necesito que tú… —Se aclaró la garganta—.

Bueno, me tomo mi trabajo en serio, y he trabajado diez años para este puesto.

No quiero hacer nada que complique mi trabajo.

No tiene por qué ser incómodo entre nosotros en absoluto.

Solo fue sexo, ambos lo sabemos, y ahora… ¿no podemos solo ser amigos?

Lo miró expectante mientras él esperaba. Diez segundos. Veinte…

Entonces él preguntó con aspereza:

—¿Acabaste?

Anna parpadeó.

—Eh… sí.

—Bien.

Al momento siguiente, se dio la vuelta y se marchó.

No tenía nada que decirle. No quería estar a solas con ella. No quería ser su amigo. No quería hablar de lo que había pasado. No quería una disculpa y no quería volver a oír la palabra sexo de su boca nunca más porque le daba ideas sucias que ya no tenían cabida en su cabeza.

Ella tenía razón en una cosa: no tenía por qué ser incómodo. Mientras ambos se mantuvieran alejados el uno del otro, no tendrían ningún problema.