Pasión, Amor y Hockey (Amor y Hockey 4) Prólogo #3
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Prólogo #3

—Lo siento, pero nos hemos quedado sin ginebra, señora. Es probable que tengan adentro, en la barra principal, pero…, ¿quiere que vaya a buscar más? —preguntó al ver su expresión de insatisfacción.

—Sí. Dos botellas sería lo mejor.

El joven asintió y abandonó la barra abruptamente.

—Me llamó «señora», ¿lo escuchó? —le preguntó a Moreau—. Las mujeres a las que llaman señora pueden decidir por sí mismas con quién quieren irse a la cama, ¿no?

—Esa es sin duda una de las ventajas de ser una señora —respondió el portero con sequedad.

Ella reprimió una sonrisa.

—¡Exacto! ¡Y si quisiera acostarme con todo el mundo tanto como ustedes, estúpidos jugadores de hockey, podría hacerlo!

Él brindó por ella.

—Gracias por ese voto de confianza.

Anna hizo una mueca.

—Ya sabes a lo que me refiero.

No dijo nada y el silencio volvió a reinar.

A Anna no se le daba bien el silencio. En su juventud, siempre había sido la calma que precedía a la tempestad. Así que preguntó:

—¡No vas a unirte a la fiesta?

—No.

—¿Entonces por qué estás aquí?

—Evento obligatorio.

—Ah.

La conversación se detuvo de nuevo.

—No hablas mucho, ¿verdad?

Él permaneció en silencio.

—¿Alguna vez te han dicho que tienes un aura oscura y autoritaria que probablemente haría callar a personas más tímidas?

Giro la cabeza hacia ella y levantó una sola ceja.

Ella sonrió de oreja a oreja.

—Me lo tomaré como un sí. Estoy un poco celosa. A ti nadie te prohibiría coquetear.

Moreau sacudió la cabeza casi sin percatarse.

—Yo nunca hago eso.

Ella se rio.

—¿ Nunca ? Pero entonces, ¿cómo consigues llevarte a las mujeres a la cama?

Moreau no dijo nada, pero en lugar de eso, levantó una comisura de los labios y volvió a escudriñarla.

Esta vez, sin embargo, sus ojos se oscurecieron.

Se volvieron inquietantes pero expectantes, como nubes de tormenta moviéndose sobre ella.

Fue como si le estuviera telegrafiando sus manos recorriendo su piel, bajo el dobladillo de su vestido, bajando por sus piernas en senderos de hormigueo…

subiendo de nuevo por sus contornos hasta detenerse en sus labios, que empezaron a calentarse.

Un nuevo calor inundó todo su cuerpo y su respiración se aceleró. Sí, hacía demasiado tiempo que nadie la tocaba. Tenía que ponerle remedio. Aun así, volvió a estremecerse. ¿Cómo narices lo hacía aquel tipo?

—Ah. Así es como lo haces —respondió con voz ronca, secándose las palmas de las manos en el vestido y lamiéndose los labios, repentinamente secos.

Moreau se limitó a asentir y su mirada se dirigió a su boca una última vez antes de girarse y tomar su cerveza.

Ella siguió su movimiento, notando que los nudillos de él se volvían blancos mientras envolvía la botella con su mano grande, y se preguntó qué se sentiría si la estuviera tocando a ella.

Si su pulgar recorriera su piel en lugar del cuello de la botella.

Se preguntó si su contacto sería rudo o suave.

Áspero o delicado. Deseó que fuesen ambas cosas.

Algo dulce y pesado se hundió en su bajo vientre, de modo que tuvo que cruzar las manos sobre el regazo y apretar los muslos aún más.

El mero pensamiento la estaba excitando.

Y cuando levantó la vista, se dio cuenta de que Moreau había seguido su propia mirada; sus iris estaban aún más oscuros que antes.

Su pulso se disparó de nuevo, así que entreabrió los labios, sintiendo que de otro modo no sería capaz de obtener suficiente aire.

Mierda, su mirada era peligrosa.

Apartó la mirada y preguntó en voz baja:

—Según tu opinión profesional, ¿Dax es solo un idiota cuando está conmigo, o es un problema general?

La boca de Moreau insinuó una sonrisa y el bajo vientre traidor de ella lo secundó.

—Es un problema general.

—Me lo imaginaba. —Se llevó el vaso a los labios y recordó que estaba vacío.

Suspirando, volvió a dejarlo y continuó hablando porque Moreau no lo hacía—.

Sabes, Dax quiere que encuentre al hombre de mis sueños y tenga mi final feliz, como si fuera mi deber como mujer, o al menos como su hermana, vivir una vida monógama y ser feliz para siempre con algún tipo aburrido.

Pero yo no creo en el fueron felices y comieron perdices .

La felicidad siempre existe solo por un corto tiempo.

¡Y yo puedo ser feliz durante tantos periodos cortos de tiempo como quiera!

Sintió la mirada del portero sobre su rostro. La sintió más de lo que la vio.

Tragó saliva y giró la cabeza.

—Cierto… ¿Lucas?

Su mandíbula cuadrada se tensó antes de que él murmurara con tono sombrío:

—Nadie me llama Lucas.

—¿Prefieres Descuartizador ?

—No.

—Bueno, entonces me quedo con Lucas —decidió, porque le resultaba irritante que todos los jugadores de hockey se llamaran solo por sus apellidos, casi como si estuvieran comentando su propio partido constantemente—. Si tienes alguna objeción, habla durante cinco minutos seguidos.

Lo miró expectante. Pasaron unos segundos antes de que Lucas bajara la barbilla… de modo que la sombra de su nariz casi se tragó su amplia sonrisa. Casi.

Sin embargo, Anna la vio. La sintió. En todas partes. Como mariposas en el pecho. Como yemas de dedos recorriendo sus brazos desnudos, dejando marcas de quemaduras.

Su sonrisa era maravillosa. Hacía que su corazón tropezara y caldeaba la dulce pesadez de su abdomen hasta que nada más existía en el mundo salvo sus labios.

—Te pareces más a tu hermano de lo que todos piensan —murmuró Lucas después de un rato, y su mirada se cruzó con la de ella—. Juegas sucio.

Sucio . La palabra quedó suspendida entre ambos, haciendo que el aire chispeara. Parecía resonar cien veces.

—Simplemente sé lo que quiero —respondió en voz baja, con las manos apretando el dobladillo de su vestido. Y era la verdad. En ese momento, sabía lo que quería.

Entonces se sintió valiente. Despreocupada.

Atrevida. Porque cuando la mirada de Lucas volvió a sus labios, supo que cualquier cosa era posible.

Supo que no tendría que esperar más para, por fin, vivir un poco.

Supo que ese descanso para su cerebro, para su vida, la tregua que tanto había anhelado, estaba sentada frente a ella.

Tragó saliva cuando él volvió a mirarla a los ojos; sus iris eran de un gris oscuro que reflejaba la tormenta que él mismo había desatado en su interior.

—¿Y qué es eso? —preguntó con voz ronca—. ¿Qué es lo que quieres?

—Besar a quien me dé la gana. Irme a casa con quien me apetezca. Porque esa es mi decisión, ¿cierto?

—Cierto.

Se bajó de su taburete, se acercó al portero… y atrajo su cabeza hacia la suya para presionar sus labios contra los de él.

Lo hizo antes de perder el valor. Antes de que su cerebro agotado se activara y gritara «¡No lo hagas!

». Lo hizo porque quería. La adrenalina y el deseo habían expulsado de su cuerpo el estrés, la inquietud y el pánico.

Con solo una mirada, este hombre lograba hacerla sentir que no era nada más la hermana de alguien, sino una mujer. Ni más, ni menos.

Sus labios se encontraron con los de ella… y el tiempo se detuvo, segundos chispeantes que se estiraron en horas ardientes en las que ninguno se movió.

Entonces Anna sintió la mano grande y cálida de él en su cuello, su pulgar empujando su barbilla hacia arriba y sus labios presionando contra los de ella mientras profundizaba el beso.

Anna se colocó entre las piernas de Lucas.

Abrió la boca bajo la de él, saboreó cerveza, hombre y libertad, rodeó su cuello con los brazos y se dejó hundir en su calor.

Una sensación de ligereza olvidada hacía mucho tiempo fluyó a través de ella, paralizando sus pensamientos.

Por primera vez en muchísimo tiempo, estaba más allá de cualquier preocupación.

No estaba planeando los próximos diez pasos.

Durante unos momentos dichosos, el peso desapareció de sus hombros.

El estrés fue reemplazado por el calor y el deseo, y las manos de Lucas sobre ella.

Hundió los dedos en el cabello de él mientras su lengua encontraba la suya y el olor de algo dulce —¿miel?

— llenó su nariz. El mundo entero pasó a un segundo plano, dejando nada más que el sabor de él y su tacto, que dejaba ríos calientes sobre su piel: en sus brazos, en su cintura y en el dobladillo de su vestido.

Se sentía como si ambos se estuvieran ahogando, como si fueran lo único fiable a lo que aferrarse.

Fue la felicidad perfecta, pero duró poco.

—Joder —jadeó Lucas contra su boca mientras se apartaba de ella en un movimiento brusco, con la frente a pocos centímetros de la suya. Sus pupilas estaban dilatadas y su respiración era pesada—. No. Joder, no. Yo no.

Los pulmones de Anna trabajaban sin descanso. Lo miró parpadeando, todavía un poco confundida por el beso.

—¿Qué? ¿Por qué no?

—Porque no soy un suicida. —La oyó tragar saliva antes de que él la agarrara bruscamente por las caderas y la empujara hacia atrás, alejándola de él.

—¿Qué? Pero...

—Eres la hermana de Dax —susurró con voz ronca y cerró los ojos.

—¿Y? Mi hermano me dijo que hoy me divirtiera…

Él soltó una seca carcajada.

—No de esa manera.

—¿Tú cómo lo sabes? Fue increíblemente vago.

—Anna… —Su mirada volvió a desviarse hacia los labios de ella, pero sacudió la cabeza. Sujetó sus hombros y la alejó un poco más… como si necesitara esa distancia.

El calor en su interior no disminuyó, sino que pasó del deseo a la ira.

Así que, después de todo, solo era la hermana de Dax.

—Ah. —Asintió con brusquedad y apretó los labios—. ¿O sea que después de todo sí que le tienes miedo a Dax?

Lucas soltó una risa ronca como si la idea fuera absurda… y, de repente, la incertidumbre trepó por sus costillas, evaporando su audacia de antes. Si no le tenía miedo a Dax, entonces…

Dios, ¿qué estaba haciendo allí? Obviamente, no tenía nada que ver con su hermano y sí todo con ella. Él era un jugador de hockey famoso y atractivo, y ella… ella solo era la hermana de uno de sus compañeros de equipo que se le había echado encima.

Mierda. ¿Qué le pasaba? Tragó saliva varias veces.