Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 1
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Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5)

Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5)

Por Jack Probyn

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Capítulo 1

EL PEDIDO

G ajes del oficio, se dijo a sí mismo. ¿O era parte del lote?

Las frases hechas nunca habían sido su fuerte.

Que le diesen una línea de código intrincada y podría entenderla más rápido que el clic de un interruptor.

¿Pero entender la lengua inglesa? Eso era un desafío por sí solo.

Y no ayudaba que tampoco fuera su primera lengua.

Hijo de padre polaco y madre inglesa, a Roland Lewandowski siempre le había resultado difícil encajar.

En el colegio, en la universidad y en el vasto mundo laboral.

No es que le gustase hablar de ello, pero se sentía en un estado perpetuo de juicio.

Que todo lo que decía o hacía era criticado y ridiculizado.

Aunque, en el fondo, sabía que probablemente no era así.

Probablemente o posiblemente. ¿Cuál era cuál?

El único lugar donde se sentía cómodo, aparte de su casa y la de sus padres, era su escritorio en Bow Green.

La gente era amable, las risas reconfortantes y las conversaciones agradables.

Era una pena que no hubiera desarrollado esas relaciones fuera del lugar de trabajo, fuera de los confines de la jaula de ladrillo en la que a veces los mantenían encerrados veinticuatro horas al día.

Si lo hubiera hecho, tal vez estaría recibiendo el año nuevo de una forma un tanto distinta: con risas, celebraciones, alcohol, comida y el cálido abrazo del confort social.

¿A quién pretendía engañar? En situaciones sociales, era tan torpe como una monja en un burdel. No sabía qué hacer ni dónde poner las manos.

Que le diesen una docena de ordenadores y tendría una docena de amigos nuevos en un minuto. Y cientos de lugares donde poner las manos.

En lugar de ampliar su círculo social a las dos cifras, Roland se disponía a pasar una noche breve frente a la caja tonta, con una buena cena y quizá algo de tiempo con su mano derecha de compañía. Tal vez incluso se tomase una cerveza o dos. No necesariamente en ese orden.

Gajes del oficio, se justificó.

—Lo siento, no puedo ir esta noche. Tengo que terminar esto. No terminaré hasta tarde.

—Lo siento, tengo otros planes.

—Lo siento, les prometí a mis padres que iría a verlos.

El libro de excusas era grueso esta noche.

Pero tenían un elemento de verdad. Sí tenía cosas que terminar en la comisaría. Y, como venía siendo cada vez más frecuente, tenía que llevárselo a casa.

Gajes del oficio.

Con la mochila en la mano, Roland buscó a tientas las llaves y entró en su pequeño apartamento.

No era gran cosa, ni se había esforzado mucho en hacerlo más presentable; ¿qué sentido tenía embellecer la casa si no había nadie a quien lucirla?

Pero el alquiler era barato. Sorprendentemente.

Y tenía la suerte de tener un casero que no solo no insistía en subir los precios cada año, sino que incluía los recibos como parte del paquete.

El hombre era justo, a diferencia de otros estafadores con los que había tenido el disgusto de alquilar, y Roland lo agradecía.

Pagaba puntualmente todos los meses, así que no había motivos de preocupación.

Echó las llaves en un pequeño bote sobre la encimera de la cocina y se dirigió directo a la nevera. Vacía. A excepción de los diez galones de Coca-Cola y de las bolsas de tamaño familiar de M a otras, en raras ocasiones, las disfrutaría a la mañana siguiente para desayunar.

Eran pasadas las once y media cuando finalmente se sentó en el sofá, encendió la televisión y abrió una lata fría de Stella.

Junto a él estaba el portátil que se había traído de la oficina.

Lo llevaba consigo a todas partes; en los últimos meses le había exigido toda su atención. Tanto dentro como fuera del trabajo.

Hacía unos meses, su colega el detective Jake Tanner se le había acercado con un correo electrónico sospechoso.

No había nada en el mensaje salvo el encabezado que decía LE AGRADECEMOS SU SILENCIO.

Al principio, Jake había sostenido que era fruto de un correo de suplantación de identidad, pero Roland llevaba suficiente tiempo rodeado de ordenadores y jáqueres para saber que no era el caso; su título en informática también ayudaba.

Algo más estaba ocurriendo. El problema era que la dirección IP del remitente y los detalles estaban enmascarados hasta lo incomprensible.

Los correos podrían haber sido enviados desde el espacio, por lo que Roland sabía, pero viéndolo como un desafío personal, además de un favor a Jake, Roland se había embarcado en un viaje de descubrimiento.

Y la información que poseía, la información que había descubierto, tenía el potencial de remover las aguas.

Remover el maldito Titanic , más bien, pensó mientras abría el portátil, que reposaba en su regazo.

Apareció la imagen de un ave tropical, resplandeciente en su vibrante belleza y colorido.

De fondo, la televisión estaba encendida, pero no lo bastante alta como para ahogar los vítores, la música y el júbilo procedentes de su vecino.

Las vibraciones pesadas y repetitivas retumbaban a través de las paredes y empezaban a exasperarlo poco a poco.

No pasaría mucho tiempo hasta que la música fuera sustituida por el fuerte chasquido y estallido de los fuegos artificiales.

Roland ignoró los sonidos y centró su atención en el ordenador.

Con la cerveza en la mano, abrió el correo electrónico que estaba al principio de su carpeta de borradores.

La culminación de ocho meses de intenso trabajo.

Durante los últimos días, había estado sopesando la redacción; cómo debía ir dirigido, a quién específicamente y a quién debía enviarse.

Un campo de minas de opciones y posibles escollos.

Roland ya había oído hablar de La Cábala antes, gracias a Jake. Su colega le había contado historias de terror sobre corrupción, sobre los Crímson, sobre lo difícil que era depositar su confianza en la gente. Pero nunca se lo había creído del todo.

Hasta ahora.

Con el nombre de La Cábala mirándole fijamente a la cara.

Roland acomodó la cerveza entre unos cojines y preparó los dedos. En la parte superior de la pantalla, en la sección del destinatario, escribió JAKE. El sistema completó automáticamente la dirección de correo del trabajo de Jake, y Roland pulsó Intro con un pulgar enorme.

Entonces sonó el timbre.

Miró el reloj de la pantalla: 23:34. Diez minutos antes de lo previsto.

Los llamaban héroes por algo.

Arrastrándose fuera del sofá, Roland atrapó la cerveza antes de que se vertiera sobre los cojines, y luego caminó arrastrando los pies hacia la puerta principal. Tras los cristales se veía la tenue sombra azul oscuro del uniforme del repartidor de Domino’s.

Roland abrió. —Hola, tío. No te esperaba tan...

Lo primero que notó fue el color de los ojos del hombre. Negros como el azabache, oscuros, vacíos, pero que también contenían sombras de culpa y arrepentimiento. Las astillas del miedo se grababan en su rostro.

Lo segundo que notó Roland, antes de que el olor a masa, grasa, queso y pepperoni le llegara a la nariz, fue el reflejo de la luz del pasillo captado por la Glock que el hombre sostenía en la mano.

—Adentro —dijo el hombre con frialdad.

A Roland no hubo que decírselo dos veces. Retrocedió hacia el interior de la casa, alzando instantáneamente las manos en señal de rendición.

Siguiéndolo, el hombre hizo un gesto con la pistola en dirección al salón. —Ahí. Ahora.

Roland escuchó la voz del hombre. Reconoció el rastro de un acento. Tenue, discreto, como la voz de alguien que o bien había pasado muchos años en el Reino Unido, posiblemente desde una edad muy temprana, o bien era bueno ocultando su identidad.

Roland entró al salón y se quedó al otro lado de la mesa de centro. Entre ellos yacían el portátil y la cerveza, con un reguero de espuma descendiendo por el lateral de la botella.

—¿Va usted a matarme?

Fue lo único que se le ocurrió preguntar.

El hombre no dijo nada, simplemente señaló el sofá, y Roland se sentó, hundiéndose en los cojines. Allí quedó inmediatamente comprometido. Obstaculizado por su peso y tamaño, le costaría un esfuerzo monumental salir de allí para lanzar un ataque por sorpresa.

—¿Qué quiere? —preguntó—. No tengo dinero.

Excepto por los cincuenta mil que tenía en su cuenta para un imprevisto. Pero el hombre no iba a ponerles las manos encima a esos .

El hombre no dijo nada, consultó su reloj. Roland hizo lo mismo, mirando la hora en el ordenador. De algún modo, habían pasado cinco minutos, y ahora eran las 23:39. Poco más de veinte minutos para que el país diera la bienvenida al nuevo año.

Si es que llegaba a verlo.

Y entonces comprendió por qué el hombre miraba la hora.

—Puede llevarse lo que quiera —empezó—. No tengo mucho pero... lo que sea, es suyo.

—Cállate.

Pasaron cinco minutos y, en ese tiempo, Roland no pensó en nada.

El ordenador de su mente se había apagado y le había dejado solo con una pantalla en negro.

Durante ese tiempo, sin embargo, su asesino había estado ocupado en comparación; había dejado la caja de pizza en la mesa de centro, caminaba de un lado a otro y consultaba su reloj varias veces por minuto.

—Por muchas veces que lo mire, el tiempo no va a pasar más rápido —dijo Roland.

Recibió una mirada gélida y vacía como respuesta.

Su deambular de un extremo a otro de la mesa de centro preocupaba a Roland. O bien el hombre estaba nervioso —encañonando a un hombre por primera vez— o temía ser interrumpido. Quizá los verdaderos repartidores de pizza estuvieran de camino. Los héroes viniendo al rescate.

—¿Estamos esperando a alguien?

Esta vez, obtuvo una respuesta:

—No. Esperamos algo .

—¿Será rápido?

Vuelta al mutismo. Vuelta al deambular. Vuelta a la pistola reluciendo bajo las nuevas bombillas de bajo consumo que había instalado recientemente.

Vuelta a esperar a la muerte.

Y fue una larga espera. Un minuto se convirtió en dos. Dos en tres. Y al poco, sentado allí, aplastado entre sus cojines, empezó a reflexionar.

Nunca había tenido miedo a la muerte; eso se erradicó pronto tras ver por primera vez unas fotos de una escena del crimen. De hecho, le daba la bienvenida. Solo un amigo más que añadir a la agenda.

En cambio, le tenía miedo a la vida.

A lo poco que había experimentado. A lo mucho que había desperdiciado, tirado por el desagüe.

A cómo había fracasado a la hora de construir relaciones duraderas con amigos, colegas y vecinos.

A cómo no había logrado dejar huella en las vidas de otras personas.

¿Quién en el mundo sabría que estaba muerto?

No era nadie, un trozo de celo en la pared: invisible, pero allí mismo, justo delante de ti.

¿Qué tenía que mostrar de su paso por el planeta?

Nada. Una vida insatisfecha.

Entonces se preguntó: si se salvaba esta noche, si le permitían vivir y disfrutar de su cena, ¿qué cambiaría?

¿Iría a ver a los vecinos y conectaría con extraños?

¿Iría al pub después del trabajo con sus compañeros?

¿O seguiría consumiéndose frente al televisor, con su pésima dieta y sus elecciones de estilo de vida?

Lamentablemente, conocía la respuesta: nada cambiaría.

Roland estiró la pierna y, al hacerlo, rozó el portátil. La pantalla se iluminó en el bloqueo y mostró la hora: 23:59.

Un minuto para su muerte.

Sesenta segundos.

La gente suele preguntar: ¿qué harías si te quedara un día de vida, una hora? Pero nadie preguntaba qué harían en un minuto. Posiblemente (¿o era probablemente?) porque pasarían el tiempo intentando pensar en una respuesta, y para entonces ya estarían muertos.

Pero Roland no; él sabía exactamente lo que haría: recostarse, dar un sorbo a su cerveza y cerrar los ojos. La muerte llegaba, la muerte llamaba a la puerta. Pero si no podía oírla ni verla, no tenía por qué abrir.

El sonido de la tapa del portátil al cerrarse lo sobresaltó. El hombre estaba metiendo el portátil en la caja de la pizza. Fuera, comenzaron los fuegos artificiales, con grandes destellos de color iluminando la ventana sobre la pantalla de la televisión.

Allá vamos .

El hombre rodeó la mesa de centro y lo miró, con expresión gélida, carente de emoción. Apoyó la pistola en la sien de Roland; el frío del cañón le abrasaba la carne.

—Lo siento —dijo el hombre.

Roland también lo sentía: sentía haber descuidado las cosas importantes de la vida.

—Gajes del oficio —dijo antes de que el mundo se volviera negro y el sonido de la bala fuera ahogado por las explosiones del exterior.