Parker 43. Govan Shipyards, Glasgow
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43. Govan Shipyards, Glasgow

Govan Shipyards, Glasgow

Nicky

Me reprocho a mí misma mientras veo cómo el gigante encima de mi marido le da una paliza. ¿Cómo he podido ser tan estúpida como para creer que mi plan funcionaría? Ni siquiera era un plan; era una ocurrencia.

No había manera de que yo sola pudiera arreglar este desastre. Cuando recibí el mensaje de Drayton, mis instintos de protección se dispararon. Quería mantener a mi familia lo más lejos posible de ese loco.

Nada más llegar al almacén, cuatro hombres de Drayton nos agarraron. Nos tiraron al suelo y nos desarmaron.

Pensé que podría sacar un cuchillo y apuñalar a los cabrones cuando se acercaran, pero ni siquiera los vimos venir. Nos arrastraron a los dos como muñecos hasta su jefe y nos arrojaron a sus pies.

Drayton se rió a carcajadas de nosotros mientras nos arrodillábamos ante él, y entonces Ebony apareció a su lado. Caminó hacia mí y se agachó para mirarme a los ojos.

—Siempre gano, Nicky —ronroneó, con una sonrisa maliciosa en los labios—. Siempre.

Ahora, Sophie y yo nos escondemos en la esquina oscura del almacén, detrás de los coches. Voy a moverme y ella me detiene, agarrándome del brazo.

—Piensa en Evan —susurra, sonando frenética.

Joel yace inmóvil en el suelo. Drayton está de pie sobre él, apuntando el arma directamente entre sus ojos.

Una sonrisa malvada cruza su cara. Le está hablando al hombre inconsciente bajo él como si estuviera dando un discurso de aceptación en una cena de premios o algo así.

Tiene el rostro animado. Está disfrutando de tener poder sobre su némesis.

Recorro el almacén con la mirada, buscando algo, lo que sea con lo que pueda proteger a Joel. No hay nada. Parece desesperado .

Ebony aparece por una pequeña oficina en la esquina opuesta del edificio y corre al lado de Drayton.

—Para —chilla, agarrándole del brazo—. Yo la quería muerta a ella, no a él. No le mates.

Drayton se la sacude de encima, y ella cae al suelo. Le da una patada en el tobillo y le apunta con la pistola. Ella se encoge, llevándose las manos a la cabeza para protegerse. Dispara. No hay grito; debe de haber fallado. —Conoce tu sitio, zorra —gruñe.

No ha habido disparos en los últimos minutos y los gritos de fuera han cesado. Oímos a Drayton y Ebony hablar mientras sus voces flotan por el vestíbulo vacío.

—Yo decido quién vive y quién muere. —A ella se le abren los ojos de par en par—. Ahora siéntate ahí como una niña buena mientras termino el trabajo.

Vuelve a apuntar el arma a Joel.

—No —grito justo cuando un único disparo retumba en el aire.

Drayton se desploma en el suelo. Ebony aúlla de miedo y sale arrastrándose a la noche a cuatro patas.

Boyd da un paso desde la oscuridad exterior hacia la penumbra, con el arma apuntando al hombre caído. Observo cómo la vida se le escapa a Drayton, la sangre escurriéndose sobre el hormigón. Está muerto. Se me corta la respiración. Por fin está, jodidamente, muerto.

** *

Llevaron a Joel directamente al quirófano. La bala rozó un vaso sanguíneo y necesitó cirugía de urgencia.

Me siento con la cabeza entre las manos, los codos apoyados en las rodillas. La mano de Imelda me acaricia la espalda de arriba abajo mientras esperamos. Boyd pasea por la sala.

—¿En qué cojones estabas pensando, Nicky? —murmura por enésima vez—. No eres invencible, joder.

—Déjala en paz, Boyd —reprende Imelda. Intenta que no se le note el pánico en la voz, pero está ahí. Está preocupada por su hijo. Aterrada ante la idea de perderlo.

—Podrías haberte matado —dice, centrándose en mí—. Por algo tienes seguridad. Por algo te decimos que nos informes de cualquier amenaza. —Me lanza una mirada furiosa.

Ahora veo que Boyd quiere a Joel como al hijo que nunca tuvo. Esta noche le ha sacudido de veras.

—Ignóralo —murmura mi suegra por lo bajo. Su apoyo silencioso es imprescindible esta noche, mi aliada inesperada en la oscuridad.

—Lo siento muchísimo — digo. Llevo horas con las lágrimas corriéndome por las mejillas—. Pensé que iban a matar a Evan.

Miro a mi hijo, que duerme profundamente a mis pies en su sillita del coche, completamente ajeno al infierno por el que hemos pasado. El corazón se me encoge y se me ensancha. Si pierde a su padre esta noche, será culpa mía.

Nunca me lo perdonaré.

Tras cinco horas, el médico entra en la sala. —¿La señora Parker? —pregunta, e Imelda y yo asentimos al unísono.

—Está estable. Pueden verle ya.

***

Joel

Una luz blanca me penetra los párpados. Hay un pitido constante, molesto, retumbando en mi cabeza.

—Debería despertarse en breve —dice una voz masculina—. Hemos reducido el sedante. Estará aturdido, pero debería estar coherente en unos minutos.

—Gracias, doctor —responde mi madre.

¿Doctor? ¿Dónde estoy?

Unos tacones repiquetean en el suelo mientras alguien que supongo que es mi madre pasea por la habitación.

—Siéntate, mamá —dice la voz de Nicky. Me encanta este cambio reciente en cómo se dirige a mi madre. Muestra lo unidas que se han vuelto. El médico ha dicho que se va a espabilar. Hay que tener paciencia. —El taconeo continúa. Nadie más habla.

Intento abrir los ojos, pero pesan. La pequeña tarea requiere un esfuerzo enorme. Cerrándolos con fuerza, empujo hacia abajo y luego intento abrirlos del todo hasta que me quedo mirando un techo en blanco.

—Nicky —susurro, esperando que salga algún sonido.

—¡Doctor! Está despierto —llama ella, alzando la voz.

A los pocos momentos, sus ojos oscuros y sus rizos castaños entran en mi campo de visión. Despacio, giro la cabeza hacia ella: tiene a mi hijo acunado en los brazos.

—Hola, cariño —susurra—. ¿Cómo te encuentras?

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? —pregunto mientras muevo la cabeza con cautela de un lado a otro. Animado, intento mover cada parte del cuerpo, y voy descendiendo para asegurarme de que no me falta ninguna. Llega un hombre alto, de piel oliva y ojos azules, con una bata blanca larga.

—Buenos días, señor Parker —dice con una sonrisa—. Es un placer tenerle con nosotros. Vamos a revisarle y luego su familia podrá ponerle al corriente de los detalles.

***

Tras un examen minucioso, estoy incorporado en la cama, apoyado por almohadas y colocado hasta las cejas de analgésicos. Nicky está sentada en una silla a mi lado, mi mano apretada en la suya.

Evan está en brazos de su abuela, que pasea por la habitación contándole historias. Boyd se sienta a mi otro lado con una sonrisa de oreja a oreja y una brecha enorme en la frente.

—Hemos cazado al cabrón —dice alegre—. Drayton está en el río.

La puerta de mi habitación se abre de golpe y Sophie entra corriendo.

—¡Oh, joder, menos mal que no estás muerto! —grita, lanzándose hacia la cama. Se detiene y me mira, una enorme sonrisa extendiéndose por su cara—. Gracias por salvarnos. No volveré a decir nada malo de ti.

Alzo una ceja. —¿Dices cosas malas de mí?

—Bueno, eres un tipo malo —dice con un encogimiento de hombros, y me echo a reír.

—Con calma, Soph —sisea Nicky—. Se ha despertado hace solo una hora.

Sophie saca la lengua y Nicky le da un manotazo en el hombro. Las dos se ríen, luego Sophie se retira junto a Imelda y se suma al cuentacuentos de Evan.

—Vais a tener que contarme qué ha pasado —digo, volviendo la atención a Boyd y Nicky.

—Después del puto desastre del coche —dice Boyd.

—Oh, fue horroroso de narices —se entromete Sophie. Nicky le lanza una mirada fulminante por interrumpir.

—Como iba diciendo —continúa Boyd—. Después del coche, Nicky consiguió zafarse y dar la alarma de que era una trampa.

Los hombres de Drayton estaban escondidos en los edificios de alrededor, al acecho.

La idea era que, cuando todos tuviéramos la vista clavada en el coche, ellos atacarían por detrás.

—Se pasa la mano por la cabeza—. Nuestros hombres se giraron a tiempo para disparar.

Alguien te dio en el cuello justo cuando Nicky gritó.

—¿Cuántos hombres hemos perdido? —le pregunto.

—Cuatro. Pero nos llevamos por delante a Drayton y a otros diez. Todos están pudriéndose en el fondo del Clyde. El resto se dispersó y se ha escondido, pero por lo que veo, cazamos a los cabecillas.

—¿Y Ebony? —La realidad de que mi amiga de toda la vida me traicionara me duele hondo. Tras años trabajando juntos y apoyándola, duele en el alma que formara parte de un complot contra nuestra familia.

—Está en Parker Fashion —dice—. Hasta que decidas qué hacer con ella. Mañana viene un psiquiatra para evaluar los daños. Mi sugerencia sería ingresarla en una unidad privada segura por el momento. Tendrá información. Con Drayton muerto, no tiene adónde huir.

—¿Sabemos por qué? —Se encoge de hombros—. Después de todo… —Mi voz se apaga.

—Mi mejor apuesta es la vieja y conocida envidia.

Fuimos a su piso y aquello es un santuario a ti y a todo lo relacionado con Parker Fashion.

Fotos, recortes de periódico y cartas de amor sin enviar.

Su diario está lleno de ideas de locos. —Me tiende una libretita rosa—. Léelo cuando te veas con fuerzas.

Cambiando de tema, apremio: —¿Hemos perdido a algún hombre de la casa? ¿Hay alguien de quien haya que ocuparse?

—Está todo controlado. —Se inclina y me aprieta la mano—. Tú céntrate en ponerte bien, en volver a casa. Déjame el negocio a mí. Y la próxima vez, Joel, no te pongas delante de una bala. —Me guiña un ojo y se levanta de la silla.

—Imelda, Sophie, dejad que estos dos se pongan al día. —Se acerca a mi madre y le pasa un brazo por la cintura—. Invito yo: un café y una magdalena. La cafetería no tiene tan mala pinta.

Los tres se van con mi hijo, cerrando la puerta con cuidado detrás de ellos. Mis ojos vuelven a la mujer a mi lado. Ríos de lágrimas le marcan la piel.

—Tienes una pinta horrible —digo, y ella suelta una risita.

—Tú tampoco estás para tirar cohetes —replica con una media sonrisa.

Le doy unas palmaditas a la cama para que se siente a mi lado. Por una vez, hace lo que se le dice y yo me aparto un poco para dejarle sitio. Nos miramos durante una eternidad.

—Pensé que te había perdido —murmura, y luego posa un beso suave en mis labios—. Lo siento muchísimo.

Niego con la cabeza.

Ya no importa.

Estamos aquí los dos.

—¿Has leído esto? —pregunto, levantando el cuaderno rosado. Ella asiente—. ¿Quiero leerlo? ¿O me haces un resumen?

—Estaba enamorada de ti —dice, con la voz suave—. Y entre su matrimonio fallido, lo nuestro, mi éxito en el trabajo y luego tu rechazo, hizo clic. —Se retuerce los dedos—. Sé lo que se siente, Joel. Yo he estado ahí. Mi padre murió por eso.

Mis ojos recorren su cara buscando orientación.

—Nunca hubo nada entre Ebony y yo —le digo.

—Lo sé —susurra—. Pero sé lo que se siente estar enamorada de ti. Y no poder tenerte a mí también me volvería loca. Cuando hables con ella, intenta no ser demasiado duro. Está rota.

Frunzo el ceño. No me sale la compasión tan fácilmente, pero lo último que quiero es discutir con la mujer que tengo delante. Ya me ocuparé de Ebony cuando la vea, quizá después de que pase una temporada en una unidad de salud mental.

—Lo pensaré.

Gime quedamente y me centro en ella. Respira hondo para controlar las emociones.

—Ha sido por un pelo. Casi no lo cuentas.

—Pero lo he contado —la tranquilizo—. Estoy aquí.

Me besa como para asegurarse.

—Te quiero, Joel Parker.

—Me alegra oírlo —susurro—. Porque estás atada a mí. Y ahora, además, voy a exprimir lo de ser un inválido una temporada. Piensa en toda la sopa de pollo y el sexo de convalecencia que me van a tocar en la recuperación.

Suelta una risita.

—Nicky —digo, sincero—. Después de todo esto. Toda la mierda y el horror que has vivido por mi culpa. No puedo creer que sigas aquí. ¿ Cómo he llegado a merecer a una mujer como tú?

—¿A una exconvicta? —dice, y me da un puñetazo juguetón en el brazo—. Sí, conmigo apuntaste alto.

—Apunté a las estrellas y me llevé el universo.

Se queda callada y nos miramos. De verdad nos miramos.

—Juntos o separados, cariño. Siempre has sido tú. Tienes mi corazón, siempre. —Tenemos las manos entrelazadas, ninguno queriendo soltar al otro.

—Solo quiero llevarte a casa —dice—. A salvo en nuestra cama, conmigo.

—Pronto, cariño. El médico dijo que en unos días.

—No es lo bastante pronto. ¿Cómo voy a cuidarte aquí? Quiero estar a tu entera disposición.

Alzo una ceja y esbozo una sonrisa ladeada.

—Hay una cosa que podrías hacer por mí para que me sienta mejor.

Ella me dedica una sonrisa sugerente. —¿Y qué es, señor Parker?

—Cásate conmigo. Otra vez.

Ella ríe entre lágrimas. —Me casaría contigo cada día si pudiera.