Parker 12. Lybster, las Tierras Altas de Escocia
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12. Lybster, las Tierras Altas de Escocia

Lybster, las Tierras Altas de Escocia

Nicky

Joel llamó a su madre exactamente hace ciento cincuenta y dos minutos.

Puse el cronómetro. Ella sigue gritándole.

Le hago señas para que cuelgue, pero él sacude la cabeza.

Me dijo que tendría que aguantar todo el veneno que ella le soltara.

Ladraba más de lo que mordía, y la necesitaba de su lado para enfrentarse a su padre. Al final, corta la llamada.

—¿Bueno? —le apremio.

—Podría haber sido peor —dice.

Me río. —¿De verdad?

—Al cien por cien. Mi padre quiere hablar conmigo. Tengo que estar en su despacho el lunes por la mañana. Sin excusas.

—¿Han aceptado que no te vas a casar con ella? —pregunto, incapaz de ocultar la esperanza en mi voz.

Asiente, pero no con rotundidad. —Esa es mi impresión. —Gira la cabeza para soltar la tensión del cuello.

Sus músculos ondulan bajo la piel mientras lo observo.

—Eso espero —murmura, casi para sí.

***

Nuestro segundo día en nuestro escondite transcurre sin incidentes, y los teléfonos de ambos permanecen en silencio.

La gente ha captado el mensaje. Queremos que nos dejen en paz.

Mañana por la noche nos veremos obligados a abandonar este santuario y volver a Glasgow para afrontar las consecuencias de nuestras acciones, para volver a enfrentarnos a nuestra familia y a nuestros amigos.

El viento y la lluvia por fin han amainado, así que nos atrevemos a dar un paseo por el campo.

La temperatura no es precisamente cálida, pero al menos no necesitamos los chubasqueros.

Caminamos de la mano por la hierba alta.

De vez en cuando, un cardo morado asoma entre el verdor.

No hay nada ni nadie en kilómetros; todo lo que se oye son las olas lamiendo la orilla y el canto de los pájaros.

Encontramos un sendero que serpentea hasta la playa bajo la cabaña; la marea ha bajado. Al caminar por la arena húmeda, el aire salado me llena los pulmones. Aquí me siento completamente libre. Nadie puede tocarme.

—Mira —dice Joel—. Una cueva. Vamos a explorarla.

Me hace reír su entusiasmo. De pie delante de mí, salta de un pie al otro, esperando mi respuesta. Poniendo los ojos en blanco, asiento, y me agarra de la mano, guiándome hacia el acantilado.

—Guau —se entusiasma—. ¿A que es increíble? Me pregunto si los contrabandistas la usarían en el pasado.

—¿Vas a inventarte lo que no sabes? —pregunto, y él me dedica una sonrisa.

La cueva se adentra en el acantilado; no se ve el fondo. Me quedo en la boca, y los nervios me bailan en el estómago. Un olor a humedad emana de la roca, y una baba oscura cubre las paredes. Joel pasea la linterna del móvil, iluminando el espacio mugriento.

—Mira esto —grita—. El corazón se me ensancha un poco.

Suena como un niño en una tienda de chuches.

—Hay grabados en las paredes. ¡Alucinante!

Me pregunto qué son y quién los hizo. Quizá tengan miles de años.

—Se habla a sí mismo mientras observa las marcas oscuras de la piedra.

Entorno los ojos; apenas consigo verlas.

—¿Seguro que no son solo marcas del agua en la piedra? —pregunto.

—Tsk —chista entre dientes—. Mira de cerca, eso es un toro.

Señala un remolino de arañazos. Me encojo de hombros. Que crea lo que quiera.

Parece que pasan horas. Joel examina cada rasguño y cada marca que encuentra. Saca fotos y toma notas en el móvil. Ver este lado suyo enternece. Es tan masculino, sexual y dominante. Verle flipar como un fan con unos grabados antiguos lo muestra bajo otra luz, más suave.

—Uf —escupo—. Tengo los pies mojados. No vi ese charco. —Entonces miro hacia abajo y veo que el suelo de la cueva se está llenando de agua. Rápido. ¡Joel! —grito, presa del pánico—. Está subiendo la marea.

Como el día en que la puerta de mi celda se cerró de golpe, el agua se nos echa encima. La libertad del exterior se desvanece en un instante, y aquí está, pasando otra vez. La oscuridad remolina a mi alrededor, amenazando con ahogarme de una vez por todas.

El pánico, esa vieja sensación conocida, me sube por dentro junto con la marea. Se me enrosca alrededor de las costillas como una cadena que me ancla al sitio donde estoy.

Los ojos de Joel vienen a mí y luego a la entrada de la cueva. La playa ha desaparecido, sumergida bajo el mar oscuro. Me quedo helada, mirando cómo el agua avanza y retrocede mientras nos lame los tobillos. Joel me pasa el brazo por la cintura y aprieta para llamar mi atención.

—Sígueme —me ordena—. No te asustes. Estaremos bien.

—No sé nadar —balbuceo.

Vacila, y lo veo. Miedo de verdad. No por él, sino por mí. Aprieta la mandíbula y exhala con fuerza.

—Entonces nadaré por los dos —dice.

Es valiente. Estúpido, quizá. Pero así es Joel.

Una parte acero, una parte temeridad. Y si tiene miedo, lo disimula bien.

Y, de alguna manera, ya confío en él. Puede que eso me haga tan temeraria como él, pero no me asusta, aunque debería.

Toma la delantera, y camino detrás con las manos bien trabadas en su cinturón.

—No me sueltes —dice. Salimos vadeando por la boca de la cueva; el agua enfurecida ya nos llega a las rodillas.

Sobre nosotros, el cielo se ha oscurecido, y redobles de trueno, enfurecidos, retumban.

Tenemos un paseo de cien metros por la playa hasta el sendero —me dice.

Su voz es fría y autoritaria—. La marea seguirá subiendo rápido.

Tenemos que seguir moviéndonos. Nicky, no me sueltes.

El agua me araña las piernas, cada ola más fuerte que la anterior. Resbalo una vez, se me afloja el agarre en su cinturón, pero Joel me arrastra hacia delante.

—Aguanta —gruñe por encima del hombro—. No me sueltes.

Aferro los dedos con fuerza, agarrándome por todo lo que valgo mientras avanzamos a través del mar, que ya nos llega a los muslos. Me arden los pulmones. El aire salado me escuece en la garganta. Cada paso es como escapar de arenas movedizas.

Por fin, trepamos por las rocas hasta el sendero. El corazón me golpea en el pecho, como si fuera a romperme el esternón. Exhausta y desquiciada, lo único que quiero es volver a nuestra buhardilla apartada. Joel me rodea con el brazo, toma el control y me guía de vuelta a nuestro escondite.

Dentro, goteamos sobre el suelo de madera, tiritando y sin aliento.

—Estás helada —dice al entrar en el salón—.

Vamos a ducharnos. —Desaparece en el baño, y la ducha carraspea al ponerse en marcha—.

Levanta los brazos, tenemos que darte calor —me indica cuando vuelve, tirando de mi jersey por encima de la cabeza.

Poco a poco, me quita cada prenda que llevo, dejándolas en el suelo hasta que me quedo desnuda delante de él.

Y solo con mirarle ya me siento a cien grados.

Sus ojos hambrientos bajan hasta mis dedos de los pies y luego suben despacio por mi cuerpo, examinando cada centímetro de mi piel. —Ve entrando en la ducha. No tardo nada.

Meterme bajo el agua hirviendo me trae un alivio instantáneo a los huesos helados.

Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás, dejando que el líquido me recorra el cuerpo.

Le siento detrás, me rodea la cintura con los brazos y acomoda su polla, que va creciendo, entre mis nalgas.

Nos quedamos disfrutando de la sensación del agua corriéndonos por la piel, entrando en calor con la ducha y con el contacto del otro.

Giro para mirarle de frente, le sonrío a mi hombre guapo a través del chorro, y él deja un beso en mi frente. Echa un poco de gel en las palmas y me masajea los pechos; sus manos enjabonadas me limpian la piel. Nos tomamos nuestro tiempo para cuidarnos, borrando los restos del océano.

No hay prisa esta noche. Tenemos toda la noche para estar juntos. Los sentimientos que pasan entre nosotros son fuertes y desconocidos para ambos, pero no tengo ninguna duda de que él es mi hombre .

De vuelta en el dormitorio, nos tumbamos en la cama, y él va dejando un rastro de besos por mi cuerpo.

Empieza en el cuello, baja por mis pechos y mi vientre, y acaba entre mis piernas.

Me mima cuando hacemos el amor, dándome siempre una atención desproporcionada.

Esta noche quiero hacer algo especial por él.

Me escurro de debajo de su cuerpo, y él frunce el ceño, confundido.

—Siéntate en la silla —le digo, y se le dibuja una sonrisa en los labios.

—¿Quieres mandar tú esta noche, bebé? —alza una ceja, y yo me muerdo el labio con teatralidad.

—Siempre mando yo, señor Parker. Tú solo no te enteras.

Entorna los ojos, juguetón, pero hay algo más en ellos también. Como si viera más allá de la broma hasta las partes de mí que aún tiemblan. Y quizá por eso quiero llevar la batuta esta noche. No solo para tentarle, sino para demostrarme que ya no me estoy ahogando.

Cuando se sienta, enmarcado por la silla de cuero rojo, está increíble, como un dios del sexo esperando a ser follado.

Y lo será, a conciencia. Se recuesta, relajado, con las piernas abiertas y su dureza apoyada contra el vientre.

Se me dilatan las pupilas al contemplar la visión frente a mí, toda para mí .

No digo nada; me acerco a gatas, queriendo aumentar su excitación haciéndole esperar.

Sus ojos se oscurecen y se pasa la lengua por el labio inferior.

Yo me muerdo el mío y él gruñe por lo bajo, acomodándose en el asiento.

Con una mano, se acaricia el miembro y me dedica una sonrisa guarra.

Niego con la cabeza y le hago un gesto con el dedo.

—Niño malo —ronroneo—. Ese es mi trabajo. Manos fuera de la herramienta. —Le tomo las manos y se las coloco en los brazos de la silla—. No las muevas o paro.

Al caer de rodillas entre sus piernas, le tomo la polla con las manos, se la acaricio a propósito y luego paso la lengua por el glande.

Sabe a gloria. Alzo la mirada hacia él y me meto su polla en la boca, después recorro con la lengua todo el tronco.

Él gime en respuesta, y yo sonrío por mi picardía.

Este hombre saca la puta que hay en mí. Tras provocarle un poco más, sus ojos se oscurecen aún más a medida que se desespera por estar dentro de mí.

Cuando me aparto del todo, se sobresalta. Me pongo de pie y le doy la espalda; luego me agacho y toco los dedos de mis pies para ofrecerle una vista completa de mi coño, hinchado y húmedo, listo para recibirle. Esta será su perdición. Giro la cabeza y le dedico una sonrisa dulce.

—Ven aquí de una puta vez —gruñe .

Obedeciendo, me siento a horcajadas en su regazo y me froto contra su polla, dejando que mi humedad se extienda entre los dos.

—¿Estás lista para que te folle, cariño? —susurro, y él me muerde el cuello con fuerza en respuesta. Incorporándome, me ensarto en su polla, meneando las caderas para ir bajando sobre él. Me llena, y se siente jodidamente bien.

Me muevo despacio, pero el ritmo se acelera; ninguno de los dos puede controlar el impulso primario de follar.

Mis pechos quedan libres y rebotan mientras lo cabalgo con fuerza.

Él coloca las manos en mis muslos, animándome a ir más rápido, más duro, más.

Alcanzamos el clímax a la vez, aferrándonos el uno al otro mientras las sensaciones nos recorren el cuerpo.

La electricidad entre nosotros es palpable.

Horas después, yacemos en la alfombra de pelo, enredados el uno en el otro. Nuestra conversación es intensa; hablamos de cómo creemos que será la semana que viene cuando volvamos a Glasgow. Trazando con los dedos la definición de sus abdominales, me pierdo un momento en mis pensamientos.

—Nicky —dice, devolviéndome la atención—. ¿Lo sientes? ¿Lo que tenemos? Le sonrío y me inclino para besarle la mejilla como respuesta. Tú y yo, simplemente encajamos. Es como si hubiera encontrado la pieza que le faltaba a mi rompecabezas.

—Y tú para mí. Nunca me he sentido tan querida y deseada. —Él busca mi mano y entrelaza nuestros dedos—. Este fin de semana ha sido caos y calma y todo lo que hay entre medias. Y sé que la gente pensará que estamos locos. Que hemos ido demasiado rápido. Pero me da igual.

Sus ojos se encuentran con los míos, firmes.

—Las consecuencias van a ser complicadas, pero hablo en serio contigo, Nicky. Estoy dispuesto a arriesgar mi familia, mi negocio y mi vida por lo nuestro. Eres la persona más importante de mi vida. Puede que solo hayan pasado días, pero lo que siento por ti perdurará vidas enteras.

—La marea ha intentado atraparnos hoy. Como mi pasado, pero no dejaste que me arrastrara hacia el fondo. —Trago saliva, la emoción me aprieta la garganta—. Yo también te quiero.

Se hace un latido de silencio. Su pulgar acaricia el dorso de mi mano una vez. Dos. Luego lo dice, tan suave que casi no lo oigo.

—¿Te casas conmigo?