10. Parker Fashion, Glasgow
Parker Fashion, Glasgow
Joel
La sala de juntas está a rebosar, cuerpos sudando bajo trajes caros. Es viernes por la tarde y mi padre nos ha convocado sin avisar. Cualquiera con un ápice de responsabilidad en el negocio debe asistir hoy a una reunión improvisada. El día antes de mi supuesta boda.
En la esquina, un maniquí aparece cubierto de seda blanca. Un vestido de novia. Sin duda un mensaje sobre la boda a la que no pienso asistir.
Doy una vuelta por la sala, asintiendo a cada persona. Hablan con educación, pero no invitan a conversar.
Al cabo, después de haber estado esperando veinte minutos, mi padre decide honrarnos con su presencia. La puerta se abre de golpe y se estrella contra la pared al topar con el tope. Se detiene y sus ojos vuelan hacia el origen del ruido.
—Que alguien arregle de una vez esa maldita puerta —gruñe, sin mirar a nadie en concreto.
Varios empleados garabatean en cuadernos, como si añadieran la tarea a su lista.
Ebony y mi madre entran detrás de él, ambas con los hombros echados hacia atrás y la barbilla alta.
—Sentaos todos. Tenemos asuntos que tratar.
Todos los asistentes corren a sus asientos. Los observo mientras intentan sentarse con calma, pero la tensión en el aire es inconfundible. Mi padre no convoca reuniones así por capricho. O tiene un problema que tratar o quiere dejar clara una idea. Apuesto por lo segundo.
Voy y me siento al lado de mi madre. Me dedica una sonrisa tensa, pero no dice nada. Mi padre no reconoce ni que exista. Ebony ordena el montón de papeles que ha traído a la mesa, luego alza la vista y sonríe de oreja a oreja.
—Qué detalle que te unas a nosotros, Joel. Mi nombre le sale de la lengua con facilidad, como lleva haciéndolo desde hace décadas. —Sentimos interrumpirte la agenda. Frunzo el ceño. —Solo bromeo. Tienes cara de haber tragado una avispa.
Mi padre empieza la reunión y medio espero que me señale desde la primera frase.
Pero no ocurre. Habla de ingresos y gastos, subrayando preocupaciones que tiene tras revisar los últimos informes de pérdidas y ganancias.
De vez en cuando me lanza alguna pregunta, pero la mayor parte del tiempo se centra en los mandos intermedios, pidiéndoles que justifiquen costes.
En momentos así valoro lo despierto que sigue estando mi padre y lo cerca que se mantiene del negocio.
Solo cuando empiezo a relajarme se fija en mí. Ebony carraspea un poco justo cuando me pilla mirando el móvil, esperando un mensaje de Nicky. La dejé arropada en la cama a la hora de comer después de que me dijeran que viniera a trabajar. Cada parte de mí preferiría estar allí con ella.
—¿Somos una molestia, chico? —el tono despiadado de mi padre me atraviesa los pensamientos. Alzo la vista y miro directo a los ojos del hombre en el que más debería confiar. Su uso del apelativo condescendiente no pasa desapercibido, y se oyen risitas alrededor de la mesa.
—¿Qué necesita, padre? —reuniendo valor de no sé dónde, le sostengo la mirada—. Se supone que hoy es mi día libre. — Se le curvan los labios, a medio camino entre divertido e irritado.
—Se supone que pasan muchas cosas, Joel.
No siempre es así —dirige la atención al personal que aún sigue sentado a la mesa—.
Fuera —ruge, despidiéndolos a todos con una palabra.
Aprovechan para salir pitando mientras pueden.
Una vez se cierra la puerta, se recuesta en la silla, estira los brazos por encima de la cabeza como si soltara tensión—. Te lo dirá Ebony.
Ebony rebota en el asiento, encantada de poder llevar la voz cantante. Mi madre alarga la mano por debajo de la mesa y me coge la mía. Sus dedos se entrelazan con los míos y aprietan. El gesto suave me pilla por sorpresa.
—Tenemos que hablar de los últimos preparativos para mañana —dice Ebony.
—¿Qué preparativos?
Me ignora. —Habrá prensa fuera de la catedral. Asegúrate de saludarles. He movido algunos hilos para tener a los mejores fotógrafos posibles en el lugar. —Mira a mi padre, que la recompensa con media sonrisa. A ella se le ilumina la cara.
—No estaré en la catedral. —el agarre de mi madre se intensifica—.
Estás obligado —gruñe mi padre, con un trasfondo de furia burbujeando debajo.
Era un sonido tan habitual durante mi infancia, el aviso de que tocaba salir de la habitación y no entrar al trapo.
El miedo que vivió en mi pecho durante décadas asoma, pero lo empujo hacia abajo.
—Ya le hice saber mi decisión. No me casaré con Eliza. Ella lo sabe.
Parte de mí supone que este es el último intento de mi padre por salirse con la suya. No hay ninguna posibilidad de que permitiera que la boda siguiera adelante por si a mí me da por presentarme. Pero, claro, es un hombre acostumbrado a salirse con la suya por cualquier medio necesario.
—Mañana eliges. Decides si eres un Parker o un lastre —hace una pausa y añade—. Elige bien, chico. —Se levanta, empuja la silla con tanta fuerza que se desliza por el suelo. Y sin una sola mirada ni otra palabra, se marcha.
Ebony recoge sus cosas y se pone en pie. Las estrecha contra el pecho, con una expresión mezcla de asombro y miedo. —Ten cuidado. —Su tono es quedo, como si no supiera si me está advirtiendo o ya está de luto por mí.
Mi madre sigue sujetándome la mano en silencio.
Nos sentamos lado a lado, sin que ninguno sepa qué decir.
Al cabo de unos minutos, llevo su mano a mis labios y deposito un beso leve, luego la suelto y me voy.
Al cerrar la puerta, oigo el sonido inconfundible de una mujer llorando.
Me duele el corazón por mi madre, pero me niego a ser como ella.
Me niego a atarme a un matrimonio sin amor.
***
—He oído que hay que darte la enhorabuena —dice Drayton, sacando un cigarrillo del paquete y encendiéndolo. Aspira hondo y luego sopla el humo frente a él—. Un hombre casado para mañana por la noche, ¿eh? —Alza una ceja como si supiera mucho más de lo que deja ver.
Drayton trabaja para mi padre desde hace tanto como Boyd, y tiene una cicatriz desgastada en la mejilla que lo demuestra.
Los dos supervisan el lado más oscuro de Parker Enterprises, el lado en el que no quiero meterme.
Hoy me pidió vernos para comentar unas complicaciones que han estado ocurriendo dentro de las paredes de Guilty Secrets estas últimas semanas.
No respondo a su pulla. No necesita saberlo. Además, seguro que solo está pescando información, probablemente por encargo de mi padre. Yo quería vernos en Parker Fashion; él insistió en quedar aquí.
El club de caballeros está en la última planta de un hotel boutique que poseemos en la ciudad.
Está en una zona residencial, y solo pasan de la verja los invitados.
La antigua casa señorial se alza en más de un acre de jardines cuidados.
Una fuente enorme crea una rotonda frente a la entrada para que los coches de alta gama den la vuelta al dejar a sus clientes.
Unas columnas de arenisca a ambos lados de la puerta de madera oscura señalan adónde deben dirigirse los clientes.
La única indicación de dónde están es una pequeña placa de latón: Guilty Secrets.
Drayton y yo subimos los escalones de piedra y la puerta principal se abre antes de que lleguemos. Una morena alta, con corsé negro y falda roja ceñida, abre de par en par. —Buenas noches, señor Parker —ronronea—. ¿Le interesa un poco de entretenimiento personal antes de su reunión?
Alzo una ceja. Nunca pruebo el género. No es lo mío, salvo un par de veces en plena adolescencia, cuando mi padre me trajo aquí para “hacerme un hombre”. Perder la virginidad con una prostituta no me abrió el apetito por acostarme con el personal; logró justo lo contrario.
—No, gracias. Solo asegúrese de que no nos molesten. Asiente y sale corriendo.
El despacho de Drayton está en la última planta, dentro del club.
Todo rezuma clase y dinero. Este local atrae a hombres que desean un entorno de calidad y productos de alto nivel.
El escenario está en el centro de la sala con una barra plateada que va del suelo al techo.
A su alrededor hay enormes sofás de cuero dispuestos en grupos de hasta diez.
Celebridades locales, empresarios y políticos celebran muchos tipos de reuniones aquí los viernes por la tarde.
Al fondo, una barra cromada recorre toda la pared.
El espejo de detrás refleja las lucecitas que centellean desde el techo.
Las chicas que trabajan aquí llevan lo mínimo, la mayoría pavoneándose en tangas diminutos y tacones de vértigo.
Operamos con una política de no tocar salvo que se acuerde lo contrario, y esos acuerdos solo tienen lugar abajo, en las habitaciones privadas del hotel.
No puedes reservar una habitación por internet sin más.
Examinamos a todos nuestros huéspedes en busca de discreción y solvencia.
Una puerta oculta detrás de la barra conduce al despacho.
El club se está llenando de clientes en busca de diversión.
Me deslizo tras la superficie pulida y empujo la puerta.
Drayton entra con aire despreocupado detrás de mí y va directo a servirnos una copa a ambos.
Capullo. Sabe que estoy sobrio. La rechazo con un gesto.
Se sienta en la butaca de cuero oscuro, pone los pies sobre el escritorio y fuma. —Debo de estar en problemas si te has rebajado a venir a verme. ¿Es una advertencia?
—Has sido tú quien me ha pedido que viniera —murmuro—. ¿Qué coño está pasando, Drayton? Este sitio no me da más que dolores de cabeza. O te pones las pilas o buscaré otra dirección.
—Estas cosas pasan —dice con una mueca—. La gente cuyo dinero aceptas implica que va a haber incidentes.
—Una visita de la policía cada puta semana es algo más que un incidente —suelto entre dientes—. ¿Qué querías tratar?
Justo entonces me doy cuenta de que hay hombres detrás de mí. Cuando me giro, mi padre está rodeado de los suyos. Miro entre todos, una mezcla de amigos, familia y personal. Todos tienen una copa en la mano y la alzan en mi dirección.
—No pensarías que te iba a dejar casarte sin despedida de soltero —arrastra mi padre, ya medio pedo—. Missy te está esperando en la habitación tres. —Los cabrones se miran unos a otros, con sonrisas sucias escurriéndoseles por la cara.
Se me tensa la mandíbula, atónito. Miro de mi padre a Drayton y de vuelta al hombre que me creó. De Boyd no hay ni rastro. Mi padre da tres pasos hacia delante y me agarra del hombro. Me machaca el músculo bajo los dedos.
—Ahora, baja, chico. Fóllate a una puta y mañana te levantas y te casas con la futura madre de tus hijos.
—Me suelta, se vuelve y alza los brazos.
El whisky salpica por el borde del vaso.
—Bien, hombres, vamos a divertirnos. Todos se empujan para salir del despacho y llegar antes a la “diversión” de fuera.
Sin esperar a que pase más mierda, palpo el bolsillo para asegurarme de que las llaves del coche están donde las dejé y salgo del edificio sin mirar atrás.
Que beban. Que follen. Yo, en cambio, elijo la guerra.
***
Ya ha anochecido cuando vuelvo a mi despacho. La mayoría del personal se ha ido. Nadie me interrumpe. Después de la reunión de hoy, se mantienen fuera de mi camino. Ser el apestado tiene sus ventajas.
Pienso en Nicky y en la forma en que se ha tirado a la piscina. Eres el mejor polvo que he tenido en mi vida, y no voy a dejarte marchar sin pelear. Eso me hizo reír. En cuestión de semanas he pasado de estar solo a tener a alguien a mi lado dispuesto a luchar. Alguien con quien veo un futuro.
No puedo creer que se quedara. Necesitando algo de conexión, cojo el móvil y le envío un mensaje rápido.
Sigo pensando en ti. Estaré en casa pronto. Sigue siendo intrépida por mí.
Mientras espero su respuesta, un golpe en la puerta me pilla por sorpresa. Louise, de recepción, la empuja para abrir, sin su sonrisa habitual. Se acerca sin mirarme a los ojos y me ofrece el sobre blanco que lleva en la mano .
—De tu madre —dice, solemne—. Para tu gran día de mañana.
Tomo el sobre como si fuera a quemarme. Louise observa mis manos mientras deslizo la tarjeta fuera de su funda. No la oigo salir, demasiado absorto mirando el mensaje entre mis dedos.
‘Buena suerte’ es el mensaje perfecto: neutral. Vacío. Seguro.
La cuestión es… ¿obedezco las exigencias de mi padre y me caso por el bien de la familia, o voy en contra de todo lo que defienden los Parker y agarro el amor con ambas manos?
Elija lo que elija, algo se rompe.