Parker 9. Casa de Joel Parker, Glasgow
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9. Casa de Joel Parker, Glasgow

Casa de Joel Parker, Glasgow

Nicky

Su madre irrumpe en la casa como una loca, chillando a pleno pulmón. Esta es mi primera introducción a Imelda Parker en todo su esplendor. Sus tacones repiquetean en el suelo de madera mientras corre por el salón.

—Joel —chilla—. ¡Joel! Soy tu madre. Ven a hablar conmigo ahora mismo.

Seguimos enroscados el uno en el otro arriba, en nuestra gigantesca cama king size.

Joel pone los ojos en blanco y desenreda sus piernas de las mías.

Le hago un puchero. Me avisó de que pasaría, que ella aparecería a degüello en cuanto se enterase.

Ha cogido una semana libre en el trabajo para mudarme y ayudarme a instalarme, fingiendo estar enfermo.

Mientras observo a salvo bajo las sábanas, se pone los calzoncillos tipo bóxer y sale al pasillo de la planta de arriba.

Al mirar mi reflejo, le dedico una sonrisa traviesa al espejo suspendido sobre la cama.

Los recuerdos de su culito embistiéndome hasta dejarme sin sentido anoche revolotean por mi cabeza.

Ha sido una incorporación excelente al dormitorio esta semana, porque ahora puedo verlo desde todos los ángulos. Cada rasgo perfecto.

—Madre —dice, con voz templada, pero la rigidez de sus hombros le delata. La tensión chisporrotea a su alrededor como electricidad estática—. La llave que te di era solo en caso de emergencias, ¿qué haces aquí?

—Esto es una jodida emergencia —chilla—. ¿Has perdido la cabeza, Joel? Trayendo a casa a una chica que apenas conoces.

—No es asunto suyo —responde con voz cortante—. Tienes que irte.

-¿que no es asunto mío? Replica fuera de sí.- Eres mi hijo, y mi trabajo es protegerte de desciciones impulsivas de muertas de hambre y de tí mismo.

Exhala despacio, evidentemente luchando contra las ganas de estallar. —Ya no soy un adolescente, Madre.

—estás actuando como uno.

—He dicho que te vayas —replica, más frío—. Hablaré contigo más tarde. Ahora mismo quiero volver con mi novia.

—¿Y Eliza? —ladra.

Silencio.

Se me eriza la piel. ¿Eliza? ¿Quién coño es Eliza?

Joel no mencionó a nadie. Se me revuelve el estómago. ¿Soy un rebote? ¿Un ligue de paso? ¿La otra? Por supuesto que hay una mujer. Una mujer de verdad. Los hombres como Joel no acaban con chicas como yo. No para quedarse. Soy una novedad. Una historia que contarle a sus hijos cuando sea viejo.

Una historia salvaje que disfrutar antes de volver a la vida que tiene tallada y a una esposa que encaja en el molde. Eliza. Apuesto a que es perfecta, pulida incluso. Del tipo que nunca ha llevado esposas, salvo por diversión.

—Joel —vuelve a chillar—. ¿Qué pasa con Eliza? Vas a casarte.

Las palabras me atraviesan el corazón. Comprometido. Está comprometido.

Es como si el suelo se abriese bajo mis pies. Un minuto estoy flotando y al siguiente me precipito a toda velocidad. Comprometido. La prueba de que soy un parche me da de lleno entre ceja y ceja. Mi madre tenía razón.

Las lágrimas escuecen ante este giro inesperado. ¿Cómo he podido ser tan estúpida como para pensar que en una semana podría conocer a un hombre, mudarme con él y que sería mi amor verdadero? Mi alma gemela. Mi futuro.

Me acerco sigilosamente al rellano. Su cuerpo está rígido, los dedos poderosos aferrados a la barandilla, mirando hacia su madre en las escaleras.

Le tiembla la mandíbula. Parece listo para matar a alguien.

En cuanto nuestras miradas se cruzan, algo cambia.

La tristeza le atraviesa el rostro y niega con un leve gesto.

No deseo otra cosa que creerle, pero ¿cómo puedo cuando el nombre de Eliza me taladra los oídos? Rugiendo como una alarma. ¿Soy tan solo un error del que arrepentirse cuando la realidad le estalle? ¿Un desastre andante que ha hecho añicos su vida curada al detalle por un impulso?

—Madre —gruñe. Su voz, controlada pero letal. Eliza y yo hemos terminado. Desde hace semanas. La boda no va a celebrarse. ya lo sabes.

Ella intenta interrumpirle, pero él la pisa: —Siento que el fin de nuestra relación haya provocado problemas entre nuestras familias, pero ambos sabemos que era de cara a la galería. No había amor. Nunca lo hubo. Ahora, vete .

Se da la vuelta, vuelve a mirarme. —Por tus aspavientos, tengo que ir a explicarle a Nicky su numerito y por qué has intentado hacer saltar mi vida por los aires.

—Nicky —escupe, como si saboreara algo asqueroso—. ¿Ese es el nombre de la pelandusca que te lleva agarrado por los huevos?

Estoy humillada. Furiosa. Y, de algún modo, aún con anhelo por él. Su madre ni siquiera me ha visto y ya ha sentenciado. No soy más que un problema. Un error que está cometiendo con la polla. Y lo peor es que una parte de mí le da la razón. Me retiro a la cama, sin saber qué otra cosa hacer.

El portazo de la puerta principal indica que se ha ido. Joel vuelve al dormitorio. Se sienta a mi lado; por fuera parece tranquilo, pero por dentro sin duda es un vendaval. Me siento en la cama y enredo un mechón suelto entre los dedos para que no me tiemblen las manos.

—¿Quién es Eliza? —pregunto.

—Los matrimonios concertados siguen dando guerra, incluso en la sociedad moderna —explica con tono grave—. Eliza y yo éramos adolescentes cuando nos presentaron. Nuestros padres esperaban que el emparejamiento surgiese de forma natural.

Abro los ojos de par en par mientras le escucho. Es como estar en la dimensión desconocida, un universo alternativo al que yo he conocido.

—Es guapa —dice, y el corazón se me encoge—. Lista, también. Ha estudiado para ser abogada de derechos humanos, para disgusto de su familia.

Por supuesto que es guapa y lista. Del tipo de chica que nunca tiene que explicar antecedentes penales ni preocuparse por qué tenedor usar en una comida. Es todo lo que yo no soy, todo lo que no puedo ser. De repente, me siento como una pieza cuadrada intentando entrar en un agujero redondo.

Se le escapa una risita, pero se lleva la mano a los rizos y se la pasa nervioso. Le perla el sudor en la frente. No quiere tener esta conversación conmigo.

—Nos dejaron ser amigos hasta que cumplió veintiuno. Eliza es dos años menor que yo. No éramos más que amigos en ese momento —toma aire hondo—. Luego, el día de su veintiun cumpleaños nuestros padres nos dijeron que deseaban que nos casáramos. Fue un shock para los dos.

Sin saber qué decir, me quedo callada. Estira la mano para coger la mía, pero la aparto de su alcance. La duda empieza a revolotear por mi cabeza mientras continúa. Esos preciosos ojos verdes no se mueven del suelo .

Quiero creerme cada maldita palabra. Pero en el fondo, la parte de mí que ha pasado diez años encerrada no puede confiar en algo que parece tan bueno.

—Les dijimos que no. No sentó nada bien.

Su padre se puso hecho una furia con ella y amenazó con desheredarla.

Reginald Worth está acostumbrado a conseguir lo que quiere.

Lo que no sabíamos es que nuestros padres ya habían cerrado un acuerdo sobre los papeles, la herencia y demás.

El hermano de Eliza no es de fiar con los fondos familiares.

Ha despilfarrado mucho a lo largo de los años.

Sus padres no tienen un heredero varón adecuado.

Se me disparan las cejas al encajar las piezas del puzle.

—¿Querían que te convirtieras en cabeza de su familia? —pregunto.

—No diría que me querían a mí, pero andaban escasos de opciones. El señor Worth no se lleva con su familia extensa. Hay conflictos persistentes. Elegir con quién se casaría su hija era lo más parecido, y como mi familia es rica, consideraba que no los trataríamos como una vaca lechera.

—¿Y qué pensaban tus padres?

Se encoge de hombros y el labio se le tuerce como si probara algo amargo.

—Mis padres pensaban que era un arreglo financiero positivo.

Blindaría aún más la fortuna de los Parker.

Nos acorralaron, a Eliza y a mí. Aceptamos intentar tener una relación, pero nos mantuvimos firmes con lo del matrimonio.

Para ganar tiempo, les dijimos que necesitábamos cinco años para conocernos y centrarnos en nuestras carreras.

—¿Y ambas familias estuvieron de acuerdo? —pregunto, sorprendida.

—Sí y no —una sonrisa triste le cruza los labios—. Aceptaron que nos casaríamos dentro de cinco años.

Así que eso es lo que soy, un desvío en su ruta hacia el altar.

La última parada. Frunzo el ceño, intentando hacer las cuentas.

—¿Qué edad tienes? Parece de locos no habértelo preguntado antes.

Llevamos más de una semana compartiendo cama.

Por su seguridad y su encanto, había asumido que era mayor, de treinta y pocos.

—Veintiocho.

—¿Se suponía que ibas a casarte este año? —Se le cae la cara mientras fuerza las siguientes palabras a salir de sus labios.

—Mañana —murmura—. Se suponía que iba a casarme mañana en la catedral de Glasgow.

Se me cae la mandíbula mientras le miro, atónita. Mañana. No el mes que viene. No el año que viene. Mañana. Pensé que había dejado mis ataques de pánico en el patio de la cárcel, pero ahora mismo, cada aliento me sabe a traición.

—Joel, ¿cuándo cancelaste la boda? —Siento el corazón a punto de estallar y las manos me tiemblan por su cuenta—. Joel —le apremio.

—Hace seis semanas —dice, y me relajo un poco—. No es tanto una cancelación como un aplazamiento. Eliza y yo decidimos que necesitábamos estar seguros. Es un compromiso enorme. —Seis semanas. Mejor que mañana, pero no es ideal. Aun así, aplazado no es exactamente cancelado, ¿no?

—No me digas, Sherlock —escupo—. Entonces, ¿seguís juntos? —La cabeza me da vueltas al comprenderlo. No pienso ser la otra. La náusea me sube a la garganta mientras espero su respuesta.

Niega con la cabeza. —No, nos hemos tomado un descanso.

Pero ella quiere seguir adelante con la boda.

No me di cuenta de que había tenido sentimientos reales por mí.

Siempre acordamos que, si seguíamos con el matrimonio, seríamos libres para tener nuestras propias relaciones.

Lo nuestro sería puramente transaccional.

Hace tres meses me dijo que quería que fuéramos exclusivos, que me quería y deseaba un matrimonio de verdad. Yo no puedo darle eso.

Tomarse un tiempo . La expresión me incomoda. Es una caída blanda con asuntos pendientes, en lugar del corte limpio que esperaba oír.

—Si no te casas con ella, ¿qué pasa ?

—Nuestras familias entrarán en guerra financiera. Cada negocio y cada conversación se centrarán en arruinarse mutuamente. Probablemente mis padres me deshereden.

Sentado al borde de la cama con la cabeza entre las manos, parece desolado.

En mi mundo, te desheredan por ir a la cárcel. En el suyo, por enamorarte de la persona equivocada. Las apuestas son las mismas, solo cambia el traje.

Se me rompe el corazón y le rodeo con los brazos. Puede que llevemos juntos apenas unos días, pero quiero a este hombre. Me mata verlo tan angustiado.

—Le dije a mi madre la semana pasada que no me casaría con Eliza. Quedar encadenado a un matrimonio en el que una parte está implicada y la otra está solo porque tiene que estar no es para mí.

—¿Y qué te dijo? —susurro, temiendo la respuesta.

—Que esté mañana a las once en la iglesia. Que estarán todos allí y, si no aparezco, vendrán a arrastrarme hasta el altar. Que era mi deber, como Parker, casarme con ella.

Mis ojos se quedan en los suyos un instante; están llenos de dolor por él y por su familia.

—La tarde en que nos conocimos fue el día que se lo dije a mi madre.

Tenía que ir a una reunión para no beber.

Y entonces te conocí y me pareció el destino.

Nunca me había sentido tan atraído por nadie.

Me calaste, y no pude soltarte —me acaricia la cara con suavidad mientras habla, suplicándome que le crea.

—Con razón tu madre se comportaba como una lunática —digo en voz baja—. Bueno, supongo que lo mejor será largarnos de la ciudad antes de mañana, entonces.

Abre mucho los ojos al mirarme. —¿No me dejas? Te suelto este bombazo y quieres que nos escapemos juntos.

Podría irme. Lo sensato sería proteger mi corazón y marcharme antes de que esto se complique más. Pero entonces le miro, al hombre que ha aceptado mi lado oscuro sin pestañear, y sé que ya estoy metida hasta el fondo.

—Señor Parker, permíteme recordarte que has metido en tu casa, a los pocos días de conocerla, a una mujer condenada por homicidio imprudente.

A quien, además, conociste en una reunión por dependencia del alcohol.

Los dos tenemos historias complejas que contar, pero hay algo que sí sé —le sonrío con picardía y deslizo la mano por la cara interna de su muslo.

Miro cómo su polla se pone dura al instante bajo los bóxers—.

Eres el mejor polvo que he tenido en mi vida, y no pienso dejarte ir sin pelear.