8. Apartamento de la madre de Nicky, Glasgow centro
Apartamento de la madre de Nicky, Glasgow centro
Nicky
Entro dando saltos en casa de mi madre, eufórica, con la noche anterior con Joel aún orgásmica en mi memoria.
—¿Dónde estuviste anoche? —ladra—. ¿No dijiste que ibas a una reunión?
—Sí fui —una sonrisa enorme me invade la cara—. Y conocí al hombre más increíble.
Mi madre se queda de piedra. Abre y cierra la boca, pero no sale sonido. Parece un juguete esperando a que el titiritero lo maneje. Sin darle más explicaciones, la dejo atrás y me voy a mi habitación.
—No seas estúpida, Nicky —chispea por fin su voz—. No conoces a ese hombre. No sabes lo que un hombre así quiere de una chica como tú.
Me detengo en el umbral, la mano en el marco.
—Llevas fuera cinco minutos y ya te estás echando encima al primer tío que te mira —su voz sube con cada palabra—. No olvides lo que pasó la última vez que confié en el hombre equivocado. Mira dónde te llevó.
Ahí está. La puya. Ese recordatorio que no puede evitar soltar, afilado y acusador.
—No voy a volver a la cárcel por un hombre —mascullo—. No te preocupes.
Bufa.
—Más te vale. Porque si lo estropeas, yo no estaré aquí para arreglar el estropicio.
Sentada en la cama, repaso los acontecimientos de ayer, desglosando cada parte en fotogramas diminutos en los que perderme.
Su entrada tardía en la reunión de AA. Cómo entró con ese aire chulesco, lleno de confianza, sin deberle nada a nadie.
Nuestras miradas robadas a través del círculo mientras otros miembros soltaban sus rollos sobre sus vidas.
La cafeteria donde hablamos durante horas y devoramos montañas de tarta.
Luego, anoche en su casa, la manera en que me folló.
Me sentí viva. Mujer. Deseada. Como si hubiera entrado de golpe en la fantasía de alguien.
Pero la forma en que se acurrucó detrás de mí, plantando besos en mi hombro, hizo que se sintiera mucho más que sexo.
Se sintió como algo que no me atrevo a desear.
Esta mañana me dejó al pie de la calle de camino al trabajo, prometiendo que llamaría más tarde.
Si no lo hace, sabré que fue un polvo de una noche.
Borré su número nada más llegar a casa, para no perder los nervios y llamarle yo.
Tiene que ponerse en contacto conmigo él.
Con decenas de reuniones de AA por toda la ciudad, lo más probable es que no vuelva a verlo salvo que él quiera verme.
El día se arrastra. Cojo libros y los vuelvo a dejar, incapaz de concentrarme.
Nada me retiene la atención, no cuando ya estoy medio perdida en el cuento de hadas que se construye en mi cabeza.
La mirada se me va constantemente al teléfono, mudo sobre el edredón de flores.
No dejo de cogerlo, agitarlo y pulsar los botones para asegurarme de que funciona.
Dan las dos de la tarde y sigue sin haber noticias.
El pánico me burbujea en el pecho. Quizá esto es lo que hace el deslumbrante señor Parker entre semana.
Caza mujeres desprevenidas en reuniones de alcohólicos y se las lleva a casa para hacer con ellas lo que le dé la gana.
Pensar en sus manos sobre mi cuerpo vuelve a despertarme el deseo.
Nunca me he sentido tan conectada con alguien.
Quizá mi madre tenía razón. Ya he tropezado más de una vez con el primer hombre que me ha echado el ojo.
Diez años en prisión han significado que no he tenido una relación con un hombre en mucho tiempo, no desde finales de la adolescencia.
No sé muy bien cómo es una buena relación.
En la cárcel hubo una mujer. Nos llenamos el vacío la una a la otra mientras estábamos dentro, aferrándonos en la celda compartida durante las noches en vela.
Antes de ingresar, nunca había tenido una relación con una mujer.
Muchas fueron amigas íntimas, pero nunca una amistad física, romántica.
Me hizo cuestionarme brevemente mi sexualidad, preguntándome si había cruzado una línea de la que no podría volver.
Pero ahora me doy cuenta de que me atraía ella, no el sexo que le asignaron al nacer.
Mis dedos retuercen el borde de la sábana mientras mis pensamientos se desbocan. Fuera, un coche pega un petardazo, arrastrándome de vuelta al presente.
Mi teléfono vibra contra la tela suave. Reconozco los últimos dígitos del número. Sonrío para mis adentros. Ha llamado. La pantalla se ilumina y, durante un segundo, me quedo mirándola. Se me dispara el pulso. Ha llamado.
Lo cojo, pulso el botón verde, apenas capaz de contener la sonrisa que me ocupa la cara.
—Buenas tardes, preciosa. ¿Qué tal tu día?
Las palabras no me salen con facilidad. Me doy cuenta ahora de que me estaba preparando para la decepción.
—¿Nicky, estás ahí? —su voz es terciopelo en la línea, suave y cálida, y siento que el corazón se me acelera con cada palabra que le pasa por los labios—. ¿Vas a seguir jadeando sin decir nada? Porque ahora mismo le estás hablando directamente a mi polla.
Se me escapa una risita. Este hombre es un cerdo. Y me pone a mil.
—Estoy aquí —susurro—. Buenas tardes, señor Parker. Espero que no estés trabajando demasiado duro.
Se ríe por lo bajo.
—Mi mente está en otra parte, te lo aseguro. ¿Puedo verte esta noche?
Se me corta la respiración ante su propuesta inesperada. Le sigue otra risita suave de él, como si ya supiera el efecto que causa.
—No esperaba verte tan pronto —admito.
—¿Es un problema?
Me mordisqueo el labio, dándole vueltas. Al diablo: claro que no es un maldito problema. Este hombre me hace sentir viva. Como chispas en las venas.
—Me encantaría.
—Excelente. Paso a por ti a las siete. Ponte algo sexy y trae una bolsa para pasar la noche —su voz baja, espesa de promesas—. Prepárate para que te mimen.
La línea se corta y me quedo mirando la pantalla en negro. Una cita. Una cita de verdad. No solo ha llamado. Me quiere .
***
Sophie está sentada en su cama; pasa con desgana ideas de conjuntos en el móvil.
Llevamos la última hora en su dormitorio, desguazando su armario.
La cárcel me dejó con pocas opciones de ropa sexy, y cualquiera de mis vestidos de antes de entrar me queda pequeño o está vergonzosamente pasado de moda.
Sophie, en cambio, tiene un armario que la reina envidiaría. Le encanta ir de compras. Sus vestidos están apretujados en el poco espacio de la barra, y el excedente está apilado con mimo en el fondo del armario.
—Así que —dice—, buscamos algo elegante pero sexy, con un toque de guarrilla por debajo .
Me río con su resumen.
—Suena bastante acertado.
—No tiene sentido fingir que no eres una guarra —se encoge de hombros—. Teniendo en cuenta que anoche abriste de piernas después de tres horas en su compañía.
Me sonrojo. Sus palabras me golpean como un tren de mercancías.
Ayer fui una completa y absoluta zorra. Tanto madurar en prisión para esto.
Viene un tío buenísimo y me caigo directamente sobre su polla.
Pero, siendo justa, Joel Parker es el hombre más guapo, y los orgasmos increíbles merecen cien por cien tener la moral un poco suelta.
—Espera a verlo, Soph —vuelvo a decirle.
Sonríe con dulzura, pero no le llega a los ojos. Queda una preocupación ahí, sin decir.
—Es maravilloso.
—Nicky, no quiero ser aguafiestas —dice.
—Pero lo vas a ser —intento evitarlo, pero fallo, y pongo cara de haber chupado un limón.
—No, pero por favor, ten cuidado. No quiero verte hecha polvo justo ahora que has vuelto con nosotras —me mira fijamente, y la voz le baja—. No puedo perder a mi mejor amiga otra vez.
Se me llenan los ojos de lágrimas. El nudo en la garganta crece y ya no lo puedo tragar.
Nos abrazamos lo que parece una vida. Sophie fue la única persona que vino a verme cada dos semanas mientras estaba en la cárcel.
No faltó ni una, salvo cuando se fue de vacaciones con su exnovio, que era un capullo.
—He ido descontando los días hasta que has vuelto a casa —me murmura en el pelo—. No voy a dejar que nadie lo estropee.
Parpadeo, sorprendida por el dolor silencioso de su voz.
He pasado tanto tiempo envuelta en mi propio duelo y en sobrevivir que no me paré a pensar lo que le costó a Sophie perderme, venir mes tras mes sin saber si yo estaría bien.
Siempre fue la brillante, la graciosa, pero por debajo ha estado sosteniendo el hilo entre nosotras con las manos temblorosas.
Y yo no le pregunté ni una sola vez qué se sentía al ser la que se quedó atrás.
La culpa me aprieta las costillas. He sido egoísta. Pensaba que la cárcel solo había destrozado mi vida, pero también le arrancó trozos de la suya.
—Bien —dice al fin, separándose de mí. Tiene las mejillas mojadas y el rímel corrido, con ojos de panda. Nos entra la risa al vernos.
—Vamos a hacer que seas imposible de olvidar.
Dos horas después, me quedo mirando a la mujer que me devuelve la mirada desde el espejo.
Es impresionante. Casi no puedo creer que sea yo.
Los ojos oscuros perfilados, los labios pintados de rojo intenso.
El pelo me cae por la espalda en rizos gruesos y brillantes.
Llevo un vestido ajustado azul real que se abre en un escote en uve pronunciado.
El sujetador push-up en el que Sophie me ha embutido no deja nada a la imaginación. Siguiendo su consejo, no llevo bragas.
—Hazme caso —ordena—. Cuando te suba las manos por el muslo y estés abierta para él, se va a volver loco. No seas mojigata ahora, Nicky. Ve y fóllale los sesos.
Me río, con los nervios burbujeando por debajo. Sophie siempre está tan segura de sí misma, pero ahora mismo yo me siento de todo menos segura.