Pareja bajo la nieve (Academia Direwolf nº 5) Jonas #3
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Jonas #3

Mi control se estremeció.

—Dilo claramente, Mari.

—Te quiero dentro de mí.

Sus ojos estaban claros y abiertos y seguros, su voz destrozada y firme a la vez.

—Ahora. Esta noche. Toda la noche.

Me deslizó la mano por el pecho.

—¿Suficientemente claro, Jefe?

—Registrado.

Me acomodé en el hueco de sus caderas, duro y temblando por el esfuerzo de ir despacio. Me rodeó la polla con la mano y me guio ella misma.

Su elección.

Su mano.

Su sí convertido en carne.

Me adentré en ella centímetro a centímetro mientras el vínculo rugía.

Estrecha.

Ardiente.

Suya.

Cada fracción se sentía dos veces: mi empuje y su acogida, mi contención y su necesidad, mi cuerpo y el suyo hablando por el mismo cauce luminoso hasta que estuve dentro del todo y ninguno de los dos respiraba.

—¿Estás bien? —pregunté, frente contra frente.

—Llena —jadeó.

Me quedé quieto.

Entonces se rio, entrecortada y sin aliento, y me clavó los talones en la parte de atrás de los muslos.

—De ti. Muévete, Jonas. Es una orden de tu copresidenta.

Me moví.

Lento.

Profundo.

Su respiración se quebraba con cada embestida, y la mía le respondía igual. El vínculo nos arrastró a un mismo ritmo, como un pulso compartido. No podía distinguir dónde terminaba yo y dónde empezaba ella, y por primera vez en trece años, esa frase no contenía ni rastro de dolor.

Estaba caliente, me sostenía, estaba aquí.

Sus talones presionaban mi espalda. Sus uñas trazaban mapas en mis hombros. La lluvia rugía aplaudiendo sobre el tejado de pizarra, y la llama del farol temblaba dorada sobre su rostro.

Deslicé un brazo bajo sus caderas y cambié el ángulo.

Me hundí más profundo.

Rocé despacio el punto que hacía que todo su cuerpo se tensara.

Dijo mi nombre una vez.

Dos veces.

Como un descubrimiento.

El terror permanecía donde siempre había vivido, en el rincón de mi pecho con sus libros de cuentas, sus relojes y sus números orlados de negro.

Pero la elegí de todos modos.

Embestida tras embestida.

Y el terror fue acallándose.

—Mía —dije contra su garganta.

Salió medio gruñido.

Su pulso saltó bajo mi boca, y mi lobo se abalanzó hacia ese trueno suave con los colmillos anhelantes.

Reclamar.

Conservar.

Nuestra.

Lo arrastré hacia atrás con tanta fuerza que me estremecí.

Mari lo sintió todo.

Por supuesto que sí.

El vínculo no ocultaba nada.

Sus manos enmarcaron mi rostro, y sus ojos encontraron los míos en la oscuridad. Seguíamos moviéndonos, seguíamos enredados, seguíamos ardiendo, y ninguno de los dos se detuvo.

—Esta noche no —logré decir—. El mordisco es para siempre. Y para siempre no se decide en medio de una tormenta.

—Entonces todo lo demás —dijo ella.

Feroz.

Temblando.

Alzándose para encontrarme, igualándome, empujando el ritmo más allá del límite de mi control y del suyo.

—Todo lo demás, Jonas. Y sí. —Su voz se quebró—. Tuya. Tuya. Y tú eres mío. Ese es el precio.

—Pagado —gruñí—. Con gusto.

Después de eso, no hubo más frases.

Estaba su respiración y la mía compartiendo el mismo aire. Sus uñas en mis hombros. La manta arrastrándose bajo nosotros. Nuestro ritmo resbaladizo y duro bajo el trueno. El placer recorriendo el circuito cada vez más rápido y más ardiente, una corriente que encontraba cada vez menos resistencia.

Ella llegó primero.

Con fuerza.

Apretándose alrededor de mi polla con mi nombre en la boca.

El vínculo tomó su placer y lo detonó a través de mí, un fogonazo blanco por cada nervio de mi cuerpo, y la seguí, derramándome en lo más hondo de ella con su latido martilleando bajo mi palma.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Acelerado.

Radiante.

Viva.

Viva.

La tormenta se alejó valle abajo hacia las dos, con su trueno apagándose en la distancia.

El farol ardía mortecino.

Mari yacía enredada contra mí bajo la manta, con la oreja sobre mi corazón, trazando líneas lentas en mi pecho. El vínculo entre nosotros descansaba tranquilo al fin, cálido como brasas bajo ceniza.

Incompleto.

Expectante.

Contento, por esta noche, con esperar.

—¿Estás contando? —murmuró, más dormida que despierta.

Había sentido mi palma posarse sobre su corazón de nuevo.

Por supuesto que sí.

—Sí.

—En voz alta, entonces. —Se acurrucó más cerca, desvergonzada como su cuervo—. Me dormiré escuchándolo.

Así que conté en voz alta los latidos del corazón de mi compañera en una caseta de piedra mientras la lluvia amainaba hacia el amanecer.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

En algún momento después del cuarenta, con su respiración larga y acompasada contra mi pecho, las cuentas por fin cambiaron de manos.

Nunca iba a detenerse.

Un hombre que cuenta es un hombre que cuenta.

Pero ahora podía contar otra cosa.

No las horas que quedaban.

Latidos vividos.

Puertas.

No tumbas.

Nuestra, dijo mi lobo, con la barbilla sobre las patas, insoportablemente ufano.

—Lo sé —dije contra su pelo, y presioné los labios donde el latido era más fuerte.

Siete días para las linternas.

Seis para el veinticuatro.

Trece para el final de un contrato que ya no iba a aguantar con compostura.

Latido cuarenta y uno.

Latido cuarenta y dos.

No pasó nada.

Salvo que el corazón de Mari seguía latiendo.