Capítulo 11 #2
—Demonios, los locales vendrán por eso. Se saltan la mayoría de los bares de Old Town, así que este podría ser su sitio.
—Ya veremos.
Lilly miró el reloj. Eran casi las doce.
Rico llegaría en una hora. Sintió un cosquilleo de emoción en el estómago.
Había trazado el plan del día: cuatro bares, una destilería de ron junto al puerto deportivo y el faro.
Había mucho que recorrer, si les daba tiempo.
Con suerte, terminarían la noche con una o dos pistas.
Todavía no sabían exactamente qué estaban persiguiendo. Pero Rico se mantenía firme. Este era el camino que debían seguir. Mamá Celeste les había asegurado que la respuesta sería inconfundible cuando apareciera.
—Necesito revisar algunos contratos —le dijo a Frank—. ¿Te apañas solo?
—Sí. Lo tengo controlado, jefa.
Le hizo un saludo burlón y se volvió hacia una pareja que se acercaba.
Media hora después, Lilly se había puesto una falda lavanda claro, una camiseta de golf sin mangas a juego y zapatos cómodos para caminar.
Hoy la comodidad era lo primero. Sus pobres pies todavía recordaban la paliza que se habían dado recorriendo toda la ciudad con Rico. No iba a cometer ese error otra vez.
Se recogió el pelo en una coleta alta, se retocó el maquillaje y se puso brillo de labios. No era algo que hiciera a menudo, pero el recuerdo del beso de anoche le provocó un revoloteo de mariposas en el estómago. Quería más de eso, aunque no tuviera sentido.
No significa nada. Solo está agradecido, eso es todo...
Se había repetido esas palabras toda la mañana, como un mantra. Aun así, en el fondo esperaba que no fuera solo eso y que quizás él también sintiera algo.
Lilly había oído algunos rumores sobre Rico que lo pintaban como un verdadero rompecorazones. Quizás fuera así, pero ella no había visto ninguna prueba de eso todavía.
No es que importara de todos modos. Solo eran amigos y esto era divertido. Como mínimo, era una buena experiencia para ella. Estaba conociendo gente, construyendo un círculo de amigos y echando raíces. Esa sensación de pertenencia era adictiva.
Unos minutos después, cruzó el concurrido vestíbulo. The Majestic bullía de actividad, los huéspedes estaban contentos. ¿Qué más podía pedir una gerente?
Alguien la llamó desde el café, y Lilly sonrió al ver a Miriam saludándola con la mano. El resto de las señoras de The Royal Conch seguían reunidas allí, tomando algo con James y Anna.
—¡Qué guapa estás, querida! —exclamó Flora cuando Lilly se unió a ellas—. ¿Vas a algún sitio especial?
—Pues sí, Rico y yo tenemos una lista de cosas que hacer hoy —respondió Lilly, mirando el reloj. Llegaría en cualquier momento.
Las señoras intercambiaron miradas cómplices, con sonrisas idénticas dibujadas en los labios.
—Eso suena emocionante. ¿Algún progreso en vuestra aventura? —preguntó Miriam con tono pícaro.
—Espera. ¿Qué aventura? —James se enderezó en su asiento con el ceño fruncido—. ¿Qué está pasando entre tú y Rico?
Lilly parpadeó ante el tono cortante de su voz.
—Mmm... Estoy ayudando a Rico a explorar oportunidades en Old Town —respondió con cautela—. Me está presentando a propietarios de negocios locales. Ya he conocido a varios proveedores potenciales para The Majestic.
—¿Así es como has conocido estos nuevos negocios? —la voz de James sonó como un latigazo—. ¿Gracias a Rico?
—Bueno, sí.
Lilly empezó a decir algo más, pero se detuvo. Miró alrededor de la mesa; la incomodidad era palpable. No tenía ni idea de qué había provocado aquello.
—James, de verdad, no hay nada de qué preocuparse —dijo Miriam con suavidad—. Las intenciones de Rico son buenas.
Hazel se inclinó y le dio unas palmaditas en el brazo.
—Incluso la llama ángel —susurró teatralmente—. Es adorable.
Justo en ese momento, Rico apareció al lado de Lilly, con una caja de pastelería en una mano y un portavasos de café en la otra.
—¿He oído mi nombre? —preguntó, y dedicó al grupo su encantadora sonrisa de siempre.
—¡Rico! —Hazel se llevó las manos al pecho—. ¿Me has traído dulces? ¿Son lo que creo que son?
Él dejó la caja sobre la mesa con un floreo.
—Si por dulces te refieres a mis legendarios donuts, sí.
Levantó el portavasos hacia Lilly y añadió:
—Y un café helado para ti, Ángel.
Lilly captó los murmullos divertidos de la mesa y notó que se le calentaban las mejillas.
—Gracias.
Señaló la caja con la cabeza.
—¿Por fin voy a probar tus famosos donuts?
—Así es. ¿Cuál eliges? ¿Glaseado normal, de chocolate o de vainilla con virutas?
—De chocolate, por favor.
Él se lo entregó envuelto en una servilleta, y ella le dio un mordisco. La masa era esponjosa y suave, y el glaseado tenía el punto justo de dulzor. Se le escapó un gemido.
—Dios mío, Rico. Estos están increíbles.
Sus miradas se encontraron, y a ella se le cortó la respiración. La mirada de él estaba cargada de deseo.
—Rico —espetó James, echando la silla hacia atrás—. Tenemos que hablar.
Señaló el vestíbulo con un gesto brusco y se alejó.
Lilly frunció el ceño mientras observaba a su jefe atravesar la sala. Que ella pasara tiempo con Rico claramente le molestaba. Pero no tenía ni idea de por qué. Su vida personal era asunto suyo.
—Disculpadme, señoras.
Rico le rozó el brazo, un toque rápido y tranquilizador.
—James y yo tenemos que hablar. Vuelvo enseguida.
—Uy, alguien se ha metido en un lío... —canturreó Cornelia.
—No —dijo Anna, sin apartar la vista de su marido mientras este acorralaba a Rico—. Es muy protector con su personal. Seguramente se está asegurando de que Rico se comporte.
Lilly entrecerró los ojos para observar a los dos al otro lado del vestíbulo, deseando poder leerles los labios.
El intercambio no parecía agradable. James, todo aristas afiladas y dedos acusadores, mientras que Rico permanecía relajado y tranquilo como siempre.
Rico la miró, y sus labios se curvaron en un guiño lento y travieso.
* * *
—No sé qué crees que estás haciendo, Rico, pero Lilly está prohibida. Puede que parezca una presa fácil porque es nueva en la ciudad, pero no lo es —dijo James, con la voz cargada de ira.
Atónito ante esa faceta de James, Rico no sabía muy bien cómo responder. Una parte de él quería reírse en la cara del hombre iracundo. La otra se alegraba de ver que Lilly tenía a alguien que velaba por ella, aparte de él mismo, por supuesto. Una chica sola siempre podía necesitar ayuda.
—James, no es lo que piensas. —Rico mantuvo un tono excepcionalmente suave, con la esperanza de disipar la tensión.
—¿Y qué es lo que pienso? —James se negó a captar la indirecta, con la voz aún dura y el semblante poco convencido.
—Mira, lo entiendo. Crees que solo estoy buscando otro polvo. Pero no es así.
Rico buscó la mirada de Lilly y la sostuvo. Podía ver la preocupación en su hermoso rostro desde el otro lado del vestíbulo. Seguramente estaba sorprendida de ver a su jefe actuar de esa manera.
Le dedicó una sonrisa tranquilizadora y le guiñó un ojo, luego se volvió hacia James.
—No te voy a mentir: hay algo especial en Lilly. Pero no se trata de sexo.
No era del todo mentira. Tenía toda la intención de llevar a Lilly a su cama, pero era mucho más que eso. Lilly era la pieza que faltaba en su vida. James tenía que entenderlo. El hombre había vivido lo mismo hacía apenas un año, cuando se cruzó con Anna.
—Lilly ha aceptado ayudarme con un proyecto en el que estoy trabajando.
La postura de James se relajó un poco, pero entrecerró los ojos.
—¿Qué proyecto?
—Estoy investigando un pequeño misterio en Old Town, y ella me está ayudando. No sé si te has dado cuenta, pero Lilly tiene un verdadero talento para los rompecabezas. Le hablé de ello, se ofreció a ayudar y, sinceramente, me alegro de que lo hiciera porque sus ideas están dando resultado.
Levantó las manos en señal de rendición.
—A cambio, le estoy haciendo el gran tour de Cayo Hueso, enseñándole todos los sitios de la zona. Salimos ganando los dos.
Con la mandíbula apretada, James sostuvo la mirada de Rico, fija e implacable. La tensión se enroscó entre ellos antes de que finalmente asintiera.
—De acuerdo —dijo en voz baja—. Pero si te metes con ella, o la molestas aunque sea un poco, te las verás conmigo.
—Entendido. Soy todo un caballero, lo juro —le dio una palmada en el hombro a James—. Es bueno que tenga a alguien que la cuide.
—Sí, bueno... —James se aclaró la garganta y se ajustó la camisa.
—¿Ya te ha presentado la idea del bar en la azotea? —Rico se tapó la boca con la mano—. Mierda. Espero no haber arruinado la sorpresa.
James soltó una risa breve.
—No, tranquilo. Y sí, ya me lo presentó. Lo aprobé. Es una idea sólida.
—¿Verdad? Eso mismo le dije. Si lo piensas, aparte de tu restaurante, tus huéspedes tienen que ir a Old Town si quieren pasar el rato en un bar. Pero si tienes uno bueno aquí mismo, se quedarán, comerán en el restaurante y gastarán más dinero. Está clarísimo.
—¿Te lo mencionó? —preguntó James, observándolo atentamente—. Lilly no suele compartir sus planes. Normalmente se guarda ese tipo de cosas.