Capítulo 4
Qué giro tan extraño había dado su vida.
Lilly repasó su conversación con Rico, atónita por haber aceptado ayudarlo a rastrear a quien había maldecido su negocio. Las palabras le habían salido de la boca antes de que su cerebro pudiera reaccionar.
Por otra parte, ¿no era precisamente por eso por lo que había aceptado el trabajo?
¿Para escapar de la monotonía en que se había convertido su vida?
El Sr. Armstrong le había prometido algo diferente, y esta isla salvaje ya le estaba dando la razón.
Cazar maldiciones no figuraba en ninguna descripción de puesto que hubiera visto en su vida, pero sin duda suponía una ruptura con su existencia anterior.
¿Creía que las maldiciones eran reales? En realidad, no.
Pero Rico lo creía con cada fibra de su ser, y había algo cautivador en esa clase de convicción.
En el peor de los casos, perdería unas cuantas horas persiguiendo sombras.
Pero también conseguiría un recorrido privilegiado por Cayo Hueso y conocería a los lugareños que lo mantenían vivo. Salía ganando de todas formas.
Sonrió a su pesar. Al final, la aventura la había encontrado a ella.
Y el atractivo de Rico no tenía absolutamente nada que ver.
El hombre prácticamente rezumaba encanto, pero tampoco era que estuviera coqueteando con ella. Simplemente creía de verdad que podía ayudarlo. No sabía por qué, pero la curiosidad bastaba para mantenerla enganchada.
Tras intercambiar números, Rico prometió llamarla esa noche. Con sándwiches y unas jarras de café para llevar, Lilly regresó al hotel.
The Majestic bullía de actividad cuando llegó al aparcamiento.
El Sr. Armstrong le había prometido que aquel lugar sería de todo menos aburrido, y tenía razón.
Desde su inauguración hacía un año, había mantenido el lleno absoluto sin importar la temporada, con reservas cerradas con meses de antelación.
Todo funcionaba a la perfección, casi sin esfuerzo. Era una máquina bien engrasada.
Un puñado de proyectos ya le daba vueltas en la cabeza, pequeños ajustes que podrían elevar el lugar aún más.
Pero se los guardaría para sí por ahora.
El cambio por el cambio nunca era la respuesta.
Antes de reorganizar nada, necesitaba aprender cómo funcionaban las cosas allí y qué le importaba a la comunidad.
No se podía mejorar un lugar que no se entendía.
A veces el dicho «si no está roto, no lo arregles» era un buen consejo.
Una vez que repartió la comida y el café entre su personal, Lilly se puso con el papeleo de la mañana antes de prepararse para su cita de la tarde.
El chef que venía tenía un currículum impresionante, muy comentado en los círculos culinarios.
También tenía fama de arrebatos temperamentales y un ego que exigía ser el centro de atención.
Eso podría funcionar en Nueva York o Miami.
Pero no allí. Se estamparía en menos de una semana.
Para cuando Lilly cerró el portátil, el cielo se había teñido de un púrpura crepuscular. Se recostó en la silla y se sacudió la tensión de los hombros. Un chef contratado y una montaña de papeleo conquistada. No estaba mal para ser el primer día.
El móvil vibró en el escritorio y el nombre de Rico iluminó la pantalla.
Verlo le provocó un aleteo inesperado en el pecho, mitad emoción, mitad temor.
Había estado tan absorta en el trabajo que su extraño acuerdo se le había borrado por completo de la cabeza.
Probablemente Rico estaba listo para empezar la investigación, ansioso por comparar notas y trazar una estrategia.
Sin embargo, ahora que había llegado el momento, la duda se coló.
¿En qué estaba pensando? ¿Jugar a ser detective por una supuesta maldición? Sonaba ridículo después de unas horas con la cabeza fría, más propio de una película para televisión. Aun así, el dedo le revoloteaba sobre el mensaje mientras la curiosidad le ganaba la partida al sentido común.
—¿Estás bien, jefa? —la voz de Frank la sacó de su ensoñación.
Lilly levantó la vista y lo encontró observándola desde la puerta, los cálidos ojos marrones entrecerrados con preocupación.
—Estoy bien. ¿Por qué?
—Tienes esa expresión de ciervo deslumbrado por los faros. La cara de «en qué me he metido». —Una sonrisa le asomó en la comisura de los labios.
Se enderezó en la silla y cruzó los brazos sobre el escritorio.
—Puede que haya aceptado ayudar a alguien con algo poco convencional.
—Hmmmm... —Frank dejó una pila de carpetas en el escritorio antes de acomodarse en la silla frente a ella. Cruzó las piernas con soltura, dejando a la vista unos calcetines a rayas de todos los colores del arcoíris—. Ahora tienes toda mi atención. ¿Cómo de poco convencional?
Lilly hizo una pausa, sopesando las palabras.
—Hablando hipotéticamente, ¿crees en las maldiciones?
Frank soltó una risa breve.
—Desde luego. Sobre todo por aquí.
Lilly frunció el ceño.
—¿Por qué sobre todo aquí?
—Cayo Hueso no es solo playas y ponche de ron —dijo—.
Esta isla tiene capas. Magia antigua, historia extraña.
Quédate el tiempo suficiente y lo notarás.
Hay fantasmas, vudú y un montón de energías raras.
Es parte de la cultura. Y sí, también maldiciones.
Cabrea a la persona equivocada y las cosas se te pueden complicar mucho.
Su mirada se tornó curiosa al empujar las carpetas hacia ella.
—Entonces, ¿quién está maldito?
—Rico Reyes. —Hizo una mueca—. Cree que alguien le ha echado un mal de ojo a su negocio y me pidió que lo ayudara a averiguar quién fue.
Las cejas perfectamente perfiladas de Frank se arquearon hasta casi tocar el nacimiento del pelo.
—¿Rico, eh?
—¿Lo conoces?
—Cariño, todo el mundo conoce a Rico. —Frank se recostó en la silla—.
Es de los buenos de verdad. Siempre echando una mano al más débil y apoyando los negocios locales.
Ese hombre te daría hasta su último céntimo si lo necesitaras.
—Se dio unos golpecitos en la barbilla, pensativo—.
Desde luego he oído rumores de una maldición que lo persigue, pero pensaba que era personal, no profesional.
—¿Personal cómo?
Frank tardó un instante de más en responder. Se removió en el asiento, de pronto fascinado por un hilo suelto en el puño de la camisa.
—Se decía por ahí que afectaba a su vida amorosa —dijo al fin, bajando la voz con aire casi conspiratorio—. Aunque entre tú y yo, siempre pensé que la gente se había confundido. Rico nunca ha tenido problemas en ese terreno, si me entiendes.
—Oh. —El rubor le subió por el cuello. Algo se desinfló en su pecho, aunque no sabía por qué. Claro que Rico era popular entre las mujeres. ¿Con ese físico y encanto de sobra? Seguro que tenía que espantarlas a manotazos.
—En fin. —Se aclaró la garganta—. Está convencido de que debo ayudarlo de algún modo. Lo cual es raro, teniendo en cuenta que nos conocimos esta mañana.
Frank abrió los ojos como platos. —Si Rico dice que debes hacer algo, yo le haría caso. Su madre es vidente de verdad. En serio, hazlo.
—Mencionó a su madre. —Lilly hizo una mueca—. Supuse que me estaba tomando el pelo.
—Oh no, cariño. —Frank negó lentamente con la cabeza—. Mamá Celeste es auténtica. He ido a verla un par de veces. Fue inquietante de verdad.
Dio dos golpecitos con los nudillos en el escritorio de Lilly mientras se levantaba. —Bueno, yo me piro. Nos vemos mañana. —Le dedicó un saludo burlón con una sonrisa—. Excelente primer día, por cierto.
—Gracias, Frank. Que llegues bien.
La puerta se cerró tras él con un clic. Sola de nuevo, Lilly cogió el móvil y desbloqueó la pantalla. El corazón le dio un vuelco cuando apareció el mensaje de Rico.
Hola, Ángel. ¿Cuándo puedo verte esta noche?
El recuerdo de cómo pronunciaba esa palabra, ángel, con aquella voz profunda y ronca, le provocó un vuelco en el estómago.
Miró la hora, se mordió el labio y dejó que los dedos volaran sobre la pantalla. La respuesta de Rico llegó casi al instante:
¡Perfecto! Quedamos para cenar en El Malecón a las 7. Es un sitio que tienes que conocer.
A continuación venía un emoji guiñando el ojo y, sin poder evitarlo, Lilly se rio en voz alta. Aquel hombre era encantador hasta por mensaje.
Quizás Frank tenía razón. Llevaba demasiado tiempo sopesando cada decisión, yendo siempre a lo seguro. Y ahora tenía un misterio que resolver, envuelto en folclore isleño. ¿Que su cómplice resultaba ser guapísimo? Bueno, eso era un plus.
Además, ¿cuándo fue la última vez que había hecho algo solo porque le apetecía?
Tecleó la respuesta antes de que la vocecita sensata de su cabeza pudiera intervenir. Pasara lo que pasara, al menos no iba a ser aburrido.